Las mejores historias sobre perros TEEM UN CAZADOR DE TESOROS Rudyard Kipling
30%

TEEM UN CAZADOR DE TESOROS Rudyard Kipling

Hay un caballero en Francia —mejor conocerlo por gusto que por azar,

cuando aún hay tiempo para eludirle y espacio para escapar—,

Nació y lo educaron e hicieron para el negocio del ganado,

al que llamaban Monsieur Bouvier de Brie.

«¿Cómo? ¿Brie?». «Sí, Brie». «¿De donde vienen esos curiosos quesos?».

« Oui, Oui, Oui! ».

Pero su nombre es famoso en toda la Galia como el perro más sabio de todos,

y Francia paga mucho por el Bouvier de Brie».

«¿De Brie?» « C’est lui ». Y si lees mi cuento, ya verás

lo que pensaba un corazoncito leal de la Vida y el Amor y el Arte,

y sobre todo del Bouvier de Brie,

«Mi amigo el vizconde Bouvier de Brie».

Nada podía impedir que mi adorada madre exigiera inmediatamente el terrón de azúcar, justa recompensa por cada trufa que encontraba.

Por otro lado, mi reverenciado padre se contentaba con la práctica estricta de su Arte.

Tan pronto como Pierre, nuestro amo, se agachaba para cavar en el lugar indicado, mi padre se iba en busca de nuevos triunfos.

De mi padre heredé mi hocico y tal vez un toque de genio. De mi madre, una filosofía práctica sin la cual el genio es como un pájaro con una sola ala.

¿Nuestro aspecto? Mis padres proceden de una raza formada desde tiempos remotos por lo mejor de varias ramas.

La espléndida flor de hoy es pequeña: de un rico dorado con toques de rojo; orejas puntiagudas y abiertas; una frente ancha y receptiva; ojos de mirada intensa pero amable, y un hocico que es una inspiración y una perfecta guía.

¿Es de extrañar entonces que mis padres se mantuvieran aparte de los demás?

Sin embargo, yo no me permitiría despreciar a esos dignos artesanos entrenados por personas para buscar trufas.

Proceden de razas muy distintas y poseen muchas virtudes, salvo el hocico, ese don incomunicable.

¿Yo? No soy grande. Desde luego, al nacer me llamaron el Enano, pero mis primeros triunfos me ganaron el nombre de El Abad. Fue fácil. No recuerdo que me entrenara ninguna persona.

Miraba, imitaba y, cuando creía necesario, mejoraba la técnica de mis padres entre los delgados y pequeños robles del campo donde se encuentran las mejores trufas; y lo que para el mundo parecía una cadena de milagros fue para mí tan fácil como revolcarme en el polvo.

Mis patitas podían marchar de sol a sol por las pedregosas cimas de las colinas donde trabajábamos. Mi pelambrera aguanta humedad, viento y frío, y mi tamaño me permitía que de vez en cuando me transportaran en el útil bolsillo exterior de mi amo.

¿Mis compañeros de aquellos días? Al principio Plutón y Dis, la pareja solemne, con papada, negra, macho y hembra, que tiraba del carrito de madera desde el que mi amo distribuía las trufas en el château blanco cercano a nuestra aldea y a ciertos tenderos en la calle de la Fuente, donde charlaban las mujeres.

Aquellos dos eran, en el fondo, campesinos.

Ellos me aclararon el significado de las piezas redondas, planas y blancas, y de los finos papeles que mi amo y su compañera escondían bajo la piedra de la chimenea.

No solo las trufas, sino otras cosas, me contó Plutón, se convierten en piezas o en papeles finos.

Pero mi gran amigo, mi preceptor, mi protector, la admiración de toda mi vida, era Monsieur le Vicomte Bouvier de Brie: un mariscal de los toros que ejercía su control en los pedregosos pastos cercanos a la casa.

También había muchas ovejas de las que ni yo ni el Vicomte nos preocupábamos.

El cordero es malo con el olfato y, como supe después, para el humor.

También era de raza —«de nacimiento», como yo— y así me aceptó cuando, en el precipitado abandono de la camada, me pegué a su oreja.

En vez de echarme a un lado, que podría haberlo hecho con una de sus patas, me bajó suavemente con ellas, de modo que parpadeé contemplando aquel acantilado de su pecho, mirando sus ojos insondables, y «¡Pequeño malvado!

—dijo—, ¡si bien profetizo que llegarás muy lejos! ».

Ahí, protegido entre sus patas, me acogería para dormitar, para evitar a mis enemigos o para abrumarle con preguntas.

Y cuando iba a la estación de ferrocarril para recibir o enviar más toros, me pondría bajo su barriga, lanzando infantiles insultos contra todos los timoratos perros de la calle de la Fuente.

Después de convertirme en un experto en mi Arte, me habló del suyo, interrumpiéndose para vociferar una orden a un joven toro que había osado acercarse demasiado al bosque donde crecían nuestras trufas, o se echaba encima de él como el granizo que caía sobre los muros que sus patas desdeñaban tocar.

