Las mejores historias sobre gatos ESPEJO, EL GATITO Gottfried Keller #8
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ESPEJO, EL GATITO Gottfried Keller #8

Así vivía la devota beguina —que no entendía de diversiones—, en una profunda paz y ajena a las molestias externas.

No se trataba con nadie y dejaba tranquila a la gente, supuesto que se apartasen de su camino; solo en su vecino Pineiss parecía haber depositado un odio especial, pues siempre que este se asomaba a la ventana ella le dirigía una mirada maligna y corría las cortinas.

Pineiss la temía como al fuego, y solo en el interior de su casa, cuando todo estaba bien cerrado, se atrevía a hacer alguna broma sobre ella.

Pero tan blanca parecía la casa de la beguina desde la calle como negra y llena de humo, inquietante y extraña desde su parte trasera, donde no se podía ver casi nada más que los pájaros del cielo y los gatos de los tejados, pues estaba construida entre las oscuras esquinas que formaban unos altísimos muros cortafuegos sin ventanas, donde no se asomaba ninguna cara humana.

Bajo el tejado colgaban enaguas hechas jirones, cestas y sacos de hierbas; en el tejado crecían auténticas zarzas y tejos, y una gran chimenea llena de hollín se elevaba en el aire.

Pero no era raro que de esta chimenea saliese hacia las alturas durante la noche oscura una bruja en su escoba que era joven y hermosa y estaba tan desnuda como Dios creó a la mujer y como al diablo le gusta verla.

Cuando salía de la chimenea, olfateaba con una naricilla muy fina y con sonrientes labios de cereza el aire fresco de la noche, y viajaba envuelta por el resplandor blanco de su cuerpo al tiempo que su largo cabello, negro como un cuervo, ondeaba tras ella como una bandera nocturna.

En un agujero de la chimenea se sentaba una lechuza, y ante esta se presentó Espejo —que ahora era libre— con un gordo ratón en la boca que había atrapado por el camino.

—¡Le deseo buenas noches, querida señora lechuza! ¿Ocupada vigilando? —dijo él, y la lechuza respondió:

—¡Debo hacerlo! ¡Le deseo igualmente buenas noches! ¡Hace tiempo que no se deja ver por aquí, señor Espejo!

—He tenido mis razones, ya le contaré. Aquí le traigo humildemente un ratoncito fresco, si tiene a bien aceptarlo. ¿Ha salido su ama?

—Todavía no. Solo saldrá dentro de dos horas, poco antes de amanecer. ¡Gracias por el delicioso ratón! ¡Siempre el educado Espejo! He dejado a mi lado un travieso gorrión que hoy volaba demasiado cerca de mí; si lo desea, puede probarlo. ¿Y cómo le han ido las cosas?

—Casi a pedir de boca —respondió Espejo—. Querían cortarme el pescuezo. Si le place, escuche.

Mientras que se deleitaban tomando su cena, Espejo contó a la atenta lechuza todo lo que le había pasado y cómo se había escapado de las manos del señor Pineiss. La lechuza dijo:

—Ha tenido mucha suerte, ¡pero ahora vuelve a ser un gato afortunado y puede ir a donde quiera después de haber sufrido tanto!

—¡Todavía no hemos acabado! —dijo Espejo—. El hombre debe conseguir a su mujer y sus guldens de oro.

—¿Ha perdido el juicio? ¿Aún quiere recompensar a quien le quería despellejar?

—¡Ah! Pero él me ha tratado con justicia, de acuerdo con el contrato, y como le quiero pagar con la misma moneda, ¿por qué debería abandonarlo?

¿Quién dice que le quiero recompensar? Aquel relato era una invención mía, pues mi ama, que en paz descanse, era una persona simple que nunca en su vida estuvo enamorada ni se vio rodeada de admiradores.

Y aquel tesoro es un dinero robado que ella heredó una vez y arrojó al pozo para que no cayera sobre ella ninguna desgracia por su causa.

«¡Maldito sea el que lo coja y use!», dijo. ¡Esa será, pues, la recompensa!

—¡Entonces la cosa es muy distinta! ¿Pero de dónde va a sacar a la mujer apropiada?

—¡De aquí mismo, de esta chimenea! ¡Por eso he venido, para tener una conversación razonable con usted! ¿No le gustaría volver a verse libre de las ataduras que le impone esta bruja? ¡Piense cómo podemos atraparla y casarla con el viejo bribón!

—Espejo, basta con tenerle cerca para que se despierten en mí pensamientos muy provechosos.

—¡Ya sabía que usted era inteligente! He cumplido mi parte y es mejor que tome usted también parte y aporte nuevas fuerzas. ¡Así no fallaremos!

—Dado que todas las cosas concuerdan tan bien, no necesito reflexionar más. ¡Ya hace tiempo que tengo un plan!

—¿Cómo la atraparemos?

—Con una red nueva para cazar becadas, hecha de fuertes cuerdas de cáñamo; debe ser tejida por el hijo de veinte años de un cazador que aún no haya visto a una mujer, y el rocío de la mañana ha de haber caído en ella tres veces sin que haya sido capturada ninguna becada; además, este hecho ha de estar motivado por tres buenas acciones.

