BUNCH James Douglas
Soy un muy satisfecho y atolondrado habitante del Royal Borough of Kensington, y estoy aquí sentado en mi biblioteca llena de libros, las pesadas cortinas echadas para que no entren los ululantes vientos, con mi lámpara eléctrica que obedientemente me ilumina junto a mi codo izquierdo, con mis carbones de antracita en la chimenea, con mi vieja y sucia pipa en la boca, con el ruido en sordina de Londres sonando a una distancia de seis plantas por debajo de mis pies y con un propósito ridículamente nebuloso que da vueltas en mi cabeza; tal propósito es labrar con dicha cabeza la biografía de un perro.
Soy, para todo el mundo, como un rábano bifurcado, con una cabeza fantásticamente tallada con una cuchilla, y si dudáis de lo apropiado de la imagen de sir John Falstaff, os invito a inspeccionarme en la bañera, porque allí me muestro tan grotesco y ridículo en mi pelada y rosada ridiculez como el mayor de los nobilísimos y grandísimos de la cristiandad que, por lo que yo sé, podría ser usted mismo.
Me divierte y me pone de buen humor contemplar el imaginario espectáculo de magnates, mandarines, majestades, excelencias, serenidades e hinchados archipámpanos de la humanidad desnudos, cuando se arrastran, gatean y hacen eses por las naves de las iglesias y los callejones de la historia.
Me divierte desvestirlos a todos, sean antiguos o modernos, sea cual fuere la forma de su cabeza y de su nariz o el color de su piel.
Y mientras desnudo a los multicolores gigantes, también me divierto desnudando a los pigmeos.
Los hago desfilar hacia la batalla a todos en cueros para satisfacer mi gusto por la universal bufonería.
No me cuesta ni un segundo desnudar a todos los soldados civiles que han sido, que son y que serán, y obligarlos a saltar y a bailar en la locura y fantasía con el pellejo del día de su nacimiento y de su muerte.
En un segundo desvisto a toda la raza humana desde el primero hasta el último, como un preludio irónico y satírico exordio a estas meditaciones sobre mi perro.
Observen, por favor, que no hay ni pizca de indecencia en mis desnudamientos porque mi único objetivo es comparar el desnudo animal humano con el desnudo animal canino, que en este momento duerme ante mi chimenea con un ojo y una oreja abiertos.
Me niego a conceder a mi amada tribu humana cualquier ventaja frente a su amada tribu canina.
Desecho todos los caprichos del sastre eterno.
Escojo verme a mí mismo y mis congéneres tan desnudos como cualquier pez o gusano, y les ruego que crean que no corren riesgo alguno de ruborizarse o de acatarrarse mientras yo me río de su aprieto y del mío.
Shakespeare, Swift, Sterne y Carlyle no han agotado la comedia espiritual de la caricatura.
Swift ve al hombre como un «animal bifurcado sentado a horcajadas, de piernas arqueadas».
Sterne considera a nuestra facción, secta o especie humana como «una manada de pavos conducidos con un palo y un trapo rojo hasta el mercado o como si algunos guardianes, como se hace en Norfolk, tomaran una vejiga seca y metieran guisantes dentro, y cuyo ruido aterrorizaría hasta al más osado».
Gentil crítico, no me acuses de contar exageradas maravillas sobre mi perro Bunch, porque reconozco que él es solo para mí y los míos lo que tu perro es para ti y los tuyos, ni una pizca más adorable o adorado que el tuyo, ni tampoco una pizca menos.
No le presento mi perro a usted, su reverencia, como un rival del perro que es para usted el único perro en el mundo de los perros.
No pretendo que sea más digno de mi amor que su perro, o que yo sea más digno del amor de mi perro que usted lo es del de su perro.
Aceptemos que su perro es para usted superior a todos los perros del mundo y el mío también.
Admitamos que cualquier perro puede amar a cualquier hombre y que cualquier hombre puede amar a cualquier perro.
Y aunque digo «hombre» incluyo a las mujeres, porque el amor de un hombre por un perro no es mayor que el amor de una mujer por un perro.
Tampoco el amor de un perro por un hombre es mayor que el de un perro por una mujer.
Dejemos las ambigüedades. Cuando digo «hombre» y «mujer», incluyo a los niños y a las niñas de todas las edades.
No existen límites de edad en materia de amor a un perro o para ser amado por él. Nadie es demasiado joven ni demasiado viejo para amar a un perro o ser amado por un perro. Un perro es capaz de amar a cualquier hombre, mujer o niño, y cualquier hombre, mujer o niño es capaz de amar a un perro.
Puede ser usted poco cariñoso y poco digno de amor, de tal manera que no puede amar ni ser amado por nadie de la propia especie, pero puede amar y ser amado por un perro, cualquier perro, sea un perro callejero o un chucho, siendo usted un vagabundo, un exiliado, un canalla, un ladrón, un falsificador, un mentiroso, un asesino o cualquier clase de villano, bribón, golfo y enemigo de la sociedad.
