Las mejores historias sobre perros EL GRAN CHICO Joyce Stranger #2
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EL GRAN CHICO Joyce Stranger #2

El perro casi estaba en casa cuando la ventisca le golpeó, llegando a él sin previo aviso.

Un momento se agachó, capaz de ver a través de la compacta nieve en la que había huellas de zorros, armiños, faisanes y comadrejas.

Otro, la ceguera se le vino encima con los grandes copos que se arremolinaban en el viento y caían sobre sus ojos y morro, sobre sus hombros y espalda, sobre su cabeza y su cuello.

Se agitó varias veces y luego se sentó en la pegajosa nieve, primero utilizando una pata y luego la otra para esquivar la colgante materia misteriosa que le impedía ver y moverse.

Era inútil seguir. Se encogió donde estaba, escuchando el viento cantarín que venía del norte y los ruidos ahora cercanos y familiares. El ruido de un cubo, extrañamente amortiguado, el mugido de una vaca al encerrarla, el gañir de un perro.

Eso le dio la pista. Ladró, aguda y vigorosamente, llamando al perro de abajo, y Rex escuchó a su compañero y contestó, un ladrido de bienvenida que se siguió oyendo hasta cuando el granjero le gritó.

Cuando Rex se detuvo para recobrar el aliento, Moss volvió a ladrar.

—Maldita sea, ese es el perro de Wyn —dijo el granjero a su esposa, quieto en el portal, mirando los copos arremolinados—. ¿Qué le habrá pasado al pastor? El perro nunca le abandonaría. Está demasiado bien entrenado.

Mair Thomas lo único que pudo hacer fue quedarse mirando a su esposo, con la cara pálida.

Nunca antes había vuelto solo el perro a casa.

Salvo cuando era cachorro. Wyn nunca había tenido que mandarlo de vuelta a casa por desobediente.

Ni mandaría a ningún animal de vuelta a casa solo en una noche como esa.

—¿Qué podemos hacer? —le preguntó a Dai Thomas, casi susurrando, porque el miedo le había quitado la voz. La muerte acechaba en las colinas, golpeando a los incautos, e incluso un hombre experimentado podía morir a unas pocas yardas de la salvación en una tormenta de nieve como aquella.

El granjero ya estaba enfundado en su abrigo, llamando por teléfono, que era el único medio de comunicación con los vecinos, demasiado distantes para verlos o visitarlos de paso.

—Maldita sea, la línea está cortada —dijo tras sacudir inútilmente el auricular.

—No puedes salir así. —Mair echó su pelo negro hacia atrás con las manos, un gesto de preocupación que Dai reconoció. Él se paró en la puerta y llamó:

—Moss. Aquí, Moss. Ven, perro bueno.

El perro ladró y, gracias a la guía de una voz, se arrastró por encima de la ondulación, resbalando sobre el hielo que había formado un chorrillo de agua que salía del manantial.

—Es Moss —dijo Dai.

Miró a lo lejos en la noche. La nevada había disminuido, pero el viento salvaje fustigaba colina abajo y le picaba en las mejillas, haciéndole llorar.

La oscuridad acumulada escondía el mundo.

Un árbol, normalmente desnudo en el invierno, era un bosquejo borroso, blando por la nieve; de día parecía encantado, pero ahora hostil, un símbolo del clima que paralizaba cualquier movimiento en la colina.

El perro volvió a ladrar. Estaba en la oscuridad, demasiado lejos aún como para ver las luces de la casa de la granja, que para él quedaban ocultas tras el bajo muro cubierto por la nieve, que, curvado e irreconocible, le impedía ver.

—Moss. Buen chico. Ven aquí.

La voz familiar era acogedora, ofrecía calor y amistad. Se hundió en una zanja oculta y profunda al ir hacia ella y fracasó, con un gañido de miedo. Intentó salir, pero la nieve estaba demasiado blanda y cayó, quedando al otro lado del muro, gimoteando.

