TEEM UN CAZADOR DE TESOROS Rudyard Kipling #2
Mi nariz me garantizó que la persona era un auténtico campesino y (lo recordé después) que nunca había tocado a ninguno de nosotros lo suficiente como para que ese olor se hubiera quedado en él.
Además mi nariz registró que estaba impregnado de los olores propios de su trabajo y también que tenía un temperamento bondadoso, amable y equitativo.
(¿Vosotras, las personas, os extrañáis de que todos nosotros conozcamos vuestros humores antes de que los percibáis?
Podéis estar seguros de que cada matiz del carácter, costumbre o sentimiento de él o de ella se anuncia en el olor de una persona.
Al igual que nosotros no nos podemos engañar unos a otros, vosotras, las personas, ¡no nos podéis engañar, aunque finjamos creerlo!).
Su gabán yacía en un talud. Cuando sacó su pan y su queso, me presenté.
Pero llevaba tanto tiempo mirando fijamente que mi hombro, que se había herido al pasar por el seto, me hizo desfallecer.
Me cogió enseguida y, con una fuerza igual a su amabilidad, encontró lo que me molestaba.
Evidentemente —aunque incluso entonces me desagradó saberlo—, él sabía cómo debe tratársenos.
Me sometí a sus cuidados, comí lo que me ofreció, y reposando en el pliegue de su fuerte brazo, me llevó a una cabaña donde lavó mi herida, puso agua a mi lado y volvió a su carbón.
Me dormí acunado por el ritmo de su azada y el ramillete de olores naturales en la cabaña, que incluía todos aquellos a los que yo estaba acostumbrado, salvo el ajo y, curiosamente, las trufas.
Me despertó la entrada de una persona hembra que se movía lentamente y tosía.
Había en ella (hablo ahora como hablamos nosotros) la mancha del miedo, de ese Miedo Negro que nos pide levantar el hocico y aullar.
Puso la comida. La persona de la azada entró.
Corrí a sus rodillas. Me mostró ante los ojos opacos de la chica.
Ella me acarició la cabeza, pero el frío de su mano aumentó el miedo.
Él me puso sobre sus rodillas y hablaron a la luz del crepúsculo.
Un poco después su conversación derivó hacia las piezas planas y escondidas y los papeles finos.
El tono era tan parecido al de mi amo y su compañera que estaba seguro de que iban a levantar la piedra de la chimenea.
Pero los suyos estaban dentro de la chimenea, de donde la persona extrajo varias piezas blancas que dio a la muchacha.
Llegué a la conclusión de que me habían admitido en su intimidad y me puse (debo confesarlo) a dar saltitos como un cachorro.
Mi recompensa fue su alegría, sobre todo la de él.
Cuando la muchacha se reía, tosía. Pero la voz de él me acogió y me poseyó antes de que me diera cuenta.
Bien entrada la noche, salieron para preparar un lecho al aire libre, protegido únicamente por un gran haz de leña.
La muchacha se dispuso a dormir allí, lo cual me sorprendió (en mi mundo perdido no se duerme fuera, salvo cuando las personas quieren evitar a los guardabosques).
Luego la persona de la azada puso una jarra de agua junto al lecho, y al darse la vuelta para entrar en casa dio un largo silbido.
Le contestó desde el otro lado del bosque la voz inolvidable de la vieja hembra del sumidero.
Me metí enseguida entre los leños más duros y un poco por debajo de ellos.
Al llegar silenciosamente, la hembra saludó a la muchacha con un extravagante afecto y jugueteó con ella, hasta que las toses acabaron en un sueño inquieto. Luego, cuando no había otro ruido más que el de las polillas nocturnas, me buscó, dijo, para arrancarme la garganta.
— Ma tante —repliqué plácidamente desde el interior de mi fortaleza—, no dudo que podría solucionar el problema tragándome vivo. Pero primero dígame qué es lo que he hecho.
—Este es mi hueso —fue su réplica.
¡Era suficiente! (Una vez en mi vida había visto al pobre y honrado Plutón colocarse como un lobo furioso entre su Pierril, al que quería, y un guardabosque). Nosotros utilizamos esa palabra pocas veces y nunca con ligereza. Por lo tanto, le contesté:
—Le aseguro que no es mía. Siento el Miedo N egro.
¿Ya he dicho que nosotros no podemos engañarnos unos a otros? La hembra aceptó mi declaración, a la vez que me insultaba por mi falta de aprecio, una deformación de la mente no infrecuente entre las hembras ancianas.
Para distraerla la invité a que me contara su historia.
Al parecer la muchacha la había cuidado de pequeña, cuando tuvo el moquillo.
Desde entonces la hembra dividía sus deberes entre las ovejas durante el día y la vigilancia, desde la primera estrella hasta el amanecer, de la muchacha, que, me dijo, también sufría de un ligero moquillo.
Esa había sido su existencia, su alegría, su devoción mucho antes de que yo naciera.
