ALGUNOS PERROS DE SUNNYBANK Albert Payson Terhune #3
Cuando voy desde la casa hasta los establos, una nube de palomas blancas de Sunnybank vuela hacia mí y me acompaña, precediéndome con su vuelo hasta mi destino. No hay misterio en ese simulacro de devoción. Saben que voy a la casa donde se guarda su comida.
Lo mismo ocurría con los relinchos de bienvenida de mis caballos (cuando aún tenía caballos), que me saludaban al entrar por las puertas del establo a primera hora de la mañana.
Pasa lo mismo con los pececillos dorados, cuando un centenar de ellos converge en rojizas corrientes al acercarme al borde de un estanque de nenúfares, y cuando se mueven sin temor entre mis dedos mojados. Saben —o eso creo— que estoy allí para alimentarlos.
No, ninguno de esos fenómenos tiene ni pizca de misterio, no más que el que tiene un humano que engatusa a un pariente rico. Pero los perros —los míos y los de todo el mundo— permanecen donde nosotros estamos y van adonde vayamos, sin que haya soborno por medio.
Son tan absurdos que quieren estar con nosotros sin esperanzas de recompensa. Es un impulso que me he esforzado en explicarme.
En el grupo de collies de Sunnybank, mientras están tumbados en la hierba, no hay ningún rastro de la aduladora atención que muestran hacia las criadas, a las que les gusta alimentarlos subrepticiamente desde las ventanas de la cocina; tampoco demuestran un embelesado interés hacia mi superintendente cuando prepara su única comida grande diaria.
No hay ningún matiz claramente egoísta en su actitud hacia mí mientras están tumbados en el césped.
Tampoco lo había en la procesión canina que me siguió hasta la casa hace tres minutos, cuando entré en mi estudio para aprovisionarme de papel para la máquina de escribir, y que me esperó en la puerta y después me acompañó hasta la hamaca de nuevo.
No, es una característica que no comprendo, como he dicho varias veces en estas últimas páginas.
La cual constituye una larga digresión de nuestra historia. Espero no haberos aburrido demasiado. Volvamos a Lad.
He hablado aquí solo de unos cuantos acontecimientos extrañamente humanos, traviesos y guiados por la lógica en la vida de Lad. No de su propia historia.
Su batalla a muerte con dos perros jóvenes y fuertes en el bosque nevado detrás de Sunnybank, sus hazañas de gallarda adoración hacia su ama y hacia mí durante sus dieciséis años de vida, la serie de aventuras que jalonan su larga carrera, ¿no han sido relatadas hasta el aburrimiento en mis tres libros sobre él?
Especialmente notable entre los perros de Sunnybank de mi infancia y adolescencia era el enorme pointer de mi padre, Shot. Valía la pena contemplarlo. Naturalmente, en cualquier exposición moderna de perros Shot hubiera causado sensación.
Era de pura sangre real, pero a su cabeza le faltaba el llamado «estilo refinado» del actual pointer de exposiciones.
Su poderoso pecho, lomo y cuartos traseros, que le arrastraban incansablemente durante diez horas al día a través de los más duros cotos de caza, su pelambrera tosca y su gruesa piel, que le servían como armadura contra los zarzales y le permitían pasar intacto por las malezas más espinosas, estaban en risible contradicción con la piel sedosa y delicadas líneas del pecho del actual pointer de exposición.
En «risible» contradicción. Pero para mí las risas no van dirigidas a Shot. Para mí sigue siendo en mi recuerdo el pointer más importante de mi larga experiencia.
Mi madre enfermó. Mi padre la llevó, junto con todos nosotros, a Europa, con la esperanza de curarla. (Se curó. Vivió, perfectamente sana, cuarenta años más).
Durante los dos años que pasamos fuera de América se alquiló Sunnybank. Enviamos a Shot con uno de mis tíos hasta que pudimos volver a buscarlo.
Este tío, el coronel G. P. Hawes, era un deportista ideal. Comprendía a los perros como pocos. Él y Shot se hicieron grandes amigos, ya que el pointer cuando llegó era un cachorro recién destetado. No se podía encontrar mejor casa ni cuidador más amable.
Sin embargo, el coronel Hawes le escribió a mi padre que aquel perro, normalmente alegre, se había vuelto taciturno, melancólico y desanimado. Shot cumplía sus deberes en el cazadero con tanta honradez como siempre, pero sin mostrar interés. Añoraba Sunnybank y a su amo ausente.
Después de nuestro exilio de dos años volvimos a América. Una de las primeras cosas que hizo mi padre fue ir a la casa de mi tío para volver a Sunnybank con Shot. Me llevó con él. Los detalles están tan claros en mi memoria como si hubieran ocurrido el mes pasado.
Tan pronto como nos sentamos, el coronel Hawes mandó a un hombre que volviera a casa con Shot. Lo habían metido en una perrera bastante lejos y no había visto ni olfateado nuestra llegada. El pointer entró lentamente a la sala de estar cuando lo llamó mi tío.
