Las mejores historias sobre perros VERDUN BELLE Alexander Woollcott
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VERDUN BELLE Alexander Woollcott

Escuché por primera vez la leyenda de la aventura de Verdun Belle tal y como la contaron una tarde de junio bajo un amodorrado manzano en el agitado valle del Marne.

La historia comenzaba en un frío y sucio pueblo de Lorena, donde en cobertizos y heniles, un desconsolado destacamento de marines de los Estados Unidos esperaba la orden de subir al laberinto de trincheras cuyos desmoronados vestigios aún tejen una telaraña embrujada alrededor de la ciudadela que lleva el inmortal nombre de Verdun.

Cualquiera que la viese trotar resueltamente a lo largo de la aromática calle del pueblo hubiese jurado que tenía una importante cita con el alcalde y que, tristemente, llegaba un poco tarde.

Al final de la calle llegó a donde un joven soldado holgazaneaba tristemente en un umbral.

Se paró, y se sentó a contemplarle. Entonces, aparentemente satisfecha por lo que sintió y vio, se acercó y se dejó caer junto a él de forma muy afable, acomodándose como si por fin hubiese llegado al final de su largo camino.

Él alargó su agradecida mano y jugó con una de sus sedosas orejas color chocolate.

De alguna forma este gesto selló un pacto entre los dos. Desde entonces no hubo ninguna duda en la mente de ambos de que el uno pertenecía al otro en lo bueno y en lo malo, en la enfermedad y en la salud, en la felicidad y en la desdicha, por los siglos de los siglos.

Ella comía lo mismo que él, y cuando él lo hacía. Dormía junto a él durante el día, con su morro sobre una de sus piernas para que él no se pudiese levantar por la noche e irse a América sin que ella se diese cuenta.

Para un espectador profano puede que el entusiasmo de ella no fuese explicable de inmediato.

A los ojos de su sargento superior y del clérigo de su compañía puede que él fuese un soldado cualquiera, con la cara llena de pecas y completamente indiferente respecto al asunto de asegurar el mundo para la democracia.

Verdun Belle le veía como la persona más encantadora del mundo. Corría de boca en boca la idea de que ella se había unido a la compañía como mascota y les pertenecía a todos. Ella amablemente les dejaba pensar esto, pero tenía sus propias ideas sobre el asunto.

Cuando avanzaban dentro de las líneas enemigas ella también lo hacía, y estaba tan acostumbrada a las trincheras que pensaron que ya había servido en un regimiento francés en aquella región en otro tiempo heroica.

Hasta se inventaron la no imposible teoría de que ella había venido de la solitaria tumba perdida de algún soldadito en el borroso horizonte azul.

Sin duda conocía las costumbres de las trincheras, sabía cómo no estorbar en el pasadizo más estrecho y conocía tan bien los peligros del parapeto que un plato de huesos de pollo puesto allí arriba no le hubiese interesado.

Hasta sabía lo que era el gas, y tras una bocanada recordatoria se hizo más que amiga de la máscara reglamentaria, que ellos inutilizaron pacientemente para cualquier futuro uso humano, porque un departamento de guerra carente de imaginación no había previsto las peculiares condiciones anatómicas de Verdun Belle.

En mayo, cuando la tropa estaba comprometida en agotadoras tareas que el alto mando se felicitaba en calificar de «descanso», Belle pensó que era el momento conveniente para presentarle al interesado, pero ya bien avisado regimiento, siete serpenteantes imprevistos, algunos negros y blancos y veteados como el cielo aborregado, otros manchados del mismo marrón que ella.

Estos recién llegados complicaron la economía doméstica del henal de los marines, pero no se convirtieron en un serio problema hasta esa memorable noche de finales de mes cuando la jadeante voz ordenó a la tropa que se levantase y se pusiese en marcha.

La segunda división de la AEF (Fuerza Expedicionaria Estadounidense) siempre se veía agarrada por el cogote y arrojada a través de Francia. Esta vez el enemigo había tomado rápidamente Soissons y Reims y empujaba con gran facilidad y celeridad hacia el recordado Marne.

Foch había llamado a los americanos para ayudar a contener la marea. Delante de los marines, según se atravesaban desordenadamente las monótonas llanuras de Champagne, había, entre los campos de trigo maduro, una extensión de bosque maderero y montuoso llamado Belleau. Verdun Belle fue hacia allí.

El marine había resuelto el problema de los cachorros ahogando a cuatro y metiendo a los otros tres en una cesta que le había pedido a una mujer del pueblo.

