EL FINAL Virginia Woolf #2
Era una tarde abrasadora. La anciana mendiga de la esquina se había quedado dormida sobre sus melones.
El sol parecía zumbar en el cielo. Manteniéndose en la parte sombreada de la calle, Flush trotó por el camino, que tan bien conocía, hacia la plaza del mercado.
La plaza entera brillaba con los toldos, tenderetes y las relucientes sombrillas.
Las vendedoras estaban junto a sus cestas de fruta; las palomas revoloteaban, las campanas repicaban, los látigos restallaban.
Los multicolores chuchos de Florencia corrían de un lado a otro, husmeándolo todo.
Todo bullía y estaba tan caliente como un horno.
Flush buscaba la sombra. Se echó a los pies de su amiga Catterina, bajo la sombra de su gran cesta.
Junto a esta, otra sombra, la de un búcaro con flores rojas y amarillas.
Sobre él una estatua, con el brazo derecho extendido, intensificaba la sombra hasta hacerla violeta.
Flush yacía al fresco, contemplando a los perros jóvenes con sus asuntos.
Reñían, se mordían y retozaban con el abandono de su alegría juvenil.
Se perseguían uno al otro, dando vueltas, como él persiguiera a la spaniel moteada en el callejón.
Por un momento sus pensamientos fueron hacia Reading, a la spaniel del señor Partridge, a su primer amor, a sus arrebatos, a la inocencia de la juventud.
Bueno, había tenido su parte. No le disgustaba que disfrutasen.
Pensaba que el mundo era un agradable lugar.
No se quejaba. La vendedora le rascó detrás de la oreja.
Con frecuencia ella le había dado pescozones por robarle un racimo o por cualquier otra fechoría; pero ya era viejo; y ella vieja.
Él le guardaba los melones y ella le rascaba la oreja.
Ahora ella calcetaba y él dormitaba. Las moscas zumbaban sobre el gran melón rosado que había sido rajado y mostraba su carne.
El sol se filtraba deliciosamente a través de las hojas de los lirios y a través de las sombrillas verdes y blancas.
La estatua de mármol atemperaba su calor con una frescura burbujeante.
Flush yacía y dejaba que lo calentara bajo su pelaje, hasta su piel desnuda.
Y cuando se tostaba por un lado se daba la vuelta y se dejaba tostar por el otro.
La gente del mercado charlaba y regateaba sin descanso; pasaban las vendedoras; se detenían y tocaban las verduras y las frutas.
Había un perpetuo zumbido y un murmullo de voces humanas que a Flush le gustaba escuchar.
Al cabo de un rato se adormeció a la sombra de los lirios.
Se durmió como duermen los perros cuando sueñan.
En un determinado momento se le estiraron las patas: ¿soñaba con que cazaba conejos en España?
¿Corría por la ladera de una caliente colina con hombres morenos que gritaban «¡Span!
¡Span!» al salir como dardos los conejos de entre los matorrales?
Volvió a quedarse inmóvil. Y ahora gruñó, rápida y suavemente, varias veces seguidas.
Tal vez oía al doctor Mitford incitando a sus lebreles a la caza en Reading.
Luego movió tímidamente la cola. ¿Escucharía a la señorita Mitford gritando «¡Perro malo!
¡Perro malo!» cuando volvía a donde ella estaba, entre las hortalizas, agitando su sombrilla?
Luego se puso a dormir roncando, envuelto en el sueño profundo de una vejez feliz.
Súbitamente se agitaron todos los músculos de su cuerpo.
Se despertó con una violenta sacudida. ¿Dónde creía que estaba?
¿En Whitechapel, entre los rufianes? ¿Había vuelto a sentir el cuchillo en su garganta?
Fuera lo que fuere se despertó aterrado.
Salió corriendo como si buscase un refugio.
Las vendedoras se echaron a reír y le tiraron uvas podridas y le gritaron que volviera.
No les hizo caso. Las ruedas de los carros casi le aplastaron cuando enfiló como una saeta por las calles; los hombres en pie para conducir le maldijeron y azotaron con sus látigos.
Chiquillos medio desnudos le tiraron guijarros y le gritaron «¡Matta!
¡Matta!» al pasar. Sus madres corrían a las puertas y tiraban de ellos, alarmadas.
¿Se había vuelto loco? ¿El sol le había trastornado la cabeza?
¿Había escuchado otra vez el cuerno de caza de Venus?
¿O es que finalmente se había apoderado de él uno de aquellos espíritus golpeadores americanos que vivían en las patas de las mesas?
Fuera lo que fuere, iba disparado subiendo y bajando por las calles hasta que llegó a Casa Guidi.
Subió por las escaleras y se fue directamente al salón.
La señora Browning estaba recostada, leyendo, en el sofá. Miró, sobresaltada, cuando él llegó. No, no era un espíritu, era solo Flush. Entonces, cuando el perro se echó en el sofá y su rostro se apretó contra el de ella, volvieron a su memoria las palabras de uno de sus poemas:
Mira a este perro. Fue ayer mismo.
Cavilaba ajena a su presencia
Hasta que los pensamientos hicieron brotar mis lágrimas,
Cuando desde la almohada, donde apoyaba mi húmeda mejilla,
Una cabeza tan peluda como un fauno se abrió paso
Directamente hasta mi rostro, dos grandes ojos dorados
Me asombraron, ¡una oreja caída
aleteó en cada mejilla para secar el rocío!
Me sorprendió al principio, como un árcade
Asombrado por un dios cabrío en la medialuz de la arboleda;
Pero cuando la barbuda aparición acabó de secar
Mis lágrimas, reconocí a Flush, y me repuse de mi
Sorpresa y pena, dando gracias al verdadero Pan,
Que por las bajas criaturas nos alza hasta las cumbres del amor.
Había escrito ese poema años atrás en Wimpole Street cuando era muy desdichada.
Ahora era feliz. Envejecía, y lo mismo le ocurría a Flush.
Ella se inclinó un momento sobre él. El rostro de ella, con su ancha boca, sus grandes ojos y sus densos rizos, se parecía extrañamente al de él.
Parecían ambos rostros proceder de idéntico molde, cada uno de ellos completando, quizá, lo que estaba latente en el otro.
Pero ella era una mujer; él, un perro. La señora Browning siguió leyendo.
Luego miró de nuevo a Flush. Pero él no la miraba ya.
Un cambio extraordinario se había producido en él.
«¡Flush!», gritó. Pero él siguió callado.
Había estado vivo; ahora estaba muerto. Eso era todo.
La mesa del salón, curiosamente, siguió absolutamente inmóvil.