BUNCH James Douglas #2
Tiemblo al pensar que posiblemente nunca hubiera visto a Bunch si no hubiera sufrido tardíamente en la vida una enfermedad incurable y terrible, conocida en todo el mundo por el espantoso nombre de «golf», una palabra que suena como «golfo», y así es, como saben quienes se pierden en él.
Bunch es la única cosa buena y honrada que he sacado del golf, pero vale mucho más que toda la angustia y agonía que durante tanto tiempo he aguantado con impaciencia.
Si hubiera sido un buen jugador de golf, habría llevado a mi desamparada mujer y abandonada hija a un infierno donde no existiera más que ese deporte.
Pero al ser un jugador frustrado y estrafalario tuve compasión de ellas.
No arrastré a mi inocente mujer y a mi hija sin culpa a sufrir en silencio algún triste Westward Ho!
, o al triste Dornoch, al lóbrego Gullane, al sufriente Sandwich o al melancólico North Berwick, o al hosco St. Andrews, donde los campos verdes son regados por las lágrimas de las viudas y las huérfanas del golf.
El capítulo de accidentes aún no ha desbordado el vaso.
Si yo no hubiera tenido una tía soltera, a lo mejor no habría oído hablar de William Powell, que escribió The Marrow of Methodism .
Si William Powell no hubiera sido un elocuente teólogo metodista, mi tía soltera a lo mejor no me habría convencido para que la acompañara a la recargada Carlisle Memorial Church en Carlisle Circus, Belfast, en una espléndida mañana de domingo durante la década de los ochenta. Bendigo al señor Carlisle.
Si el banco de mi tía soltera no hubiera estado situado en la adecuada y predestinada nave sur y si no me hubiera puesto allí junto al pasillo de ese banco, no habría disfrutado de una visión clara y sin obstáculos de dicha nave, y no habría visto con estos ojos mortales a la muchacha más bella de Irlanda, caminando como únicamente pueden caminar las irlandesas, con su hermosa cabeza erguida entre las doradas estrellas que salpicaban el techo, dirigiéndose hacia el coro celestial desde donde su voz angélica entró vibrando en mi joven y hasta entonces desencantado corazón.
«¿Qué tiene que ver todo este galimatías romántico con Bunch?
—grita el señor Petulancia—. ¿Por qué conviertes la historia de un perro en una historia de amor?
Las nueve décimas partes de las personas que aman a los perros y las historias de perros han sido contrariados o decepcionados en el amor y posiblemente no se enamorarán nunca más.
Algunos aman a los perros porque odian a los hombres, las mujeres y los niños.
Te imploro que nos regales una historia de perros sin diluir ni adulterar, y guárdanos del cansancio de perdernos en el sirope y en la melaza de las fruslerías eróticas».
Adiós, señor o señora. No lea más. Una historia de perros tiene que ser una historia de amor y le advierto que estoy resuelto a verter todo el amor que puedo recoger o fraguar en la biografía de Bunch.
Si usted desea una conmutación o amnistía de decretos, ucases, edictos de amor, me despido alegre y jovialmente de usted.
Váyase; consuélese con los dramas y prólogos antirrománticos de Georgius Bernardus Shavius, con la filosofía sintética de Herbert Spencer, o con la deprimente y sombría geometría de Bertrand Russell, o con las muecas malhumoradas y atrabiliarias de Aldous Huxley.
¡Y que Dios tenga piedad de lo que usted gusta llamar «su alma»!
Digo, entonces, que si no me hubiera enamorado a primera vista de la Dama de la Nave, no habría oído hablar nunca de Bunch, porque posiblemente me habría convertido en un célibe enmohecido.
En ese caso hubiera muerto de aburrimiento antes de que naciera Bunch.
El matrimonio prolonga la vida y abrevia los disparates.
Hasta si hubiera vivido, dudo que hubiera escogido Frinton para mis vacaciones de soltero. Me habría encontrado aburrido cuando me acostaba y cuando me levantaba en algún estrafalario lugar, donde Bunch no hubiera podido nacer.
Pero no era suficiente casarme con la Dama de la Nave de la Iglesia lo más rápido posible, y mantenerla en un estado de rebelde resignación frente a su destino durante solo el cielo sabe cuántas horas, semanas, meses y años.
No. Era también necesario poseer o ser poseído por otra variedad de ángel, a saber, una hija, y esta hija en aquel momento preciso estaba tratando de convencer obstinadamente a su madre para que convenciera a su padre para que mendigara, comprara, pidiera prestado o robara un perro para ella.
Así que resultó que me preparó tranquilamente la mano del destino, manipulándome a mí y a los míos con paciente previsión para el predeterminado encuentro con Bunch.
Tenía un perro en la imaginación. Casi cualquier perro de casi cualquier raza o no raza podría entrar en mi corazón.
Las probabilidades contra Bunch eran incalculables, pero él ganó.
Por casualidad yo iba pasando distraídamente frente a una caseta de baño en la playa cuando oí que alguien me llamaba por mi nombre.
Cuando me di la vuelta desvié el curso entero de mi vida, la de mi mujer, la de mi hija y la de Bunch.