Una red semejante es lo bastante fuerte como para atrapar a la bruja.

—Pero siento curiosidad por saber dónde la conseguirá —dijo Espejo—, pues sé que usted no habla en vano.

—Ya la he encontrado, como si estuviera hecha para nosotros.

En un bosque que no está lejos de aquí está sentado el hijo de un cazador que aún no ha visto a ninguna mujer, pues nació ciego.

Por ello no sirve para nada más que para tejer redes, y hace algunos días que ha hecho una nueva red para cazar becadas bastante buena.

Pero cuando el viejo cazador quiso extenderla por primera vez, llegó una mujer que quiso hacerle pecar atrayéndole con sus halagos; pero era tan fea que el anciano huyó de ella despavorido, dejando en el suelo la red.

Sobre ella cayó el rocío sin que hubiese caído ninguna becada, y una buena acción fue la causa de ello.

Cuando al día siguiente fue a extender de nuevo la red, llegó un hombre a caballo que llevaba a sus espaldas un pesado saco; en este había un agujero del que caían al suelo de tanto en tanto monedas de oro.

De nuevo dejó el cazador la red en el suelo y salió corriendo tras el jinete para recoger las monedas de oro en su sombrero, hasta que el jinete se volvió, le miró y le apuntó con su lanza.

El cazador se agachó, asustado, le acercó el sombrero y dijo: «¡Permítame, piadoso caballero, usted ha perdido mucho oro, que yo he recogido con cuidado para usted!

». Esta era otra buena acción, pues el haber encontrado y devuelto el dinero de una forma tan honorable es una de las cosas mejores y más difíciles.

Sin embargo, estaba tan lejos de la red para cazar becadas que la dejó en el bosque una segunda noche y tomó el camino más corto hasta su casa.

Finalmente, el tercer día, es decir, ayer, cuando otra vez se había puesto en camino, se encontró con una hermosa comadre que comenzó a dar coba al anciano y a la que ya le había regalado una liebrecilla.

En aquel momento olvidó las becadas por completo, y esa misma mañana dijo: «Le he perdonado la vida a la becadita.

¡También con los animales se debe tener compasión!

». Y gracias a estas tres buenas acciones descubrió que era demasiado bueno para este mundo, de manera que hoy temprano, antes del mediodía, se ha ido a un monasterio.

Así, la red sigue estando sin usar en el bosque y solo tengo que ir a recogerla.

—¡Recójala a toda prisa! —dijo Espejo—. ¡Servirá para nuestro propósito!

—Iré a recogerla —dijo la lechuza—. Solo tiene que vigilar mientras por mí en este agujero, y cuando el ama pregunte por la chimenea si el aire está limpio, responda, imitando mi voz: «¡No, todavía no hiede en la escuela de esgrima!».

Espejo se metió en el hueco y la lechuza voló en silencio sobre la ciudad en dirección al bosque. Pronto regresó con la red para cazar becadas y preguntó:

—¿Ha llamado?

—¡Aún no! —dijo Espejo.

Entonces extendieron la red sobre la chimenea y se sentaron al lado en silencio, aguardando astutamente; el aire era oscuro y soplaba una ligera brisa que hizo temblar algunas estrellas.

—¡Debería ver —susurró la lechuza— con qué facilidad se desliza ella por la chimenea sin ensuciarse su desnuda espalda!

—Nunca la he visto tan de cerca —respondió Espejo en voz baja—. ¡Ojalá no nos coja!

En ese momento llamó la bruja desde abajo:

—¿Está limpio el aire?

La lechuza gritó:

—¡Muy limpio, hiede de maravilla en la escuela de esgrima!

En seguida asomó la bruja por la chimenea para caer atrapada en la red, que el gato y la lechuza recogieron y ataron a toda prisa.

—¡Sujete fuerte! —dijo Espejo.

—¡Átela bien! —gritó la lechuza.

La bruja se revolvió y vociferó como un pez en la red; pero no le sirvió de nada, pues la red se mantenía firme a la perfección.

Solo el mango de su escoba sobresalía de la malla.

Espejo quiso sacarla despacio, pero recibió tal capirotazo en el hocico que se vio impotente y comprendió que no se puede uno acercar demasiado a una leona, aunque esté atrapada en una red. Finalmente se calmó la bruja y dijo:

—¿Qué queréis de mí, extraños animales?

—¡Debe destituirme de su servicio y devolverme la libertad! —dijo la lechuza.

—¡Tanto ruido para tan pocas nueces! —dijo la bruja—. ¡Eres libre, pero ahora abre la red!

—¡Todavía no! —dijo Espejo, que seguía frotándose el hocico—. ¡Debe comprometerse a casarse con el brujo mayor de la ciudad, Pineiss, su vecino, de la manera que le digamos, y no dejarlo nunca!

En ese momento la bruja comenzó otra vez a revolverse y a bramar como un demonio, y la lechuza dijo:

—¡No quiere aceptar!

