Las mejores historias sobre perros ALGUNOS PERROS DE SUNNYBANK Albert Payson Terhune #5
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ALGUNOS PERROS DE SUNNYBANK Albert Payson Terhune #5

Muchos perros tontos se hubieran lanzado hacia la muerte. Otros perros prudentes hubieran evitado un enfrentamiento. Jock ni era tonto ni prudente.

Fue una nueva experiencia para mí observar su duelo con la víbora.

No creo que hasta entonces hubiera visto una víbora; sin embargo, luchó con una consumada habilidad.

Se acercaba y enseguida se alejaba de la víbora, tentándola para que atacara, manteniendo una distancia cortísima de los dientes que podían matarlo, y luego se acercaba de nuevo para intentar matarla antes de que se enroscara otra vez.

Cada uno de los combatientes era demasiado rápido para el otro. Delante y detrás durante unos segundos lucharon en un duelo a muerte. Ningún adversario dio el mordisco fatal, aunque en más de una ocasión cada cual estuvo a punto de recibirlo. Y mi joven collie seguía lanzando su grito de guerra.

Luego tuve el suficiente sentido común como para darme cuenta de que estaba permitiendo a una inexperta maravilla exponer sus habilidades, a vida o muerte, contra el más mortífero tipo de víbora de la región. Y me apresté a ayudarlo.

Aplasté la fea cabeza triangular de la víbora con el talón de mi zapato.

No me hizo ninguna gracia, porque calzaba unos zapatos bajos de lona. Y si hubiera fallado, la víbora probablemente hubiera atacado mis indefensos tobillos. Sentí una pizca de náusea mental al calcular la distancia y precisión requeridas para el golpe.

(No tengo nada de héroe y sí bastante de cobarde. Detesto el peligro y sus subproductos. Pero Jock era mi amigo. Y él estaba arriesgando su vida por mí).

El talón acertó con la gorda cabeza de la víbora.

La lucha había terminado. También la vida de la víbora.

Y en los dos días posteriores Jock no quiso saber nada de mí.

Había estropeado su alegre batalla por la vida, al entrometerme y matar a su divertida rival.

Me consideraba con fría aversión hasta que su juventud y su innato amor por mí fueron más fuertes que su desaprobación.

Pero éramos amigos él y yo, aunque, desgraciadamente, por poco tiempo.

Porque una semana más tarde fui tan tonto que lo llevé a la exposición de perros que he mencionado.

Había sido dos veces vacunado contra el moquillo y yo utilicé todos los medicamentos y profilácticos que conocía.

(Primero, dosis de Delcro; luego, un restregado con esponja del hocico y las patas con un poco de alcohol inmediatamente después de la exposición, seguido de un frote de naftalina sobre su suntuoso pelaje y una abundante dosis de aceite de ricino).

Pero un chow enfermo de moquillo había rozado levemente su morro con el de Jock durante la gran exposición. Y eso fue suficiente. Jock era más delicado porque había sido procreado en consanguinidad. Se infectó. Diez días más tarde empezó con una tos seca y con humedad en el morro.

La enfermedad comenzó. La dolencia que mata más perros de pura raza que las demás enfermedades juntas; la dolencia que provocó una terrible mortandad en la misma exposición y que mató más de mil perros en un mes en la epidemia que provocó después de otras exposiciones.

El moquillo casi nunca mata a un perro cruzado.

El perro afectado se mete debajo de un establo o se esconde en otro lugar oscuro y fresco.

De allí sale unos días más tarde, débil y en los huesos, pero curado.

Pero mata a más del cincuenta por ciento de los perros de pura raza que ataca. A veces, a más.

Es una enfermedad que, como la fiebre tifoidea, su contrapartida humana, exige cuidados veinticuatro horas al día. Y, al igual que la tifoidea, los cuidados representan el noventa por ciento de la cura.

A menudo no es el moquillo lo que realmente mata a sus víctimas. Suelen morir de sus secuelas: neumonía, pleuresía o corea. La corea es una forma del baile de san Vito y casi siempre fatal para los perros.

