SIN CORAZÓN Sir Hugh Walpole #4
Cuando volvió al final de la tarde había un extraño silencio en la casa.
Había reflexionado y había decidido que, de una manera u otra, ese desagradable problema con Isabelle debía acabar.
Después de todo, seguramente la amaba. O si no, al fin y al cabo eran marido y mujer.
¡Cuán desdichado, cuán perdido se sentiría sin ella!
¿Qué sería de él? Ante esta espantosa pregunta, su espíritu se conmovió.
Así que volvió a casa con la intención de que todo marchara bien, aunque no sabía muy bien lo que tendría que hacer.
Feo le dio la bienvenida al entrar en el jardín, revolcándose por el suelo, enseñando los dientes, en pleno arrebato de placer.
Pero Isabelle no estaba, ni tampoco Roosevelt.
En la mesa del estudio de él había dejado esa nota tan peculiar de los dramaturgos y novelistas que han aprendido su oficio.
En ella Isabelle le decía que se había ido con su madre a Santa Bárbara y que se quedaría allí.
Deseaba que William le concediera el divorcio.
Hacía mucho tiempo que se había dado cuenta de que las cosas se habían vuelto imposibles. Se llevaba a Roosevelt consigo.
William leyó la nota y sintió una terrible vergüenza y desesperación.
Su primer impulso fue marcharse inmediatamente a Santa Bárbara.
Y lo hubiera hecho si no fuera por Feo. No podía dejarlo.
El perro era nuevo en la casa y los sirvientes no sentían un especial afecto por él.
Lo haría en uno o dos días. Pero no lo hizo. Pasaron los días y siguió sin hacerlo.
Le había ocurrido una cosa tremenda. Descubrió que le gustaba más la casa sin Isabelle que con ella.
Descubrió que le encantaba su libertad. Que ahora podía tener una libertad de acción y de pensamiento que le revelaba lo que en todos aquellos años había perdido.
Descubrió otras muchas cosas. Se daba largos paseos por el Canyon con Feo.
Hablaba con el perro y le parecía que este le respondía.
Lo más extraño es que se sentía menos solo que cuando estaba con Isabelle.
Era como si durante años hubiera tenido un candado en la mente.
Algo, alguien había inhibido su pensamiento durante ese tiempo.
Llegó una carta de Isabelle e hizo su descubrimiento.
En la carta ella le decía que estaba dispuesta a volver.
Santa Bárbara ya no era ni la mitad de lo que había sido y su madre en muchos aspectos era una antipática, y a él le encantaría escuchar que ella, Isabelle, echaba de menos a su viejo William.
Al escribir la respuesta a la carta, William resolvió su problema. He aquí la carta que escribió:
Querida Isabelle:
No quiero que vuelvas. Suena antipático y grosero por mi parte, pero he pensado en muchas cosas en las últimas semanas y sé que debo ser honrado.
Durante mucho tiempo he estado pensando en lo que iba mal entre tú y yo.
Te admiro mucho. Tú eres mucho mejor que yo.
Has sido tan buena y cariñosa durante tanto tiempo que me parece absurdo decirte que te hago falta.
Pero así es. No tienes corazón. Esto suena a novela, pero lo que quiero decir es justamente eso.
No creo que seas peor por no tenerlo, es que mientras estaba aquí solo he descubierto que en eso estriba la verdadera diferencia entre los seres humanos: tienes corazón o no lo tienes.
Lo que quiero decir es que el corazón o es la parte del cuerpo que funciona más que las otras o no.
Esa es la única diferencia insuperable entre la gente.
No importa que seas fascista o comunista, americano o francés, abstemio o borracho, listo o estúpido.
Todo eso se puede superar fácilmente. No digo que las personas que tengan corazón sean preferibles a las que no lo tienen.
Creo que posiblemente es justo lo contrario.
Las personas con corazón casi siempre son demasiado sentimentales, demasiado emotivas, impiden que se haga lo que hay que hacer en el mundo, se interponen en el camino de los verdaderos pensadores.
Tal como va el mundo lo que necesitamos son personas sin corazón.
Pero la diferencia está ahí. No puedo por menos de emocionarme con las cosas.
Tú no puedes evitar lo contrario. Por eso no debemos seguir viviendo juntos.
Esa es una diferencia que nadie puede superar.
Con afecto,
William
P. S. Existe la misma diferencia entre Roosevelt y Feo.
Cuando hubo depositado la carta en el buzón en la última y fría luz del sol sobre el Canyon, con Feo correteando a su lado, pensó que posiblemente nunca había escrito una carta tan tonta.
Y aun así sentía que había hecho un maravilloso descubrimiento.
Miraba a todos sus amigos, hombres y mujeres, y veía la línea divisoria con absoluta claridad.
Miraba más allá, a las personalidades mundiales: Einstein tenía corazón, incluso Hitler.
Por otro lado, Mussolini posiblemente no.
Y Simon Callahan, el gerente de su banco en Los Ángeles, ¡seguro que no!
Feo, cuya visión de las cosas desgraciadamente había disminuido, vio una hoja dorada, uno de los primeros signos del otoño, girando en el aire.
Saltó tontamente, corrió un poquito y se volvió a William.
William le sonrió, animándolo. Luego volvió hacia su casa; Feo le siguió encantado.