Las mejores historias sobre gatos ESPEJO, EL GATITO Gottfried Keller #7
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ESPEJO, EL GATITO Gottfried Keller #7

—¡Como usted quiera! —dijo Espejo—. Pero coja también otra cuerda larga y una linterna para que pueda bajar por ella al pozo, pues es bastante profundo y oscuro.

Pineiss siguió este consejo y llevó al vivaracho gatito al jardín de la difunta.

Subieron juntos el muro y Espejo le señaló al brujo el camino hacia el viejo pozo, que estaba oculto entre unos matorrales silvestres.

Una vez allí, Pineiss sacó su linterna y enfocó al fondo, mirando con codicia, mientras mantenía sujeto a Espejo, que estaba atado.

Al ver brillar el oro en las profundidades, bajo las aguas verdosas, gritó:

—¿De verdad, sí que lo veo, es cierto!

Entonces volvió a mirar con celo al fondo, y dijo:

—¿Pueden ser diez mil?

—¡Sí, pero no puedo jurarlo! —dijo Espejo—. ¡Nunca he estado ahí abajo y no lo he contado! Es muy posible que la señora perdiera en aquel tiempo algunas piezas por el camino al traer hasta aquí el tesoro, ya que se encontraba en un estado de gran excitación.

—¡Sean una docena o aun menos! —dijo Pineiss—. ¡No me importa!

Se sentó al borde del pozo, Espejo se sentó también a sus pies y comenzó a lamerse la patita.

—Si el tesoro está aquí —dijo Pineiss al tiempo que se rascaba detrás de las orejas— y si aquí está también el hombre apropiado, ¡de todos modos falta aún la hermosa mujer!

—¿Cómo? —dijo Espejo.

—¡Quiero decir que falta aún aquella que habrá de recibir los diez mil guldens como dote y que tiene todas aquellas apreciables virtudes de las que me has hablado!

—¡Hum! —respondió Espejo—. ¡El asunto no es como usted dice!

El tesoro está ahí, tal como lo estoy viendo; la hermosa mujer, a decir verdad, ya la he localizado; pero la dificultad está en hallar al hombre que se quiera casar en estas difíciles circunstancias, pues hoy en día la belleza ha de estar tan cubierta de oro como las nueces que cuelgan del árbol de Navidad, y cuanto más huecas se vuelven las cabezas de los hombres, tanto más aspiran a llenar el vacío con los bienes de una mujer para así pasar mejor el tiempo.

Entonces, se dedican a examinar un caballo o a comprar una tela de terciopelo con semblante grave; a toda prisa pedirán una ballesta, y el armero no saldrá de casa; ello significa que no hablan más que de sus cosas, de modo que siempre se les oye decir que debo almacenar mi vino y limpiar mis cubas, hacer que poden mis árboles y recubrir mi tejado.

Debo enviar a mi mujer a tomar baños, pues es enfermiza y me cuesta mucho dinero, y debo hacer que acarreen leña y recaudar los cobros pendientes; he comprado un par de lebreles y cambiado mis bracos; he adquirido una bonita mesa extensible de roble a cambio de mi gran cofre de nogal; he cortado mis rodrigones, despedido a mi jardinero, comprado mi heno y sembrado mis lechugas, y no digo más que mi, mi y mi de la mañana a la noche.

Algunos llegan a decir: tengo día de colada la semana que viene; debo solear mis camas; tengo que contratar una doncella y un nuevo carnicero, pues quiero deshacerme del antiguo; he encontrado por casualidad un encantador molde para hacer barquillos y he vendido mi cajita de plata donde guardaba mi canela, pues no me servía para nada.

Todas estas son, por supuesto, cosas de la mujer, y así pasa el tiempo un tipo semejante, robándole el día a nuestro Señor mientras que enumera todas estas ocupaciones sin dar ni golpe.

Cuando recobra el juicio una persona tal y se aviene a humillarse un poco, tal vez diga: «Nuestras vacas y nuestros cerdos», pero…

Pineiss tiró de la cuerda de la que llevaba a Espejo hasta que este gritó «¡miau!» y dijo:

—¡Ya basta, parlanchín! Dime, pues, de inmediato: ¿dónde está esa que tú sabes?

Y es que la enumeración de todos estos lujos y ocupaciones que van ligados a la hacienda de una mujer había hecho que se le hiciera la boca agua al reseco brujo. Espejo dijo, asombrado:

—¿Quiere entonces seguir con el asunto, señor Pineiss?

—¡Es evidente que quiero! ¿Quién sino yo? ¡Vamos con ello! ¿Dónde está la mujer?

—¿Para ir a visitarla y poder así liberarla?

—¡Sin duda!

—¡Sepa que el asunto solo marchará si yo lo dirijo! ¡Debe hablar conmigo si quiere el dinero y a la mujer! —dijo Espejo con sangre fría e indiferencia, llevándose las dos patas a las orejas después de haberlas humedecido un poco.

