Las mejores historias sobre perros POR AMOR A UN HOMBRE Jack London #3
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POR AMOR A UN HOMBRE Jack London #3

Nadie dijo nada. La fanfarronada de Thornton, si es que era una fanfarronada, había encontrado respuesta.

Podía sentir un chorro de sangre caliente subiéndole hacia la cara.

Su lengua se la había jugado. No sabía si Buck podría mover mil libras.

¡Media tonelada! Se sintió consternado por la enormidad.

Tenía mucha fe en la fuerza de Buck y a menudo lo había creído capaz de mover un peso semejante; pero nunca, como ahora, se había visto ante tal posibilidad.

Los ojos de doce hombres le estaban observando, esperando en silencio.

Además, no tenía esos mil dólares, ni los tenían Hans y Pete.

—Ahí mismo tengo un trineo cargado con veinte sacos de cincuenta libras de harina —continuó Matthewson con una franqueza brutal—, para que eso no sea un problema para ti.

Thornton no contestó. No sabía qué decir.

Miró una cara tras otra de forma ausente, como hacen los hombres que han perdido la capacidad de pensar y buscan algo que los vuelva a poner en marcha.

Sus ojos se posaron en la cara de Jim O’Brien, un Rey Mastodonte y un compañero de los viejos tiempos.

Fue como una señal que parecía impulsarle a llevar a cabo lo que nunca había soñado hacer.

—¿Me puedes dejar mil? —le preguntó, casi con un susurro.

—Claro —contestó O’Brien, poniendo pesadamente un saco lleno junto al de Matthewson—. Aunque no creo, John, que ese animal lo pueda hacer.

Eldorado se vació de clientes que salieron a la calle a ver la competición.

Las mesas se vaciaron, y los comerciantes y los guardabosques se acercaron para apostar y ver el resultado de la apuesta.

Varios cientos de hombres, abrigados con pieles y mitones, se arremolinaron en torno al trineo a una distancia prudente.

El trineo de Matthewson, cargado con mil libras de harina, llevaba allí un par de horas, y con el intenso frío (sesenta bajo cero) la compacta nieve había hecho que los patines se pegaran al suelo.

Los hombres apostaban dos a uno a que Buck no podría mover el trineo.

Comenzó una discusión con respecto a la palabra «salir».

O’Brien argüía que Thornton debía liberar los patines, dejando que Buck «saliese» desde un punto muerto.

Matthewson se empeñó en que la apuesta incluía el tener que romper el hielo que sujetaba los patines.

La mayoría de los hombres que habían sido testigos de cómo se hizo la apuesta estaban de acuerdo con él, por lo que las apuestas subieron a tres a uno contra Buck.

Nadie quiso aceptar el desafío. Ningún hombre lo creía capaz de la hazaña.

Thornton se había visto empujado a apostar, lleno de dudas; y ahora que veía el trineo, el hecho concreto, con el usual grupo de diez perros encogidos en la nieve frente a él, le parecía aún más imposible. Matthewson rebosaba de júbilo.

—¡Tres a uno! —proclamó—. Pongo otros mil por esa cantidad, Thornton. ¿Qué dices?

La duda se le leía en la cara, pero ese espíritu de lucha le elevó la moral, ese espíritu combativo que crece ante las dificultades, y vuelve irreconocible lo imposible, y es sordo a todo salvo al clamor de la batalla.

Llamó a Hans y a Pete. Sus sacos estaban casi vacíos, y con el suyo los tres compañeros podían juntar solo doscientos dólares.

En la decadencia de sus fortunas, esta suma era todo su capital; pero lo pusieron sin dudarlo contra los seiscientos de Matthewson.

Se desenganchó el grupo de diez perros, y Buck, con su propio arnés, fue enganchado al trineo.

Se había contagiado de la excitación, y de alguna forma sentía que tenía que hacer algo grande por John Thornton.

Se elevó un murmullo de admiración por su espléndida apariencia.

Estaba en perfecta forma, sin una onza de carne superflua, y las ciento cincuenta libras que pesaba lo eran también de coraje y virilidad.

Su velludo manto brilló con el resplandor de la seda.

Cuello abajo y por encima de sus hombros, su melena, en reposo como estaba, medio erizada, parecía elevarse a cada movimiento, como si el exceso de vigor hiciese vivir y activara cada uno de sus pelos.

Su gran pecho y pesadas patas delanteras estaban en proporción con el resto del cuerpo, donde los músculos mostraban bajo la piel sus apretados nudos.

Los hombres tocaron aquellos músculos y comentaron que eran tan duros como el hierro, y las apuestas bajaron dos a uno.

