Las mejores historias sobre perros MONTMORENCY Jerome K. Jerome
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MONTMORENCY Jerome K. Jerome

Al ver a Montmorency uno se podría imaginar que se trataba de un ángel enviado a la tierra, oculto a los ojos de la humanidad en forma de pequeño fox terrier.

Hay algo de ¡Oh-qué-mundo-más-perverso-es-este-y-cómo-me-gustaría-poder-hacer-algo-para-mejorarlo-y-ennoblecerlo!

en la expresión de Montmorency, que se sabe que ha provocado lágrimas en los ojos de piadosos ancianos y ancianas.

Cuando vino primero a vivir a mi costa, nunca pensé que iba a quedarse mucho tiempo conmigo.

Solía sentarme y observarlo mientras él se sentaba sobre la alfombra y levantaba la mirada, pensando «Ah, ese perro no vivirá mucho.

Lo arrebatará un carro que se lo llevará al cielo, eso es lo que le ocurrirá».

Pero después de tener que pagar por cerca de una docena de gallinas asesinadas por él; haberlo sacado a rastras por el cogote mientras gruñía y pateaba, para alejarlo de ciento catorce peleas callejeras; que me trajera un gato muerto para que yo lo inspeccionase una dama furiosa que me llamó asesino; haber sido acusado por el señor de la puerta de al lado por tener suelto a un perro feroz que le impidió salir de su cobertizo de las herramientas, sin atreverse a aventurar la nariz por la puerta durante más de dos horas en una noche fría; y averiguar, cosa que yo ignoraba, que el jardinero había ganado treinta chelines apostando que mataría ratas a contra reloj, entonces comencé a pensar que, después de todo, quizás lo dejasen permanecer en la tierra un poquito más de tiempo.

El único asunto en el que Montmorency y yo teníamos serias discrepancias era en lo referido a los gatos. A mí me gustan los gatos, a Montmorency, no.

Cuando me encuentro a un gato, digo «¡pobre gatito!

», me agacho y le hago cosquillas en un lado de su cabeza; y el gato levanta la punta de la cola como si fuera hierro forjado, arquea el lomo y se limpia el hocico con mis pantalones.

Y todo es paz y buenos modales. Cuando Montmorency se encuentra un gato, se entera todo el vecindario y en diez segundos se malgastan tantos tacos como los utilizados por un respetable hombre corriente durante toda su vida.

No culpo al perro (normalmente me contento, por regla general, con darle un tortazo en la cabeza o tirarle piedras), porque lo lleva en la sangre.

Los fox terrier nacen con un pecado original que es cuatro veces mayor que el de los otros perros y costaría años y años de paciente esfuerzo por parte de nosotros, los cristianos, conseguir cualquier reforma apreciable en la naturaleza pendenciera de los animales de esa raza.

Recuerdo que un día me encontraba en el vestíbulo de las tiendas de Haymarket, rodeado de perros por todos los lados, que esperaban la vuelta de sus dueños, mientras estos hacían compras.

Había un mastín, uno o dos collies , un sambernardo, unos cuantos retriever y terranovas, un boar-hound , un caniche con un montón de pelo en la cabeza pero de lomos bastante pelados, un bulldog , unos cuantos animales de Lother Arcades del tamaño de las ratas y un par chuchos de Yorkshire.

Estaban sentados pacientemente, portándose bien y con aire pensativo. Una paz solemne flotaba en el vestíbulo. Un aire de calma y resignación, de moderada tristeza, que se extendía por la habitación.

Entonces entró una dulce joven que llevaba un pequeño fox terrier con aspecto de tímido y lo dejó allí atado entre el caniche y el bulldog .

El perro se sentó y durante un minuto miró a su alrededor.

Luego proyectó sus ojos sobre el techo y, a juzgar por su expresión, parecía estar pensando en su madre.

Entonces bostezó. Después miró a su alrededor hacia los otros perros que guardaban silencio con dignidad y severidad.

Miró al bulldog , que dormía sin problemas a su derecha.

Miró al caniche, que, erguido y arrogante, se situaba a su izquierda.

Luego, sin mediar palabra, sin un asomo de provocación, mordió la pata delantera del caniche que tenía a su lado y un gañido de agonía sonó a través de las silenciosas sombras del vestíbulo.

El resultado de su primer experimento le pareció altamente satisfactorio.

Y se mostró decidido a seguir adelante para animar lo que lo rodeaba.

Saltó por encima del caniche y atacó con gran energía a un collie que se despertó, e inmediatamente dio comienzo una lucha feroz y ruidosa con el caniche.

