SIN CORAZÓN Sir Hugh Walpole
El señor y la señora Thrush poseían una pequeña y muy agradable casa en Benedict Canyon, Los Ángeles.
Es decir, el distrito postal era el de Los Ángeles, pero Benedict Canyon es un barrio de Hollywood, el más típico.
A los Thrush les gustaba entre otras razones por eso, y además le proporcionaba a William Thrush muchísima satisfacción poder oír los grandes tráileres tronando mientras bajaban por el Canyon cuando se dirigían al rodaje de exteriores entre las siete y las ocho de la mañana.
Esto fue lo más cerca que estuvo del mundo del cine.
No le interesaba acercarse más porque tenía cierto orgullo, no mucho, pero suficiente como para desear vivir en una sociedad donde fuese apreciado.
Todas las mañanas leía las columnas de cotilleo acerca de las estrellas en su diario y siempre le hacía el mismo comentario a Isabelle: «¡Dios mío, vaya vida que llevan!
». Luego ambos se sentían felices y también un tanto superiores.
Isabelle Thrush tenía más orgullo que William.
De hecho tenía un orgullo muy grande y se pasaba la mayor parte del tiempo alimentándolo o provocando a la gente para que la halagara.
¿Diría usted que se trataba de una pareja feliz?
Si no los conociese bien, probablemente sí.
Si los conociera muy bien, probablemente lo dudaría, de la misma forma en que lo dudaba William.
Había algo que no marchaba entre Isabelle y él, aunque llevaban casados diez años y en muy contadas ocasiones habían reñido.
No reñían porque William se negaba. Sin lugar a dudas Isabelle era muy irritable, especialmente cuando no conseguía lo que deseaba.
Claro que no podía conseguir todo lo que quería porque William, que era un empleado de uno de los bancos más importantes de Los Ángeles, ganaba un salario más bien modesto.
Sin embargo, ocurrió que su tía, que poseía mucho dinero, había muerto hacía tres o cuatro años y le había dejado una buena suma de dinero.
Él lo invirtió con sabiduría, de modo que a pesar de la Depresión permaneció a buen recaudo.
Pero Isabelle tuvo cuanto quiso y un poco más.
A veces se preguntaba a sí mismo, en la intimidad de la noche, si ella era una codiciosa.
No podía estar seguro, porque con frecuencia leía en las revistas artículos sobre la tiranía de la esposa americana y con qué avidez desangraba al marido.
Bueno, la verdad es que Isabelle no era tan terrible.
¡Vaya! ¡Se iba a enterar ella si intentaba con él algo por el estilo!
De modo que, porque era más cómodo para él, decidió que ella era mejor que la mayor parte de las esposas norteamericanas.
Isabelle se consideraba una criatura fuera de serie, llena de virtudes: coraje, sagacidad, abnegación, amor y constancia.
Pensaba que William tenía muchísima suerte por estar casado con ella.
Y este sentimiento la hacía mostrarse maternal cuando él se encontraba cerca, como si ella dijera «Hombrecillo, te cuidaré.
No tengas miedo», para añadir «¡Qué suerte tienes! ».
Los Thrush no tenían críos. Era Isabelle la que lo había deseado porque sostenía que era perverso traer un crío al mundo cuando no puedes ofrecerle lo mejor de lo mejor.
En cierta ocasión, cuando William estaba de mal humor debido a una indigestión, él le comentó que el dinero de su tía podría cubrir holgadamente las necesidades de un niño.
Pero Isabelle se indignó y le respondió que había algo muy cruel en su naturaleza y que debía vigilarse o se convertiría en un auténtico sádico.
Como no tenía hijos, Isabelle pensó que sería agradable tener un perro.
Muchas de sus amigas lo tenían. La verdad es que había más clínicas veterinarias que hospitales para seres humanos en Beverly y en Hollywood.
Y todo el mundo decía que las clínicas veterinarias alcanzaban tal grado de perfección que merecía la pena tener un perro solo por ello.
Isabelle quería un perro, pero había que resolver ciertos problemas.
Comprendía que, a menos que lo comprara de cachorro, nunca se encariñaría con ella.
Por otro lado, a los cachorros hay que enseñarles y durante el proceso sufrían las preciosas alfombras de uno.
Entonces, ¿qué clase de perro debía tener?
Estaban los tiernos cocker , los adorables terrier escoceses, los divertidos dachshund y los grandes y espléndidos setter y airedale .
Algunas mujeres muy solitarias tenían pequineses, y luego estaban los bulldog franceses.
No podía decidirse y solía preguntarle a William qué tipo prefería.
William, mientras intentaba adivinar lo que ella quería que él dijese, la observaba con esa lenta y desconcertante mirada que Isabelle siempre interpretó como un gratificante tributo a su belleza y brillantez.
