Las mejores historias sobre perros ALGUNOS PERROS DE SUNNYBANK Albert Payson Terhune #4
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ALGUNOS PERROS DE SUNNYBANK Albert Payson Terhune #4

Mi padre compró a Frank mucho antes de que yo naciera.

El perro ya no era un cachorro. Era invierno.

Así que mis padres estaban en Newark, donde mi padre era pastor de la vieja Primera Iglesia Reformada.

No en Sunnybank. (Por eso, por desgracia no nací en Sunnybank como tres de mis sobrinos, sino en Newark; porque mi fecha de cumpleaños es el 21 de diciembre, el día que mi madre cumplía cuarenta y dos años).

El joven Frank estaba inquieto en su nueva casa. Al día siguiente de su llegada se escapó. Mi padre y mi madre y mis dos hermanas mayores y las criadas fueron a buscarlo. Cada uno en una dirección.

Mi madre lo buscó durante una hora, llamándolo por su nombre de vez en cuando.

Por fin, delante de ella, en el crepúsculo, lo vio salir de un callejón.

Lo llamó. Él no hizo caso, sino que se fue.

Ella lo persiguió y lo alcanzó. El perro le mostró los dientes cuando le agarró por el collar.

Lo hizo aunque el perro parecía haberle tomado verdadero cariño cuando llegó a nuestra casa.

Ella arrancó un frunce de una enagua —las mujeres llevaban un laberinto de enaguas y combinaciones en aquellos tiempos prehistóricos— y lo ató a su collar. Luego comenzó a arrastrarlo hasta casa.

«Arrastrar» es la palabra adecuada. Porque el pointer peleó y discutió cada paso. A su alrededor se formó un pequeño pero entusiasta grupo, que siguió a la pareja con gritos de alegre aliento. Al cabo de una milla de penoso avance llegaron a nuestra casa, en el 476 de High Street.

Triunfante, aunque muy cansada, mi madre hizo entrar a rastras al irascible y protestón perro hasta la sala de estar iluminada por el fuego.

Allí, delante de la chimenea, descansaba mi padre. Frank estaba dormido en la alfombra, a sus pies.

El perro fugitivo se había cansado de sus vagabundeos y, media hora antes, había vuelto a casa por su voluntad, cuando mi padre volvía de buscarle infructuosamente.

El perro que mi madre había secuestrado era tan parecido que se diría que era un gemelo de Frank.

Nunca supimos quién era su propietario. Pero cuando lo soltaron por la noche se fue corriendo en una dirección determinada.

Mi madre pasó semanas temiendo que la fueran a detener bajo la acusación de secuestrar perros.

Frank nunca volvió a escaparse durante los trece felices años de su vida.

Pasaba todos los inviernos en Sunnybank durante el tiempo que la familia permanecía en Newark.

Allí, en ausencia de sus dioses, se convirtió en miembro de la familia del superintendente en la caseta de la entrada, a la espera, en una fatigada impaciencia, del regreso de la familia a casa.

Cuando al principio de la primavera nuestro carruaje y el furgón de equipajes entraban por la puerta, Frank los seguía por el serpenteante camino particular que llevaba hasta Sunnybank House.

Allí permanecía hasta que nos íbamos de nuevo a finales de otoño.

Y ladraba desgarradoramente al superintendente o a cualquiera de la caseta que se aventurara demasiado cerca de nuestra puerta.

Era un perro sin par en el campo y también como perro guardián.

Conocía los límites de nuestra finca hasta la última pulgada.

Ningún extraño no autorizado podía franquear aquellos límites sin un desafío instantáneo y un ataque de Frank.

Obligó a buscar refugio a varios turistas inocentes (si se puede utilizar el término «inocente» con esa insoportable especie). Era el Terror de la Vecindad.

Por la noche, en intervalos fijos, dejaba su alfombrilla en la terraza para salir a patrullar por la casa y la finca entera de Sunnybank. Tal vez fuera el mejor de los grandes perros guardianes de Sunnybank que tuvimos en un período de cerca de ochenta años.

Nunca me gustó. Ni yo a él. Así que mis elogios a su valor proceden de mi cerebro y de mi conciencia, no de mi corazón.

Se mostró amarga y justamente resentido cuando en su vejez el joven Shot pasó a sustituirlo en el trabajo de campo, cuando él no tenía ni la fuerza ni el aguante para llevarlo a cabo.

No puedo culpar por ello al viejo perro.

Poco después de la muerte de Frank le regalaron a mi madre una terrier en miniatura, negro y beis.

La llamó «Jip», como la perrita de Dora Copperfield.

Aunque Jip era nominalmente de mi madre, la pequeña terrier escogió a mi padre como único dios.

Su devoción a él la absorbía. Se empeñaba en seguirle a todos los sitios. A veces no resultaba muy agradable.

Como un domingo en que ella estaba encerrada en casa, en el estudio de mi padre, mientras nosotros íbamos a la iglesia. Mi padre estaba en la mitad de su sermón cuando Jip subió pavoneándose orgullosamente por la nave central.

Un sirviente había entrado en el estudio para avivar el fuego. Jip se fugó sigilosamente. De alguna manera pudo llegar a la calle. Allí no tuvo ningún problema en captar el rastro de mi padre y seguirlo.