¿Qué quería decir aquella hermosa mujer de la caseta a un hombre que solamente había visto una vez tomando un té?
Apenas conocía su nombre y me extrañó su llamada.
Pero ocurrió, y ella no supo lo que me hizo. Fue una agente del destino.
Con tranquilidad y languidez me preguntó si me gustaría comprar un cachorro de sealyham para mi hija. Había seis cachorros y podía escoger el que quisiera. No tenía ni idea de lo que era un sealyham , en mi vida había oído hablar de esos perros. Pero al instante manifesté que compraría uno.
Mi ímpetu alarmó a la señora. Me aconsejó que consultara con mi mujer y con mi hija.
A lo mejor no querían un sealyham . A lo mejor preferían un fox terrier, o un aberdeen terrier , o un terrier irlandés, o un cairn , o un sabueso irlandés, o un pastor alemán, o un collie , o un perro salchicha, o un spaniel .
No. Estaba seguro de que no querían nada que no fuera un sealyham , y luego le pedí que me deletreara la palabra.
La razón por la que se lo pedí podía parecerle frívola.
Pero resulta que yo conocía a un hombre llamado Seely, y me caía peor que ningún otro hombre que hubiera conocido.
Si sealyham se hubiera escrito seelyham todo hubiera acabado en aquel mismo instante.
Pero tal como fueron las cosas podía aceptar sealyham , nada más.
Se puede decir que Bunch y yo podríamos habernos separado para siempre por un gangrenoso formalismo de vocales.
No se imagine que todo fue como la seda después de prometer consultar con mi mujer y con mi hija.
Mucho antes de llegar a su caseta de baño, el corazón se me cayó a los pies, no porque hubiera hecho algo malo, sino porque sabía que no podía hacer nada acertado.
Es bendición, privilegio y gloria de un marido y padre llevar en su pecho un perpetuo sentido de culpa y conciencia de pecado.
Las dudas reptaban por mi espina dorsal y casi me di la vuelta para rogar a la señora Sealyham que me librara de mi precipitada decisión.
Pero un hombre teme parecer tonto o, por lo menos, serlo.
Hubiera sido más sensato enfrentarme con una mujer que con dos.
Podría reñir de por vida con la señora Sealyham sin causar ningún daño.
Podría haberle mentido. Podría haberla informado alegremente de que mi hija había cambiado de opinión y quería un gato en lugar de un perro.
Podría no haber hecho nada en absoluto y fingir, si llegaba a ese punto, que me había olvidado de la cita a las tres.
Seguí vacilando y oscilando entre al menos cien justificaciones y pretextos cuando mis pies entraron en la boca del león o, para ser más exactos genéricamente, en la boca de la leona.
Por desgracia me ruborizo fácilmente. Algunos hombres se ruborizan después de mentir. Yo me ruborizo unos diez minutos antes.
Me ruboricé al encontrarme con los ojos azules y fríos de Eva Alexandra.
—¿Qué has estado haciendo? —preguntó.
Leí sus pensamientos en un segundo. Ella había llegado a la conclusión de que yo había estado tomando furtiva y sigilosamente un cóctel con algún sinvergüenza en el club de golf.
—No —expliqué—. No es cosa de cócteles.
—Entonces, ¿qué has estado haciendo? —preguntó Eva Alexandra—. No intentes engañarme. Veo que has estado haciendo algo. Me lo ocultas.
—Tienes razón, querida —dije—. Siempre tienes razón.
—No me llames «querida» —dijo—. No te puedo dejar solo ni un minuto.
—He comprado un perro —dije.
—Lo sabía —dijo ella—. No estoy dispuesta a tener un perro en mi casa. Bastantes problemas tengo sin un perro. Qué típico es por parte de un hombre ir y comprar un perro.
—Muy bien —dije—. Iré y diré que no lo compro.
—¿Lo has pagado? —preguntó—. ¿Te devolverán el dinero?
—Sí —dije—. Iré a recogerlo ahora.
Fui a dar un paseo y cuando volví me encontré con Carmen. Estaba sin aliento, de pura exitación:
—Papá —dijo—, ¿es verdad?
—¿El qué? —pregunté.
—¿Es verdad que me has comprado un perro?
—¿Quién te dijo que te he comprado un perro?
—Mamá —dijo Carmen—. Me envió a buscarte.
—¿Estaba enfadada? —tanteé precavidamente—. ¿Quiere un perro?
—Dijo que hicieras lo que quisieras, y que de todos modos lo ibas a hacer. ¿Dónde está el perro?
—Iremos a verlo a las tres —dije—, pero tu madre no quiere un perro, y no tengo ganas de soportar sus reproches durante toda mi vida. Si tú quieres un perro, debes convencerla. Yo no puedo.
Carmen la convenció y me convenció. Se firmó un tratado. Acordaba que el perro no sería una carga para Eva Alexandra. Ella no tendría nada que ver con el perro. No tendría que alimentarlo, lavarlo, peinarlo o enseñarle modales. Tampoco tendría que pasearlo.
Nosotros haríamos todo el trabajo. Prometimos dedicar nuestra vida al perro. Sería nuestro perro, y si nos molestaba, que molestara.