ALGUNOS PERROS DE SUNNYBANK Albert Payson Terhune #2
Una vez fuera, se comportó de una manera indigna, como si fuera un cachorro de tres meses.
Durante las diez horas siguientes llovieron las quejas sobre él; quejas que iban desde las lágrimas hasta las blasfemias; quejas de las que no quise hacer caso.
Lad había entrado por la fuerza en la lechería, golpeando la puerta con la cabeza. Allí había tirado, uno por uno, cada cubo de leche y nata que había en las estanterías, y dejó el suelo empedrado inundado de líquido blanco.
Lad había obligado a subir al gato del ama a un árbol. Y el pobre felino estaba atrapado en el extremo de una vacilante rama que solo se podía alcanzar mediante una escalera de mano.
Lad se había metido entre las vacas y había provocado una estampida. Había perseguido, dando vueltas a su alrededor, a una de ellas que estaba atada a una larga cadena, y que terminó desplomándose exhausta.
Lad había galopado hasta la casa del guarda.
Allí se metió en la cocina y sacó de un cacharro una pata de cordero de diez libras, preparada para la comida dominguera de mi superintendente y su familia.
Estaba intentando enterrar ese trofeo caliente y sabroso en los parterres cuando la mujer del superintendente consiguió rescatarlo en un estado lamentable.
Lad había mordisqueado los talones de un viejo caballo que tiraba de un carro en el que iban a la iglesia su dueño y los hijos de este. El caballo echó a correr, más por diligencia que por temor, durante varias yardas antes de que el cochero pudiera frenarlo.
Mientras, Lad había saltado cogiendo entre sus dientes la esquina de una elegante manta de viaje. La arrastró durante un cuarto de milla y la depositó por fin en el centro de un casi impenetrable campo de bayas.
Lad había buscado a los perros de tres vecinos, los había sacado de sus casetas y les había dado a cada uno de ellos una tremenda paliza.
Lad había arrancado de la cuerda de la colada el mejor uniforme recién almidonado de la enfermera (desde el principio detestó a la terriblemente eficiente enfermera y su olor a antiséptico) y lo había depositado en el lodo junto al lago.
En resumen, se había comportado peor que nunca hubiera podido soñar en su impresionante vida. Había sido, durante diez horas, un azote, la peste del barrio.
Las quejas llegaron, rápidas y furiosas, de todas partes. Para mi descrédito final, tengo que confesar que di la misma respuesta a cada lloroso o maldiciente demandante.
—Déjelo en paz. Envíeme la cuenta y yo le pagaré. Lad y yo hemos pasado por las llamas del infierno en estas dos últimas semanas. Hoy está haciendo las cosas que a mí me gustaría hacer si tuviera valor. Estamos celebrándolo él y yo.
(No necesito precisar a ninguno de ustedes que ese fue el discurso de un necio borracho, indigno de un hombre hecho y derecho, que no dejaba de repetir en aquel dorado Día de la Liberación).
Un año más tarde, aceptó por su propia voluntad un trabajo de hombre. En concreto, hacer de su joven y atolondrado hijo Wolf un ciudadano canino decente. El perro grande llevó a cabo su tarea con paciencia. Al principio los resultados fueron lentos e inciertos.
El innato sentido de travesura de Wolf se convirtió en una carga para la vida tranquila de su padre. La peor forma de aquella plaga fue que Wolf se dedicó a robar los huesos preferidos de su padre.
Al principio el collie mayor sufrió esos robos sin resentimiento ni castigos.
Lad dejaba fuera de combate (y lo hacía) a todos los perros de su tamaño o más grandes que le atacaban.
Pero contra un cachorro pequeño y tonto no empleaba sus temibles poderes punitivos.
Encontró una manera de esconder sus amados huesos de la ladrona dentadura de Wolf.
Tuve la suerte de estar allí, a cierta distancia, para verlo utilizar ese ardid más de una vez.
Y a mí me pareció no tanto un ciego instinto atávico como un verdadero sentido humano del razonamiento.
Lad recibía, como parte de su cena, un hermoso hueso de ternera con trozos de carne.
Había comido hasta hartarse. Así que pensó enterrar aquel sabroso manjar de un kilo para posteriormente desenterrarlo y roerlo.
Primero, dio unos pasos preliminares. Después, sin demostrar ninguna precaución, llevó el hueso veteado de rojo hasta un lugar seguro, junto a un parterre.
Allí lo posó y se puso a abrir un agujero en el mantillo, un agujero mucho más profundo de lo habitual.
En el fondo del pozo colocó su hueso. Con su hocico empujó unos cuantos centímetros de tierra encima para cubrir su tesoro. (Un perro siempre cava los agujeros con sus patas delanteras, ya saben. Pero utiliza su hocico, nunca sus patas, para llenarlos. No sé por qué).
Después de que el hueso estuviera bien cubierto aunque ligeramente, Lad se metió en unos arbustos cercanos y volvió a aparecer llevando un hueso pelado que había escondido allí: un hueso que había perdido todo atractivo para un perro mucho tiempo atrás y blanqueado por las muchas lluvias.
