BUNCH James Douglas #3
Lo juré yo y lo juró Carmen. Hicimos juntos un largo y entusiasta juramento.
—¿Y qué ocurrirá cuando Carmen se vaya a estudiar a París el mes que viene? ¿Te encargarás del perro hasta Navidades?
—Desde luego —dije alegremente, mintiendo mucho.
—Os conozco —dijo Eva Alexandra—. Me tocará sacar al perro. Pero os advierto que no voy a tener nada que ver con él. Si creéis que puedo ocuparme de una casa y cuidar de un perro, os equivocáis.
Dejamos sabiamente el asunto ahí, sabiendo de sobra que Eva Alexandra ladraba pero no mordía.
Carmen y yo disimulamos diligentemente nuestra emocionada impaciencia durante una de las mañanas más largas de la historia, porque sabíamos que una palabra precipitada podía dar al traste la alegre expectativa y promesa de las tres de la tarde.
Temíamos tomar algo como resuelto y decidido, así que evitamos cautelosamente cualquier gesto o frase de seguridad y certeza.
Pero no éramos capaces de controlar nuestros pensamientos y sabíamos que tampoco Eva Alexandra controlaba los suyos, aunque la ayudamos con un aspecto de sosegada indiferencia.
Quizá nos pasamos un poco en nuestro obsequioso servilismo frente a cada parpadeo de su agresiva mirada.
Nuestra adulación era casi enfermiza, pero ella la pasó noblemente por alto, aunque pensamos que no la engañamos, porque nunca pudimos engañarla.
El almuerzo fue la comida más lenta que tomamos nunca, y cada bocado, aplazado.
Doblamos y redoblamos nuestra hipocresía, sirviéndonos segundos platos de bacalao hervido y pastel de arroz, y hablando con ansiedad y elocuencia para ocultar nuestra concentrada obsesión.
Eva Alexandra nos dejó cocernos en nuestra propia salsa.
Si nosotros éramos lentos, ella lo era más.
No dijo una palabra y nosotros no mencionamos «las tres».
Después del almuerzo nos sentamos en el jardín, al sol, y Eva Alexandra se durmió o fingió dormir. Durmió o fingió dormir lo que para nosotros fue una eternidad. Esperamos y la observamos hasta que no pudimos esperar y observar más.
Luego dejé caer la bandeja del café con un ruido de porcelana y cucharas. Eva Alexandra abrió los ojos:
—¿Por qué me has despertado? —preguntó Eva Alexandra.
—Querida —dije temerariamente—, es la hora de marcharnos.
—¿Marcharnos adónde? —preguntó Eva Alexandra.
—A ver al cachorro sealyham —repliqué brutalmente.
—¿Qué cachorro sealyham ? —preguntó Eva Alexandra.
Humildemente fingimos creer que se había olvidado, e iniciamos el delicado proceso de despertar su memoria.
Creo que sintió lástima por nosotros, porque nos alivió de nuestras angustias—.
Me imagino que debo ir para que estéis contentos —dijo—, pero estoy segura de que odiaré al cachorro.
—¡Oh, mamá! —gritó Carmen con seriedad y engaño—, si no te gusta no nos lo llevaremos.
—No, querida —dije fervorosa y mendazmente—, por supuesto que no.
Contémplenos a los tres, marchando solemnemente por las avenidas llenas de rosas y convergiendo en la puerta del destino cuando el reloj dio las tres.
Y allí en el jardín reposaba mamá sealyham con los seis gordos y tontos cachorros, gimoteando, hocicando, mordisqueando y revolcándose por el césped alrededor de su maternal indiferencia y distancia.
Se llamaba Rebecca (Becky en diminutivo), y la niña de la señora Sealyham había concedido a los seis cachorros nombres propios que comenzaban con una B. Si una providencia sabia y benéfica no nos hubiera guiado en la elección de la B adecuada, este libro no hubiera sido escrito nunca.
La elección recayó sobre el más gracioso, tonto, cómico, divertido, absurdo y grotesco de los seis.
Él sedujo y cautivó a Carmen. Lo quería a él y a ningún otro.
Y su nombre era Bunch of Blackadder, e incluso en su infancia poseía en miniatura todas las cualidades características e idiosincrasias del Bunch maduro.
Fue abiertamente un cachorro alegre, un payaso nato, y enseguida comenzó su carrera de provocar las risas. Nos reímos de su rostro gracioso con sus ojos y hocico gigantescos y su barbilla metida lamentablemente para dentro. Nos reímos de su andar torpón. Nos reímos de sus patas y de su rabo gordo.
Algunos de los otros B tenían barbillas cuadradas, pero preferíamos la heterodoxa barbilla recesiva de Bunch, porque intensificaba y realzaba su aspecto de alegre imbecilidad.
Estábamos de acuerdo en que tenía todo el encanto de un idiota y nos importaban muy poco las exposiciones de perros y sus formalismos.
También nos mostramos de acuerdo en pasar por alto su pecho de paloma, que ya en su infancia sobresalía y se proyectaba como una ventana salediza.
Me recordaba la casa de William Makepeace Thackeray en Young Street, Kensington.
Este cachorro, dije, es un humorista. Es thackeriano.
Es dickensiano. Es eliotiano. Es shandeano.
Adivinamos y presentimos una vida de risas en su compañía.
