JIMMY, EL PERRO DE MI VIDA Sir Arthur Bryant #2
Como a una milla del pueblo, nuestro camino se desvió de la carretera principal y atravesamos los acantilados.
Sabíamos que después no nos encontraríamos con otros caminantes.
En consecuencia, hicimos lo posible para persuadir al perro para que volviese.
Pero pareció considerar nuestros gestos e indicaciones como una especie de juego, levantó las orejas y nos observó durante un rato; luego perdió interés y se sentó esperando nuestra reacción.
Al final me limité a amenazarle con una piedra, que le tiré sin ganas y de modo poco convincente.
Al darse cuenta el perro de que lo que yo estaba haciendo no era un juego, sino un intento deliberado de deshacerme de él, la confianza en su conducta desapareció en un momento y se convirtió en una criatura rota, triste y abatida, con la cola caída y unos ojos trágicos.
Se escabulló y reanudamos el camino a toda prisa hacia el acantilado, sin atrevernos a hablar o a mirarnos. Me sentía como si fuese un asesino.
Pero no habíamos terminado con el perro; aquel corazón de ángel nos iba a redimir.
Puesto que de pronto mi esposa me agarró del brazo y dijo «Mira», y, volviéndome, lo vi siguiéndonos, tristemente, allá a lo lejos, por la parte interior del seto.
Ese era el final o, por lo que respecta a nosotros, el comienzo.
Le dejamos subir y luego se hizo cargo de nosotros, trotando delante como si ahora todo estuviese arreglado, como así —aunque no lo sabíamos— ocurrió.
Pero lo discutimos y yo consentí que, si el granjero y su mujer, con quienes estábamos alojados, lo dejaban quedarse durante las dos noches siguientes —las últimas en Cornualles—, yo telefonearía a la policía por la mañana y le ofrecería un hogar.
En la granja conseguimos permiso para que el perro se quedase con nosotros.
Cuando, tras la cena, volvimos al cuarto donde lo habíamos dejado en el suelo, para horror nuestro lo encontramos hecho un ovillo en uno de los sillones de nuestra casera.
Era sintomático de lo que nos quedaba por ver: la discreta seguridad, el lujoso bienestar y el aire de ser el dueño absoluto.
Enviado durante la noche al granero, donde fue embaucado con un cuenco de pan y leche —un plato por el que, con toda el hambre que traía, mostró un considerable desprecio—, esperaba en la puerta para que lo soltaran cuando temprano, a la mañana siguiente, mi esposa lo dejó salir.
Todavía puedo ver esa pequeña figura blanca, impaciente y levemente ofendida, que salió disparada como una bala del lugar donde se encontraba confinada y saludando a su salvador en lo alto de los escalones de piedra que llevaban hasta el lugar.
A lo largo de ese día, el perro no hacía más que desaparecer y reaparecer, como correspondía a ese incorregible vagabundo que llevaba dentro.
Y sin embargo, lo curioso era que de la misma manera que se llevaba comida a la boca con tanta delicadeza y con unos modales tan irreprochables, también estaba perfectamente entrenado para casa.
Durante los catorce años en total que estuvo con nosotros, solo se comportó indebidamente en una ocasión, y fue en la escalera de entrada de un inmenso edificio gótico del siglo XIX cuyas columnas, y no le faltaba razón, confundió con farolas.
En algún momento debió de haber tenido un buen hogar, y parecía que ahora quería otro.
Y sin embargo, en el resto de los aspectos era un perro salvaje, acostumbrado a una libertad total e impaciente con la más leve restricción.
Cuando llamé a la policía para ofrecerle un hogar, ya se había largado, para reaparecer inesperadamente poco después de que nos hubiesen concedido permiso para llevárnoslo.
Esa tarde, después de haber avanzado con dificultad por el acantilado desde la playa, tras haber desaparecido él veinte veces, y que mi esposa y yo hubiéramos decidido que si volvía con nosotros, lo que hizo en ese preciso momento, tendría que llevarlo de vuelta a Boscastle y devolverlo allí si me seguía —ya que no parecía justo privarle de esa libertad que tanto valoraba—, me dio la espalda con firmeza e insistió en seguir a su dueña a la granja y a una vida doméstica. Había hecho su elección.
A la mañana siguiente, cuando llamamos al coche para que nos llevara a la estación, había desaparecido una vez más —a buscar conejos— y parecía probable que tendríamos que marcharnos sin él.
Pero, justo cuando estábamos metiendo el equipaje, reapareció.
Mi esposa le había hecho un collar de cuerda, y con él al cuello —un símbolo del cambio de categoría— nos acompañó hasta la estación.