Pineiss se serenó, suspiró un poco y dijo:

—¡Me doy cuenta de que quieres anular el contrato y salvar tu cabeza!

—¿Le parecería eso tan irregular y antinatural?

—¡Al final me engañas y me mientes como un bellaco!

—¡Eso también es posible! —dijo Espejo.

—¡Te digo que no me engañes! —gritó Pineiss en tono imperativo.

—¡Bien, entonces no le engañaré! —dijo Espejo.

—¡Si lo haces…!

—Entonces lo haré.

—¡No me atormentes, Espejito! —dijo Pineiss casi con lágrimas en los ojos, y Espejo respondió, ahora en serio:

—¡Usted es un hombre sorprendente, señor Pineiss! ¡Me tiene atado de una cuerda y tira de ella hasta que me falta el aliento! Deja que la espada de la muerte penda sobre mi cabeza desde hace más de dos horas, ¡qué digo!, desde hace medio año, y ahora me dice: «¡No me atormentes, Espejito!».

»Si me lo permite, se lo diré en pocas palabras: solo deseo cumplir con aquel deber de amistad hacia la difunta y encontrar para la mencionada mujer un hombre conveniente, y usted me parece desde todo punto de vista el apropiado.

No es tan fácil como parece colocar bien a una mujer, y le repito: ¡estoy contento de que usted esté dispuesto!

¡Pero la muerte no sirve de nada! Antes de decir una palabra más, antes de dar un paso, incluso antes de volver a abrir la boca, ¡quiero recuperar mi libertad y garantizar mi vida!

Por tanto, ¡quíteme esta cuerda y deje el contrato aquí, en el pozo, sobre esta piedra, o córteme la cabeza, una de dos!

—¡Vamos, gato loco y frívolo! —dijo Pineiss—. ¡No seas colérico! ¿No lo habrás dicho en serio? Esto debe discutirse por orden y, en todo caso, se debe firmar un nuevo contrato.

Espejo no dio ninguna respuesta y se sentó allí, inmóvil, durante dos o tres minutos.

El maestro se mostró receloso, cogió su cartera, seleccionó el documento, lo leyó una vez más y se lo mostró, airado, a Espejo.

Apenas se lo había enseñado cuando Espejo lo cogió al vuelo y se lo tragó, y aunque lo hizo tan deprisa que podría haberse atragantado, le pareció sin embargo el mejor plato y el más saludable que había paladeado hasta entonces, y esperaba que a la larga le sería de buen provecho y le permitiría estar rollizo y despierto.

Una vez que hubo terminado con la apetitosa comida, saludó al brujo con educación y dijo:

—Oirá de mí sin falta, señor Pineiss, y no se le escaparán ni la mujer ni el dinero.

Sin embargo, ¡dispóngase a estar verdaderamente enamorado, de modo que pueda cumplir y jurar la condición de entregarse ciegamente a las caricias de su mujer, que prácticamente es suya ya!

¡Y, así, me doy por bien servido con la comida disfrutada y me retiro por ahora!

Así siguió Espejo su camino y se alegró de la estupidez del brujo, quien creía poder engañar a todo el mundo y a sí mismo, pues no quería casarse con la esperada prometida de una manera desinteresada, por puro amor a la belleza, sino que tenía conocimiento previo del detalle de los diez mil guldens de oro.

Entretanto Espejo ya había puesto los ojos en una persona que creía poder endosar al necio brujo en pago por sus codornices asadas, ratones y salchichas.

Frente a la casa del señor Pineiss había otra cuya fachada estaba blanqueada hasta relucir y cuyas ventanas siempre resplandecían como recién limpias.

Las humildes cortinas estaban siempre blancas como la nieve y como acabadas de planchar, y blancos eran también el vestido y el pañuelo que llevaba al cuello y en la cabeza la vieja beguina que vivía en la casa.

Llevaba en la cabeza un velo como el de las monjas que le cubría el pecho y que estaba plegado como el papel de escribir, de manera que se hubiera podido escribir en él; esto se hubiera podido hacer, al menos, en el pecho, que era tan plano y duro como una tabla.

Tan afilados eran los bordes y puntas blancos de su vestido como la alargada nariz y la barbilla de la beguina, o como su lengua y la malvada mirada de sus ojos; sin embargo, hablaba poco con la boca y miraba poco con los ojos, pues no le gustaba perder el tiempo y todo lo hacía a su debido momento y con prudencia.

Cada día iba tres veces a la iglesia, y cuando subía por la calle con su traje nuevo, blanco y estirado, y con su blanca y puntiaguda nariz, los niños huían de ella despavoridos e incluso los adultos se deslizaban detrás de la puerta de sus casas cuando todavía estaban a tiempo.

Sin embargo, debido a su fuerte devoción y soledad gozaba de buena fama, y el clero en especial le tenía mucho respeto.

Pero hasta los curas preferían tratar con ella mejor por escrito que en persona, y cada vez que se confesaba, el párroco abandonaba el confesionario bañado en sudor, como si acabara de salir de un horno.