Tras esto, Foxey volvió a su sitio y agarró al bulldog por la oreja e intentó tirarle de ella, y el bulldog , un animal curiosamente imparcial, se lanzó contra todo aquel que podía pillar por banda, incluyendo al conserje, lo cual le dio a nuestro querido pequeño terrier la oportunidad de disfrutar de una ininterrumpida lucha contra un chucho de Yorkshire que tenía las mismas ganas de marcha.

A cualquiera que conozca el alma canina, no habría que decirle, a estas alturas, que el resto de los perros del lugar se pelearon como si sus hogares y sus casas estuviesen en juego.

Los perros grandes se pelearon los unos contra los otros de forma indiscriminada; y los pequeños lucharon entre sí, y en los ratos libres mordían las patas de los perros grandes.

Había un jaleo tremendo en todo el vestíbulo y el alboroto era terrorífico.

La muchedumbre se reunió a las puertas de Haymarket y preguntó si había junta parroquial, o si no era así, ¿a quién estaban asesinando y por qué?

La gente llegó con palos y cuerdas para intentar separar a los perros, y se fue a buscar a la policía.

Y en medio del alboroto volvió la dulce dama y agarró a su pequeño y dulce perrito (el mismo que dejó fuera de combate durante un mes al chucho, y que ahora tenía la expresión de un corderito recién nacido) entre sus brazos y lo besó y le preguntó si lo habían matado y qué es lo que le habían hecho esas grandes bestias malvadas; él se acurrucó contra ella y elevó la vista hacia su cara con una mirada que parecía decir:

«¡Oh, estoy tan contento de que hayas venido para llevarme lejos de este vergonzoso espectáculo!».

Ella dijo que la gente que iba de compras no tenía derecho a permitir que perros tan grandes y salvajes como aquellos se mezclasen con los perros de las personas respetables, y se mostró dispuesta a denunciar a cualquiera.

Así es la naturaleza de los fox terrier; y, por lo tanto, no culpo a Montmorency por su tendencia a reñir con gatos, pero aquella mañana sé que no hubiera deseado ceder a sus instintos.

Volvíamos, como dije antes, de darnos un baño, y subiendo la calle mayor, a mitad de camino, un gato salió disparado de una de las casas situadas frente a nosotros y comenzó a atravesar la calle sin prisas.

Montmorency dio un alarido de alegría —el alarido de un disciplinado guerrero que ve que le entregan a su enemigo en las manos—, un alarido como el que debió de dar Cromwell cuando los escoceses bajaron de las colinas, y voló en persecución de su presa.

Su víctima era un macho grande y negro. Nunca he visto un gato tan grande, ni tampoco de pinta más innoble. Había perdido la mitad de su cola, una de sus orejas, y un trozo bastante apreciable del hocico. Era un animal largo y nervudo. Tenía un aire tranquilo y confiado.

Montmorency fue tras el pobre gato a una velocidad de veinte millas por hora, pero el gato no se apresuró.

No pareció pasársele por la cabeza que su vida estuviera en peligro.

Trotó en silencio hasta que su «futuro asesino» se encontró a una yarda de distancia y luego se dio la vuelta y se sentó en medio de la calle, mirando a Montmorency con una expresión amable e inquisitiva, que venía a decir:

—¿Sí?, ¿quieres algo de mí?

A Montmorency no le falta valor; pero había algo en esa mirada del gato que habría helado el corazón del perro más valiente. Se paró bruscamente y volvió a mirar al gato.

Ninguno de ellos habló; pero la conversación que uno podía imaginarse fue, sin lugar a dudas, la siguiente:

EL GATO: ¿Puedo ayudarte en algo?

MONTMORENCY: No, no; gracias.

EL GATO: No te cortes, si realmente quieres algo, dímelo.

MONTMORENCY (echándose atrás por la calle mayor) : No, no…, no te preocupes…, de verdad…, no te molestes. Me temo que he cometido un error. Pensé que te conocía. Siento haberte molestado.

EL GATO : No, no te preocupes, encantado. Pero ¿seguro que no quieres nada?

MONTMORENCY (todavía retrocediendo) : No, para nada…, para nada…, muy amable. Buenos días.

EL GATO: Buenos días.

Luego el gato se levantó y siguió trotando, y Montmorency, metiendo el rabo entre las patas, vino hacia nosotros y se situó en la retaguardia, pasando desapercibido.

Incluso hoy, si mencionas la palabra «¡gatos!», Montmorency recula y te mira con aire lastimoso, como diciendo «No, por favor».