Las mejores historias sobre perros ALGUNOS PERROS DE SUNNYBANK Albert Payson Terhune
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ALGUNOS PERROS DE SUNNYBANK Albert Payson Terhune

Un profesor, al rememorar sus experiencias con más de mil alumnos, se encontraría con que pondría un interés especial en nueve o diez de ellos; nueve o diez personalidades tan sobresalientes por una razón u otra que se convierten en inolvidables y no se pueden mezclar con la vasta mayoría.

Eso es lo que me ocurrió con mis recuerdos de la larga estirpe de los perros de Sunnybank.

Tarde o temprano la memoria de cada amo de perros se convierte en un cementerio, poblado por pequeños y melancólicos fantasmas peludos que vuelven espontáneamente a veces a asumir la apariencia de sus antiguas vidas.

Para los extraños, las hazañas y fechorías de esos fantasmales canes amados tal vez no tengan gran interés.

Con esta ampulosa apología, que realmente no lo es del todo, empezamos:

Lad se destaca por ser uno de los perros más notables de Sunnybank.

He escrito la saga de su vida; difundí sus hazañas a través de nada menos que tres libros sobre Lad.

Así que no tengo por qué aburrir contando su biografía.

Unos cuantos episodios y características y después pasaremos a la próxima jaula.

Era un collie grande e increíblemente poderoso, con una abundante pelambrera de color de caoba y nieve pulido, con unas patas delanteras absurdamente pequeñas (que tardaba al menos una hora al día en limpiar) y con ojos oscuros y hundidos que parecían tener un alma detrás.

Ya basta de hablar del perro exteriormente.

En cuanto a su interior, tenía un corazón que no sabía lo que significaba el miedo, la deslealtad ni la mezquindad.

Pero era su personalidad, aparte de esas cosas, la que lo hacía —y sigue haciéndole— tan imposible de olvidar, como he intentado expresar torpemente en mis tres libros sobre él.

Fue muchísimo más que un collie profesionalmente leal y heroico. Poseía un mágico sentido del humor y la más humana capacidad de razonamiento que he encontrado en un perro.

Vamos a hablar de esos rasgos un par de minutos.

El ama y yo tuvimos que hacer una visita de consuelo a una llorosa mujer que se había roto un brazo. La fractura se había soldado. La víctima estaba casi tan sana como siempre. Pero le encantaba dar recitales dramáticos acerca de su accidente a cualquiera que la escuchara.

Llevamos con nosotros a Lad cuando fuimos a visitar a la inválida emérita. Antes de que pasaran los primeros cinco minutos, deseamos ardientemente haberlo dejado en casa.

No es que no se comportara Lad con un profundo decoro exterior. Pero participó, sin ser invitado a ello, en la conversación. La mujer se lanzó a darnos un detallado informe de su accidente. Salpicó su lamentable recital con quejidos, gruñidos y eruptados suspiros.

A Lad le gustó enormemente el espectáculo.

Tanto que convirtió un doloroso solo en un todavía más doloroso dueto.

Cada vez que nuestra anfitriona emitía uno de los muchos sucesivos sonidos de lamentación, Lad lo remedaba con asombroso realismo y exactamente en el mismo tono.

En una imitación perfecta, emitía quejidos, gruñidos y espantosos suspiros.

A lo largo de todo ese tiempo yacía recatadamente a los pies de su ama. Pero sus ojos bailaban. El frondoso extremo de su rabo se movía incontrolablemente. Lad se lo pasaba en grande. El ama y yo, no.

Intentamos permanecer con expresión seria a medida que el relato de la mujer aumentaba en intensidad y el acompañamiento de Lad iba in crescendo .

Imitó todos y cada uno de sus quejidos y gruñidos.

Entusiasmado por su brillante actuación, su ulular aumentó de volumen hasta casi ahogar la representación de la sufriente.

Era un horrible dueto de emotiva expresividad.

Y Lad ganó. Porque la mujer hizo una pausa en sus jeremiadas y miró fijamente al estático collie yacente con una lacrimosa admiración.

—¡Oh, es maravilloso! —exclamó—. ¡Sencillamente maravilloso! Comprende las agonías por las que he pasado. Y casi le rompen el corazón. Ojalá que otras personas demostraran la mitad de la simpatía que este mudo animal.

Lad, que durante cinco minutos había estado cualquier cosa menos mudo, la miró con alegre expectación, a la espera de que ella emitiera la siguiente nota imitable de dolor y pudiera reanudar su propia interpretación.

Pero no se produjo. El lamento se había convertido en un clamoroso elogio de la increíble comprensión y compasión del perro.

Y en el himno de alabanza no se oyeron seductores lamentos que él pudiera imitar.

Nos marchamos tan pronto como pudimos. Si hubo un perro merecedor de una reprimenda por su desdichada insolencia, era Lad. Pero ni el ama ni yo tuvimos valor para reñirle.

Con una misteriosa sabiduría, el collie se había dado cuenta desde el principio de que la vieja no sentía dolor alguno, ni angustia real, que simplemente daba rienda suelta a sus pasados problemas en una llorona búsqueda de simpatía y en una orgía de autocompasión.