—¡Caramba, señor! ¡Caramba! —murmuró un miembro de la última dinastía, un Rey de Skookum Bench—. Os ofrezco ochocientos por él, señor, antes de la prueba, señor; ochocientos tal y como está ahora.

Thornton sacudió la cabeza y dio un paso, poniéndose junto a Buck.

—Debes alejarte de él —protestó Matthewson—, juego libre y mucho espacio.

La multitud enmudeció; solo se podía oír la voz de los jugadores ofreciendo en vano dos a uno. Todo el mundo reconocía que Buck era un magnífico animal, pero les parecía que veinte sacos de cincuenta libras de harina era una masa demasiado pesada como para hacerles deshacer los lazos de las bolsas.

Thornton se arrodilló junto a Buck. Tomó su cabeza entre sus dos manos y puso su mejilla contra la de él. No le toqueteó juguetonamente, como era habitual, ni le murmuró suaves maldiciones amorosas.

—Tal como me quieres, Buck. Tal como me quieres —fue lo que le susurró al oído.

Buck gimoteó conteniéndose ansiosamente.

La multitud observaba, curiosa. El asunto se estaba tornando misterioso.

Parecía una conjura. Según se puso en pie Thornton, Buck atrapó su mano enguantada en un mitón con la mandíbula, apretando con los dientes y soltándola lentamente, de mala gana.

Era la respuesta, no en palabras, sino en amor. Thornton se echó hacia atrás.

—Ahora, Buck —dijo.

Buck tensó los arreos, luego los aflojó unas cuantas pulgadas. Era así como lo había aprendido.

— ¡Gee! —gritó la voz de Thornton, afilada en el tenso silencio.

Buck osciló hacia la derecha, terminando el movimiento y haciendo que la cuerda se tensara, y de un tirón frenó en seco deteniendo las ciento cincuenta libras. La carga tembló y bajo los patines se oyó un agudo crujido.

— ¡Haw! —ordenó Thornton.

Buck repitió la maniobra, esta vez hacia la izquierda. El crujido se convirtió en chasquidos, el trineo pivoteó y los patines resbalaron, desviándose varias pulgadas hacia los lados. El trineo se había despegado del suelo. Los hombres contenían la respiración intensamente, inconscientes del hecho.

—¡Ahora, ADELANTE!

La orden de Thornton restalló como un disparo de pistola.

Buck se echó hacia delante, tensando las cinchas con una embestida estremecedora.

Todo su cuerpo se tornó compacto en el tremendo esfuerzo, los músculos se retorcían y anudaban como cosas vivientes bajo la piel sedosa.

Su gran pecho estaba a la altura del suelo, la cabeza hacia delante y bajada, mientras sus patas volaban como locas, las garras dejando profundas marcas de hendiduras paralelas en la compacta nieve.

El trineo se inclinó y tembló; empezó a moverse.

Una de sus patas resbaló, y un hombre gruñó en alto.

Luego el trineo se tambaleó hacia delante en lo que pareció ser una rápida sucesión de tirones, aunque no se volvió a parar por completo de nuevo…

, media pulgada…, dos pulgadas… Los tirones disminuyeron perceptiblemente a medida que cogía impulso uniforme, hasta que se movió de forma continua.

Los hombres jadearon y volvieron a respirar de nuevo, sin darse cuenta de que por un momento se habían quedado sin respiración.

Thornton corría detrás, animando a Buck con palabras cortas y alegres.

La distancia había sido medida, y según se acercaba al montón de leña que marcaba el final de las cien yardas, una ovación empezó a crecer y a crecer, estallando en un rugido cuando pasó la leña y una orden lo detuvo.

Todos los hombres, incluido Matthewson, parecían enloquecidos.

Los sombreros y los mitones volaban por el aire.

Los hombres se daban la mano, daba igual con quién, y decían disparates en un caos general.

Pero Thornton cayó de rodillas junto a Buck. Cabeza contra cabeza, lo meneó de delante hacia atrás. Aquellos que se dieron prisa le oyeron maldecir a Buck larga y fervientemente, suave y cariñosamente.

—¡Dios, señor! ¡Dios, señor! —balbució el Rey de Skookum Bench—. Le daré mil por él, señor, mil, señor, mil doscientos, señor.

Thornton se puso en pie. Sus ojos estaban húmedos. Las lágrimas bajaban por sus mejillas abiertamente.

—No, señor —le dijo al Rey de Skookum Bench—. Se puede ir al diablo, señor. Es todo lo que puedo hacer por usted, señor.

Buck cogió la mano de Thornton entre sus dientes. Thornton le sacudió de delante hacia atrás. Como animados por un impulso común, los espectadores se situaron a una distancia respetable; no eran tan indiscretos como para interrumpir.