Estaba más delgado, mucho más delgado de lo que yo recordaba. Su andar y cada línea y movimiento de su cuerpo revelaban apatía. Parecía sin espíritu ni interés por la vida. Mi padre había arreglado la escena previamente. Me dijo lo que tenía que hacer. Lo hice.
Él y yo nos sentamos inmóviles y sin hablar. Estábamos en un extremo de la habitación, lejos de la puerta, y nos separaban tal vez diez pies.
Shot atravesó la puerta sin ganas. Al cruzar el umbral se detuvo. Alzó su espléndida cabeza. Sus ojos buscaron la figura inmóvil y muda de mi padre. Durante un segundo el perro se quedó paralizado.
Luego comenzó a arrastrarse hacia mi padre, vacilante, a paso lento, agachado y temblando febrilmente. Sus ojos atónitos no se apartaban del rostro de mi padre. Centímetro a centímetro siguió su avance deslizándose de forma extraña.
Ni se dignó a mirar donde yo estaba. Todo su espíritu se centraba en aquel hombre inmóvil y mudo sentado en una silla delante de él. Un humano se movería así hacia el fantasma de un ser querido: incrédulo, hipnotizado, lleno de temor reverencial. Luego mi padre dijo una palabra:
—¡Shot!
El perro gimió como si lo hubieran atropellado.
Se lanzó hacia su perdido amo, sollozando y chillando, loco de alegría.
Entonces el tranquilo pointer se puso a dar vueltas en torno a él, galopando en círculo, y terminó su representación dejándose caer a los pies de mi padre; apoyó la cabeza sobre sus zapatos, gimiendo y parloteando.
Respiré tembloroso. Al oírme, Shot levantó la cabeza de su lugar de adoración.
Corrió hacia mí y me dio un recibimiento que normalmente hubiera parecido tumultuoso, pero que fue casi indiferente comparado con el recibimiento que concedió a mi padre.
Luego, de repente, se volvió hacia su amo, colocando la cabeza sobre su rodilla, y siguió sollozando de una forma extrañamente humana.
(Hace poco leí un sermón solemnemente científico que sostenía que ¡ningún perro recuerda el rostro y el olor de su amo desaparecido un año y medio antes! Shot batió ese récord por medio año. Y creo que podría haberlo batido por una década).
Volvimos a Sunnybank; Shot vino con nosotros. Desapareció la triste apatía del perro para siempre. Se le veía loco de alegría por haber vuelto al hogar de sus primeros recuerdos. Pero durante semanas no perdía a mi padre de vista si podía evitarlo. Parecía tener miedo de perder a su amo de nuevo.
Mi padre me enseñó a disparar. Unos años después de nuestro regreso a América fui a cazar codornices con Shot.
Al pie de la colina empinada había una pradera con zarzas.
La pradera estaba cortada hacia la mitad por la vía del ferrocarril.
A medida que se acercaba a la vía, se puso alerta.
Miró hacia un matojo al otro lado de la vía.
Quieto como una estatua, Shot, alerta, esperaba la señal de mi padre para acercarse a los matojos.
Antes de que pudiera dar la señal, apareció un tren expreso zumbando por la curva al pie de la colina y vino hacia nosotros.
Debajo de sus ruedas y en su estela había una nube de polvo y de carbonilla.
Shot permaneció alerta, como una roca. El tren pasó rugiendo a diez pulgadas de su hocico. El perro ni se movió, aunque se cubrió de carbonilla ardiendo y tragó un remolino de polvo y hollín.
Después de que el maloliente tren desapareciera traqueteando, mi padre hizo la señal de avanzar a Shot.
El pointer dio dos cautelosos pasos, pasos que lo llevaron al centro de la vía.
Desde el matojo que tenía delante tres codornices giraron hacia arriba como un trío de pequeñas bombas de pelusa.
Supongo que estaban demasiado asustadas por el tren para intentar escapar.
Shot se echó al suelo, tenso y a la expectativa. Mi padre derribó a dos de los pájaros en una de sus acostumbradas y brillantes descargas a derecha e izquierda.
Yo fallé el tercero.
Estaba demasiado desasosegado debido al peligro que había pasado el perro y al impasible desprecio que había demostrado, para poder disparar decentemente.
Shot vivió hasta viejo, demasiado viejo.
Lo enterramos en una franja de terreno cerca del lago, a unos cientos de metros de la casa: una franja de terreno donde han dormido los perros de Sunnybank desde hace ocho décadas.
Lo enterramos junto a una tumba cuya borrosa lápida de mármol aún se puede descifrar:
FRANK, nuestro perro. Durante trece años
nuestro fiel amigo. Murió en 1876.
Frank había sido el predecesor inmediato de Shot como compañero de caza de mi padre.
Frank me mordió cuando yo tenía dos años. Por mi parte había intentado morderle una de sus flácidas orejas. Fue un mordisco de castigo el que me dio Frank, sin intención de hacerme daño. Me contaron que lloré con gran fuerza por el susto y el dolor.
(Si «cuando un hombre muerde a un perro es noticia», me pregunto si aparece la noticia en los tabloides cuando un niño de dos años muerde la oreja de un perro).