Las mejores historias sobre perros JIMMY, EL PERRO DE MI VIDA Sir Arthur Bryant #3
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JIMMY, EL PERRO DE MI VIDA Sir Arthur Bryant #3

Al no poder reprimir sus instintos errantes en una época en la que se desaprobaban los viajes innecesarios, no solo a los perros pequeños, sino también a las personas no combatientes, él, en ese período de su vida, se marchaba con frecuencia.

No es que quisiese dejarnos; al contrario, desde el comienzo mostró una absoluta fidelidad a la que nosotros correspondimos y siempre volvía con nosotros mostrando una apasionada devoción y contrición por habernos dejado.

Pero no podía resistir su deseo de aventura.

Solo teníamos que dejar abierta una ventana o la verja del jardín y saldría a través de ella, y aunque al principio intentaba no ir más allá del montón de estiércol perteneciente a la pequeña propiedad del vecino —el club de perros de nuestra aldea— o pelear por un hueso con su gran enemigo y rival, el perro del granjero Hinton, que vivía al final del camino, a no ser que fuese rápidamente detectado y lo llamasen, probablemente se uniría a un soldado que fuese de paso o seguiría un rastro a través de los campos, y viajando a su extraordinaria velocidad —ya que podía dejar atrás una bicicleta deslizándose hacia abajo por la cuesta más empinada—, estaría pronto fuera de alcance, en esos días de escasez de gasolina, o lejos de nuestra vista.

A esto le seguirían horas de agonizante búsqueda en los campos y los bosques vecinos, y cuando dicha búsqueda se volvía infructuosa, como ocurría casi siempre, había que llamar a lejanas comisarías, desde donde, normalmente tras caer la noche, sería recuperado en una bicicleta por su más que sufrida dueña.

En una de sus odiseas recuerdo que había seguido hasta un pueblo cercano a una mujer de las Fuerzas Aéreas que iba en bicicleta.

Allí permaneció varias horas en el cuarto de las mecanógrafas en el cuartel general del Group of Bomber Operational Training Command, siendo acariciado y alimentado con galletas dulces y otros de sus alimentos favoritos, poco frecuentes en esos tiempos.

Luego, mientras seguía la llamada de la carretera una vez más, o probablemente expulsado por una autoridad más alta irritada, se marchó a un aeródromo a unas cuantas millas de distancia, donde, se supone que cazando conejos, lo pillaron en la estela de un Wellington que partía, quedando atontado y muy impresionado por su experiencia aeronáutica, casi atropellado por un coche.

A estas alturas —era más o menos la hora del té y había desaparecido en el desayuno— tuvimos la suerte de poder seguirle la pista gracias a haber telefoneado a toda la vecindad, incluido nuestro vecino más augusto, el mismísimo vicemariscal del A ire, quien, como resultado de sus llamadas, nos pudo informar sobre sus aventuras.

Pero para entonces había desaparecido otra vez y fue a las nueve cuando, desde una comisaría a siete millas de distancia, nos llamaron para informarnos de que una vez más se encontraba entre sus viejos amigos: los policías.

Cuando lo recogimos, al precio de una nada desdeñable ración semanal de gasolina, lo encontramos formando parte de un círculo de solemnes policías en la chimenea de la comisaría, sentado con una expresión de gran inteligencia y escuchando una conferencia sobre la gasolina, aunque su felicidad seguramente provenía menos de su disfrute de la parte intelectual que de su disfrute de la asociación entre uniformes y comida.

Eso sí, como siempre, saludó a sus rescatadores con una frenética alegría y volvió a casa ladrando como si reunirse con nosotros hubiese sido lo único que tenía en mente durante todo el día.

Esta vez nos encontramos tan aliviados de ver que había vuelto sano y salvo que ni siquiera tuvimos corazón para decirle nada.

Normalmente se le castigaba por sus escapadas.

Esto generalmente tomaba forma de una horrible penitencia llamada «agujero negro» donde se le desterraba, entre ruidos amenazantes, a una leñera o a un aparador, y se le dejaba allí durante unos diez minutos, media hora o incluso más tiempo, dependiendo de la gravedad del crimen cometido y del grado de exasperación que despertaba su mal comportamiento.

Ese era un verdadero castigo para un perro que vivía cada momento con gran intensidad.

Todavía puedo ver la mirada de desaliento y de vergüenza con la que, al oír las temidas palabras «agujero negro», se arrastraba hasta el lugar donde quedaba cautivo.

Ni una sola vez —ya que era el más valiente de todos los animales— intentó aullar o escapar, pero permanecía allí con aspecto de inconsolable desaliento, con la cabeza apoyada en el suelo o tristemente arrimado contra la puerta hasta que su cruel castigo hubiera terminado.

Entre tanto sus carceleros sufrían tanto como él mientras meditaban acerca de su desgracia y de su soledad hasta que incluso su implacable dueño ya no podía aguantar seguir pensando en la prisión y en los reproches del corazón compasivo de la dueña del perro y, ávidamente, se apresuraba, sin poder ocultar su impaciencia, a soltarlo.

Generalmente había que hacerle unos cuantos minutos de mimos antes de que el perro recobrase la confianza en sí mismo y volviera a sentirse poderoso y seguro.

Porque, bajo la autoconfianza e incluso la arrogancia que le había concedido poseer un hogar, quedaba el recuerdo de lo que significaba no ser querido y no tener un techo bajo el que protegerse.

La fiereza y la arrogancia de su actitud desafiante hacia sus compañeros perrunos provenía, estoy seguro, de los tiempos en que era un miedoso, triste y sucio vagabundo que pasaba por delante de las granjas llenas de buenas cosas, protegidas por un perro guardián orgulloso y agresivo que no le dejaba saborearlas.

Hasta el día de su muerte creo que Jimmy no perdió nunca su profundo sentido del agradecimiento.

Convirtió el vínculo entre él y aquellos que le habían proporcionado un hogar en algo más profundo que el lazo normal que se crea entre un perro y un hombre, y cualquier cosa que parecía amenazarle le llegaba al alma.

Nunca olvidaré la mirada de terror que puso una vez cuando, cazando en unos arbustos al borde de la carretera, durante un alto en el camino de nuestro viaje en coche, lejos de su casa y de un lugar familiar, se le tuvo que llamar con el sonido del claxon; el miedo a que nos fuésemos sin él y lo condenásemos una vez más a una vida de vagar solitariamente le hizo olvidar de inmediato, en ese momento agónico, hasta la presencia de los conejos que acababan de aparecer.

Y en otra ocasión, cuando lo llevamos a una peluquería para perros para cortarle el pelo y lo dejamos, probablemente de modo imprudente, hasta que fuimos a recogerlo, dos horas más tarde, lo encontramos en estado de shock , incapaz durante un rato de saber dónde estaba.