Las mejores historias sobre perros POR AMOR A UN HOMBRE Jack London #2
18%

POR AMOR A UN HOMBRE Jack London #2

Sin embargo, su amor hacia Thornton parecía crecer y crecer.

Únicamente él entre los hombres podía ponerle una mochila en la espalda para viajar en verano.

Nada era demasiado para Buck cuando lo ordenaba Thornton.

Un día (habían conseguido crédito con los beneficios de la balsa y habían dejado Dawson con rumbo a los orígenes del Tanana) los hombres y los perros estaban sentados en la cresta de un acantilado que caía a pico hacia la roca desnuda a unos trescientos pies.

John Thornton estaba sentado cerca del borde; Buck, a la altura de sus hombros.

Un antojo poco sensato se apoderó de Thornton, y atrajo la atención de Hans y de Pete al experimento que tenía en la cabeza.

«¡Salta, Buck!», ordenó extendiendo su brazo hacia el abismo.

Un instante después estaba agarrado a Buck en el borde mismo del precipicio, mientras Hans y Pete los arrastraban hacia un lugar seguro.

—Es un misterio —dijo Pete cuando todo hubo acabado y retomaron la conversación.

Thornton agitó la cabeza.

—No, es espléndido, y a la vez terrible. Sabéis, a veces me da miedo.

—No me gustaría ser el hombre que te ponga la mano encima cuando él está cerca —concluyó Pete, inclinando la cabeza hacia Buck.

—¡Madre mía! —fue lo que añadió Hans—. Ni yo tampoco.

Fue en Circle City, antes de que terminase el año, donde se hicieron realidad los temores de Pete.

«Black» Burton, un hombre malhumorado y perverso, había estado buscando pelea en el bar con un colono recién llegado, cuando Thornton se metió entre los dos con buena intención.

Buck, como de costumbre, estaba tumbado en una esquina, con la cabeza sobre las patas, observando todos los movimientos de su amo.

Burton golpeó sin avisar. Thornton salió dando vueltas, y se salvó de caerse únicamente porque se pudo agarrar a la barra del bar.

Aquellos que estaban mirando oyeron lo que no era ni un ladrido ni un aullido, sino algo que se describía mejor como un rugido, y vieron cómo el cuerpo de Buck se elevaba por encima del suelo en el aire hacia el cuello de Burton.

El hombre salvó la vida porque extendió instintivamente el brazo, pero fue arrojado hacia atrás y al suelo con Buck encima.

Buck dejó de apretar con sus dientes la carne del brazo y de nuevo buscó el cuello.

Esta vez el hombre solo consiguió bloquearlo parcialmente, y le desgarró el cuello.

Entonces la multitud se abalanzó sobre Buck, y lo apartaron; pero, mientras un cirujano paraba la hemorragia, el perro daba vueltas de arriba abajo, gruñendo ferozmente, intentando volver al ataque, contenido por una multitud de palos hostiles.

Una «reunión de mineros» convocada en el momento decidió que el perro había sido provocado, y se le absolvió.

Pero ya se había hecho con una reputación, y desde ese día su nombre se extendió por todos los campamentos de Alaska.

Más tarde, en el otoño, salvó la vida de John Thornton de forma muy diferente.

Los tres compañeros surcaban en una estrecha barcaza impulsada a pértiga un difícil trecho con rápidos en el Forty-Mile Creek.

Hans y Pete iban por la orilla, tensando de árbol a árbol con una fina cuerda de Manila mientras Thornton permanecía en la barca, ayudándose en el descenso con una pértiga y dando instrucciones a los de la orilla.

Buck, en la orilla, preocupado y ansioso, se mantenía cerca del barco, sin quitarle a su amo los ojos de encima.

En un punto especialmente peligroso, donde un saliente de rocas apenas sumergidas sobresalía del río, Hans desamarró la cuerda y, mientras Thornton impulsaba la embarcación con la pértiga hacia la corriente, corrió orilla abajo con uno de los extremos en su mano para contenerla cuando hubiese superado el saliente.

Lo hizo, y bajó volando río abajo envuelta por una corriente tan rápida como una saeta.

Hans la frenó con la cuerda, pero lo hizo demasiado rápido.

La barca volcó bruscamente y dio boca abajo contra la orilla, mientras Thornton salía despedido y era arrastrado río abajo hacia la peor parte de los rápidos, un trecho de aguas salvajes en el que ningún nadador sería capaz de sobrevivir.

Buck había saltado al momento, y después de trescientas yardas, en medio de un remolino de agua, alcanzó a Thornton.

Cuando notó que le agarraba por la cola, Buck fue hacia la orilla nadando con toda su magnífica fortaleza.

Pero se acercaba hacia la orilla lentamente, e iba río abajo a una extraordinaria velocidad.

De abajo venía el rugido fatal donde la salvaje corriente se hacía aún más salvaje, se rompía en jirones y se esparcía sobre las rocas que sobresalían como los dientes de un enorme peine.

La succión del agua al tomar el principio de la última caída empinada era temible, y Thornton sabía que llegar a la orilla era imposible.

Arañó furiosamente una roca, golpeó una segunda, y chocó con fuerza contra una tercera.