Sin exigir nada más, estaba dispuesta a defender su única exigencia matándome si era preciso.
Una vez, cuando tenía dos meses, e iba a escaparme de una rana muy feroz, mi amigo el Vicomte me aconsejó que, en momentos de crisis, lo mejor es plantar cara.
Un repentino impulso me hizo salir de mi refugio y sentarme a su lado.
Hubo una pausa donde se decidía la vida y la muerte durante la cual pude contemplar a placer todos sus dientes.
Afortunadamente, la muchacha se despertó para beber.
La hembra se deslizó para acariciar la mano que había posado la jarra y esperó hasta que volvió a escucharse la respiración.
Luego se volvió hacia mí (yo no me había movido) con ojos chispeantes.
—¡Cómo te atreves! —dijo.
—¿Por qué no? —respondí—. Si no es eso, será otra cosa.
—¡A quién se lo dices! —asintió—. Siempre hay otra cosa que temer: no yo, sino mi hueso.
Entonces comenzó una conversación única, hasta entre nosotros.
Mi vieja, fea y salvaje tía, como la llamaré a partir de ahora, se reconcomía de miedo por la muchacha, no tanto por su moquillo, sino debido a dos personas enemigas que me describió minuciosamente con el ojo y el hocico, una como una hurona, la otra como una gansa.
Estas, dijo, preparaban una maldad contra la muchacha, frente a la cual mi tía y el padre de la muchacha, la persona de la azada, eran impotentes.
Las dos enemigas llevaban consigo determinados papeles, en virtud de los cuales la muchacha podía ser apartada de la casa y de los cuidados de mi tía, de la misma forma que ella había visto a ovejas apartadas de su pasto por personas con papeles y llevadas no se sabía dónde.
Las enemigas aparecían a intervalos por la casa durante el día (cuando el deber de mi tía la retenía con sus ovejas) y siempre dejaban detrás de sí la mancha de la miseria y de la ansiedad.
No es que ella temiera personalmente a las enemigas.
Ella no temía a nadie más que a un tal Monsieur La Ley, que, como yo comprendí después, hasta la intimidaba.
Naturalmente, me mostré comprensivo. No conocía a ese gentilhommier de La Loire, pero conocía el Miedo.
También la muchacha era de la misma estirpe del que me había dado de comer y me había dado la bienvenida y cuya voz me tranquilizaba.
De repente mi tía exigió que, si yo me proponía residir con ellos, tendría que detallarle mis aventuras.
Demostró prácticamente una carencia total de interés por todas ellas, excepto cuando servían a sus propósitos, los cuales me explicó.
Ella me permitiría seguir viviendo a condición de que la informara todas las noches, junto a la pila de leña, de todo lo que había visto, oído o sospechado de cada acción y humor de la muchacha a lo largo del día; de la llegada de las enemigas, como ella las llamaba, y lo que pudiera comprender de sus gestos y tonos.
En otras palabras, debía espiar para ella como esos de nosotros que acompañan a los guardas forestales y espían para sus detestables amos.
No me molestó. Había tenido experiencia con el guarda forestal. Sin embargo, seguía teniendo mi dignidad y una cosa que de pronto consideré todavía más preciosa para mí.
— Ma tante —dije—, no lo hago por ti, sino por mi hueso de la cabaña.
Lo comprendió.
—¿Qué ha hecho que él te necesite? —preguntó.
—Esas cosas son como las trufas —respondí—: están ahí o no están ahí.
—No sé lo que pueden ser las «trufas» —gruñó—. No tiene ninguna utilidad para mí salvo que también teme por mi muchacha. En cualquier caso, tu capricho por él también te hace más útil para ayudarme en mis planes.
—Ya veremos —dije—. Pero, hablando de asuntos importantes, ¿dices en serio que no sabes qué son las trufas?
Estaba convencida de que me burlaba de ella.
—¿Es una broma de perro faldero? —preguntó.
Dijo eso de las trufas, ¡de mis trufas!
El bloqueo era total. Aparte de la muchacha de la cabaña y de sus ovejas (soy testigo de que con ellas era una artista) la cuadrada cabeza de mi tía no contenía un solo pensamiento. Mi paciencia me abandonó, pero no mis modales.
—¡Alégrate, vieja! —dije—. Un corazón honrado vale más que las muchas desventajas de la ignorancia y la baja cuna…
¿Y ella? ¡Pensé que me iba a comer vivo!
Cuando fue capaz de hablar, dejó claro que había «nacido» (exactamente así) de una raza cruzada y entrenada desde los días del Primer Pastor.
A cambio yo le expliqué que era un especialista en el descubrimiento de delicadezas que el genio de mis ancestros había revelado a las personas desde que la Primera Persona rascó por primera vez en la primera tierra.
No me creyó (tampoco pretendo haber sido totalmente preciso en mi genealogía), pero me llamó desde entonces «mi sobrino».