Las mejores historias sobre perros TEEM UN CAZADOR DE TESOROS Rudyard Kipling #3
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TEEM UN CAZADOR DE TESOROS Rudyard Kipling #3

Así pasó aquella maravillosa noche, con las polillas, los murciélagos, los búhos, la luna menguante y la respiración alterada de la muchacha.

Al salir el sol se oyó una llamada desde más allá del bosque.

Mi tía desapareció para ir a trabajar. Entré en la casa y le encontré a él atándose los cordones de una gigantesca bota.

La pareja de esta estaba junto a la chimenea.

Se la traje (había visto a mi padre hacer lo mismo para aquel Pierrounet, mi amo).

Se mostró ruidosamente complacido. Me acarició la cabeza y cuando entró la muchacha le describió mi hazaña. Ella me llamó para acariciarme y, aunque la Mancha Negra que tenía me hizo encoger, fui. Ella, como me di cuenta en aquel momento, le pertenecía igual que yo.

Allí empezó mi nueva vida. Durante el día le acompañaba a su carbón vegetal: único guardián de su gabán y de su pan y queso que quedaban en el talud, o, recordando el capricho de mi tía, fluctuaba entre el montículo de carbón y la cabaña para espiar a la chica, cuando ella no estaba con él.

Él era todo lo que yo deseaba: el sonido de su sólida pisada, su voz profunda pero suave, la agradable textura y olor de su ropa, la seguridad de su mano cuando me metía en su gran bolsillo exterior y me llevaba a través del bosque lejano en donde trataba secretamente con los conejos.

Al igual que los campesinos, que están más solos que la mayoría de las personas, hablaba en voz alta consigo mismo y a mí también, preguntándome mi opinión sobre a qué altura estaba un cable.

Aceptaba mi devoción y la correspondió desde el principio. No era capaz de comprender mi Arte. Porque, naturalmente, yo seguía mi Arte como deben hacerlo todos los artistas, hasta cuando son mal comprendidos. Si no, empiezas a preocuparte por bobadas.

Mis nuevos alrededores; el tamaño más grande y el menor espacio entre los robles; la naturaleza más pesada de las tierras; los hábitos de los perezosos vientos húmedos —cien consideraciones que el experto debe tener en cuenta— exigían cambios y adaptaciones de mi técnica…

¿Mi recompensa? Encontraba y le llevaba trufas de las mejores.

Con mi hocico se las ponía en la mano. Las posaba en el umbral de la cabaña y la llenaba de su fragancia.

Él y la muchacha pensaban que me divertía y las tiraban —¡las tiraban!

— para que las recogiera como si fueran piedras y yo un cachorro.

¿Qué más podía hacer? El olor se perdía por aquellos terrenos.

Pero el resto era felicidad, atemperada por vívidos miedos a que, cuando estábamos separados, si el viento soplaba sin moderación, un árbol pudiera caer y aplastarle, o a que, cuando trabajaba hasta tarde, pudiera desaparecer en algunos de esos terribles pozos de río, tan corrientes en ese mundo al que yo había llegado, perdiéndose sin dejar rastro.

No había peligro que no imaginara para él hasta que escuchaba sus pisadas en la sólida tierra mucho antes de que la muchacha se diera cuenta.

Así que mi corazón estaba feliz a pesar de las conferencias nocturnas con mi formidable tía, que relacionaba sus propias lóbregas aprensiones con cada informe que yo le daba de la vida y acciones cotidianas de la muchacha.

Por una causa u otra, las dos enemigas no habían aparecido desde que mi tía me había advertido en contra de ellas, y había menos miedo en la casa.

Tal vez, como le insinué un día a mi tía, se debiera a mi presencia.

Fue un desafortunado comentario. Tenía que haber recordado su sexo.

Me atacó aquella noche de una nueva manera, diciéndome que debía tener en cuenta que estaba condecorada con el Collar del Oficio, que establecía su posición ante todo el mundo.

Estaba a punto de hacerle un cumplido cuando observó, con ese tono bajo de peculiar desapego que tienen las hembras de edad, que, a menos que me condecoraran, no solo estaba fuera de la Ley (aquella persona de la que, debía recordar, hablaba con frecuencia), sino que no podía ser formalmente aceptado en una casa.

¿Cómo, pregunté, podría entonces recibir esa protección?

En su caso, dijo, el collar era suyo por derecho como Preceptora de las Ovejas.

Conseguir un collar para mí era una cuestión de piezas, o hasta de papeles finos, de su chimenea.

(Recordaba la advertencia del pobre Plutón de que todo al final se transformaba en esas cosas).

Si él decidía dar sus piezas a cambio de mi collar, mi situación civil sería inexpugnable.