Se había apuntado alegremente a la escena, con un espíritu de declarada ridiculización.

En los casos de auténtico sufrimiento, dolor o desgracia humanas, la simpatía que demostraba Lad era siempre apasionada y sincera. Pero le disgustaba cualquier forma de simulación; un disgusto que le gustaba demostrar abiertamente.

A veces su parodia asumía una forma más sutil.

Como cuando un hombre vino a verme para una cuestión de negocios, un hombre que no le gustaba y del que desconfiaba Lad, igual que yo.

Hacía mucho calor aquel día. El visitante se quitó su chaqueta de seda y la dejó junto a la terraza. Luego comenzó a hablar.

Tenía unos modales desagradables y decía cosas desagradables. Me costó recordar que yo era su anfitrión y traté de comportarme de forma civilizada. Cada vez me costaba más seguir hablando.

Lad estaba tumbado junto a mi silla. Como siempre, percibía mi humor.

Con los extraños poderes psíquicos de un collie , sabía que yo estaba cada vez más irritado y que tenía ganas de echar al visitante de mi casa.

El perro me miraba con aire de preocupación a la cara.

Luego echó un vistazo al hombre y la punta de uno de sus largos colmillos asomó debajo del labio, que comenzó a fruncirse ligeramente.

Pude ver cómo se tensaban los músculos de tigre bajo el pelaje de Lad. Posé mi mano en su cabeza y susurré tajantemente:

—¡ Quieto , Lad, déjale en paz !

Desde que era adulto el perro conocía el significado de las dos órdenes y la necesidad de obedecerlas. Sin embargo, un impertinente desconocido estaba molestando a su amo. Y para Lad eso era muy serio. Se tumbó con aire hosco, los ojos fijos y alerta clavados en el visitante.

Luego, cautelosamente, se levantó. Con la suavidad de un gato atravesó la terraza hasta donde colgaba la chaqueta blanca importada del hombre, una prenda de mucho valor, aunque no tuviera muchos colores.

Para vergüenza mía he de confesar que vi el movimiento de avance del collie sin detenerlo.

Ya se me había agotado mi provisión de hospitalidad para aquel día.

Lad levantó la chaqueta blanquísima y carísima del lugar donde estaba.

La llevó hasta la embarrada grava del camino con tanta ternura como si fuera un cachorro enfermo.

El propietario estaba demasiado ocupado hablando para darse cuenta del robo de la prenda.

Y yo no tuve la educación suficiente como para hacer volver a Lad.

En el camino Lad encontró un lugar donde había un charco con la superficie embarrada, ancho como la mesa de un comedor: los efluvios de la fuerte lluvia de la mañana.

Con la misma exagerada ternura posó la chaqueta sobre el charco.

Luego, con evidente deleite, comenzó a revolcarse de un lado a otro varias veces.

Después frotó uno de sus pesados hombros contra la arrugada chaqueta de importación británica, y luego hizo lo mismo con el otro.

Terminó la profanación revolcándose una vez más sobre ella.

Para alguien que no lo conociera ese frotar de hombros y ese revolcarse tal vez no tuvieran ningún sentido, aparte de la malvada diablura.

Un hombre que conociera a sus perros entendería el inarticulado insulto que suponía.

Porque solo en la carroña —licuescente y pútrida carroña— se revuelca y frota el cuerpo un perro de ese modo. Es el peor insulto que puede expresar.

Fue al terminar su tarea de profanación tal como he contado, y mientras volvía con majestuosa dignidad a su lugar junto a mi silla, cuando la mirada del visitante se posó —primero inquisitivamente y luego con repentino horror— sobre su preciada chaqueta blanca: aquel sucio montón de tela embarrada que había sido su chaqueta.

De nuevo debí haberle echado una feroz reprimenda a Lad. De nuevo, no lo hice.

En octubre de 1912, el ama sufrió un ataque largo y peligroso de neumonía.

Fue un período horrible, que todavía hoy trato de no recordar.

Durante días sin fin y noches interminables, Lad permaneció tumbado junto a la puerta del dormitorio de la enferma.

No comía. Si le echábamos de casa, rompía una ventana del sótano y dos minutos después estaba de nuevo en su puesto, junto a la puerta cerrada.

Permaneció tumbado allí día y noche, tiritando, gimoteando suavemente en voz baja. El doctor y la enfermera en su ir y venir pisaban inadvertidamente una docena de veces al día su cuerpo delicado.

Fuera, los bosques de octubre estaban llenos de conejos y ardillas que se podían perseguir: las presas de siempre de Lad, en sus persecuciones por el bosque. Pero el perro no hacía caso. Apenado y enfermo de miedo, seguía allí tumbado.

Luego, una gloriosa mañana de domingo pasó el peligro de muerte.

Llamé a Lad al dormitorio de la enferma.

Temblando, extático, se dirigió hacia la cama, moviéndose con la misma suavidad que cualquier enfermera o madre.

El ama sabía de su larga vigilia. Y ella le acarició su clásica cabeza y le dijo que era un gran perro.

Después le dije que saliera. Obedeció.