Las mejores historias sobre perros EL GRAN CHICO Joyce Stranger
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EL GRAN CHICO Joyce Stranger

Había sido un día malísimo. La nieve caía copiosamente cubriendo hendiduras, grietas y barrancos, acumulándose contra las paredes, y escondiendo la tierra que había debajo.

El viento azotaba las colinas, quejumbroso, y los árboles se inclinaban pesadamente, sus ramas crujían bajo un peso amenazador.

El perro se había mostrado inquieto durante todo el día. Buscaba incansablemente en el suelo, desenterrando a las ovejas e intentando guiarlas para que volvieran a la granja en medio de una nieve que le llegaba a la cola, que las hundía cada vez más y que convertía en una lucha cada paso que daban.

No podía contarle sus miedos a su amo. El cielo preñado de nieve estaba oscuro y plomizo, el horizonte tenía un color amarillo sulfúreo, con una luz misteriosa que hacía temblar al perro.

La colina rugía para sí misma, demasiado bajo como para que la oyera el pastor, pero lo bastante alto como para asustar a las ovejas y que el perro se mostrara intratable.

Por dos veces se agachó y se quejó, negándose a continuar, y el hombre le gritó, porque detestaba aquel tiempo y se sentía harto de que su perro escogiera precisamente ese día para jugar con él. Quería volver a la granja, al té caliente y al fuego llameante. Maldijo a las ovejas.

Una vez utilizó su cayado para sacar a un animal de una plataforma rocosa en la que se había quedado abobado e inmóvil porque nunca en su corta vida había visto un tiempo como aquel.

Otra vez lo tuvo que utilizar para ayudar al perro a que saliera de un montón de nieve que cubría una profunda hendidura por la que el animal había resbalado gimiendo de terror.

Un momento después, el perro estaba a salvo.

El hombre empleó su cayado para tantear la profundidad de la nieve y encontró un camino para pasar al otro lado.

Antes de que llegase, la colina se estremeció y una gran cantidad de nieve, piedra y tierra bajó dando vueltas desde las alturas, tomando fuerza, cada vez más rápida, dirigiéndose al pastor.

El perro ladró y echó a correr. El peso de las ropas obligaba a Wyn a caminar con torpeza.

Esquivó la principal avalancha, pero una piedra le golpeó en el hombro y otra se le vino encima, atrapándole el brazo al caer.

Intentó moverse y no pudo, quedándose indefenso como un insecto clavado en el tablero de un coleccionista.

Llamó con un silbido al perro y Moss se acercó vacilante, moviendo lentamente la cola, no de alegría, sino de desconcierto. Era demasiado joven para haber visto tanta nieve anteriormente, pero estaba bien entrenado. Sabía que nunca debía moverse sin una orden de su amo.

Ahora Wyn Jones maldecía el penoso entrenamiento que había dado al perro.

Un entrenamiento que garantizaba que, si se le decía que se sentase, se quedaría sentado durante días si no se le daba una contraorden, un entrenamiento que garantizaba que miraría a los otros perros reunir a las ovejas sin interferir.

Un entrenamiento que garantizaba que confiaría en el cerebro de su amo y nunca en el suyo.

—A casa, chico —dijo el pastor.

No se le ocurrió otra orden. Si el perro volvía a casa solo, saldrían a buscarle.

Si no volvía a nevar, tal vez pudieran seguir sus huellas.

Si volvía a nevar… Wyn cerró los ojos y rezó al Creador, el sudor oscurecía su piel a pesar del frío que se colaba entre sus ropas y de la humedad que le envolvía.

El perro estaba asombrado. «A casa» era una orden para cachorros desobedientes, no para un perro ya crecido que está en el campo con su amo. Se echó hacia delante, gimoteando.

—A casa, tonto.

La voz era malhumorada, pero todavía no era un grito.

El perro miró a las ovejas, grises, que destacaban contra la deslumbrante blancura, apiñadas en su desgracia, vellones lanudos apretados unos contra otros, esperando pacientemente a que el perro las guiase.

Conocían a los perros y estaban acostumbradas al collie .

Wyn Jones maldijo para sus adentros, porque una de las ovejas iba a tener un cordero que, si nacía en la nieve y con aquel frío, estaba condenado, salvo que él las pudiese conducir hasta un lugar seguro.

—A casa, perro —gritó con toda la fuerza que pudo, y miró con ansiedad cómo la cola de Moss se metía entre sus patas, y encogiéndose, avergonzado, castigado sin saber por qué, el perro se daba la vuelta y se iba.

Moss no podía creer lo que oía. Aún quedaba trabajo por hacer y su amo no tenía derecho a tumbarse en la nieve. Volvió atrás e intentó arañar la piedra que atrapaba al hombre y lo aprisionaba. Wyn suspiró. El pobre animal hacía lo que podía, pero necesitaba la ayuda de unos hombres.