Nuestra adivinación y presentimiento se confirmaron plenamente porque Bunch se convirtió en el Dan Leno de los perros, en el Charlie Chaplin de los canes.
Nunca dejó de emocionarnos y de provocar la risa de cualquier extraño en la calle; no una risa de mofa, no una risa de desprecio, sino una risa de amor.
Supimos que su padre había sido un celebrado e ilustre sealyham con el resonante, real y sonoro nombre de Senny Ding.
Y Bunch poseía las marcas de tejón de su padre.
Las marcas de tejón en su cabeza y orejas nos llenaban de orgullo en cuanto a su pedigrí y de esperanza en lo que respecta a su agresividad.
Y nos gustaba el sonido de Senny Ding. Nunca habíamos oído hablar de Senny Ding, pero decidimos que sería gracioso poder contestar a preguntas y cínicas denigraciones con un «Bunch es el hijo de Senny Ding».
Nunca nos falló la respuesta. Silenciaba a cada escéptico que nos informaba de que la mandíbula de Bunch era prognata y que no sería capaz de meter los dientes a un tejón.
Después de todo no lo compramos para que acosara a los tejones.
Nunca hemos conocido ni creemos que vayamos a conocer a un tejón, que el Concise Oxford Dictionary describe como «un cuadrúpedo plantígrado nocturno e hibernante, entre comadreja y oso, de piel gris y fuerte mandíbula».
Un plantígrado es un animal que camina sobre las plantas de las patas, colocándolas enteramente en el suelo.
Me alegra decir que a Bunch no le interesan ni los plantígrados ni sus patas.
Sus gustos e intereses son bastante más delicados.
Eva Alexandra se comportó bien hasta que sacamos a Bunch del jardín, tambaleándose con sus cortas patas por el camino. Luego, sin advertencia, nos dejó atónitos con esta pregunta:
—¿Cuánto has pagado por él?
—En realidad aún no he pagado nada —tartamudeé.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó Eva Alexandra—. Cinco chelines, supongo.
—Bueno —dije—, no creas que vas a comprar un hijo de Senny Ding por cinco chelines.
—No pagaría más de cinco chelines por ningún perro —dijo Eva Alexandra—. Bueno, su licencia nos costará siete chelines y seis peniques.
—No creo que la consigamos por cinco chelines —dije.
—¡Qué! —exclamó—. ¡No sabes su precio! Te han dado gato por liebre.
—No es una liebre —dije—, es un cachorro.
—Vuelve —dijo Eva Alexandra— y lleva al perro contigo y pregunta el precio. Si cuesta más de cinco chelines, devuélvelo.
—Pero lo hemos comprado —dije—. Y esperaremos hasta que recibamos la cuenta.
—Ni hablar —dijo Eva Alexandra—. ¡No quiero ni oír hablar de ello!
Pesarosamente me marché con Bunch. Sabía demasiado bien su precio. Pero había guardado ese oscuro secreto para mí mismo. El precio de Bunch eran seis guineas.
Eva Alexandra me miraba mientras abría el portal. Me escondí tras un rododendro durante unos diez minutos y luego volví con Eva Alexandra.
—Cuesta una guinea —dije.
—Te engañó —dijo Eva Alexandra—. Podías haberlo comprado por media guinea. ¿No regateaste? —Como un imbécil confesé que no había regateado—. ¡Como todos los hombres! —dijo—. Y ahora te voy a decir una cosa: no pagaste una guinea, sino seis.
—¿Cómo lo sabías? —dije sin aliento.
—Me lo dijo ella —contestó amargamente Eva Alexandra—. Con ese dinero podría comprar un sombrero nuevo.
—Querida —dije—, tendrás un sombrero nuevo. Pero Bunch durará mucho más que un sombrero nuevo. Durará años y años.
¡Y así fue!
Es ley de vida que en un hotel todo el mundo hable de todo el mundo y nadie hable con nadie.
Cualquier infracción de esa ley se define y describe como «romper el hielo».
El proceso de ruptura del hielo es largo, lento y doloroso, y quien lo rompe corre el riesgo de ser considerado un enemigo de la sociedad.
Antes de que llegara Bunch el hielo era inmaculado y sin resquebrajaduras. Inmediatamente lo hizo polvo. Hizo que todo el mundo sonriera cuando pasó tambaleándose por la puerta giratoria, y nos consiguió más amigos en dos minutos que nosotros en dos semanas.
Disfrutamos de los reflejos de su popularidad.
Como dueños suyos, nos convertimos en personas importantes.
Estaba dispuesto a lamer cualquier mano o cualquier cara.
Todos los cachorros son cariñosos, pero el cariño de Bunch era un tornado de afecto.
Nos perturbó un poco percibir que estaba deseando entregarse de todo corazón a la raza humana entera.
Estaba claro que nunca sería el perro de un hombre, de una mujer o de una niña.
Estaba destinado a ser el perro de todo el mundo.
No sé cuánto tiempo duró nuestro viaje desde la puerta principal hasta el dormitorio, pero creo que pasó casi una hora antes de que pudiéramos librar a Bunch de sus adoradores.
Su lengua estaba seca después de tantos lamidos y colgaba, rosada y reseca, mientras nos apresurábamos a ponerle delante de un cuenco de agua.