HA IDO MAL P. G. Wodehouse
Hollywood es un buen sitio para los perros.
Al menos, cuando digo Hollywood quiero decir Beverly Hills.
En sí mismo Hollywood es un lugar asqueroso, donde ningún perro que se respete a sí mismo viviría, pero Beverly Hills es diferente.
Es un oasis en un paisaje bastante depresivo, formado por una serie de carreteras paralelas con bonitas casas aquí y allá.
Cada casa tiene delante su césped que se extiende sin vallas hasta el pavimento, y en cada uno de esos céspedes hay un perro.
Y cuando pasas, cada uno de esos perros baja hasta el borde del césped y charla contigo.
La primera vez que vi a Stiffy no se encontraba en su césped. Estaba en la carretera, esquivando a un coche y partiéndose de risa. Después volvió trotando, me olisqueó, decidió que yo olía como debía y se mostró amistoso.
Stiffy era una especie de bull terrier con variaciones.
Sus patas traseras eran completamente negras, su cuerpo blanco tenía unas cuantas rayas negras.
Parecía miembro de un club de fútbol y era el perro más encantador y natural que he conocido nunca.
Como nadie de este lugar de automovilistas lleva a un perro de paseo, porque nadie pasea, se mostró encantado de encontrar a un auténtico peatón.
Me acompañó a lo largo de todo el camino hasta Wilshire Boulevard, lo que suponía cruzar tres concurridas calles, y a partir de ese día ya no hubo problemas entre nosotros.
Más o menos hace una semana, el ama del pequinés se fue de vacaciones y el perro, como es su costumbre, durmió en su habitación.
A las siete de la mañana siguiente al señor de la casa se le ocurrió entrar y echarle un vistazo.
Cuando se va a la cama el señor de la casa se pone una venda negra sobre los ojos para no ver la luz.
Se le olvidó quitársela y como resultado el pequinés, al ver entrar a un extraño enmascarado, dio un aullido de pánico y se metió corriendo bajo la cama, de donde se necesitó la persuasión de la casa entera para que saliera de allí.
—Me hizo reír una barbaridad —dijo Stiffy.
También fue él quien me habló del sealyham del número 415 que cayó rodando en la caja de bombones y puso perdidas las cortinas. En resumen, si conocí a un perro en quien poder confiar como compañero, ese fue Stiffy. Era siempre él mismo.
Y de pronto, una mañana, se me vino encima la tragedia. Llegó sin aviso, lo que empeoró todo.
Fue mientras caminaba hacia la ciudad para comprar tabaco; al pasar ante el césped de Stiffy y al verlo encogido sobre sí mismo, lo llamé sin pensarlo dos veces.
Tenía ganas de charlar un rato, porque no lo había visto desde hacía semanas.
Por algún motivo cuando yo pasaba no había nadie en su césped.
Así que lo llamé y ocurrió una cosa extraña.
En esas ocasiones lo normal es que diera un par de saltos para atravesar el césped y se pusiera a lamerme la cara antes de que yo pudiera decir «¿Qué pasa?
». Pero apenas se movió. Al escuchar mi voz levantó lentamente la cabeza, abrió los ojos de par en par, movió la cabeza para exponer su perfil ante una cámara imaginaria y, al cabo de un momento, se echó otra vez.
Por fin se levantó y, caminando de una manera de lo más afectada, se me acercó con muchos remilgos.
—Hola, Stiffy —le dije.
Su comportamiento era de lo más frío.
—Prefiero que me llame señor Stiffy. Así —prosiguió sin disimular su arrogancia— es como siempre me llama Izzy.
—¿Izzy?
—Isadore Wertheimer, la jefa de producción de Bigger and Better.
—¿Bigger and Better qué? —pregunté, perplejo.
—El estudio, por supuesto, pobre majadero —me largó en un tono más natural—. Ahora estoy con B. y B.
—¿Estás con ellos? —dije débilmente.
Bostezó.
—Sí —dijo—. Estoy haciendo una película con Clarry.
—¿Clarry?
—Clara Svelte. Una preciosidad. Lo mejor que podía pedir.
No encuentro ninguna razón para no utilizarla en la próxima película, salvo si esa chica, la Garbo, es tan buena como dicen.
He encargado que vigilen de cerca a Greta, con la idea de traerla con nosotros.
Ese acento sueco es hasta cierto punto un inconveniente, por supuesto, pero podré ayudarla.
Y ahora, querido amigo —dijo Stiffy—, has de excusarme.
He de cuidar mi voz. Y mi empleado va a venir de un momento a otro para llevarme al trabajo. Encantado de verte.
Hizo un movimiento con la cabeza de lo más distante y se encogió, formando una pelota. Y yo seguí andando.
Comencé este artículo diciendo que Hollywood era un buen sitio para los perros.
He cambiado de opinión. Y en lo que se refiere al clima y a los paisajes puede ser excelente, pero al fondo aparecen siempre esos fatales estudios; y desde que ese terrier de pelo pincho tuvo tanto éxito en la última película de Ronald Colman, los ejecutivos empiezan a pensar que el atractivo canino es esencial para una película.
Han estropeado a Stiffy. Ahora me pongo malo al ver a ese perro.
Hace unos días estaba presente cuando llegó trotando un amistoso aberdeen para confraternizar con él, y nunca he visto nada más repulsivo que la forma en que manifestó su aristocrático desprecio.
Sin embargo, me han dicho que su contrato expira el próximo mes. Si no se lo renuevan, puede que vuelva el viejo Stiffy.