Dejó caer en la cavidad aquella triste reliquia. Luego la cubrió con la tierra que había excavado hasta nivelarlo con el resto del terreno y se marchó despreocupadamente, sin volver siquiera una vez la cabeza para mirar su escondite.
Wolf llevaba tiempo mirando desde una distancia prudencial, con ávido interés.
Tan pronto como Lad abandonó la escena del entierro, el cachorro se acercó bailando y comenzó a cavar.
Así, con frecuencia había saqueado los depósitos subterráneos de huesos de su progenitor. Wolf llegó pronto al primer hueso.
Husmeó con aire disgustado su sequedad sin carne.
Luego se dio la vuelta. Aparentemente había trabajado para nada, para menos que nada, por un hueso que hubiera desdeñado un coyote muerto de hambre.
El cachorro, desconcertado, se fue sin sospechar en absoluto que allí había un rico hueso cubierto de carne a menos de un par de centímetros debajo del señuelo desenterrado.
A menos que yo me equivoque más de lo normal, aquel ardid del viejo Lad exigió algo parecido al razonamiento humano y los poderes de la lógica. Desde luego no se basaba en el mero instinto. Cada movimiento fue pensado y ejecutado en una astuta secuencia.
He oído hablar de otros dos perros desde entonces, cuyos dueños los han visto hacer lo mismo.
Vamos a remontarnos de nuevo a lo que vino después de las locuras provocadas por el alivio de que su ama estuviera fuera de peligro.
Una semana más tarde, una mañana al final del verano, condujeron a la convaleciente hasta la hamaca de la terraza.
Lad, como siempre, estaba tumbado en la terraza al lado de ella.
Antes del mediodía, dos o tres vecinos visitaron a su ama para felicitarla por su recuperación y llevarle regalos de flores, dulces, frutas y cosas por el estilo.
Estos regalos se los pusieron en el regazo para que los inspeccionara.
Lad miraba con interés. Pronto se levantó y se alejó a buen paso hasta el bosque.
En algún lugar en el interior del bosque se encontró —es mucho más probable que lo hubiera encontrado antes y ahora volviera de nuevo— el cuerpo de un caballo muerto hacía mucho tiempo. De él extrajo parte de una costilla. Luego, arrastrando su pesada carga, volvió hacia casa.
No nos dimos cuenta de la llegada del collie ; el viento soplaba en otra dirección. Nuestra primera noticia de su vuelta a la terraza fue cuando se arrimó a la hamaca y colocó su espantoso regalo sobre el regazo de su ama.
¿Y por qué no? Para un perro una carroña tan antigua es un regalo exquisito. No para comerla, sino para revolcarse en ella. Para él el olor debía de ser delicioso, si se juzga por la alegría que mostraba al impregnar con ella su pelaje.
Lad había seguido el ejemplo de los visitantes matinales al llevar un regalo a su querida deidad: el más fino que pudo encontrar.
Después de todo, el hedor de la carroña no puede ser mucho más ofensivo para nosotros que el olor del tabaco, del alcohol y de los caros perfumes importados para los perros.
Sin embargo, por el incomprensible placer de estar cerca de nosotros, nuestros perros aguantan esos fétidos hedores; mientras que nosotros los desterramos de la casa si su pelaje tiene el más débil olor a carroña.
De mis innumerables ignorancias sobre la naturaleza perruna, la mayor es su añoranza de estar con su amo o ama.
No entiendo por qué mis collies dejan de dormitar delante de la chimenea de la sala de estar por el privilegio de seguirme fuera bajo un torrente de lluvia invernal. Odian la lluvia.
No entiendo por qué los perros se arriesgan alegremente a que los riñan o los golpeen cuando salen de una habitación o perrera donde están encerrados, y bajan corriendo la calle y atraviesan los campos para alcanzar al amo que los ha dejado atrás a propósito.
Hoy (por dar otro ejemplo cualquiera) estoy escribiendo en mi hamaca, a un centenar de yardas más o menos de la casa. Hay siete perros conmigo. Es una tarde fresca y brillante; el tiempo perfecto para dar una vuelta. El césped, el bosque y el lago atraen enormemente a mis collies .
¿Y qué están haciendo? Están tumbados en el suelo, junto a la hamaca.
Hasta Sandy, que está cojo y viejo (Sunnybank Sandstorm) ha dejado la alfombrilla de la terraza en la que se encontraba muy cómodo.
Para él cualquier movimiento hoy es una fuente de grandes incomodidades.
Sin embargo, bajó cojeando penosamente los seis escalones que hay desde la terraza hasta el camino y se me acercó lentamente en el momento en que me puse allí; se estiró a mis pies sobre el rugoso terreno, que es mucho menos cómodo que su lecho en la terraza, y aquí lleva más de dos horas, dormitando con los demás.
¿Por qué? No lo sé. Debe de haber algún misterioso aliciente en la presencia de sus dioses humanos que provoca en los perros ese tonto anhelo de permanecer a su lado en lugar de hacer cosas más interesantes y divertidas.