Las mejores historias sobre perros ALGUNOS PERROS DE SUNNYBANK Albert Payson Terhune #6
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ALGUNOS PERROS DE SUNNYBANK Albert Payson Terhune #6

No es que estuviera vigilando veinticuatro horas al día. Pero todas las mañanas, tan pronto como la soltaban de su perrera, iba corriendo a la tumba de Jock con la jubilosa esperanza de verlo de nuevo. Allí permanecía erguida o tumbada durante unos minutos antes de volver a la rutina cotidiana.

Era una pequeña collie extrañamente mimosa, era nuestra Sunnybank Jean, con cien maneras graciosas de hacer las cosas. El ama, a quien pertenecía, solía decir:

—Cualquier ladrón podría llevarse a Jean con tal de acariciarla un poco.

Al contrario que la mayoría de nuestros collies , le encantaba que la acariciaran hasta los desconocidos. Y le gustaba que llegaran invitados.

Al oír que llegaba un coche por el camino serpenteante y flanqueado por los árboles desde la carretera principal, Jean corría hasta el final del camino que terminaba al borde de la terraza y permanecía allí moviéndose con alegría anticipada, levantando una de sus blancas patas delanteras para dar la mano a los visitantes que se acercaban, aunque el coche estuviera todavía bastante lejos.

Dos contratiempos menores le acontecían siempre a Jean. Uno de ellos consistía en que un trozo de hueso se le metía en la parte de atrás de las mandíbulas. Eso hacía que no pudiera cerrar las mandíbulas ni desprenderse del hueso. El otro era que se dislocaba el hombro al correr o saltar.

Le ocurría una y otra vez. Pero no le molestaba. Invariablemente se acercaba a mí con una expresión de halagadora confianza; en una actitud que expresaba tan claramente palabras como:

—Jefe, otra vez me he metido en un lío. Pero, como estás tú, no pasa nada. Ya lo arreglarás. Lo haces siempre.

Meneando su espeso rabo, esperaba pacientemente y hasta con alegría mientras yo extraía el trozo de hueso de su mandíbula o colocaba de nuevo su hombro dislocado.

Una mañana, al soltarla para correr, se dirigió como siempre a la tumba de Jock.

Al volver a la casa oyó que un coche había entrado en el camino desde la carretera principal.

En su papel de Comité de Recepción corrió hacia su lugar acostumbrado y permaneció con la pata delantera levantada, en gesto de dar la mano.

El coche, lleno de turistas, se había colado por las puertas de entrada de la finca y bajaba el camino a unas cuarenta millas por hora. Lo hizo con la acostumbrada indiferencia por los diversos letreros de «Por favor, conduzcan despacio» que desfiguran los árboles que flanquean el camino.

Tal vez el conductor no se había fijado en la hermosa collie que estaba cerca de la terraza; el Comité de Recepción canino con el rabo ondeante y la pata delantera cortésmente extendida, esperando alegremente recibir a los forasteros.

El coche atropelló a Jean, la destripó y rompió casi todos sus huesos.

Debió de pasar por una espantosa agonía durante unos pocos minutos antes de morir. Ni siquiera se le escapó un gemido. Era la perra más animosa.

Cuando salí disparado de la casa hacia ella, Jean levantó la cabeza y la volvió hacia mí con la misma expresión de halagadora confianza que siempre tenía cuando no podía cerrar la boca debido a un hueso o se le dislocaba el hombro, la expresión que decía:

—No pasa nada, tú estás aquí. Ya lo arreglarás.

Una mujer grande, que llevaba ropa azul oscuro, desembarcó tumultuosamente del coche asesino, se acercó despreocupadamente hasta donde yo me encontraba arrodillado junto a mi amiga collie ya muerta y se disculpó, asegurándome con una alegre sonrisa:

—Lamento MUCHÍSIMO lo que ha ocurrido.

(¡Qué don del cielo debe ser saber qué decir y cuándo decirlo! El suyo era un talento envidiable. Fue la primera vez en mi vida que respondí a las palabras de una mujer con un torrente de blasfemias indescriptiblemente groseras).

Un magistrado local multó al jefe del grupo con cien dólares por allanamiento y daños intencionados o algo por el estilo.

Quería que la cantidad fuera mucho mayor.

Le convencí de que no fuera así. Le dije que el daño no había sido intencionado, sino estúpido.

Lo cual era peor, pero no tan espantoso a ojos de la ley.

También que si iba a multar a cada conductor turista que allanara la finca de Sunnybank podríamos liquidar la deuda nacional en un abrir y cerrar de ojos.

Le dije que repartiera los cien dólares entre dos diferentes instituciones benéficas de la aldea. Lo hizo. No quise tocar el maldito dinero de la multa por el asesinato de mi amiga collie .

En cuanto a mí, pensé que aquel horrible incidente había terminado. Pero no fue así.

Dos días después apareció una columna dedicada al asunto en una cadena de periódicos, donde se me denunciaba venenosamente por mi desconsideración por castigar a un grupo «de bienintencionados devotos del héroe que habían viajado desde tan lejos para conocerme».

Varios periódicos en todo el país —uno de ellos un semanario religioso— publicaron editoriales en la misma línea de invectivas.

Así que no solo perdí a mi pequeña Jean, sino una gran parte de mi popularidad y sin duda muchos lectores.