Se agarró con ambas manos a la escurridiza parte de arriba, soltando a Buck, y gritó por encima del rugido de las agitadas aguas: «¡Vete, Buck! ¡Vete!».

Buck no hacía más que perder terreno, y se vio arrastrado por la corriente, luchando desesperadamente, pero incapaz de volver.

Cuando escuchó repetida la orden de Thornton, sacó parte de su cuerpo del agua, elevando la cabeza, como si quisiese echar un último vistazo, y entonces se volvió obedientemente hacia la orilla.

Nadó con fuerza y fue llevado a tierra por Pete y Hans en el mismísimo punto donde nadar resultaba imposible y comenzaba la destrucción.

Sabían que el tiempo que un hombre podía estar agarrado a una roca resbaladiza con esa violenta corriente eran minutos, y corrieron tan rápido como pudieron por la orilla hacia un lugar bastante más arriba de donde estaba Thornton.

Ataron la cuerda con la que habían estado controlando la barca al cuello y a la espalda de Buck, teniendo cuidado de no estrangularlo ni de impedirle nadar, y lo arrojaron al río.

Se echó a nadar valientemente, pero no lo suficientemente en línea recta.

Se dio cuenta de su error demasiado tarde, cuando Thornton estaba a su lado a unas escasas doce brazadas mientras él era arrastrado sin poder hacer nada.

Hans tiró de la cuerda con rapidez, como si Buck fuese una barca.

La cuerda se tensó cuando estaba siendo arrastrado por la corriente, se hundió bruscamente bajo la superficie, y se quedó allí hasta que su cuerpo golpeó la orilla y lo sacaron a rastras.

Estaba medio ahogado, Hans y Pete se tiraron sobre él sacándole el agua a golpes y permitiendo que recuperara el aliento.

S e puso en pie tambaleándose y cayó. Les llegó el débil sonido de la voz de Thornton, y aunque no podían entender las palabras, sabían que estaba al final de sus fuerzas.

La voz de su amo actuó sobre Buck como un latigazo eléctrico.

Se puso en pie de un salto y corrió orilla arriba por delante de los hombres al lugar desde donde había salido antes.

De nuevo se le ató la cuerda y se le lanzó, y de nuevo se echó a nadar, pero esta vez directamente hacia la corriente.

Había calculado mal una vez, pero no lo volvería a hacer una segunda.

Hans soltaría la cuerda, aunque sin permitir que se destensase, mientras Pete evitaba que se formasen rizos.

Buck aguantó hasta que estuvo alineado con la posición de Thornton; entonces giró y, con la velocidad de un tren expreso, se dirigió hacia él.

Thornton le vio venir, y, cuando Buck le golpeó como un ariete, con toda la fuerza de la corriente a sus espaldas, se estiró y cerró ambos brazos en torno al velludo cuello.

Hans tensó la cuerda alrededor del árbol y Buck y Thornton se sumergieron de golpe.

Ahogándose, sofocándose, a veces uno sobre el otro, arrastrándose sobre el mellado suelo, estrellándose contra las rocas y las ramas sumergidas, viraron hacia la orilla.

Thornton recuperó la consciencia, boca abajo y siendo impulsado hacia delante y hacia atrás sobre un tronco por Hans y Pete.

Su primera mirada la dirigió a Buck, sobre cuyo débil y aparentemente inerte cuerpo Nig aullaba, mientras Skeet chupaba la húmeda cara y los ojos cerrados.

El propio Thornton, magullado y apaleado, examinó cuidadosamente el cuerpo de Buck cuando se lo llevaron, encontrándole tres costillas rotas.

—Ya basta —dijo—. Acampamos aquí mismo.

Y acamparon, hasta que las costillas de Buck se soldaron y fue capaz de viajar.

En el invierno, en Dawson, Buck llevó a cabo otra hazaña, tal vez no tan heroica, pero que puso su nombre muy arriba en el tótem de la fama en Alaska.

Esta hazaña fue especialmente gratificante para los tres hombres, porque necesitaban el equipo que les proporcionó y les permitió llevar a cabo el hacía tiempo deseado viaje al este virgen, donde aún no habían llegado los mineros.

Todo se originó en una conversación en Eldorado Saloon, en el que los hombres fanfarroneaban sobre sus perros favoritos.

Buck, por su historial, era el objetivo de estos hombres, y Thornton lo defendió a ultranza.

Al cabo de media hora un hombre afirmó que su perro podía salir con un trineo con quinientas libras y arrastrarlo; otro se jactó de que su perro podía con seiscientas; y un tercero, con setecientas.

—¡Bah! ¡Bah! —dijo John Thornton—. Buck puede con mil libras.

—¿Y tirar de ellas?, ¿y andar con ellas cien yardas? —preguntó Matthewson, un Rey de la Bonanza, el que había alardeado de las setecientas.

—Y tirar, y andar con ellas cien yardas —dijo John Thornton tranquilamente.

—Bueno —dijo Matthewson, pausada y prudentemente, para que todos le pudiesen escuchar—. Tengo mil dólares que dicen que no puede. Y aquí están.

Al decirlo golpeó la barra con un saco de oro en polvo del tamaño de una salchicha de Bolonia.