BUNCH James Douglas #4
Se metió dentro y lo tiró sobre la alfombra. Lo llenamos de nuevo y lo sujetamos para que pudiera beber, pero lo tiró de nuevo. Luego sujetamos el cuenco y a Bunch mientras él bebía con tanta violencia que recibimos más agua que él. No pudimos convencerlo de que lamiera únicamente con su lengua.
Lamía con cada pata, con las orejas, con el rabo, con su lomo y con cada nervio de su cuerpo.
Después de aquellos lamidos, estábamos más mojados que él e intentamos, en vano, tranquilizarlo.
Parecía dispuesto a comerse la habitación entera, y cuando no comía algo corría por ahí, dando golpes con la cabeza contra las patas de las camas, de las sillas, de las mesas o cualquier otra cosa contra la que pudiera dar cabezazos.
—No has comprado un perro —dijo Eva Alexandra—. Es un terremoto.
—Vamos a darle una aspirina —dije—. Tiene fiebre.
—No necesita una aspirina —dijo Eva Alexandra—, sino cloroformo.
—Lo cogeré en brazos —dijo Carmen.
Desgraciadamente Carmen tiene dos manos y dos brazos.
No era una descendiente de los Hecatonquiros, los de las cien manos.
Bunch hubiera sido una verdadera lata para Briareo, Coto y Giges, quienes, según un colega de Homero, no dicen por qué cincuenta de sus brazos carecían de manos, ya que está claro que un brazo sin mano es inútil.
Quizá los tres gigantes eran piratas y llevaban garfios, como el capitán Hook. Pero hasta un gigante de cien manos y cincuenta garfios tendría problemas para sujetar a Bunch.
De todas formas, Carmen, con sus dos manos, dos rodillas y dos pies, fracasó totalmente en su intento de controlar, dominar y subyugar sus miríadas de paroxismos, contorsiones, meneos y espasmos.
Saltó de su regazo, tiró una mesa y salió disparado por la puertaventana, golpeando su cuerpo jadeante contra una tumbona que había en el balcón, que se cayó y se cerró sobre él en un caos de lona, bisagras y cojines.
—Eso no es un perro —dijo Eva Alexandra—. Es un torbellino.
Cerramos la puertaventana y celebramos un consejo de guerra mientras Bunch intentaba subir por la balaustrada del balcón.
—Se va a matar —dije.
—Nos matará —dijo Eva Alexandra, mientras cuatro perros en el césped de abajo estallaban en un torrente de aullidos y ladridos dirigidos a Bunch, que ahora estaba imitando a una hiena, corriendo por el balcón a una velocidad estimada de sesenta millas por hora.
—Debemos comprarle un collar —dijo Carmen— y una correa.
—¡Correa! —dijo Eva Alexandra—. Esa avalancha necesita una cadena.
—Una cadena de cable —dije.
—Podemos comprarla en Woolworth’s, papá —dijo Carmen.
—Cariño —dije—, no es un trabajo para el señor Woolworth. Necesitamos un almacén de objetos marinos. Bunch necesita una cadena y un ancla. Necesitamos atracarlo a una cama.
—Dejémoslo correr por el balcón —dijo Eva Alexandra— y bajemos a tomar el té.
Estábamos tomando la primera taza cuando oímos un ruido espantoso en lo alto del rellano y, de repente, un hombre gordo rodó escaleras abajo con Bunch enredado en sus piernas.
El hombre gordo yacía de bruces lanzando palabrotas, mientras Bunch permanecía enterrado en algún lugar bajo su chaleco. Le ayudé a levantarse y allí en la alfombra estaba echado Bunch, aplastado, con los ojos saltones y la lengua caída a un lado de su espumosa boquita.
—¡Ha matado a mi pobre perro! —exclamó Carmen, llevando el cuerpo inerte hasta un sofá.
—Casi me mata a mí —gruñó el hombre gordo, limpiándose el rostro enrojecido con un pañuelo de color malva.
—Tome una copa —le dije, llamando a un camarero.
—¡Rápido! Dos whiskies dobles con soda.
—Solo es un cachorro —dije, y dimos un gran trago.
—¡Que Dios le ampare cuando crezca! —dijo el hombre gordo.
—Si me excusa —dije—, iré en busca de una cadena antes de que se recupere.
—Le acompañaré —dijo el hombre gordo—. Este hotel no estará seguro mientras ande suelto.
—No tardes mucho —dijo Eva Alexandra—. Ha abierto un ojo.
Mientras caminábamos hacia la tienda pregunté al hombre gordo si jugaba al golf. Resultó que sí.
—Muy bien —dije—. Mañana vamos a jugar al golf todo el día, y almorzaremos en el club. Necesito un descanso.
—Yo también —dijo el hombre gordo.
Volvimos con un collar que había sido confeccionado para un bulldog y una cadena hecha para evitar que los coches se deslizaran en carreteras heladas.
—¡Bestias! —dijo Carmen—. Ahora está tranquilo como un corderito. Lo habéis asustado.
Bunch yacía como una gran polvera.
—Está hinchado —dije.
—Ha tomado toda la merienda —dijo Eva Alexandra—. Todo el mundo le ha dado de comer.
—Creo que va a devolver —dijo Carmen, cogiéndolo y sacándolo rápidamente al jardín.
Volvió enseguida con Bunch trotando detrás de ella.
—¿Y bien? —pregunté.
—Ha devuelto —dijo Carmen.
—Todos vamos a estar enfermos —dijo Eva Alexandra— antes de que pase mucho tiempo. ¡Enfermos y hartos! Solo se puede hacer una cosa.
—¿Cuál? —pregunté.
—¡Envenénelo! —dijo el hombre gordo, sonriendo de oreja a oreja—. Cualquier farmacéutico lo hará por cinco chelines.
—¡Papá! —dijo Carmen—. ¿No irás a envenenarlo?
—No, cariño —dije—. Le voy a atar un ladrillo al cuello, lo sacaré en barca al mar y lo tiraré.
—Si haces eso —dijo Carmen—, me ahogaré.
—Muy bien —dije—. Así nos ahorraremos muchas preocupaciones. Buscaré dos ladrillos y puedes acompañarnos. Tenemos el tiempo justo antes de la cena.
—Menos mal que tenemos un balcón —dijo Eva Alexandra.
—Entonces, ¿quieres quedártelo? —dije.
—Me gusta —dijo Eva Alexandra—, y yo le gusto a él. Me hará compañía cuando Carmen esté en París estudiando.
—¡Compañía! —dijo el hombre gordo—. Será más que una compañía. Será un regimiento. Será un cuerpo de ejército.
¡Y así fue!