SIN CORAZÓN Sir Hugh Walpole #3
Ocurrió, claro, que Roosevelt y Feo tuvieron varios encuentros.
Feo cruzaba el sendero que llevaba al jardín, y encontrándose allí con Roosevelt, esperaba que jugara con él.
Pero Roosevelt, aunque era joven, solo jugaba con los de su mismo estatus social.
No gruñía a Feo. No hacía nada ordinario o común.
Le permitía que lo oliese como si le suplicara que caminara a su alrededor, incluso que saltara y se pavonease un poquito, y luego se metía en casa tranquilamente.
Y fue cuando Isabelle se dio cuenta de que existía Feo.
—¡William, mira ese perro repugnante! ¿Qué hace aquí? ¡Vamos, vamos, largo de aquí, horrible animal!
Y Feo se marchó. William se descubrió a sí mismo, para su sorpresa, defendiendo a Feo:
—Pues no está tan mal —dijo—. No hay mucho que mirar, claro está, pero es amigable, obediente y un perro bastante bueno.
—¿Cómo puedes decir eso? —preguntó Isabelle—. Has necesitado al animal más repulsivo que he visto en mi vida para sentirte a gusto. William, no sé lo que te ocurre.
William le sonrió y dijo muy dulcemente:
—Yo tampoco sé lo que ocurre.
Luego hizo, casi como si fuera el propio Feo el que le había dado las instrucciones, un serio intento de persuadir a Isabelle para que volviese a quererle.
Era muy paciente, generoso y reflexivo. Algunas personas en el mundo sabían que William Thrush poseía un encanto extraordinario, incluso cierto ingenio agudo cuando quería.
Pero el encanto de William era inconsciente.
Fracasaba cuando trataba de sacarlo a relucir.
Y ahora, cuanto más lo intentaba, más irritante le resultaba a ella.
La brecha se fue agrandando, e Isabelle le confesó a sus amigos más íntimos que no sabía si podría soportarlo durante mucho más tiempo. Luego, ya que nada permanece donde está, sino que siempre avanza hacia un desenlace predeterminado, ocurrió la catástrofe.
Uno de los problemas entre William e Isabelle siempre había sido que a William le gustaba leer y a Isabelle no.
A William le gustaban las novelas muy largas y tenía preferencia por las que trataban de la vida familiar.
Novelas que parecían no terminar nunca y en las cuales podías perderte totalmente.
Novelas que te decepcionaban con profusos y amistosos descuidos que se convierten en una especie de cumplidos personales.
Isabelle, por otro lado, no podía soportar la lectura.
Echaba un vistazo a la columna de sociedad del periódico y a veces leía una revista mensual de cine o de modas.
Pero la mayor parte del tiempo, como decía ella, le encantaba leer, aunque «sencillamente no tenía tiempo para abrir un libro».
Esto, en el pasado, entristecía mucho a William, quien en sus felices años mozos se imaginaba sentado al lado del fuego leyendo en voz alta a su querida y pequeña esposa, la cual cosería ropitas para el bebé y a la vez sería capaz de entenderlo todo y de conversar sobre los personajes.
Bueno, ese día en concreto se encontraba inmerso en la lectura de una novela cuyo autor era uno de esos novelistas ingleses que introducen tantos personajes en su familia que necesitan un árbol genealógico al final del libro.
Consultaba a menudo este árbol con la agradable sensación de que visitaba la más maravillosa de las casas con una enorme familia de primos.
Leía a gusto. La puerta que llevaba al porche estaba abierta y el sol de la tarde entraba a raudales.
Entonces se dio cuenta de que había ocurrido algo.
No se oía un alma ni se movía una hoja, pero, al mirar hacia arriba, tuvo una visión horrible.
Feo avanzaba hacia él, y uno de sus ojos, una bola de color rojo sangre, lo tenía casi separado de su cabeza.
El perro no hacía el más mínimo ruido. Simplemente se acercaba a William solo levantando de vez en cuando la pata débilmente como si estuviera absurdamente intrigado por lo que le había ocurrido.
Cuando estuvo junto a William se agachó y, sin emitir un ruido, le miró a la cara.
Lo primero que sintió William fueron náuseas.
Detestaba ver sangre. Su sensible espíritu se angustiaba ante la visión de cualquier sufrimiento físico.
Aquello le pareció horrible. Luego se quedó abrumado por la compasión.
En la vida, jamás había sentido tanta lástima por nadie.
Algo en la desgraciada y confiada paciencia del perro ganó completamente y para siempre su corazón.
Que el animal estuviese tan callado, sin quejarse, le pareció que le indicaba cómo tendría que comportarse.
Así es como le gustaría actuar en el caso de que le ocurriese una cosa tan terrible. Como, estaba seguro, no se comportaría.