—No —dijo el pastor bruscamente; el dolor se unía a la irritación. El perro se echó atrás, la cabeza ladeada, las orejas medio caídas, desconcertado.

—A casa —rugió Wyn.

Esta vez el perro comenzó a andar por el camino que llevaba a la seguridad y la salvación, pero seguía mirando hacia atrás, con mirada ansiosa, como si esperara que su amo se levantase y lo siguiese.

Rápidamente, convencido de que eso no iba a ocurrir, puso toda su mente en seguir la pista de vuelta a la granja.

Conocía el camino por el olor y la vista, y por el tacto de la tierra, pero sin embargo el olor se disimulaba, las señales habían desaparecido y la nieve intacta lo cubría todo a su alrededor.

Se hundía y caminaba penosamente, temeroso del silencio, de estar solo, de la ausencia de pájaros, de la luz turbia y del sofocante resplandor en el cielo.

Muchas cosas se le ocultaban porque era muy pequeño.

Cada cresta era una montaña que atravesaba con dificultad.

Una vez se cayó en una pequeña hendidura y salió de ella jadeando.

Otra se dejó caer al suelo para descansar, pero la orden que había recibido era firme.

Su deber era obedecer y tenía que ir a casa.

El pastor, tumbado donde había caído, se limpiaba de los ojos las lágrimas de frío con los dedos enguantados y miraba a las ovejas.

Estaban inmóviles, con las cabezas colgando, las colas al viento. Al moverse, una de ellas se volvió y, tal vez buscando cobijo bajo el abrigo de la nieve que en parte le cubría, se le acercó y se quedó junto a él.

Las otras ovejas la siguieron, protegiéndolo del viento, sin saber que su llegada ofrecía al pastor una posibilidad mayor de seguir vivo.

Conocían al hombre, les era familiar, les traía comida cuando el pasto era escaso, las controlaba diariamente para comprobar que todo marchaba bien y había traído a la mayor parte de sus corderos a este mundo.

Se acercaban a él cuando les llevaba forraje y ahora se le acercaban en busca de familiaridad en un mundo que de pronto se había vuelto muy extraño.

Tiró del vellón más cercano y la oveja se tumbó en la nieve contra él, la presencia del hombre le daba seguridad.

Esta oveja había sido alimentada a mano, con un biberón, un animal doméstico con su manera peculiar de pertenecer a un mundo humano.

Se arrimaba a la gente pidiendo golosinas y afecto e irrumpiría en la cocina si la puerta estaba abierta.

Entraba y salía del corral como quería y hacía muy poco que la habían metido en el rebaño.

De jovencita había seguido al hombre, casi como su sombra.

Ahora se acurrucaba contra él, como un perro, dándole calor.

Él metió la mano libre entre su maloliente lana y se adormiló, soñando intranquilo con un café muy caliente, un filete y un pastel de hígado, cubiertos de salsa caliente, y con el calor y la comodidad de la granja.

Cada despertar era una pequeña agonía. Cada dormitar acercaba la muerte, por lo que él sabía, con un vago presentimiento de que aproximadamente dentro de una hora sus ojos se cerrarían por última vez y que le encontrarían rígido y helado entre las apiñadas ovejas.

El entumecimiento se apoderaba de su cerebro. Se había olvidado del perro. Estaba atrapado y nadie vendría a rescatarle. El sulfúreo resplandor se tragó a la noche y amenazaba con más nieve. Los primeros finos copos helaron sus mejillas y se derritieron contra el áspero vellón junto a su mano.

El perro pastor estaba a medio camino de casa. El viento le hacía llorar, punzaba las órbitas de sus ojos y helaba su morro, por el que caía hielo, que colgaba del pelo que rodeaba sus labios. Sus patas estaban congeladas. Nunca había sentido tanto frío.

Anhelaba más ver hombres que comida. Como animal de rebaño tenía miedo a la soledad.

Era el peor castigo que le podía desear el hombre.

Sin la compañía de los perros, necesitaba la de los hombres.

Los hombres le estimulaban y le daban comodidad y calor.

No soportaba el deprimente paisaje donde nada se movía, y estaba demasiado hundido en el suelo como para ver el penacho de humo acogedor de la chimenea de la granja.

Siguió el camino, alisado por el paso de las ovejas y de los hombres. Habían limpiado un sendero de la nieve profunda que formaba sólidos muros a cada lado por donde había pasado el quitanieves. Echó a correr vivazmente, calentándose al moverse en libertad.

Cuando se detuvo, cansado, lanzando al aire el vaho de su aliento, y sacudió la cabeza, no le gustó esa repentina manifestación de algo que le resultaba incomprensible.

El camino terminaba, ya que el quitanieves se había desviado hacia una granja más lejana, valle abajo.

Su granja, con las ovejas aún en la colina, había sido sorprendida por la nevada y se la veía aislada y blanca.

Tenía un único camino limpio alrededor del corral para que las vacas pudiesen ser ordeñadas y las gallinas y cerdos alimentados.