Las mejores historias sobre perros EL ORÁCULO DEL PERRO G. K. Chesterton
82%

EL ORÁCULO DEL PERRO G. K. Chesterton

Los que son rápidos al hablar no lo son siempre al escuchar.

A veces, incluso, su brillantez produce una especie de estupidez.

El amigo y compañero del padre Brown era un joven con un torrente de ideas y de historias, un entusiasta llamado Fiennes, con ansiosos ojos azules y cabellos rubios que parecían cepillados para atrás, no solo por un cepillo, sino por el viento del mundo a medida que se abría paso en él.

Pero detuvo con un momentáneo desconcierto el torrente de su cháchara antes de considerar el simplísimo significado del comentario del cura.

—¿Quieres decir que la gente les da demasiada importancia?

—dijo—. Bueno, no sé. Son criaturas maravillosas.

A veces pienso que saben mucho más que nosotros.

—El padre Brown no dijo nada, continuó acariciando la cabeza del gran retriever de modo distraído pero tranquilizador—.

Vamos —dijo Fiennes, volviendo a su monólogo—, había un perro en el caso por el que he venido a verle: lo que llaman el «caso del asesino invisible», ¿sabe?

Es una historia extraña, pero desde mi punto de vista el perro es casi lo más extraño que hay en él.

Por supuesto, está el misterio del caso en sí mismo, y de cómo el viejo Druce pudo ser asesinado cuando estaba completamente solo en el cenador.

La mano que acariciaba al perro detuvo un momento su movimiento rítmico, y el padre Brown dijo tranquilamente:

—Ah, era una casa de verano, ¿verdad?

—Creí que lo había leído en los periódicos —contestó Fiennes—. Espere un momento; creo que tengo un recorte donde figuran todos los detalles.

Sacó de su bolsillo un trozo de periódico y se lo dio al cura, que empezó a leerlo, sujetándolo con una mano cerca de sus ojos parpadeantes mientras la otra seguía acariciando al perro medio inconscientemente. Parecía la parábola del hombre cuya mano derecha no sabía lo que hacía la izquierda.

Muchas historias de misterio, de hombres asesinados detrás de puertas y ventanas cerradas, y de asesinos que se escapan sin forma de entrar o de salir, se hacían realidad en los extraordinarios acontecimientos de Cranston, en la costa de Yorkshire, donde el coronel Druce apareció apuñalado por la espalda con una daga que desapareció por completo de la escena y hasta del vecindario.

En realidad al cenador donde murió se accedía por una entrada, el portal común que daba al camino central del jardín que iba hacia la casa.

Pero por una combinación de hechos que casi podrían llamarse coincidencias, al parecer tanto el camino como la entrada estaban vigilados en aquel preciso momento, y había una cadena de testigos que coincidían en confirmarlo.

el cenador estaba situado al final del jardín, donde no había salida ni entrada de ningún tipo.

El camino central del jardín era un sendero entre dos hileras de altas capuchinas, plantadas tan juntas que cualquier paso que se desviara del camino dejaría señales; y tanto el sendero como las plantas llegaban hasta la mismísima puerta del cenador, por lo que era imposible que se pasara por alto cualquier desviación del camino y era impensable otra forma de entrar.

Patrick Floyd, el secretario del asesinado, atestiguó que se encontraba en una posición desde la cual dominaba todo el jardín desde el momento en que el coronel Druce apareció vivo por última vez en la entrada hasta el momento en que se le descubrió muerto, puesto que Floyd se hallaba en la parte superior de una escalera de tijera recortando el seto del jardín.

Janet Druce, la hija de la víctima, lo confirmó diciendo que había estado sentada en la terraza de la casa durante todo ese tiempo y había visto a Floyd trabajando.

En cuanto al tiempo, lo confirmaba de nuevo Donald Druce, su hermano, que de pie en bata junto a la ventana de su dormitorio, ya que se había levantado tarde, dominaba el jardín.

Por último, el relato era coherente con el del Dr. Valentine, un vecino, que habló con la señorita Druce en la terraza, y con el del abogado del coronel, el señor Aubrey Traill, que aparentemente fue el último en ver vivo al hombre asesinado, con la presumible excepción del asesino.

Todos se mostraban de acuerdo en que la secuencia de los hechos fue la siguiente: sobre las tres y media de la tarde, la señorita Druce bajó por el camino para preguntar a su padre cuándo quería tomar el té; pero Druce dijo que no lo iba a tomar y que estaba esperando la visita del señor Traill, su abogado, que debía ser llevado al cenador en cuanto llegara.

Entonces la chica se fue y se encontró con Traill, que bajaba por el sendero; ella le condujo a donde estaba su padre y él entró por donde se le había dicho.

Una media hora después volvió a salir, acompañándole hasta la puerta el coronel, cuyo aspecto era saludable y hasta jovial.