No dijo nada, pero se levantó de su silla y se dispuso a coger al animal en sus brazos, y se preparaba a llevarlo a la clínica veterinaria más próxima cuando de pronto entró Isabelle y Roosevelt salió disparado de un cuarto cercano.
Ella sonreía y estaba feliz. Saludó al cachorro de cocker con grititos de bebé:
—Oh, mi pocholito, mi amorcito, ¿no es un angelito por venir a ver a su mamuchi? —Luego vio al otro perro. Feo había vuelto la cabeza y la observaba. Ella gritó. Se cubrió el rostro con las manos—. ¡Oh, William, qué horror! ¡Qué miedo! ¡Hay que matarlo de inmediato!
William se levantó, cogió el pesado y sangrante perro en brazos y, sin mediar palabra, pasó por delante de ella y se marchó.
Se fue al garaje, puso al animal sobre una vieja alfombra, sacó su coche, volvió a recoger al perro, se metió en el coche con él y condujo hacia la clínica veterinaria.
Allí habló con un hombrecillo regordete y atento y le preguntó si habría que sacrificar o no a Feo.
Cuando el hombrecillo lo tomó en sus brazos para examinarlo, el perro giró la cabeza lentamente y con su único ojo observó a William como diciendo «Si crees que esto es lo que deben hacerme, lo aguantaré».
William inclinó la cabeza dirigiéndose al perro y entre ellos pareció establecerse un entendimiento silencioso.
—Parece que no hay heridas en ningún otro lugar —dijo el veterinario—. Se lo hizo, por supuesto, otro perro. Se hacen cosas así. Se agarran a una parte cualquiera y no la sueltan. ¡Pobrecillo! —El veterinario lo acarició—. De todas formas no es muy guapo, ¿verdad?
—Bueno, no lo sé —dijo William—, pienso que tiene un carácter especial.
—¿Es su perro? —preguntó el médico.
—No. Creo que no es de nadie, pero a veces viene a nuestro jardín. Le he ido tomando cada vez más cariño.
—Bueno, le puedo decir —señaló el veterinario— que supongo que se curará. Lo coseremos de manera que usted casi no se lo notará. No es que vaya a quedar hecho una belleza, ya sabe.
—Sí, ya sé —dijo William, que tampoco era una belleza, y volvió a su casa.
Sea por lo que fuere, Isabelle estaba muy trastornada por el incidente. Se sentó y le dio a William un tremendo sermón, cuyo resumen era que él se había ido abandonando. En realidad se había convertido en un sensiblero, casi en un afeminado.
—¿Un afeminado? —dijo William, indignado.
—Bueno, ya sabes lo que quiero decir. Te estás volviendo horriblemente sentimental. Siempre has tenido esa tendencia, pero es que últimamente es terrible. Y mis amigos se han dado cuenta.
No sé por qué, pero no hay nada tan irritante en el mundo como que le digan a uno que sus amigos han estado observando silenciosa, misteriosamente tus fallos.
William, por primera vez en su matrimonio, perdió el dominio de sí mismo.
Se puso en pie y se desahogó. Dijo que no importaba si se había vuelto sentimental o no, pero que, de cualquier manera, serlo no era malo.
¡Lo importante era que Isabelle era egoísta, fría y desagradable!
Ella no tenía ni idea de en qué clase de mujer tan horrible se había transformado.
Isabelle le replicó oportunamente. Los dos perdieron los estribos.
Y mientras seguían, Roosevelt estaba sentado en el regazo de Isabelle mordisqueando su vestido y sus hermosos dedos.
Allí sentado, miraba a William con un sarcasmo realmente terrible con sus ojos blancos y ambarinos: sarcasmo y desprecio.
—Te voy a decir una cosa —gritó William en un frenesí final—. ¡Odio a este perro! Los cachorros deberían ser bonitos, amables, encantadoras criaturas. ¡Mira a este! Es duro como el acero y el más horrible de los esnobs.
Entonces Isabelle rompió en sollozos, se fue a su habitación y cerró la puerta. Siguieron días de tenso silencio, y después William fue a la clínica veterinaria.
—Le diré que es un perro de lo más paciente —observó el médico—. Ni un quejido. Parece haberle tomado también cariño a usted.
William se sorprendió por el placer que sintió al escucharlo.
Llegó el día en que el ojo de Feo había desaparecido, la cuenca vacía se había hinchado, y el perro tenía el aire de un viejo soldado veterano de varias guerras.
¿Qué iba a hacer con él? William, que se daba cuenta de que la crisis de su vida se le venía encima, decidió que, si Isabelle tenía a su Roosevelt, él tendría a su Feo.
Volvió a su casa y se lo dijo. Eso fue durante el desayuno.
Ella no dijo palabra y él se marchó a su trabajo en la ciudad.