Las mejores historias sobre perros JIMMY, EL PERRO DE MI VIDA Sir Arthur Bryant
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JIMMY, EL PERRO DE MI VIDA Sir Arthur Bryant

Jimmy era un terrier inglés de pelo duro.

Tenía un pelaje blanco como la nieve, y cuando se lo cepillaban y lavaban se volvía casi deslumbrante; era de cuerpo largo y bien proporcionado, con manchas negras; un rabo corto de color marrón y puntiagudo que por lo general, al igual que su ambicioso espíritu, apuntaba con gallardía hacia lo alto; patas largas y graciosas y un valeroso corazón que podían arrastrarlo tan velozmente como un ciervo o un caballo de carreras; dos orejas satinadas que unas veces reposaban y otras apuntaban hacia arriba como los pabellones de un ejército medieval; y los más hermosos ojos pardos que he visto en mi vida.

Puede que no se ajustara a los cánones de los pedantes requisitos de cualquier Sociedad de Raza, pero como perro tenía todo lo necesario para serlo.

Entró a formar parte de mi vida en un acantilado de Cornualles hace dieciocho años.

Fue en el momento más sombrío de la guerra, justo después de nuestra derrota en Knightsbridge, cuando los victoriosos alemanes golpeaban las puertas de Alejandría y Stalingrado, cuando la situación en el mar era más grave que en ningún otro período de la guerra y cuando aún no había cambiado de signo la buena racha de los japoneses en el Pacífico y en el sudeste asiático.

En el trabajo que hacía para el ejército, acababan de darme un respiro de quince días, y aproveché la oportunidad para pasar diez días en una granja al norte de los acantilados de Cornualles.

Fueron mis únicas vacaciones durante la guerra y mi esposa y yo aprovechábamos las tardes al máximo; a veces nos íbamos de pícnic a la playa, otras dábamos largos paseos por el acantilado.

Durante una de esas caminatas, fuimos hasta Boscastle, situada a unas seis o siete millas de la granja donde nos alojábamos.

Y allí nos encontramos al animal abandonado que iba a ocupar nuestras vidas durante los siguientes catorce años.

En un lugar apartado de inconmensurable calma —la calma de las grandes olas y el acantilado cubierto de brezos— nos encontró el perro de nuestras vidas.

En ese momento comíamos sándwiches en un pequeño promontorio que dominaba el lado occidental del puerto, y yo había tirado unas cuantas migas a unas gaviotas que evidentemente eran viejas asiduas del lugar y que, volando y buceando con voracidad, se llevaban el peaje de costumbre de aquellos que se iban de pícnic: parejas en su luna de miel, gente mayor y hombres y mujeres del ejército que, de permiso, se dispersaban por el acantilado.

De pronto me di cuenta de que mi esposa y yo ya no nos encontrábamos solos.

Sentado a nuestro lado, atento y silencioso, había un terrier blanco, peludo, con cabeza y orejas de color marrón y una pronunciada cola, que contemplaba mis sándwiches con una mirada de ardiente deseo e infinito reproche; obviamente estaba dolido porque tanta generosidad fuese distribuida entre gaviotas que no se lo merecían.

Aunque durante aquellos días la comida no abundaba y yo tenía hambre, fui incapaz de resistirme a la mirada de esos grandes ojos castaños, y mis dos últimos sándwiches, pedacito a pedacito, fui dándoselos a aquel claro experto, como resultó ser, mendigo profesional.

Lo más singular fue que, aunque, como nos fuimos dando cuenta, debía de estar medio muerto de hambre, no hizo el más ligero amago de arrebatar la comida que se le ofrecía; tal era la delicadeza con que la cogía que, cuando se apartaba de la mano, parecía haberla acariciado.

Jamás, con toda mi experiencia, he conocido un perro con una boca tan suave o con unos modales tan amables y seductores, ni siquiera el alsaciano de gran corazón, delicado, que formó parte fundamental de mi vida durante siete años y que, tras su muerte, me dejó desolado durante muchos meses.

Esa boca suave era uno de los rasgos distintivos del perro y siempre lo fue.

Experto en comida, especialmente, como pudimos descubrir más tarde, de la variedad más cara y exótica, nunca fue un glotón.

Apenas demostraba que la necesitaba y luego esperaba pacientemente a que sus necesidades fuesen satisfechas.

Su condición de desnutrido le daba aspecto de perro viejo: delgado, enmarañado, sarnoso, con una parte inferior rosácea y sin pelo en la cual se descubrían unas manchas negras que parecían erupciones de la piel.

