Las mejores historias sobre perros TEEM UN CAZADOR DE TESOROS Rudyard Kipling #5
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TEEM UN CAZADOR DE TESOROS Rudyard Kipling #5

Entonces fuimos a nuestro carbón vegetal.

Como Guardián Oficial del Gabán no me permití excursiones hasta que él se afanó tapando los respiraderos de las llamas de los flancos del montículo.

Entonces me fui hacia un trozo de terreno que había observado hacía mucho tiempo.

En mi camino, un azar del viento me dijo que la Nacida del château paseaba por los linderos del bosque.

Corrí hasta mi trozo de terreno, que era todavía más productivo de lo que había pensado.

Había desenterrado varias trufas cuando el sonido de sus pasos se endureció en el desnudo suelo bajo los árboles.

Seleccioné la mayor y más madura, la llevé hacia ella, la dejé en su camino, y adopté una actitud de humilde devoción.

Su nariz la informó antes que sus ojos. Vi cómo la arrugaba y olfateaba con delicia.

Se detuvo, y con sus manos relucientes tomó mi presente para olerlo.

Su comprensiva apreciación me envalentonó para tirar del dobladillo de sus ropas en dirección a donde estaba mi pequeña despensa debajo del roble.

Ella se arrodilló y, olisqueando extáticamente su aroma, las metió en una pequeña cesta que llevaba bajo el brazo.

(Todas las Nacidas llevan cestas parecidas cuando pasean por sus propiedades).

Entonces él gritó mi nombre. Repliqué que ya iba, que un asunto de mayor importancia me retenía por un momento. Marchamos juntos, la Nacida y yo, y lo encontramos a él junto a su gabán, poniendo aparte para mí un cacho de pan y queso. ¡Vivíamos, los dos, compartiéndolo todo!

Había visto a menudo a Pierrounet, mi amo, el que me entregó a los desconocidos, con el sombrero en la mano y haciendo reverencias en la puerta lateral del château , en mi mundo perdido de entonces.

Nunca fue hermoso. Pero él (¡mi propio hueso!), también sin sombrero, permaneció bellamente erguido como un campesino de raza haría cuando ni él ni los suyos son torturados por huronas y gansas.

Durante un breve tiempo, él y la Nacida no se preocuparon de mí.

Evidentemente se conocían hacía tiempo. Ella habló; movió sus manos relucientes; se rio.

Él respondió con seriedad, con digno sosiego, como mi amigo el Vicomte.

Entonces escuché mi nombre varias veces.

Me imaginé que le dijo algo sobre mi aparición en este mundo.

(Nosotros los campesinos no le decimos todo a cualquiera).

Para que le mostrara mi carácter, tal como él lo entendía, lanzó una piedra.

Con tanto énfasis como mi amor por él me lo permitía, dejé claro que los juegos de perros falderos no eran los míos.

Ella nos mandó volver al bosque. Allí me dijo, como si se refiriera a sus magníficas botas:

—¡Busca, Teem! ¡Encuentra, Teem! —Y agitó los brazos en todas las direcciones. ¡No lo sabía! ¡Ni siquiera entonces, mi hueso lo sabía!

¡Pero yo… yo estaba a la altura de las circunstancias!

Sin gestos innecesarios; acallando los chillidos de arrebato que surgían de mi garganta; fríamente, casi como mi padre, punto a punto, reanudando el rastro y siguiéndolo (su azada me ahorró la dificultad de excavar) hasta que la cesta se llenó.

En ese momento la muchacha (casi siempre estaban juntos) apareció con su cara marcada por todas las viejas desdichas, y detrás de ella (si no hubiera estado tan ocupado con mi Arte, hubiera captado su olor) ¡estaban las dos enemigas!

No nos habían visto entre los árboles porque la fueron riñendo hasta el montículo de carbón.

Nuestra Nacida descendió hacia ellas tan suavemente como la bruma a través de la cual resplandecen las estrellas, y las saludó con la voz de una paloma que sale de entre el follaje del verano.

Me quedé quieto. ¡Ella no necesitaba ayuda, ni hablar!

Ellas levantaban cada vez más la voz; y ella se mostró cada vez más suave.

Blandieron ante ella uno de sus detestables papeles, que recibió como si fueran todas las trufas del mundo.

Ellas hablaron de Monsieur La Ley. De sus renovadas sonrisas comprendí que él también gozaba del honor de la amistad de ella.

Siguieron hablando de él… Luego… ¡las desterró!

¿Cómo? Hablando con la mayor de las reverencias a ambas, me recordó a mi amigo el Vicomte, separando una aglomeración de terneros enloquecidos, y por lo tanto peligrosos, en la estación de ferrocarril.

Hubo el mismo sabio movimiento de cabeza, la misma casi invisible rigidez de los hombros, la misma vocecita que sale de un lado de la boca, diciendo «Me hago cargo».