Cuando vio el tren y se dio cuenta de que se vendría con nosotros, se volvió loco de alegría.
Y durante el largo y muy concurrido viaje a Londres, permaneció manso y en silencio, acurrucado a nuestros pies o en el pasillo, esperando su futuro con paciencia.
Ni siquiera Waterloo, con su desconcertante confusión y estrépito, desanimó su inquebrantable corazoncito, aunque cuando un poco más tarde su dueña salió del taxi y desapareció al entrar en una tienda, se puso muy nervioso.
Y cuando ya tarde, por la noche, tras más viajes en tren y en coche, llegamos a la vieja North Buckinghamshire House, la que iba a ser su casa durante los siguientes tres años, trotó hacia el jardín como si hubiese vivido allí toda su vida.
La tensión de sus músculos y de un cuerpo alerta evidenció que la consideraba suya.
De vivir de cazar conejos en los acantilados azotados por el viento, mendigando trozos de comida de las bolsas de papel de los pícnics y teniendo que pasar temporadas en las comisarías de policía de las aldeas, Jimmy, como lo bautizamos, pasó a tener casi todo aquello que podía pedir a la vida: un hogar, comidas diarias, frecuentes mimos, poder sentarse y tumbarse cómodamente y la dedicación de dos seres humanos.
Antes de las veinticuatro horas de su llegada, a pesar de algunas tonterías que comentaron sus nuevos dueños con respecto a hospedarlo en un cobertizo, él se había establecido en la cama de su dueña, y siguió siendo el lugar donde dormía hasta que murió, catorce años más tarde.
Fue asombroso lo rápido que pasó de ser aquella criatura mansa y que no ladraba que nos habíamos encontrado a ser un animal casi molesto por lo ruidoso que era, con un aire señorial y una belicosidad hacia cualquier criatura más grande que él y que habría honrado incluso a un piel roja en pie de guerra.
De golpe se convirtió en el perro-jefe e hizo que el mundo lo supiera.
Nunca un terrier ha sido más terrier —más desafiante, curioso e inquieto— que este perro blanco, con cabeza y orejas marrones, con manchas negras, con una pronunciada cola peluda y un carácter que nos había tomado inesperadamente por asalto y que ahora dominaba nuestras vidas de forma implacable.
Si él sentía que su autoridad y superioridad eran desafiadas en el más mínimo detalle por el resto de las especies, daba un alto y autoritario ladrido y se preparaba para la pelea.
Ningún jefe del Tammany Hall, ningún dictador europeo era más apremiante y amenazador con respecto a sus poderes y sus derechos.
Según la opinión que tenía de sí mismo, era el primero de todos en cualquier lugar donde entraba y, sin tener en cuenta el tamaño y la fuerza perruna, estaba dispuesto a obligar a cualquiera que lo retara a reconocerlo.
Tampoco esperaba a que lo retasen: buscaba y alegremente los invitaba a pelear.
No obstante —y este era su lado patético—, una palabra dura, un palo hacia arriba en señal de castigo, una maleta abarrotada y dispuesta para un viaje que no pudiera compartir, y toda su confianza desaparecía como si una taza se vaciase de agua.
Dejaba caer la cola, su cabeza colgaba y una mirada de indescriptible tristeza le llegaba a sus grandes ojos castaños.
Incluso el chocolate, que de una manera misteriosa —y de la forma más inoportuna, viendo que se racionaba con rigor— dejaba claro que le encantaba por encima del resto de las comidas, no lo tocaba a pesar de ponérselo delante del hocico si su dueña se marchaba sin él.
Hacia ella, con todo su apasionado desafío hacia un mundo que lo había maltratado trágicamente y que ahora había superado con tanto éxito, él volcaba un cariño tan inquebrantable y con tal entrega que yo nunca había visto nada igual en una criatura animal o humana.
Los primeros tres años de vida doméstica de Jimmy fueron años de guerra.
Debieron de parecerle de una estática extrañeza.
Su dueño, trabajando para los tres ejércitos, solía estar fuera, viajando en tren, por carretera y a veces por aire, mientras Jimmy permanecía con su dueña en la meseta arcillosa de Buckinghamshire.
Creo que juzgaba esto como una auténtica privación, puesto que esencialmente durante toda su vida fue un perro que quiso estar fuera, en algún lugar.
Le importaba poco dónde, siempre y cuando saliese, y aunque el viaje fuese corto.
Salir de compras o simplemente para llevar el coche a una distancia de cien yardas a un garaje detrás de la casa lo anunciaba con un entusiasta e imperioso ladrido.