TEEM UN CAZADOR DE TESOROS Rudyard Kipling #4
Me dejó con una afectación, casi coquetería, de extremada fatiga.
A su cargo habían añadido un nuevo destacamento de ovejas que deseaban escaparse.
Se habían dispersado en grupos separados, cada uno con un objetivo y una velocidad diferen-tes.
Mi tía les permitió dispersarse hasta que su terrible voz, que levantó tres veces, las hizo detenerse.
Luego, en un recorrido en forma de lazo, mi tía, con una furia ciega, se puso en su flanco, bajó con una certeza, velocidad y cálculo que casi me recordaban a mi amigo el Vicomte.
Aquellas difusas y errantes imbéciles se reunieron y se alejaron de ella en una masa de olores y gritos, ¡para encontrarse entonces acorraladas en un ángulo de la alambrada, mi tía tumbada a todo lo largo, mirándolas!
Una tras otra bajaron la cabeza y volvieron a su eterno trabajo de echar carnes.
Mi tía volvió, con una afectación de decrepitud intensificada para realzar su actuación. ¿Y quién era yo, un artista también, para burlarme de ella?
—¿Te preguntas por qué mi genio no es más brusco? —dijo—. ¡Tú no podrías hacerlo!
—Pero al menos lo puedo valorar —exclamé—. ¡Fue soberbio! ¡Insuperable! ¡Impecable! Ni siquiera mordiste a ninguna.
—Con las ovejas eso sería un fallo —dijo—. ¿Tú roes tus trufas?
¡Era la primera vez que admitía su existencia!
Mi auténtica admiración, más un poco de halago, abrió su corazón.
Habló de los triunfos de su juventud en las exposiciones, en las exhibiciones de cuidadores de ovejas; del rescate de corderos perdidos.
Oh, ella era una artista, mi tía de flacos ijares y ojos cansados, de adopción forzosa. ¡Hasta me dejó hablar del Vicomte!
De repente (las sombras se habían extendido) dio un salto, con una gracia que nunca hubiera sospechado, a un muro de piedra y permaneció un rato mirando a lo lejos.
—Ya basta de tonterías —dijo brutalmente—.
Ya has descansado. Vete a tu trabajo. Si miraras, sobrino mío, observarías a la hurona y a la gansa viniendo hacia aquí, a tres campos de distancia.
Vuelven de nuevo en busca de mi hueso. Ellas seguirán el camino hecho para las personas.
Vete de una vez a la cabaña antes de que ellas lleguen: haz lo que puedas por obstaculizarlas.
¡Corre, corre, charlatán, pedazo de imbécil!
Volví sobre mis huellas, como nosotros decimos, y tomé la línea directa a través de los bien conocidos bosques a la mayor velocidad posible porque sus órdenes me enviaban, sin pérdida alguna de dignidad, hacia el elegido de mi corazón.
Y él me recibió, y la muchacha, sin disimular su felicidad.
Me pasaron del uno al otro como la más rara de las trufas; me regañaron, no muy severamente, por mi larga ausencia; se preocuparon por posibles heridas provocadas por las trampas; me trajeron pan y leche, que necesitaba urgentemente, y una infinidad de atenciones me demostraron el seguro lugar que yo ocupaba en sus corazones.
Me olvidé de mi dignidad, y no es mucho decir que nos mezclamos en un verdadero pas de trois cuando una sombra se proyectó en nuestro umbral ¡y las dos enemigas entraron bruscamente!
Concebí, y lo desahogué, un odio instantáneo que durante un rato retrasó su ataque.
Él y la muchacha lo aceptaron como una pareja de bueyes enyugados recibe el azote sobre sus ojos, con la compasiva dignidad que la tierra, que les ha dado tan poco, otorga a sus humildes.
Como bueyes también retrocedieron y se apretaron el uno contra el otro.
Renové mis amenazas desde cada ángulo porque vi que eso distraía a mis adversarias.
Entonces ellas me señalaron con el dedo apasionadamente, a mí y a mi cazo de pan y leche, que la alegría me había impedido vaciar.
Sentí que sus lenguas estaban sucias de reproches.
Al final, él habló. Mencionó mi nombre más de una vez, pero siempre (debo decirlo) en mi defensa.
La muchacha le apoyó. Me ayudó todo lo que había escuchado en mi mundo perdido acerca de la sans kennailerie de la calle de la Fuente, lo cual era bastante.
Las enemigas renovaron su asalto. Evidentemente mi tía tenía razón.
Su plan era llevarse de allí a la muchacha a cambio de piezas de papel.
Vi cómo la hurona blandía un papel ante la nariz de él.
Él movió la cabeza y emitió ese «No» de los campesinos, que es igual en todas las lenguas.
Lo celebré con vehemencia, de modo continuo, monótonamente, en el tono que también había aprendido en la calle de la Fuente.