Pero Espejo dijo:

—¡Si no se está quieta y no hace todo lo que deseamos, colgaremos la red con todo su contenido ahí delante, en la cabeza de dragón del canalón que da a la calle, de manera que la gente podrá verla mañana y reconocer en usted a la bruja!

Diga, pues: ¿prefiere ser quemada bajo la presidencia del señor Pineiss o quiere mejor asarle a él casándose con él?

La bruja dijo, suspirando:

—Habla, pues. ¿Qué queréis que haga?

Y Espejo le expuso con gracia todo lo que pretendían y lo que ella debía hacer.

—¡Tendré que soportarlo, ya que las cosas no pueden ser de otra manera! —dijo ella y se rindió profiriendo los más duros conjuros que una bruja puede decir.

Entonces los animales abrieron la prisión y la dejaron salir.

Al instante se montó en la escoba; la lechuza se sentó detrás de ella, en el mango, y por último Espejo se situó en el manojo de tiras de anea, cabalgando todos de esta manera hasta el pozo, en el que la bruja descendió para recoger el tesoro.

Por la mañana se presentó Espejo en la casa del señor Pineiss y le comunicó que había visto a la persona que ambos sabían y que podía liberarla; pero ella se había empobrecido tanto que, completamente abandonada y rechazada, estaba sentada ante la puerta, debajo de un árbol, llorando amargamente.

Al instante se vistió el señor Pineiss con su raído jubón de terciopelo amarillo, que solo llevaba en las grandes ocasiones, se puso la mejor gorra con borla que tenía y se ciñó su espada; en la mano cogió un viejo guante verde, una botella de perfume donde una vez hubo bálsamo y que todavía olía un poco, y un clavel de papel, y así ataviado se fue con Espejo hasta la puerta para iniciar el cortejo.

Allí se encontró a una mujer de belleza incomparable que lloraba al pie de un sauce; pero su vestido era tan pobre y estaba tan raído que, por mucho pudor que mostrara en su comportamiento, se transparentaba aquí y allá un poco de su blanquísimo cuerpo.

Pineiss abrió los ojos, y en su repentino transporte apenas si pudo pedirle la mano.

La bella secó entonces sus lágrimas, le dio la mano con una dulce sonrisa, le agradeció su generosidad con una voz celestial que sonaba a campanas y juró serle fiel eternamente.

Pero en ese mismo instante sintió él unos celos y una envidia de su mujer tales que decidió no dejar que nunca la viera ningún ojo humano.

Se casó con ella en la casa de un ermitaño muy anciano y celebró el banquete de bodas en su casa, sin otros invitados que Espejo y la lechuza, el primero de los cuales había pedido permiso para llevar a la segunda.

Los diez mil guldens estaban depositados en un cuenco que había sobre la mesa, y Pineiss metía en él de cuando en cuando la mano y revolvía entre ellos; entonces volvía a mirar a la hermosa mujer, que estaba sentada con un vestido de terciopelo azul marino, con el pelo recogido en una redecilla y adornado con flores y con un collar de perlas que rodeaba su blanco cuello.

Él no quería dejar de besarla, pero ella, con pudor y recato, supo detenerle con una seductora sonrisa, y juró que no le besaría ante testigos antes de que cayera la noche.

Ello no hizo más que aumentar su amor y felicidad.

Espejo aderezó la comida con deliciosos comentarios que la hermosa mujer continuó con las palabras más agradables, divertidas y sugerentes, de manera que el brujo no cabía en sí de satisfacción.

Pero cuando cayó la noche, se marcharon la lechuza y el gato, alejándose humildemente; el señor Pineiss los acompañó hasta la puerta de la casa con una luz y volvió a dar las gracias a Espejo al tiempo que lo llamaba admirable y educado, y cuando regresó a la habitación se encontró sentada a la vieja beguina, su vecina, que le lanzaba una mirada de odio.

Aterrado, Pineiss dejó caer el candelabro y se echó, temblando, contra la pared.

La lengua le colgaba, y su rostro se había vuelto tan pálido y afilado como el de la beguina.

Pero esta se levantó, se acercó a él y lo condujo ante sí a la cámara nupcial, donde, con artes diabólicas, lo atormentó como ningún mortal haya podido sufrir jamás.

Así, ahora estaba casado irremediablemente con la vieja, y en la ciudad se decía, una vez que el acontecimiento se hizo público: «¡Eh, del agua mansa líbreme Dios, que de las bravas me libraré yo!

¡Quién hubiera pensado que la devota beguina y el brujo mayor de la ciudad se casarían!

Sin embargo, es un matrimonio honrado y formal, ¡aunque no demasiado simpático! ».

Pero el señor Pineiss llevó en adelante una penosa vida; su esposa se había hecho al instante con todos sus secretos y lo dominaba por completo.

No se le permitía ni la menor libertad ni el menor descanso.

Debía practicar la brujería de la mañana a la noche, trabajando sin descanso, y cuando Espejo se pasó por allí y lo vio, dijo en tono amistoso: «¿Siempre ocupado, señor Pineiss? , ¿siempre ocupado?».

Desde entonces se dice en Seldwyla: «¡Le ha comprado la manteca al gato!», especialmente cuando alguien se ha casado con una mujer mala y odiosa.