Encantada de reunirse con su adorado amo, Jip esquivó fácilmente las manos del sacristán y de un par de feligreses que intentaban atraparla, al lado de cuyos bancos pasó. Subió la escalera del púlpito y saltó cayendo exactamente, aunque toda agitada, sobre la biblia abierta.

Mi padre ni siquiera hizo una pausa en su sermón, tampoco hizo caso de las sonrisas de la congregación.

Lo cual demostró, en mi opinión, un considerable autocontrol, porque no había visto al terrier subir por la nave y el primer indicio de su presencia fue cuando apareció, moviendo el rabo y meneándose alegremente, encima de la biblia del púlpito.

Sin dejar de hablar, mi padre cogió aquel diminuto ejemplar con mucho cuidado y lo metió en una de las mangas de vuelo de su traje negro de clérigo.

Desde aquella elevada posición Jip miraba triunfalmente a la congregación con sus ojos brillantes como abalorios.

Durante el resto de la larga ceremonia eclesiástica no se movió.

Se acurrucó en el doblez de la sedosa manga de su amo, la cabeza alerta y asomada solo visible para los regocijados espectadores.

Si nos avergonzó aquel día, expió sobradamente su pecado unas noches más tarde.

Siempre dormía a los pies de la cama de mi padre. Le despertaron los gruñidos en un intenso falsete que procedían de las profundidades de su garganta. Saltó al suelo y salió disparada de la habitación, escalera abajo.

Un momento después la casa retumbaba con sus furiosos ladridos.

Mi padre bajó para investigar. Nunca hasta entonces aquella perrita buenaza había hecho algo que perturbara el sueño de la familia.

Otros habitantes de la casa también bajaron para ver qué pasaba.

El resultado fue que acorralaron y apresaron a un ladrón.

Más tarde, en su celda, el hombre dio el siguiente testimonio:

«Lo que nos asusta más en una casa es un perrito que ladre y a la vez retroceda como ese chucho negro anoche en Dominie Terhune. No se les puede hacer callar y tampoco puedes acercarte lo suficiente como para darles una patada. Despiertan a todo el mundo».

Ya está bien de la galante y adoradora Jip. No recuerdo lo que pasó con ella. Y ahora, al cabo de más de medio siglo, no queda nadie a quien preguntar. De todas formas, ¡que descanse en paz! Aguantó pacientemente mucho manoseo de mis sucias manos infantiles. Eso sí lo recuerdo muy claramente.

Jock y Jean eran hijo y madre. Los dos eran hijos de mi gran collie Bruce, El perro sin tacha , el héroe de mi libro que lleva su nombre.

La madre perra suele perder todo interés por sus cachorros una vez que los ha destetado. Eso fue lo que hizo Jean con casi todos sus hijos. Pero nunca con Jock.

Hasta la muerte, Jock siguió siendo su bebé adorado. Diariamente —aunque llegó a ser dos veces más grande que ella— le obligaba a tumbarse, primero por un costado y luego por el otro, mientras con su rosada e incansable lengua lo lavaba desde la punta de su hocico hasta la punta de su rabo.

Vigilaba sus comidas. Con delicadeza trasladaba los mejores trozos de su comida al plato de él.

Era muy bonito; el amor y cuidado que una pequeña madre collie marrón mostraba a su hijo grande y marrón. Y Jock le correspondía totalmente. Él y Jean se quedaban terriblemente tristes cuando uno tenía que estar sin el otro durante más de una hora.

Jock fue uno de los mejores collies que he criado, desde el punto de vista de las exposiciones. Era casi perfecto. En su única exposición ganó todos los premios de su clase contra una fuerte competencia; y solo fue vencido en «El Mejor de la Raza» por su impar progenitor, Bruce.

Esto para mí significó mucho menos que mi éxito en hacer de él un espíritu inteligente, alegre y valeroso, con una pizca de «sociabilidad» que hacía de él un compañero ideal.

Mental, espiritualmente y en cuanto a su disposición, era una réplica de Bruce.

No pido (y sigo sin pedir) nada más de un perro.

En cuanto a su alegre valor, desde el momento en que pudo dejar la cesta materna, Jock no temió a nada.

Se enfrentaba a cualquier peligro, a cualquier adversario con un ladrido curiosamente alegre y desafiante que nunca he vuelto a oír.

Ese extraño ladrido de alegre desafío era su grito de guerra.

Un día estaba escribiendo en mi hamaca, con el joven Jock tumbado a mis pies. De repente se levantó de un salto, con aquel jocoso ladrido de reto.

Miré hacia atrás. Vi en el césped una grande y gruesa víbora. La serpiente se había deslizado por la hierba hacia la hamaca y hacia mis desprevenidos tobillos cuando Jock o la vio o percibió el nauseabundo olor viperino —un hedor a pepinos podridos— que desprenden esas serpientes venenosas.

De alguna forma Jock pareció adivinar el posible peligro que yo corría. Se levantó de su siesta y se enfrentó con la víbora, lanzando su alegre grito de batalla. La víbora dejó de avanzar, se enroscó y se preparó para enfrentarse con aquel nuevo y ruidoso adversario.