Las mejores historias sobre perros DANDY, LA HISTORIA DE UN PERRO W. H. Hudson
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DANDY, LA HISTORIA DE UN PERRO W. H. Hudson

Era un perro cruzado, y se suponía que tenía sangre de un dandy dinmont , de ahí su nombre.

Un animal desgarbado con un áspero pelaje velludo de color gris azulado y blanco en el cuello, y de patas toscas.

Parecía un perro sussex spaniel con las patas reducidas a la mitad de su tamaño normal.

Cuando yo lo conocí, se estaba haciendo viejo, se estaba quedando sordo y perdiendo visión, pero por lo demás tenía buena salud y ánimo, y siempre estaba de muy buen humor.

Hasta que conocí a Dandy siempre había supuesto que la historia del perro de Ludlam era mera fantasía, y me atrevo a decir que esta es la opinión generalizada al respecto; pero Dandy me hizo recapacitar sobre el tema, y finalmente llegué a pensar que el perro de Ludlam existió una vez, a lo mejor hace siglos, y que, si había sido el perro más vago del mundo, Dandy no le iba a la zaga.

Es verdad que no apoyaba la cabeza contra la pared para ladrar; exhibía su holgazanería de otras formas.

Ladraba a menudo, aunque nunca a extraños; daba la bienvenida a todos los visitantes, incluso al recaudador de impuestos, agitando la cola y sonriendo.

Se pasaba gran parte del tiempo en la amplia cocina, en la que tenía un sofá para dormir, y cuando los dos gatos de la casa querían descansar durante una hora se hacían un ovillo sobre uno de los velludos costados de Dandy, prefiriendo esta cama a un cojín o a la alfombra.

Para él eran como una caliente manta que le cubría, y era una especie de sociedad de socorros mutuos.

Después de dormir durante una hora, Dandy salía a dar un corto paseo hasta la cercana vía pública, donde tropezaba con la gente, agitaba su cola para todo el mundo, y luego volvía.

Salía seis u ocho o más veces al día, y, como las puertas y las vallas estaban cerradas y tenía predisposición a la vagancia, le costaba mucho salir y entrar.

Primero se sentaba en el vestíbulo y ladraba, ladraba, ladraba, hasta que alguien venía a abrirle la puerta, después de lo cual iba contoneándose lentamente por el camino del jardín, y si encontraba la cerca cerrada, se sentaba de nuevo y volvía a ladrar.

Y los ladridos, y más ladridos, seguían hasta que alguien llegaba para dejarle salir.

Pero si tras haber ladrado veinte o treinta veces nadie venía, abría deliberadamente la cerca él mismo, lo que podía hacer perfectamente, y salía.

En veinte minutos más o menos estaba de vuelta en la cerca y ladrando para que lo dejasen una vez más entrar, y finalmente, si nadie le prestaba atención, entraba por sí mismo.

Dandy siempre comía algo a las horas correspondientes, pero también le gustaba un tentempié entre comidas una o dos veces al día.

Las galletas para perro se guardaban en una caja abierta en el cajón inferior del aparador, así que podría coger una «cuando le apeteciese», pero a él no le gustaba la dificultad que ello entrañaba, así que se sentaba y empezaba a ladrar, y como tenía un ladrido que era tan profundo como sonoro, después de repetirlo una docena de veces a intervalos de cinco segundos, cualquier persona que estuviese en la cocina o cerca de ella prefería darle una galleta para que reinara la paz y el silencio.

Si nadie se la daba, la sacaba él solo y se la comía.

Entonces ocurrió que durante el último año de la guerra las galletas para perro, como muchos otros artículos de comida para hombres y animales, escasearon, y finalmente desaparecieron.

En cualquier caso esto es lo que ocurrió en la ciudad de Dandy, Penzance.

Echaba mucho de menos sus galletas y a menudo nos lo recordaba ladrando; entonces, por miedo a que nosotros pensásemos que ladraba por otra cosa, iba y olía y golpeaba la caja vacía.

A lo mejor pensaba que todo se debía a que aquellos de la casa que salían todas las mañanas a hacer la compra habían caído en el hábito de volver sin las galletas para perro en la cesta.

Un día, durante el último invierno de escasez y ansiedad, fui a la cocina y me encontré con el suelo lleno de fragmentos de la caja de galletas de Dandy.

El mismo Dandy lo había hecho; había sacado la caja de su sitio hasta el centro de la habitación, y luego deliberadamente se había puesto a morderla y a romperla en trocitos y a esparcirlos.

Se le cogió justo cuando terminaba el trabajo, y la amable persona que lo sorprendió sugirió que la razón de que rompiese de esa forma la caja era que al morderla en trocitos obtenía cierto sabor a galletas.