Antes se había mostrado un tanto molesto por el irregular horario de su hijo, pero en apariencia recuperó su buen humor de una forma completamente normal, y durante otras visitas, incluida la de dos de sus sobrinos, que venían a pasar el día, estuvo muy afable.

Pero como sus sobrinos se encontraban fuera, paseando, durante el tiempo en que se desarrolló la tragedia, no tenían nada que decir.

Realmente, se decía que el coronel no tenía muy buenas relaciones con el Dr. Valentine, pero este caballero solo tuvo un breve encuentro con la hija de la casa, a la que se suponía que prestaba una especial atención.

Traill, el abogado, dijo que dejó al coronel completamente solo en el cenador, lo cual fue confirmado por la vista panorámica que del jardín tenía Floyd, que demostraba que nadie más había pasado por la única entrada.

Diez minutos después, la señorita Druce bajó de nuevo por el jardín y no había llegado al final del sendero cuando vio a su padre, que era bien visible por su chaqueta blanca de lino, tirado en el suelo como si fuera un bulto.

Lanzó un grito que atrajo a los demás y al llegar al lugar se encontraron al coronel muerto junto a su sillón de mimbre, que estaba volcado.

El Dr. Valentine, que aún estaba cerca, testificó que la herida la había producido algún tipo de estilete, que le entró por el omóplato y le atravesó el corazón.

La policía buscó por todo el barrio el arma, pero no se encontró ni rastro de ella.

—Así que el coronel llevaba una chaqueta blanca, ¿no? —dijo el padre Brown mientras soltaba el papel.

—Una costumbre que adquirió en el trópico —contestó Fiennes, con cierta perplejidad—.

Allí tuvo algunas aventuras curio sas, según contaba él, y apostaría a que su antipatía hacia Valentine estaba en relación con el hecho de que el doctor también viniese del trópico.

Pero todo es un enigma infernal. El relato ahí es bastante preciso; yo no vi la tragedia cuando se descubrió; estaba paseando con los sobrinos y el perro, el perro sobre el que quería hablarle.

Pero vi el escenario tal y como ha sido descrito; el camino recto entre las flores azules hasta la oscura entrada, el abogado que baja vestido de negro con un sombrero de seda, y la roja cabeza del secretario por encima del seto mientras trabajaba con sus tijeras podadoras.

Nadie podría confundir a ninguna distancia esa cabeza roja; y si la gente dice que la vieron allí en todo momento, puede estar seguro de que la vieron.

Este secretario de cabeza roja, Floyd, es todo un personaje; un tipo apresurado e inquieto, siempre dedicado al trabajo de los demás tal y como estaba haciendo con el del jardinero.

Creo que es americano; sin duda tiene una concepción americana de la vida, lo que llaman punto de vista, Dios los bendiga.

—¿Y el abogado? —preguntó el padre Brown.

Se produjo un silencio y luego Fiennes habló bastante lentamente como para ser él.

—Traill me pareció un hombre singular. Con su ropa negra de calidad se diría que es un presumido, pero es casi imposible decir que va a la moda, porque lleva unos abundantes bigotes negros de los que no se ven desde los tiempos victorianos.

Su cara y sus modales son agradables y serios, aunque de vez en cuando se acuerda de que tiene que sonreír.

Y cuando muestra su blanca dentadura parece perder algo de su dignidad, y hay algo de levemente adulador en él.

Puede que fuese solo timidez, porque jugueteaba nerviosamente con su corbata y el alfiler de esta, dos objetos a la vez elegantes e inusuales, tal y como él es.

Si pudiese pensar en alguien, ¿pero para qué, cuando todo el caso es imposible?

Nadie sabe quién lo hizo. Nadie sabe cómo se hizo.

Pero yo haría una excepción, y es la razón por la que mencioné todo el asunto. El perro lo sabe.

El padre Brown suspiró y luego dijo de forma ausente:

—Usted estaba allí como amigo del joven Donald, ¿no? ¿No fueron de paseo juntos?

—No —contestó Fiennes sonriendo—. El muy sinvergüenza se fue a dormir por la mañana y se levantó por la tarde.

Yo me fui con sus primos, dos jóvenes oficiales de la India, y nuestra conversación fue bastante trivial.

Recuerdo que el mayor, cuyo nombre creo que es Herbert Druce y que es una autoridad en la cría de caballos, no habló más que de una yegua que había comprado y del carácter moral de la persona que se la había vendido; mientras que su hermano Harry no hizo más que dar vueltas a su mala suerte en Montecarlo.

Menciono esto únicamente a la luz de lo que ocurrió durante nuestro paseo, puesto que no estábamos predispuestos a los fenómenos psíquicos.

El perro era el único místico en nuestra compañía.

—¿De qué raza es el perro? —preguntó el cura.