De otra forma, al vivir sin tener oficio ni beneficio, yo era como los conejos: vivía por gracia y por casualidad.

—Pero, ma Tante —exclamé—, tengo el secreto de un Arte superior a los otros.

—En estas partes no se entiende —replicó—.

Me lo has contado muchas veces, pero no lo creo.

¡Qué lástima que no sean conejos! Eres lo suficientemente pequeño para entrar en sus madrigueras.

Pero esas cosas tuyas, tan preciadas, de debajo de la tierra, que nadie salvo tú puede encontrar, eso es absurdo.

—Es, pues, un absurdo que llena las chimeneas de las personas de piezas y papeles finos.

Escúchame, ma Tante —casi aullé—: el mundo de donde procedo estaba lleno de cosas de debajo de la tierra que deseaban todas las personas.

Este mundo también es rico en ellas, ¡pero yo, y solo yo, puedo desenterrarlas!

Repitió con acritud:

—Aquí no es allí. Deberían ser conejos. —Me volví para marcharme. No podía más—. Hablas demasiado del mundo de donde procedes —dijo desdeñosamente mi tía—. ¿Dónde está ese mundo?

—No lo sé —respondí con aire triste, y me metí bajo los leños.

Como rutina, después de pasar el informe a mi tía, me colocaba al pie de la cama de él donde estaría disponible en caso de bandidos. Pero las palabras de mi tía habían cerrado aquella puerta siempre abierta.

Mis sospechas fueron como gusanos en mi sistema.

Si él lo deseaba, podía lanzarme al suelo (más allá de su voz amada) y a la rabiosa procesión de miedos y huidas de los que él me había salvado.

Entonces, ¿adónde iría?… Solo quedaba mi mundo perdido en el que las personas sabían el valor de las trufas y de aquellos de nosotros que podíamos encontrarlas. ¡Buscaría ese mundo!

Con esta intención, y con una amargura en mi estómago como si hubiera tragado un sapo, salí después del amanecer y hui al fondo del bosque por el que habíamos paseado tantas veces él y yo.

Lo limitaba un alto muro de piedra, a lo largo del cual busqué una abertura.

No encontré nada hasta que llegué a una casita junto a unos portalones cerrados.

Allí un sin-autorización de los nuestros se me acercó, amenazante.

No estaba como para discutir, ni siquiera para protestar, así que salí corriendo y ataqué el muro por otro punto.

Pero al cabo de un rato me encontré de nuevo cerca de la casa del sin-autorización.

Recomencé mi circuito, pero el muro no tenía fin.

Me recuerdo gritándole con la esperanza de que se viniera abajo y me dejara pasar.

Me recuerdo apelando al Vicomte para que acudiera a ayudarme.

Recuerdo un vuelo de grandes pájaros negros pronunciando el mismo nombre de mi mundo perdido —Aa-or— 2 sobre mi cabeza.

Pero pronto se dispersaron en diferentes direcciones.

Solo el muro continuaba, y yo ciegamente a su pie.

Una vez una persona-hembra estiró la mano hacia mí.

Hui, como hui de un asombrado conejo que, como yo, existía por gracia y casualidad.

Otra persona con la que me encontré me tiró piedras. Eso me hizo apartarme del muro, y así se quebró su encanto. Comencé una marcha de horas, sin rumbo, hasta que un bosque que me parecía familiar me recibió con su sombra…

Me encontré en la parte trasera del enorme château blanco en la depresión que había visto una vez desde lejos, el primer día de mi llegada a este mundo.

A través de los arbustos vi un terreno dividido en tiras de aguas quietas y piedras.

Allí había pájaros mayores que los pavos, con enormes voces y colas que se alzaban unas contra otras, mientras que una persona-hembra de pelo blanco les daba comida de un cacharro que sostenía con unas manos relucientes.

Mi hocico me dijo que era incuestionablemente de pura raza, descendiente de un linaje de campeones.

Me hubiera acercado, pero los envidiosos pájaros no lo permitieron.

Me retiré colina arriba hacia los bosques y, movido por no sé qué agonías de frustración y desconcierto, levanté la cabeza y aullé.

La llamada dura e imperativa de mi tía atravesó mi autocompasión.

La encontré trabajando en los pastos, cercados por aquel muro que encerraba mi mundo.

Me acusó enseguida de tener algún asunto vergonzoso y que por ello había abandonado mi puesto cerca de la muchacha.

No podía hacer más que jadear. Por fin, al ver mi angustia preguntó:

—¿Has estado buscando tu mundo perdido? —La vergüenza cerró mi boca. Ella prosiguió, en un tono más suave—: Salvo en lo concerniente a mi hueso, no te tomes en serio todo lo que digo. Hay otros tan tontos como tú. Espera mi vuelta.