Jock sobrevivió a su moquillo. Lo cuidé veinticuatro horas al día durante su secuela, que fue una pulmonía.

Luego, un largo asedio de corea, que llegó después de la neumonía.

Lo curé de cada una de estas sucesivas dolencias, aunque yo parecía un sonámbulo por las noches que había pasado sin dormir y la constante vigilancia que ejercí durante cada una de esas noches.

Renuncié a todo intento de trabajar. Y pasé todos mis días y mis interminables noches en un ancho establo que era el lecho de enfermo de Jock.

Luego, justamente cuando parecía que iba a salir adelante, el joven perro de una forma u otra cogió una «reinfección».

Al menos fue eso lo que dijeron los dos veterinarios.

Un gris amanecer de noviembre yo estaba sentado en el suelo en un rincón oscuro del establo, con la cabeza y los hombros de Jock descansando sobre mis dolientes costillas.

Llevaba siete semanas de lucha, sin una noche de descanso.

Sin embargo, estaba encantado con la idea de que estaba ganando la batalla para el camarada collie , al que tanto quería.

Jock llevaba horas durmiendo tranquilamente. De repente se alzó, tambaleándose. Sus ojos febriles se fijaron en algo que había en las sombras en el otro lado del ancho establo; algo que mi rudimentaria mirada de humano no podía ver.

Dio un salto hacia delante, con su agudo ladrido de reto. Luego se cayó muerto sobre mis pies extendidos.

¿Qué había visto —si es que había visto algo— merodeando en el rincón del establo? Probablemente nada. Quizá «el Gran Miedo en forma visible». Fuera lo que fuera, el valiente Jock no le tuvo miedo. Con su viejo y alegre ladrido de desafío se acercó tambaleándose para enfrentarse con ello.

Posiblemente muchos humanos no sean capaces de morir con tal valor.

Al amanecer mis hombres cavaron una tumba para Jock, lejos de la casa, en el centro de la línea de tumbas de los perros de Sunnybank de la que he hablado, junto al lago y en el lindero de un bosque más lejano.

Allí enterramos al valiente y joven collie ; lo enterramos a seis pies de profundidad antes de que fumigáramos su establo.

Durante las semanas anteriores tuvimos a Jean encerrada en su propia y espaciosa perrera.

Aquel día la solté por primera vez desde que su querido hijo cayera enfermo.

Con ansia e incansablemente, la pequeña collie buscó en cada centímetro de los cuarenta acres del lugar, de un lado a otro, en círculos que se iban reduciendo, husmeando en busca de Jock.

Al cabo de varias horas llegó a la tumba de su cachorro. Allí se detuvo; primero husmeando, luego meneando alegremente su frondoso rabo y encogiéndose junto al montón de tierra nueva.

No había nada triste o desesperado en su actitud o aspecto. Era como si, después de una larga búsqueda, hubiera llegado por azar a un lugar donde estaba más cerca que nunca de su querido hijo, del que había estado separada durante semanas.

Enseguida se levantó y vino a buscarme. Luego me llevó jubilosamente hasta la tumba y una vez más se agachó a su lado meneando su rabo y con la mirada feliz y risueña. Permaneció allí todo el día. No triste, sino en una alegre espera.

No había señales de exhibicionismo ni del papel de la plañidera profesional, ni siquiera dolor, en su comportamiento.

Llevaba semanas echando de menos a su querido hijo.

Ahora por fin estaba más cerca de él de lo que había estado durante aquel largo tiempo de espera. Su sentido del olfato se lo decía.

Varias veces, antes de echarse, dio vueltas en torno al suelo, con el hocico pegado a la tierra, en un radio de unos treinta pies, como si buscara una pista que seguir.

No había ninguna. Se dio cuenta de que estaba más cerca de él en su tumba que en cualquier otro lugar.

Al parecer creía que Jock volvería a ella, tarde o temprano. Así que lo esperó llena de alegría.