ESPEJO, EL GATITO Gottfried Keller #6
»Después de que expirasen seis horas, apareció de nuevo en la casa de la muchacha con todo lo que poseía y le rogó por Dios que aceptara esa ayuda.
Sus ojos brillaban por la alegre sorpresa y su pecho latía como una fragua; le preguntó de dónde había obtenido el capital, a lo que él respondió que su buen nombre le había permitido pedirlo prestado y que lo podría restituir sin mayor inconveniente, pues sus negocios marchaban bien.
Al mirarle, ella vio que mentía y que aquel capital era su única fortuna y esperanza, que él había sacrificado por su felicidad; sin embargo, fingió creer en sus palabras.
Dio rienda suelta a sus alegres sentimientos y se comportó de una manera algo cruel, como si aquellos expresaran la felicidad de poder salvar al hombre elegido y casarse con él, añadiendo que no encontraba palabras para manifestar su agradecimiento.
Sin embargo, de repente se serenó y declaró que solo podía aceptar tan generoso acto con una condición, pues de lo contrario todo intento de persuasión sería inútil.
Al preguntarle en qué consistía tal condición, ella le pidió que prometiera que el día señalado acudiría a su casa para asistir a su boda y convertirse en el mejor amigo y bienhechor de su esposo, así como en el más leal amigo, protector y consejero de ella misma.
Sonrojándose, él le pidió que desistiera de ese deseo, y sin éxito le explicó que las circunstancias en que se encontraba no le permitían viajar a Suiza y que sufriría cuantiosas pérdidas como resultado de una excursión semejante.
Ella insistió con resolución en su petición y le devolvió su oro, ya que no consentía en satisfacerla.
Al final se lo prometió, pero le debía dar la mano a ella y jurarlo por su honor y felicidad.
Ella señaló con exactitud el día y la hora a la que debía presentarse, y todo ello hubo de jurarlo por su fe cristiana y por su salvación.
Solo entonces aceptó ella la ofrenda y, de buen humor, hizo que llevasen el tesoro a su dormitorio, donde lo encerró en su baúl de viaje, guardando la llave en su pecho.
»No se demoró más en Milán, sino que emprendió el viaje de regreso por el San Gotardo tan alegre como antes desconsolada en su trayecto hacia Milán.
En el Puente del diablo, de donde había querido saltar, comenzó a reír como una insensata y echó al Reuss, acompañado por el claro sonido de su melodiosa voz, un ramo de flores de granado que llevaba en el pecho; en suma, su alegría no podía acallarse, y fue el viaje más dichoso que había hecho hasta entonces.
»De vuelta en su patria, abrió y aireó la casa de arriba abajo y la engalanó como si esperase a un príncipe.
Pero en la cabecera de su cama puso el saquito con los diez mil guldens de oro, y por las noches reposaba su cabeza con tanta felicidad sobre las duras piezas de metal y dormía tan bien como si se hubiese tratado de la más mullida almohada de plumas.
Apenas si podía soportar la espera del día acordado en que le vería llegar, pues sabía que él no rompería ni la más mínima promesa, y mucho menos un juramento, aunque le fuera la vida en ello.
»Pero el día llegó y el amado no aparecía, y pasaron muchos días y semanas sin que oyese hablar de él.
Todos sus miembros empezaron entonces a temblar, invadiéndole el mayor temor e inquietud; envió cartas y cartas a Milán, pero nadie supo decirle dónde se encontraba.
Sin embargo, al final la casualidad quiso revelar que el joven comerciante, a partir de un damasco de seda rojo encarnado que guardaba en su casa desde el comienzo de su negocio, y que ya había pagado, se había hecho confeccionar un uniforme militar y había partido a las órdenes de los suizos, quienes por aquella época combatían al servicio del rey Francisco de Francia en la guerra milanesa.
Tras la batalla de Pavía, en la que tantos suizos perdieron la vida, se lo halló en un grupo de españoles abatidos en combate, cubierto de heridas mortales y con su uniforme de seda raído y desgarrado.
Antes de expirar, le dijo a un seldwyliano (que yacía a su lado y al que se le habían infligido menos daños) que retuviese en la memoria el siguiente mensaje, y le pidió transmitirlo cuando él perdiera la vida: «¡Queridísima señorita!
Aunque le prometí por mi honor, por mi fe cristiana y por mi salvación asistir a su boda, no me ha sido posible verla una vez más y ver participar a otro de la más alta felicidad que pueda haber para mí.
Hasta el momento de sufrir vuestra ausencia no he sabido qué asunto tan acerbo y trágico es un amor tal como el que siento por usted, pues de otro modo me hubiera guardado de él.
Pero como no tiene remedio, preferiría perder mi honor mundano y mi tranquilidad espiritual y caer en la eterna perdición como un perjuro antes que volver a aparecer en su presencia con un fuego en el pecho que es más vivo e inextinguible que el fuego del infierno, el cual apenas si sentiría.