Me abrumaban su fuerza y su audacia. Él, por su parte, estaba desconcertado por mis logros.

«Pero, pequeño, ¿cómo se hace… tu trabajo?

». No podía transmitirle a él, ni él a mí, el misterio de nuestras diversas Artes.

Sin embargo, me comunicaba incansablemente los frutos de su experiencia y de su filosofía.

Recuerdo un día en que había perseguido a un pollo que por entonces me parecía una especie de toro. Como podía recibir un castigo de manos del propietario, me refugié bajo el cuello de mi amigo cuando estaba tomando el sol. Escuchó mi boba historieta y, como si hablara consigo mismo, dijo:

—Mis toros no son más que carne de consumo con narices y rabos con los que puedes controlarlos. Pero esas cosas negras y escondidas que únicamente quienes son como tú pueden desenterrar, ¡eso sí que no puedo entenderlo! Me encantaría añadirlo a mi repertorio.

—¡Y yo seré un conductor de toros! —grité (me estaba empezando a salir mi segunda dentadura).

—Pequeño —me respondió con infinita ternura—, hay una cosa que los dos debemos recordar siempre. Un artista nunca debe soñar fuera de su Arte.

Cuando cumplí quince meses, me encontré con cuatro hermanitos que me cansaban. Al mismo tiempo hubo un cambio en el comportamiento de mi amo. Como nunca le había tenido mucha consideración, fui el primero en percatarme de su falta de atención. Mi madre, como siempre, dijo:

—Si no es una cosa, será seguramente otra.

Mi padre dijo sencillamente:

—Cueste lo que cueste, sigue tu Arte. Eso nunca te llevará a una pista falsa.

Llegó una persona de olores abominables a nuestra casa, no solo una vez, sino muchas. Un día mi amo me hizo trabajar en su presencia. Demostré, durante todo un día de aires cambiantes, una precisión impecable. Después de cenar, la compañera de mi amo le dijo:

—Tenemos la seguridad de contar por lo menos con dos buenos trabajadores para la temporada que viene, y con un enano nunca se sabe. Está muy lejos esa Inglaterra de la que habla el hombre. Despacha el asunto, Pierril.

Pasaron unos cuantos papeles finos de una mano a otra.

Luego la persona me metió en el bolsillo de su gabán (la nuestra no es una raza que se deba mostrar) y después hubo para mí alternancias de luz y de oscuridad en carros: un período en el que mi mundo subía y bajaba hasta ponerme enfermo; un silencio junto al chapotear del agua bajo las estrellas; el traslado a otra persona cuyo olor y habla eran ininteligibles; otro viaje en carro; un estallido de sol naciente entre los setos; un olor de ovejas; violentos gritos y violentos balanceos; finalmente, una disolución del universo que me proyectó a través de un seto desde donde vi a mi captor debajo del carro donde una hembra blanca y negra le mordisqueaba con devoción.

Una zanja me llevó hasta el refugio de un sumidero.

Me tranquilicé hasta que la luz fue repentinamente apagada por la cabeza de aquella misma hembra, que me insultó salvajemente en lingua canina .

(Mi padre solía aconsejarme que nunca respondiera a una hembra desconocida).

Me alegré cuando la voz del amo la obligó a volver a uno de sus deberes, y oí el chasquido de las patas de su rebaño por encima de mi cabeza.

Poco más tarde salí para conocer el mundo al que me habían lanzado.

Era nuevo en olores y en aspecto, pero tenía ciertas similitudes con el viejo.

Unos cuantos arbolillos bordeaban tupidos bosques y suaves pastos verdes, y, al fondo de una depresión coronada de bosques, había un château blanco todavía mayor que aquel hasta el que Plutón y Dis llevaban el carro.

Me quedé entre los árboles y me alegré de que mi olfato se hubiera recuperado después de los ultrajes sufridos durante el viaje, cuando me llegó el inequívoco aroma de las trufas: desde luego, no de las de olor a fresa de mi mundo perdido, sino de otras lo suficientemente parecidas como para ponerme a trabajar.

Husmeé el viento y seguí mi senda. No me engañé.

Había trufas de diferentes clases en los lugares apropiados, bajo aquellos espesos árboles.

La máxima de mi madre resultó verdad. Esa era, evidentemente, «la otra cosa» de la que me había hablado; y me sentí de nuevo con fuerzas.

Mientras trabajaba entre los olores casi familiares, me pareció que lo que me había ocurrido no era real, y que en cualquier momento me encontraría con Plutón y Dis con nuestro carro.

Pero no llegaron; aunque los llamé no vinieron.

Una voz distante y amenazadora me interrumpió. La reconocí porque era la ruidosa hembra de mi sumidero, y me quedé quieto.

Después de unas precavidas vueltas, oí el sonido de una azada y en un claro del bosque vi a una persona allanando la tierra en torno a una pila de madera para hacer carbón. Había visto eso con frecuencia.