Mi propia teoría era que, como la caja estaba allí para guardar galletas y ahora no había, él la veía inútil —por decirlo de alguna forma, había perdido su función— y también porque su presencia era un insulto a su inteligencia, una constante tentación a parecer un idiota por ir a verla media docena veces al día y encontrarla, como siempre, vacía; por lo que era mejor deshacerse de ella, ¡y sin duda, cuando lo hizo, lo hizo con saña!

Dandy, desde la primera vez que lo vi, era estrictamente abstemio, pero en días distantes y pasados le había gustado beber.

Según me contaron, si alguien elevaba ante él un vaso de cerveza, movía la cola celebrándolo anticipadamente, y siempre se le ponía un poco de cerveza a la hora de comer.

Luego pasó por una experiencia que, tras vacilar un poco, he pensado que es mejor contarla, ya que probablemente es el incidente más curioso de la hasta cierto punto plácida vida de Dandy.

Un día Dandy, que, como todos los de su especie, se había pegado a la persona que estuviese siempre dispuesta a sacarlo de paseo, siguió a su amigo hasta un cercano bar, donde el susodicho amigo tenía que hablar de negocios con el dueño.

Entraron en la taberna, y Dandy, viendo que el asunto iba para largo, se tumbó a dormir un rato.

Pero ocurrió que un barril que acababa de ser abierto tenía un tapón que goteaba, y el dueño había puesto una palangana en el suelo para recoger lo que se salía.

Dandy, al despertarse de su siesta y oír el goteo, se levantó, y acercándose a la palangana apagó su sed, después de lo cual volvió a dormirse.

Pero poco después se despertó de nuevo y bebió una segunda vez.

En total se levantó y bebió cinco o seis veces; entonces, habiendo terminado ya la plática sobre negocios, salieron juntos, pero tan pronto como estuvieron al aire libre Dandy empezó a mostrar signos de embriaguez.

Se iba de lado a lado, chocando contra los que pasaban, y finalmente cayó de la acera a un veloz arroyo que en ese lugar se metía en la cuneta a un lado de la calle.

Al salir del agua volvió a andar, intentando mantenerse junto a la pared para salvarse de otra zambullida.

La gente lo miraba con curiosidad, y se preguntaba qué le pasaría.

«¿Le va a dar un ataque a su perro o qué?

», preguntaban. El amigo de Dandy decía que no lo sabía, algo le ocurría, sin duda, y lo iba a llevar a casa lo antes posible a ver qué era.

Cuando por fin llegaron a casa Dandy se tambaleó hasta el sofá, consiguió subirse y, arrojándose sobre el cojín, inmediatamente se durmió, y durmió sin pausa hasta la mañana siguiente.

Entonces se levantó bastante fresco y parecía haber olvidado todo; pero ese día, cuando alguien a la hora de comer dijo «Dandy» y elevó un vaso de cerveza, en lugar de agitar la cola como hacía siempre la metió entre sus piernas y se dio la vuelta claramente asqueado.

Y desde ese momento nunca volvió a probarla, y estaba claro que, cuando intentaban tentarle, poniéndole cerveza delante e invitándole alegremente a beber, sabía que se estaban riendo de él, y antes de darse la vuelta emitía un gruñido por lo bajo y mostraba los dientes.

Era algo que le sacaba de sus casillas y le hacía enfadarse con sus amigos y compañeros de toda la vida.

No habría contado este incidente si Dandy siguiese vivo.

Pero ya no está con nosotros. Era viejo, entre quince y dieciséis años; parecía como si hubiese esperado al final de la guerra, ya que tan pronto como se proclamó el armisticio empezó a decaer rápidamente.

Se quedó sordo y ciego, seguía insistiendo en dar varios paseos al día, ladraba como siempre ante la cerca, y si nadie venía para dejarlo entrar o salir, la abría él solo como antes.

Esto ocurrió hasta enero de 1919, cuando algunos de los chicos que conocía volvían a Penzance y a la casa.

Entonces se instaló en el sofá, y supimos que se le acercaba el fin, ya que dormía todo el día y la noche, rehusando la comida.

Es una costumbre en este país darle cloroformo a un perro y luego una dosis de estricnina para «aliviarlo en su sufrimiento».

Pero en este caso no fue necesario, ya que no sufría; nunca emitió ni un gruñido al levantarse o al dormirse; y si le ponías una mano encima te miraba y agitaba la cola solo para decirte que estaba bien.

Y en su sueño murió —un caso perfecto de eutanasia— y se le enterró en el amplio jardín junto al segundo manzano.