Su idea de que podía llevar una cesta hubiese supuesto un sobresalto para el funcionario de Washington que había diseñado la mochila del marine, que, con su ordenado surtido de raciones de comida, ropa adicional, medicamentos de urgencia y horribles utensilios de destrucción, había sido concienzudamente calculada para agotar la capacidad de la espalda humana.

Pero, ante la necesidad, el joven marine de alguna manera ideó el modo de añadir un artículo no incluido en el reglamento, es decir, una cesta con tres cachorros sin destetar y levemente resentidos.

La tropa se movía de día y de noche, a veces en jadeantes trenes, otras en camiones repletos, otras a pie.

A veces el amigo de Belle iba montado. A veces (bajo la presión del clamor popular por el espacio que ocupaba) cedía su sitio a la cesta y corría sujetándose con la mano a la escalera de cola, con Belle trotando detrás de él.

Parecía como si todos los soldados de la cristiandad se estuviesen moviendo a través de Francia hacia algún cruce de caminos sin nombre al otro lado de la colina. Evidentemente no era un mero movimiento de un sector tranquilo a otro. Iban a la guerra.

Todo el mundo le había dicho al obstinado joven que no lo lograría, y ahora las dudas se posaban sobre él como cuervos.

Pensaba que Verdun Belle también debía de estar dudando.

Se volvió para asegurarle que todo iría bien.

No estaba allí. Ni delante de él ni detrás había rastro de ella.

Nadie cercano la había visto abandonar la formación.

No hacía más que repetirse que ella volvería.

Pero pasó el día y llegó la noche sin que se la viese.

Se deshizo de la cesta y se metió los cachorros en la camisa de camuflaje como hacen las canguros. Por la mañana uno de los tres estaba muerto. Y el problema de transportar los otros dos ahora se complicaba con el hecho de que tenía que alimentarlos.

Una señora mayor del pueblo donde pararon al anochecer, extremadamente divertida por el espectáculo de un soldado que intentaba llevar consigo a la guerra a dos cachorros lactantes, se interesó y ofreció un poco de leche para su ración, y con muchos consejos sarcásticos de todos, con el cuentagotas de su mochila, el soldado intentó tímidamente hacer de madre de los dos animales abandonados. El intento no fue un éxito brillante.

Le entraron ganas de lanzarlos por encima de la verja. Pero si Verdun Belle no había sido atropellada por un atronador camión, si seguía viva, le encontraría, ¿y entonces qué diría él cuando sus ojos le preguntasen qué había hecho con sus cachorros?

Así que, al darse la orden de formar filas, enganchó su mochila a la espalda y volvió a meter su carga en la camisa.

Ahora, con la luz de la mañana, la carretera estaba atascada.

Bajando de la línea en una desordenada y grotesca desbandada venía un torrente de víctimas francesas que escapaban de la amenazada campiña, enredados con fragmentos de regimientos franceses que huían.

Pero América estaba subiendo por la carretera.

Fue una semana durante la cual el mundo contuvo la respiración.

La batalla estaba cerca. Los hospitales de campaña, abriéndose paso a empujones en el río de tráfico, buscaban espacio para montar sus tiendas. El sargento al mando de uno de esos equipos estaba al volante de una ambulancia. Los marines, en infinitas cantidades, ascendían con rapidez.

Fue uno de estos quien, en el momento de parar, se salió de la formación, subió el escalón de la ambulancia atascada y miró ansiosamente a los ojos del sargento médico al mando.

—Oye, amigo —susurró el joven—, cuídalos por mí. He perdido a su madre en el atasco.

El sargento se vio con sus manos sujetando a dos soñolientos cachorros.

Durante todo ese día el personal del hospital de campaña se preocupó por conseguir comida a los dos inesperados que se les habían unido y necesitaban raciones.

Una vez situados en una granja (de la que prontamente fueron expulsados a bombazos), el sargento examinó la probable comida y se dio cuenta de que los cachorros aún no estaban preparados para una dieta a base de pan, papilla de maíz y ternera en lata.

Una vaca extraviada, que se había perdido de sus pastos durante la gran huida, pacía de forma tentadora en el campo contiguo, y dos oficiales, que irreflexivamente se habían acordado de la vida de granja en sus hogares, recibieron instrucciones de inducirla a cooperar.

Pero el bombardeo había desquiciado a la vaca, y no les permitía acercarse a ella. Tras una persecución peligrosa y alocada que duró dos horas, los dos lecheros informaron a su disgustado jefe de que habían fracasado por completo.

Al anochecer el problema seguía sin solución, y los cachorros estaban tumbados, débiles, en su cama de algodón hidrófilo en el jardín, cuando, junto a la cola de un destacamento de marines rezagados, apareció trotando una setter marrón y blanco.