Dai Thomas trajo la linterna grande que utilizaba en el establo en tiempos de parto.

Lanzó un débil círculo de luz sobre la apelmazada nieve; aplastada por las pezuñas de las vacas, la aguanieve lisa y empapada se había derretido y vuelto a helar de nuevo.

Ahora era como un glaciar, que amenazaba al hombre con un súbito desastre si no calculaba sus pasos.

El perro volvió a quejarse y Dai caminó prudentemente hacia el sonido, con voz tranquilizadora.

Se inclinó sobre el muro, sintiendo la dureza bajo la nieve que cedía bajo su peso.

Se movió, miró hacia abajo y vio a un perro, una mancha oscura contra el resplandor.

Lo tomó de la nuca y tiró, y Moss, loco de alegría por estar una vez más con hombres, gimoteó, agitó su cola y lamió la mano del hombre en un arrebato de bienvenida.

—No hagas esto a menudo —dijo Dai, según llevaba al perro hacia el calor.

Puso comida frente a él. Moss se le quedó mirando, gimoteó y se negó a comer—.

Bueno, estarías mejor si comieses. Ahora no podemos encontrar a un pastor —dijo el hombre, mirando por la ventana hacia la oscuridad donde los copos volvían a arremolinarse, ligeros como plumas que se amontonaban y se agarraban al granero, a la vaquería y al establo.

Más allá de la mancha de luz uno de los ponis aulló, aterrorizado mientras la nieve se colaba a través de la puerta entreabierta de su establo.

El día había sido largo y muy ajetreado, y la mitad de las faenas estaban por hacer.

Dai salió para cerrar la puerta del establo, que había olvidado. Resbaló y soltó una maldición. Volvió a tiempo para ver al perro, con media pierna de cordero en la boca, salir corriendo como un loco hacia la oscuridad.

—Maldito pequeño ladrón —gritó furioso—. No se comió su comida. Pero se tenía que llevar la mía.

—¿Vas a ir a las colinas? —preguntó Mair, faenando en el lavabo.

Dai se movió intranquilo, mirando hacia la oscuridad. Ahora caían copos gruesos, que se arremolinaban hacia él, y se elevaban con los soplidos del viento. Escuchó triste el rugido de la tempestad y el estruendo en la chimenea.

—Nos perderíamos los dos ahí fuera —dijo por fin, sin querer ver la verdad, aunque consciente de su responsabilidad con su esposa y los tres pequeños que dormían arriba, a salvo—.

Al amanecer —dijo—. Pediré ayuda a los William.

Ni siquiera puedo seguir al perro en la nieve así. Todas las huellas estarán cubiertas.

Estaba demasiado intranquilo como para dormir.

Pensar en el pastor le atormentaba. A lo mejor el hombre estaba muerto, pero lo más posible es que estuviera enterrado en algún montón, o caído sobre el hielo, arrastrándose a través del maligno frío.

Se sentía inútil, y bajó a preparar té y se sentó a mirar la ventana blanca, pensando en aquel hombre afuera, en la funesta oscuridad.

La muerte llega en las horas de la madrugada, recordó que decía su abuelo.

Deslizándose como una intrusa, rondando sin ser vista cuando los ánimos están bajos y la corriente de la vida decae, y Dios pasa por encima y respira sobre nosotros, y la corriente vuelve a subir.

El viejo tuvo una buena muerte, se quedó dormido en su cálida cama cuando tenía noventa y cinco años y no volvió a despertar en este mundo.

El lecho de muerte del pastor estaría terriblemente frío y sus últimas horas serían un tormento y sin ningún hombre para ayudarle ni hacerle caso, ni para sujetar su mano al irse.

Dai sabía que pasarían muchos días hasta que se perdonase a sí mismo por no intentar hacer frente a la tormenta, por anteponer a su familia, por permitir que una vida se desvaneciera.