SIN CORAZÓN Sir Hugh Walpole #2
Sin embargo, a la mañana siguiente, una vez más, Isabelle se encontraba de muy buen humor porque Helena Peters la había telefoneado y le contó que poseía los más encantadores cachorros de cocker .
La verdad es que tenía dos, hembra y macho.
¿Cuál de ellos prefería Isabelle? Parece ser que la raza era perfecta y su precio en cualquier mercado era de cincuenta dólares cada ejemplar, pero Helena se lo regalaba a Isabelle, y no era más que un acto de amistad porque ella la quería muchísimo.
—No sé por qué lo hace —le dijo Isabelle a William—. Querrá algo a cambio. Helena nunca da algo por nada, pero parece que se trata de un cachorro maravilloso. Iré a por él esta misma mañana.
William, con poco entusiasmo, sugirió las desventajas de tener cachorros: el deterioro del mobiliario, los desagradables olores escondidos, la seguridad de que el perro tendría moquillo y moriría, etc.
Isabelle hizo caso omiso de todas estas objeciones.
A ella misma se le habían pasado por la cabeza estos pensamientos antes de que William los mencionase.
Pero, como solía ocurrir, su cerebro, tan superior al de William, insistió en que cualquier cosa que él dijese sería una estupidez.
De modo que se puso manos a la obra y fue a buscar al cachorro.
Estaba de pie, en la entrada, a la hora de comer y con la cara sonrosada por la alegría, agarrando al cachorro entre sus brazos, apretándolo contra su vestido de color verde, con aquellos ojitos color azabache que la miraban, su lengua repentinamente lamiendo la mejilla de ella, su suave cuerpo de color marrón, sus sedosas orejas.
Era un cuadro tan tierno que a William le dio un vuelco el corazón y se preguntó por qué no la amaba más intensamente.
El cachorro volvió la cabeza despacio hacia William y le observó.
¿Había en sus ojos, ya desde el primer momento, cierto desprecio?
¿Se había imaginado, con todo lo joven que era, que se encontraría en William a alguien muy diferente?
¿Acaso su mirada se dirigía a su incipiente barriga, a sus piernas arqueadas, y se alzaba una vez más hacia su redonda y bastante patética mirada, donde sus ojos, lo más presentable de William, se escondían tras las aburridas y destellantes gafas?
De pie, juntos en la cómoda sala de estar, mientras el cachorro andaba cautelosamente de la mesa a la silla, de la silla al sofá, pensó que Isabelle estaba por encima del nivel social del perro y él, ¡mira por dónde!, por debajo. El cachorrito se sentó.
—¡Cuidado! —gritó William—. Creo que lo mejor va a ser ponerlo en el jardín.
Isabelle le contempló desdeñosamente:
— Este cachorro es inteligente. Helena cuenta las historietas más increíbles sobre él. Técnicamente no está entrenado para la casa, claro está, pero es maravillosamente maduro para tratarse de un cachorro. Helena dice que evita todas las alfombras de auténtico valor.
Y la verdad es que el cachorro sí parecía increíblemente sofisticado.
No es que no fuera un auténtico cachorro: corría como un loco, mordía todo y a todo el mundo que se encontraba a su alcance, jugaba con una cuerda como si por fin hubiese descubierto el secreto del movimiento continuo y se dormía de repente en los brazos de cualquiera de la forma más adorable del mundo.
Tenía todo aquello que debía tener cualquier cachorro.
El problema es que sabía que era encantador.
Era plenamente consciente de que cuando se tumbaba de costado, con una sedosa oreja sobre un ojo, resultaba absolutamente fascinante.
Y cuando fingía estar enfadado, gruñendo, mostrando sus pequeños colmillos blancos y echando chispas por sus ojos color azabache, nadie en el mundo se le podía resistir.
Isabelle insistió en que debía llamarse Roosevelt.
—¿Por qué? —preguntó William.
—Bueno, creo que es el hombre más maravilloso del mundo, y ahora, cuando la gente se le echa encima y dice cosas horripilantes sobre el New Deal y que si es socialista y todas esas cosas, una tiene que salir en su defensa y tomar partido.
—No veo que llamar Roosevelt al cachorro vaya a significar un acto heroico en defensa del presidente Roosevelt —dijo William.
—Es una forma de protesta. Después de todo, ¿acaso no es este cachorrito la cosa más dulce del mundo?
—No creo que a Roosevelt le gustase que le llamasen la cosa más dulce del mundo —dijo William malhumoradamente—. No es de ese tipo de hombres.
Ella le miró reflexivamente. ¿Qué le había ocurrido a él? ¿Podía ser que a lo mejor ella comenzaba a darse cuenta de con quién se había casado? Y si ella le descubría un poco más, ¿qué ocurriría después? ¿Podría ella soportarlo?
No hay duda de que tras la llegada del cachorro discutían mucho.