—Sería estupendo que tuviera leche —dijo pensativamente el sargento al mando, discurriendo cómo podría salvar a la mascota de la unidad que marchaba.

Pero sus ideas de hurto fueron un desperdicio.

En la puerta se clavó en seco, alzó la cabeza para oler el aire, giró bruscamente a la izquierda y se convirtió únicamente en una raya blanca y marrón contra el suelo.

Todo el estado mayor salió y formó a empujones un círculo para ver la reunión familiar.

Después de esto se asumió tácitamente que los perros inesperados eran de ella.

Cuando se ordenó que el hospital retrocediese lejos del alcance de las zumbantes granadas, Verdun Belle y los cachorros fueron confiados a un conductor de ambulancia y se fueron cómodamente con él.

Todos se fueron —bolsa, equipaje y ganado— al pequeño Château del Ángel Guardián, cuyas ventanas frontales tenían cortinas que protegían de las miradas y del polvo de la carretera, pero cuyas ventanas traseras daban, a través de árboles de fruta madura, a un valle soñoliento, murmurante y multicolor, hermoso como el jardín del Señor.

Las mesas para operar, con linternas de acetileno para iluminarlas, habían sido montadas en lo que fue un cobertizo de herramientas. Se esparcieron hamacas en el huerto contiguo. A partir de ese momento, durante un mes no se descansó ni un instante en el hospital.

Los cirujanos y los enfermeros hacían turnos, durmiendo a ratos y volviendo unas horas después a relevar a los otros.

Pero Verdun Belle no descansaba. Entre cortas siestas en la esquina, las debidas atenciones a su inquieta prole y un ocasional tentempié para sí, de alguna forma se las arreglaba para estar junto a cada ambulancia, examinando con cuidado cada baja depositada sobre el suelo.

Entonces, en la oscuridad de las cuatro de la madrugada, una mañana, el enfermero que se agachaba sobre una camilla que acababa de ser depositada en el suelo fue golpeado por algo que casi le hizo caer.

El proyectil era Verdun Belle. Cada mínima parte de su tembloroso cuerpo proclamaba que de este caso se ocupaba ella personalmente.

Desde el hocico hasta la punta de la cola estaba tensa de excitación, y una especie de ansioso gimoteo salía a borbotones de ella, como si ansiase sentarse sobre sus caderas y rugir al cielo estrellado; pero realmente estaba demasiado ocupada en ese momento como para consentir aliviar satisfactoriamente su alma.

Había que limpiarle la suciedad a este marine antes que nada.

¡Tan propio de él ensuciarse en el momento en que ella se daba la vuelta!

La primera cosa que percibió al recuperar el sentido fue la sensación de una áspera lengua rosa limpiándole los oídos.

Los vi durante todo el día siguiente. Iba deambulando como un transeúnte cuando me encontré con dos hamacas juntas bajo un manzano.

Belle y sus voraces cachorros ocupaban una.

En la otra estaba el joven marine —creo que se trataba de gas, pero tal vez su estupor se debía a la conmoción por los bombardeos, a lo mejor solo tenía una brecha en la cabeza—, dormido profundamente sin soñar.

Antes de dejarse llevar por el sueño había tomado la reconfortante precaución de alargar una de sus manos y cerrarla en torno a una sedosa oreja.

Más tarde, en ese día me habló de su perro. Creo que nunca llegué a saber el nombre del soldado, pero algún capricho de la memoria me hace pensar que era de West Philadelphia y que se había enrolado en los marines al terminar el colegio.

Seguí mi camino antes de que oscureciese y nunca volví a verlos, ni nunca llegué a saber qué fue del chaval y de su perro.

Nunca supe, si es que ocurrió, cuándo lo volvieron a mandar al frente, ni a dónde, ni si los dos se volvieron a reunir.

Es, como se ve, una historia sin final, aunque debe de haber aquí y allá en este país testigos que puedan contarnos el capítulo que nunca ha sido escrito.

Espero que haya algo profético en este último párrafo sobre el relato anónimo de Verdun Belle que apareció a la semana siguiente en el periódico de la AEF, The Star and Stripes . Ese párrafo fue una bendición que decía así:

Al poco tiempo le tendrían que mandar al hospital de evacuación, de allí al hospital principal, y así en adelante.

Nadie tenía muy claro cómo se podía evitar otra separación.

Era una pregunta complicada, pero sabían, en el fondo de sus corazones, que podían dejar sin riesgo la respuesta a otro. Se la podían dejar a Verdun Belle.