Pensamos que pertenecía a una familia que no podía permitirse darle suficiente comida o atenciones.

Pero, aunque llevaba apenas unos minutos con nosotros, pudimos comprobar cuánto valía.

Como a unos cien pies debajo de nosotros, había un estuario con veintenas de gaviotas descansando sobre la arena.

A estas, obviamente, el perro las consideraba sus enemigas, ya que saltó hacia arriba de repente, se lanzó hacia abajo precipitadamente por las rocas, y ladrando como un salvaje, las condujo chillando y empujándolas hacia el mar.

Luego, por el acantilado, se vino hacia nosotros a toda prisa, meneó su pequeña cola extasiado mientras se acercaba y volvió a sentarse a nuestro lado, atentamente e inspeccionando con melancolía la cesta de los sándwiches.

Llevó a cabo el ejercicio al doble de la velocidad normal, evidenciando el más alto grado de alerta, brío y savoir-faire .

Y aun así, como he dicho, parecía un perro viejo, rugoso, mal alimentado y, sin lugar a dudas, sarnoso.

Solo después de permanecer allí sentados durante una hora nos dimos cuenta, sobresaltados, de que no llevaba collar, que no pertenecía a nadie que estuviera de pícnic que hubiera compartido el promontorio con nosotros.

Y cuando, ahora solos, nos levantamos para marcharnos, el perro se levantó y nos siguió.

O, para ser preciso, nos precedió, puesto que, desde el comienzo de nuestra relación, él tomó la iniciativa.

Lo hizo de tal manera que dejó totalmente claro que ahora existía un lazo entre nosotros y que nos consideraba como de su propiedad.

Siempre que nos deteníamos, él también lo hacía, y cuando nos sentábamos —lo cual hacíamos deliberadamente para ver cuáles eran los resultados—, él también se sentaba y nos observaba con una mirada de profundo interés y afecto.

Parecía, sin duda, con todo su aspecto peludo y lamentable, el alma misma de la amistad, puesto que llamaba la atención especialmente la simpatía con la que saludaba a los perros en las afueras del pueblecito por el que teníamos que pasar, meneando su cola mientras los saludaba frenéticamente cuando se le acercaban y mostrándose generoso al prestarles esas atenciones que parecen encariñar a unos perros con otros.

Jamás se produjo el más remoto amago de pelea; sin duda quería a sus compañeros los perros, a todos ellos, y su temblorosa cola parecía confirmarlo.

Ni siquiera el perro más patán podía haberse peleado con una criatura tan imbuida por el espíritu de la caridad universal.

Después de aquello, atravesando el pueblo, lo perdimos; o mejor dicho, él nos perdió a nosotros.

Nos sentimos aliviados, puesto que la perspectiva de tener en nuestras manos un perro extraviado, tan lejos de casa y en un momento tan crítico, la verdad es que nos desalentaba.

Pero unos días más tarde, antes de que hubiesen finalizado mis cortas vacaciones, caminamos una vez más por el acantilado para visitar por última vez el estuario azotado por las tormentas donde habíamos encontrado a la pequeña criatura.

En los días pasados a veces habíamos hablado de él y de su inexplicable encanto, y nos preguntábamos si le veríamos alguna vez.

Pero para nada pensábamos en él, cuando, a punto de terminar nuestro té en el hostal local, nos lo encontramos una vez más sentado silenciosamente a nuestro lado.

Supongo que era inevitable ofrecerle tarta y también inevitable —aunque no lo esperábamos— que nos siguiese.

Esta vez, mientras escalábamos la montaña empinada que estaba fuera del pueblo, quedó claro que nos seguía totalmente en serio.

Recordando que nos quedaban seis o siete millas de camino por encima de los acantilados y que al día siguiente tendríamos que volver sobre nuestros pasos —el último antes de volver a mis tareas—, y como no nos sentíamos tan inhumanos para abandonarle ni queríamos adoptarlo de por vida, nos sentíamos angustiados.

Todavía estábamos en la carretera principal, y a todo el mundo que nos encontrábamos caminando hacia el pueblo le explicábamos nuestra situación y le pedíamos que devolviesen el perro al lugar al que pertenecía.

Pero de ellos también supimos lo que habíamos supuesto, que no pertenecía a ningún lugar, que era un inveterado fugitivo para quien la policía buscaba un hogar y que había sobrevivido el verano cazando conejos en los acantilados y mendigando las sobras de los pícnics.

Y aunque dos o tres personas hicieron todo lo que estaba en sus manos para atraerlo de vuelta al pueblo, se negó a irse con ellos e insistió en seguirnos.