Por lo tanto, sostengo que mi Bunch representa a todos los perros y que yo represento a todos los hombres en mi condición de biógrafo, perrógrafo o bunchógrafo.
Solo hago por mi perro lo que usted haría por el suyo si su excelencia se decidiera a hacerlo.
Si la historia de todos los perros que han amado y han sido amados por la raza humana pudiera ser escrita, todas esas historias se parecerían. Serían historias de amor.
Vamos a empezar por el principio, porque un perro, como un hombre, tiene un principio y, si supiéramos toda la verdad, empezaría de la misma forma.
Es decir, nace, tiene un lugar de nacimiento y un padre y una madre.
¿Qué más puede decir el biógrafo más ingenioso sobre el comienzo de los seres más grandes y gloriosos de la historia, o que escribieron prosa o poesía, que tallaron el mármol, pintaron cuadros, compusieron música, gobernaron o malgobernaron las naciones, inventaron o hicieron dinero?
Me importa un bledo lo elevado de su árbol genealógico o las muchas ramas que este pudiera tener, el nacimiento es el comienzo real de un hombre, y todos sus antepasados, que se remontan a Adán, tienen poco que ver con él y él tiene poco que ver con ellos, porque hay demasiados como para que sea importante remontar su estirpe demasiado lejos en el tiempo.
Desde luego, es absurdo fijarse en el puñado de progenitores que están más cercanos a él que a Adán, porque los que están más cerca de Adán de lo que lo están a él pueden ser tan importantes o incluso más.
Mi perro Bunch, entonces, vino a este vil y desastroso mundo nuestro en el año del Señor de mil novecientos veinticuatro.
No sé la hora del día del mes, y por lo tanto no puedo hacer su horóscopo calculando el grado de la elíptica en el horizonte oriental ni la disposición de los cielos, ni la posición y lugar de los planetas.
Solo puedo decirles que nació en el mes de julio y que me gustaría saber el día de su cumpleaños, no para satisfacer mi ociosa curiosidad, sino para poder celebrarlo como se celebran los cumpleaños de los humanos.
No le regalaría una tarta de cumpleaños con velas, pero por lo menos me presentaría con un hueso de cumpleaños.
Y ahora es el momento adecuado para informar sobre su lugar de nacimiento, aunque a él no le importe dónde nació.
Nació en el buen condado de Essex, en un bonito pueblecito llamado Frinton-on-Sea.
Si no hubiera nacido allí, me temo que él y yo nunca nos podríamos haber enamorado el uno del otro.
Nuestras órbitas nunca se hubieran interseccionado.
Podría haber tomado su camino por su pequeña vida y yo podría haber tomado mi camino por mi pequeña vida, sin ningún impacto o choque personal, sin encontrarnos.
Es extraño que la vida de un perro, como la vida de un hombre, esté gobernada y regulada por los deseos y caprichos del azar y las circunstancias. Considere la cantidad de cosas que coincidieron y se concatenaron (o se comperronaron) para entrelazar la vida de Bunch con la mía.
Era necesario para dos familias humanas, o casas o domesticidades, decidir pasar sus vacaciones de agosto anuales en Frinton-on-Sea en lugar de en otro pueblo.
Para producir o que evolucionara esa elección simultánea era necesario que se creara Frinton-on-Sea en una playa desnuda y desolada.
Era necesario hacer hermosa su fealdad natural, trazando hermosas avenidas y construyendo hermosas casas con preciosos jardines de rosas.
En definitiva, hubo que realizar un milagro de urbanización por parte del dueño de esa tierra.
Todas las tiendas tuvieron que ser violentamente trasladadas hacia una zona comercial y despiadadamente alejadas del paseo marítimo.
No había ni malecones ni pierrots, ni buhoneros, ni banda, ni excursionistas, ni ninguna ruidosa atracción para estos, ni pubs , ni tabernas, ni tascas clandestinas, ni ninguna clase de ruido.
El lugar tenía que ser un paraíso para los niños, con arena plateada para sus paletas y cubos, y baños sin peligro.
También tenía que ser un lugar de diversión para sus mayores; así que fue necesario construir un muro de contención contra el mar y drenar una marisma y convertirla en un campo de golf rodeado de zanjas y hacer canchas de tenis.
Se hizo todo eso y todavía más para que Bunch y yo nos uniéramos, y si no se hubiera hecho, probablemente nos hubiéramos perdido durante toda la eternidad.
No quiero decir que el propietario y el arquitecto de Frinton trabajaran conscientemente para conseguir ese delicioso propósito.
Puede que los inspiraran motivos más ruines y bajos.
Sin embargo les estoy muy agradecido por no haber creado otro Clacton-on-Sea u otro Walton-on-the-Naze.
Al igual que otros muchos grandes artistas, no eran conscientes de lo bien que construían.