No había manera de soportarlo. Sentí que las enemigas amenazaban con una prodigiosa acción; pero al final se fueron de nuestra vista.
Las acompañé hasta el montón de carbón vegetal (el límite de nuestro dominio privado) en un silencio cargado de posibilidades para sus gruesos tobillos.
Volví y me encontré a mis dos hundidos en la miseria, pero por mi culpa.
Creo que pensaban que podía marcharme otra vez, porque cerraron la puerta.
Repetían tiernamente una y otra vez mi nombre, que para ellos era Teem.
Finalmente él sacó un papel fino de la chimenea, me metió en su bolsillo exterior y caminó rápidamente hacia la aldea, que yo nunca había olido antes.
En un lugar donde una persona-hembra estaba encerrada entre barrotes, él intercambió el papel fino por uno que puso bajo mi hocico, diciendo: «¡Teem, mira!
¡Esta es la licencia legal!». En otro lugar me senté ante una persona que exhalaba un agradable aroma a pieles secas.
Mi cuello fue rodeado por un collar que llevaba una brillante chapa.
Todas las personas me rodearon expresando admiración y diciendo muchas veces «¡Lor!
». Durante nuestro regreso a través de la aldea alargué mi adornado cuello fuera de su bolsillo, como uno de los chillones pájaros del château , para impresionar a algunos de los míos que anduvieran por ahí porque ya estaba bajo la entera protección de Monsieur La Ley (quienquiera que fuera), y que de esa forma ya era un igual de mi severa tía.
Aquella noche, junto al lecho de la muchacha, mi tía se mostró más difícil que nunca.
Cortó en seco la historia de mi aventura y me interrogó fríamente acerca de lo que verdaderamente había pasado.
Sus interpretaciones no fueron optimistas.
Profetizó que nuestras enemigas volverían, más furiosas aún por haber sido frenadas.
Me dijo que cuando ellas mencionaban mi nombre (como os he dicho) era para reprocharle a él por alimentarme a mí, a un vagabundo, con buen pan y leche, cuando yo, de acuerdo con Monsieur La Ley, no le pertenecía.
(A ella misma, añadió, le escandalizaba con frecuencia la extravagancia de él en este aspecto).
Observé que mi collar ponía fin a cuestiones inconvenientes.
Mostró su acuerdo de manera brusca, pero (le había descrito la escena) objetó que él había cogido el papel fino de su escondite porque yo le había engatusado con mis trucos de «perro faldero» y que, sin ese papel, él no tendría comida, al igual que sin lo que se quemaba bajo su nariz, lo que sería muy grave.
Yo me quedé espantado.
—Pero, tía mía —le rogué—, ¡muéstrame la manera de enseñarle que la tierra sobre la que él se pasea con tanta arrogancia puede llenar su chimenea de papeles finos, y te prometo que ella comerá pollo!
Mi evidente sinceridad, y quizá también la estratagema de mi llamamiento final, la conmovió. Se metió una pata en la boca, reflexionando.
—¿Le has mostrado esas maravillosas cosas subterráneas tuyas? —concluyó.
—Con frecuencia. Y también a tu muchacha. Creyeron que eran piedras para arrojar. No me toman en serio por mi tamaño.
Hubiera seguido lamentándome, pero ella me atacó. La muchacha se puso a toser.
—Cállate, desdichado. ¿Le has mostrado las trufas, o como tú las llames, a alguien más?
—Ellos dos son los únicos que he conocido en este mundo, tía mía.
—Eso era cierto hasta ayer —replicó—. Pero al volver al château esta tarde, ¿eh?
(Mi amigo el Vicomte tenía razón cuando me advirtió que todas las viejas tienen seis orejas y diez hocicos. ¡Y cuanto mayores son, más aún!).
—Vi a esa persona solo de lejos. ¿La conoces entonces, tía mía?
—¡Que si la conozco! La encontré una vez cuando cojeaba porque se me clavaron unas espinas en las almohadillas de la pata izquierda. Me detuvo. Me las quitó. También me puso la mano en la cabeza.
—¡Por desgracia no tengo tus encantos! —repliqué.
—Escúchame antes de que mi cólera estalle, sobrino mío.
Ha vuelto a su château . Deja una de esas cosas que tú sabes encontrar a sus pies.
No me creo tus cuentos sobre ellas, pero ella tal vez sí.
Es de raza. Lo sabe todo. Ella puede mostrarte el camino que tú tanto deseas encontrar.
Es pura suerte. Pero, si lo consigues y mi hueso no come los pollos que le has prometido, puedes estar seguro de que te arrancaré la garganta.
—Tía mía —repliqué—. Te estoy infinitamente agradecido. Por lo menos me has mostrado un camino. ¡Qué pena que hayas nacido con tantas espinas bajo la lengua!
Y salí corriendo para ocupar mi puesto al pie de la cama de él, donde dormí profundamente (¡vaya día que había vivido!) hasta el momento de llevarle sus botas por la mañana.