En realidad, lo que él quería decir era «¿Qué le ocurre a Isabelle?
Se ha marchado a otro sitio y no estoy muy seguro de adónde».
Vivían la vida social de las damas y caballeros moderadamente adinerados en Hollywood.
Eso significa que asistían a los estrenos de las películas famosas, en verano se sentaban en el Bowl y se secaban el sudor de las manos mientras escuchaban de manera confusa sinfonías de Brahms y Beethoven; en ciertas ocasiones, con gran atrevimiento por su parte, se iban con uno o dos amigos a un espectáculo de variedades en Los Ángeles; jugaban al bridge bastante mal y daban pequeñas cenas en las cuales la sirvienta de color nunca lo hacía bien del todo. A grandes rasgos, era una vida feliz.
Un día en que William se encontraba sentado a solas, haciendo un crucigrama en el patio de su pequeña casa española, llegó una visita.
Isabelle se encontraba fuera jugando al bridge con unos amigos y él disfrutaba de una maravillosa y tranquila puesta del sol, que parecía una sábana cayendo desde el cielo y protegiendo el Canyon.
La luz se desvanecería en una media hora, el aire se volvería frío y cortante y tendría que meterse en casa para leer su periódico de la tarde, encender la calefacción y preguntarse por qué no era tan feliz como debía serlo.
Entonces vio entrar en su pequeño jardín, a través de un agujero de la cerca, a un bulldog francés.
El perro lo husmeó todo, le miró a distancia con una expresión nerviosa y luego se dirigió lentamente hacia él, retorciendo y doblando su grueso cuerpo como si estuviese hecho de una sustancia elástica.
William Thrush miró al perro y no le gustó nada.
Él nunca había tenido gran pasión por los perros desde que, años y años atrás, su madre, en un arranque de mal humor, le había zarandeado y le había dicho que era tan tonto como un cachorro de terrier.
De modo que creció sin que le gustasen los perros.
Y como era un hombre bajo y pequeño, con grandes gafas y piernas relativamente arqueadas, los perros bajitos le resultaban especialmente desagradables.
De cualquier forma, este le parecía el más feo que había visto nunca, parecía tan feo que llegó a sentir hasta náuseas.
Le dijo «¡Vamos, lárgate!». Pero sin lugar a dudas el perro estaba acostumbrado a ser rechazado.
Recordando aquel su primer encuentro, William cayó en la cuenta de que el perro se le parecía en que, si a alguien le producía cierto rechazo, le sobrevenía una especie de parálisis que le impedía irse, aunque sabía que debía marcharse.
Y así hizo el perro. No se dirigió hacia William, pero se tumbó todo lo largo que era en la hierba a una corta distancia y le miró con sus ojos saltones y feos, de una forma poco agradable, casi humana.
William fue hacia él pensando que podría espantarlo del jardín.
Pero, en lugar de eso, el perro se tumbó boca arriba, meneando su estómago y sus patas débilmente en el aire.
«¡Eres horrible! —dijo William en voz alta—.
No me gustan los perros y nunca me han gustado.
¡Por Dios, largo de aquí!»; y tras decir esto tuvo la horrorosa sensación de haberse hablado a sí mismo, pidiéndose irse de casa y del jardín, a otro lugar.
El perro se dio la vuelta, se sentó, echando una mirada íntima pero a la vez suplicante, mientras decía «Te conozco mucho mejor de lo que te crees.
Nada podría destruir nuestra intimidad».
Y luego se marchó sigilosamente fuera del jardín.
Su esposa volvió más tarde, irritada porque había perdido al bridge .
—¡Qué cartas, cariño, ni que tuvieran gafe! No sé qué hacer al respecto. ¡Vaya cartas que he tenido últimamente!
Él le contó lo del perro, pero ella no mostró el menor interés, y tras su distraído «¿Sí, de verdad?
¡Qué asco!», continuó hablando durante un buen rato sobre una tienda en Los Ángeles donde podías adquirir un abrigo de visón, y si no era de visón se le parecía mucho, mediante el pago de una pequeña suma semanal y que ni te enterabas de que lo estabas pagando.
—No, claro que no te enterarías —dijo William, que se mostró repentinamente irritado—, porque tendría que pagarlo yo.
La verdad es que eso a ella la disgustó muchísimo.
Detestaba a la gente mezquina y de repente allí, en el jardín que el sol había abandonado dejándolo frío y muerto, se dio cuenta de que William era mezquino y que ella había estado viviendo con un hombre mezquino durante años y años y que había sido casi un milagro aguantarle.
Extrañamente, William, por su parte, sintió que ella se había comportado con él igual que él con el perro.
«¡Maldito perro! —pensó—, no me lo puedo quitar de la cabeza».