No rece por mí, hermosa muchacha, pues ni puedo ser ni seré nunca feliz sin usted, ya sea aquí o allí; por tanto, ¡viva feliz y reciba mis saludos! ».
»Así, en aquella batalla, en la que el rey Francisco dijo: «¡Todo lo he perdido, menos el honor!
», el desgraciado amante lo perdió todo: la esperanza, el honor, la vida y la bienaventuranza eterna; tan solo le quedó el amor, que lo consumió.
El seldwyliano se salvó felizmente, y tan pronto como recobró fuerzas y se vio fuera de peligro escribió fielmente las palabras del fallecido en su cuaderno de notas para no olvidarlas; viajó de vuelta a casa, se presentó ante la desdichada muchacha y leyó su mensaje de una manera tan ceremoniosa y marcial como estaba acostumbrado a hacerlo cuando leía ante la tropa de su compañía, pues era alférez.
Pero la muchacha se mesó los cabellos, se rasgó el vestido y comenzó a gritar y a llorar tan fuerte que se la podía oír desde todos los lados de la calle, de manera que la gente empezó a acudir, asustada.
Ella arrastró en su delirio los diez mil guldens, los esparció por el suelo, se echó a lo largo sobre ellos y besó las brillantes piezas de oro.
Fuera de sí, intentó recoger el tesoro esparcido por el suelo y abrazarlo, como si el amado perdido se encontrara presente en él.
Día y noche yacía echada sobre el oro, y no quería ingerir alimentos ni bebida; sin cesar acariciaba y besaba el frío metal, hasta que en medio de una noche se levantó de repente, llevó diligentemente el tesoro al jardín y allí, entre amargas lágrimas, lo arrojó a un profundo pozo y lanzó sobre él una maldición para que nunca llegara a pertenecer a otra persona.
Cuando Espejo había llegado a este punto del relato, Pineiss dijo:
—¿Y está todavía toda esa bonita suma de dinero en el pozo?
—Sí, ¿dónde iba a estar si no? —respondió Espejo—. ¡Pues solo yo puedo sacarlo y no lo he hecho aún!
—¡Ya lo creo, tienes razón! —dijo Pineiss—. ¡Pero tu historia me ha hecho olvidarme de ti! ¡No puedes engañarme, bribón! Ya me gustaría casarme con una mujercita que me tuviera un afecto semejante, ¡pero debería ser muy hermosa! ¡Así que cuéntame deprisa cómo encajan las piezas de la historia!
—Pasaron algunos años —dijo Espejo— hasta que la muchacha se recuperó de su amargo trastorno mental hasta tal punto que pudo empezar a ser la tranquila solterona que yo conocí.
Debo considerarme como su único consuelo y su más leal amigo, que la acompañó en su vida solitaria hasta su apacible final.
Pero cuando ella vio que este se acercaba, recordó una vez más la época de su lejana juventud y belleza, y volvió a experimentar con tiernos y rendidos pensamientos las dulces emociones y también el amargo sufrimiento de aquel tiempo, llorando en silencio durante siete días y siete noches el amor del joven, cuyo disfrute había perdido debido a su desconfianza.
Y, así, sus viejos ojos quedaron cegados poco antes de la muerte.
Entonces se arrepintió de la maldición y me dijo, al tiempo que me encomendaba este importante asunto: «¡Ahora he decidido otra cosa, querido Espejo!
Te confiero el poder de ejecutar mi orden.
¡Mira a tu alrededor y busca, hasta que encuentres a una mujer hermosa pero sin recursos que carezca de pretendientes debido a su pobreza!
Si encontraras a un hombre prudente, honrado y guapo que viviera con holgura y deseara como esposa a la doncella sin tener en cuenta su pobreza, sino solo por su belleza, este debería obligarse mediante el más firme juramento a dedicarse a ella de una manera tan leal, abnegada e inalterable como mi desgraciado amado, complaciendo a esta mujer durante toda su vida y en todas las cosas.
¡Entonces podrás dar a la novia los diez mil guldens de oro, que están en el pozo, como dote para que sorprenda con ellos al novio la mañana de la boda!
». Así habló la difunta, y yo, debido a mi contrario destino, he desatendido este asunto, temiendo ahora que esto haga que la pobre no descanse en paz en su tumba, lo que tampoco tendría para mí consecuencias demasiado deseables.
Pineiss miró a Espejo con desconfianza y dijo:
—¿Estarías dispuesto, mozalbete, a demostrarme la existencia del tesoro y a enseñármelo?
—¡En cualquier momento! —replicó Espejo—.
Pero debe saber, señor brujo mayor de la ciudad, que no se puede sacar sin más el oro del agua.
Con toda certeza se torcería el cuello, pues no se está del todo seguro en el pozo, y además tengo ciertos motivos de sospecha que por respeto no quiero mencionar.
—¡Eh! ¿Quién habla de sacar nada? —dijo Pineiss con algo de temor—. ¡Condúceme hasta allí y enséñame el tesoro! ¡O, más bien, te conduciré yo hasta él atado de una buena cuerda para que no te escapes!