Las mejores historias sobre perros EL GRAN CHICO Joyce Stranger #3
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EL GRAN CHICO Joyce Stranger #3

Pensó en su esposa y en sus niños durmiendo y se sentó junto al fuego recién alimentado, calentándose, ya que parecía que el frío se le había metido en los huesos al pensar en aquel pastor.

Miró a los gatitos, que la luz había despertado, jugando con una paja traída por el zapato de alguien.

Pensó en la soledad más allá de la ventana y deseó tener un trabajo calentito en la ciudad, sin estar atado al ganado, a las ovejas y a las colinas implacablemente desoladas.

Sin trabajar por una miseria sacada de la tierra con manos desnudas mientras otros hombres engordaban con la comida que él hacía crecer y jugaban con el dinero, ganado mucho más fácilmente que el suyo.

Se olvidó de Moss y de la carne robada, aunque su esposa le había preparado en su lugar huevos con tocino.

El perro intentaba volver a encontrar el camino, de vuelta a la colina y al hombre que le importaba más que la comida y el calor.

La carne que sujetaba con su mandíbula hizo que su boca babease, pero no le dio ni un solo mordisco.

Escogió cuidadosamente su camino fuera de la granja y de vuelta a la colina.

Esta vez se deslizó entre las barras de la verja grande y no intentó su usual salto del muro.

Recordó la profunda nieve y la zanja que le había traicionado.

Tenía el viento detrás de sí y, a pesar de la nieve, la vuelta fue más fácil.

En el suelo quedaba un leve rastro de olor y él lo siguió dificultosamente, porque el olor a cordero era muy intenso en su hocico.

No ocultaba su rastro familiar propio, ni la fetidez del zorro que, al percibir una bocanada de perro y carne, vino corriendo, solo para encontrarse con el desastre cuando se las vio con un montón de nieve que lo cubrió por completo y lo dejó hambriento y torturado, enterrado hasta que el deshielo lo dejase libre, más delgado y espabilado.

No volvería a caer de esa forma una segunda vez.

Dejó de nevar. La luna irrumpió a través de una capa de nubes enlazadas, y brilló sobre la blancura que cubría todas las huellas, que escondía al pastor y a las ovejas que le daban refugio, y que ocultaba el camino.

Moss siguió andando con dificultad. En algunos lugares luchaba, hundido hasta el cuello, arrastrando las patas por la nieve, saltando y botando continuamente, cada vez más cansado.

Una vez descansó junto a un cúmulo que escondía una cepa de árbol, y la carne lo tentó, pero la dejó.

Le producía dolor en las mandíbulas, pero siguió.

Llegó al punto donde yacía el pastor, y se detuvo mirando sorprendido a la nieve intacta.

Cuidadosamente, puso la carne en el suelo y empezó a excavar.

Encontró al hombre y a las ovejas en un hueco hecho por la respiración, y el hombre, agradecido por el aire fresco, se sintió muy defraudado cuando vio al perro.

—Moss, Moss. Maldito viejo idiota. Ahora moriremos los dos aquí —dijo, y el perro meneó la cola tristemente, sin comprender por qué no se le recibía con cariño.

Volvió a buscar la carne.

Esta vez se aproximó con más cautela, con miedo a recibir un bofetón por molestar. El pastor, observándolo con ojos cansados, vio media pierna de cordero y se quedó mirándola, sin poder creérselo.

—Maldito viejo idiota. ¿Has vuelto? Espero que te vieran —dijo y alargó un brazo para acariciar el pelaje mojado.

El perro se dejó caer junto a él, y le lamió la cara.

Las ovejas, también exhaustas por la nieve y el frío, estaban apáticas y no se movían.

Miraron a Moss cautelosamente, pero él las ignoró, tenía los ojos en su amo.

La oveja preñada se esforzaba por parir. El pastor la oía y no podía hacer nada salvo rezar para que todo fuese bien y que la aventura acabase felizmente.

Wyn Jones tomó la carne. Estaba embarrada y con nieve, pero tiró de ella con sus dientes y escupió las partes de fuera al perro, que recogió su recompensa glotonamente, mientras su dueño roía el hueso, demasiado hambriento como para preocuparse por lo que comía.

El granjero, siguiendo al perro a través de la nieve al amanecer, con los hombres de la granja de la hondonada, encontró a la pareja dormida, el corderito abrazado entre ellos, la oveja bajo la cabeza del pastor, que le servía de almohada, con la cabeza estirada para lamer a su hijo.

Dai Thomas los contempló fijamente, al perro que fue a recibirlos y al roído hueso, que estaba junto a ellos.

—Moss trajo algo de cenar, me mantuvo caliente y me salvó la vida —dijo el pastor, con los ojos llenos de orgullo posados en el perro mientras le quitaban de encima de su brazo la piedra y la nieve y le ayudaban a incorporarse.

Luego le envolvieron en mantas para tumbarle en la camilla que había traído el segundo granjero.

El café caliente con un poco de ron le hizo recuperarse, y la herida del brazo, aparte del moratón, no era nada importante.

Esa noche se encamó en la caliente casa de la granja, en el sofá de Mair Thomas, que ella consideraba mejor cama que la de él, que estaba sobre el establo de las vacas, hasta que se puso bien y descansó. Wyn vio cómo su perro se comía un manjar digno de un rey.

—Eh, Moss, eres un gran chico —dijo, y el perro se volvió y le miró, y su cola empezó a golpear atronadora e ininterrumpidamente el suelo de madera antes de volverse hacia su plato de pollo asado, que Mair le había preparado y le correspondía por derecho.