Un matrimonio feliz depende enteramente de la comprensión mutua entre dos personas, a no ser que uno de los componentes de la pareja sea un auténtico cobarde al que no le importa lo que le hagan.
Isabelle era un alma caritativa con todo el mundo y para todo el mundo, pero su caridad era de un tipo muy especial.
No funcionaba a no ser que su orgullo fuese, previamente, halagado.
Desafortunadamente, William continuó cada vez con mayor frecuencia mirándola con esa expresión de desconcierto que irrita tanto a las mujeres.
Además el cachorro no haría más que confirmar el creciente sentido de la injusticia que ella padecía.
La gente quiere a los perros porque son muy aduladores.
Si eres injusto con un amigo y sientes cierto remordimiento, tu perro restaura con discreción la confianza en ti mismo.
Nunca sabrá que has sido mezquino, celoso o avaro.
Te alienta para que seas amable con él, y cuando respondes, te quiere.
Roosevelt, el cachorro, debía haber nacido cortesano, ya que su tacto era absolutamente increíble.
Por ejemplo, cuando llegaba a la habitación por las mañanas y saludaba a las camas gemelas con cortos ladridos de un placer que se tornaba arrebato, casi de golpe diferenciaba entre la cama de Isabelle y la de William.
Primero se dirigía hacia la de William de tal modo que Isabelle, que estaba encantadora con su adormilado desconcierto matinal, tenía la oportunidad de decir «¿Es que no va a venir mi pequerrucho a visitar a su mamuchi?
», y la consiguiente leve sonrisa de satisfacción que se dibujaba en su rostro cuando corría hacia ella como si William no pintase nada era algo verdaderamente digno de ser visto.
Cuando había invitados, como pasaba a menudo, ¡cómo adoraban a Roosevelt!
Y es increíble cómo el cachorrito hacía creer que era gracias a Isabelle por lo que parecía tan encantador.
Mordisqueaba delicadamente el vestido de una mujer, o masticaba juguetonamente la esquina de un bonito bolso mientras miraba de refilón a Isabelle como si le estuviese diciendo a las señoras «Lo hago porque la quiero mucho.
Es que es tan encantadora. La razón por la que me comporto así es porque es un sol».
William nunca había tenido especial afecto por las amigas de Isabelle, y generalmente evitaba las ocasiones en las que se encontraban presentes.
Esa era una de las quejas de Isabelle. Pero ahora es que simplemente no podía soportar estar allí.
El aire protector que empleaba Isabelle con su marido era una cosa, pero Isabelle y Roosevelt juntos eran mucho más de lo que pudiera soportar cualquier hombre. Así que tuvieron una discusión.
—Te estás comportando ridículamente respecto a ese perro.
—¿Ridículamente? —Eso fue algo que Isabelle nunca perdonaría—. Lo odias —afirmó ella, con sus ojos echando chispas—, desde el día en que llegó. Y ¿por qué?, ¿por qué?, ¿te lo digo yo?
—Sí, por favor —dijo William con cara de póquer.
—Porque me prefiere a mí y siempre ha sido así.
—Maldito perro.
Mientras tanto, el bulldog francés aparecía de vez en cuando, pero nunca cuando Isabelle se encontraba en casa.
Aunque a William le disgustase, comenzó, con mucha reticencia, a interesarse por su personalidad.
Estaba muy ansioso por que lo qui siesen, y era evidente que nadie lo quería.
Cerca de la casa había un edificio en construcción.
Y William, tras afeitarse por las mañanas mirando por la ventana, observaba que el perro se acercaba a los obreros, meneando su cuerpo y saltando con fuerza arriba y abajo, y cómo todos lo rechazaban.
Eran hombres buenos, amables, sin duda, como lo son la mayoría de los obreros norteamericanos, pero pensaban como William, es decir, que era demasiado feo para soportarlo.
Lo bautizó con el nombre de Feo y tan pronto como le hubo dado un nombre le pareció que tenía con él una relación más íntima.
«¡Fuera, Feo, perro inmundo!», solía decir.
Y el perro parecía estar en un éxtasis de felicidad porque al menos tenía un nombre.
Una vez, abstraído, sentado, preguntándose por qué se encontraba tan solo y por qué todo estaba fallando con Isabelle y qué era lo que a ella le faltaba, Feo se le acercó y, sin saber lo que hacía, William le acarició el lomo y le rascó detrás de una oreja.
Entonces sintió una ola de afecto que casi le aterrorizó.
Cuando William se dio cuenta de lo que había hecho, se apartó mientras murmuraba irritadamente.
El perro no le siguió, sino que se mantuvo erguido, observándole.
¡Qué poco placentero es este sentimentalismo desnudo en este mundo moderno y realista!
¡Cómo nos evadimos del sentimiento y qué bueno es que lo hagamos!
Y sin embargo, William también era un sentimental.
Alguien le quería y, aunque detestaba al perro, ya no se encontraba tan solo como antes.