Y luego (y luego) aquellas insoportables hijas de un gentilhommier advenedizo se transformaron en dos amistosas e impresionadas integrantes de su peculiar clase, cediendo, lentamente al principio, pero finalmente evaporándose (sí, evaporándose como los malos olores) del mundo en el que se habían inmiscuido.

Durante el alivio que siguió, la muchacha lloró sin parar.

Nuestra Nacida la llevó hasta la cabaña y la consoló.

Le mostramos nuestro lecho junto a la leña y todos nuestros pequeños objetos, incluida la botella en la que la muchacha solía beber.

(La probé una vez que se vertió. Era como pescado podrido, bueno solo para los gatos).

Miró, escuchó, lo tuvo todo en cuenta. Cada una de sus palabras transmitía tranquilidad.

Quería darle a él algunas piezas, supongo, a cambio de su cesta llena.

Él apuntó hacia mí con su dedo para indicar que el trabajo era mío.

Ella repitió la mayor parte de las palabras que había utilizado antes (incluido mi nombre) porque uno tiene que explicar las cosas muchas veces a un campesino que no desea entender. Por fin él aceptó las piezas.

Luego mi Nacida se agachó junto a mí, al lado del pie de él, y en el idioma de mi mundo perdido, dijo:

—¿Sabes, Teem, que todo esto es trabajo tuyo? Sin ti no hubiéramos podido hacer nada. Tú lo sabes, ¿no?, mi querido Teem.

¡Claro que lo sabía! Si él me hubiera escuchado desde el principio, la situación se habría regularizado media temporada antes.

Ahora podría llenar su escondite en la chimenea como mi padre se lo había llenado a aquel repugnante Pierrounet.

Lógicamente, por supuesto, debería haber hecho una nueva demostración de mi Arte como prueba de mi celo por los intereses de mi familia.

Pero no lo hice. ¡En lugar de ello, me puse a correr, a revolcarme, a dar saltos, a ladrar, a hacer fiestas en sus rodillas!

¿Qué hubieras hecho tú? Era un sentimiento atolondrado, ¡pero tuvo el éxito de un huracán!

Me aceptaron como si fuera una persona, y él con menos reservas que nadie. ¡Fue mi momento supremo!

Por fin he reducido a mi familia a la rutina, lo cual es indispensable para los que son rectos entre los nuestros.

Por ejemplo, periódicamente él y yo descendemos hasta el château con una cesta de trufas para nuestra Nacida.

Si ella está allí, me acaricia. Si está en otra parte, la cesta la sigue en un carro.

También la sigue su Chef, una persona de buen olor y, soy testigo, un artista.

Esto, tengo entendido, es nuestro pago por el derecho de explotar todas las trufas que yo encuentre dentro del gran muro.

Las ponemos en otro carro, lleno de deliciosos comestibles, que nos esperan regularmente en el camino de carros junto a la Casa del Portal donde el sin-autorización me persiguió.

Nos pagan en mano (¡créannos los campesinos!) con piezas o papeles, mientras yo hago guardia contra los bandidos.

Como resultado, la muchacha ahora tiene una casita con tejado de madera, abierta por un lado y que él, con su poderosa mano, puede hacer girar contra los vientos.

Allí ella ordena las botellas en las que bebe y allí la visita (pero cada vez menos) una persona seca, de mezclados olores, que aplica un palo, donde pone su oreja, a la delgada espalda de ella.

Así, y debido a los pollos que come, como prometí a mi tía, la mancha de su moquillo disminuye.

Mi tía niega que haya existido nunca, ¡pero su amor (¿no te lo he dicho?) no tiene límites!

Ha sido honorablemente jubilada de sus deberes para con las ovejas y se ha instalado en la casita donde la muchacha tiene su cama, y no me anima a que entre.

Lo puedo soportar. Yo también tengo mi hueso.

Solo que, como pasa con la mayoría de nosotros, que vivimos tan rápidamente, sueño mientras duermo.

Entonces vuelvo a mi mundo perdido: a los delgados y silbantes robles de hojas secas, que no son como estos gigantes; a aquellas colinas pedregosas y a los traidores pozos del río, que no son estos seguros pastos; a los olores penetrantes, que no son como estos; a la compañía de los pobres Plutón y Dis; a la calle de la Fuente, por la que sube para encontrarse conmigo, como cuando era un rudo cachorro, mi amigo, mi protector, mi primera adoración, Monsieur le Vicomte Bouvier de Brie.

En ese momento siempre me despierto, y hasta que no siento su pie debajo de la ropa de cama y oigo su tranquila respiración, mi mundo perdido no se desvanece…

Ah, sabio y bien amado guardián y compañero de juegos de mi juventud, es verdad, es verdad, tú me lo advertiste, ¡fuera de su Arte, un artista nunca debe soñar!