ESPEJO, EL GATITO Gottfried Keller #5
»Por aquella época llegó un joven compatriota a la casa de la prima, y le gustó tanto a primera vista que se puede decir sin temor a equivocarse que se había enamorado por primera vez.
Era un hermoso joven que por entonces no era ni pobre ni rico, pues no tenía más que diez mil guldens de oro que había heredado de sus difuntos padres y con los que él (dado que había aprendido el arte del comercio) quería fundar en Milán un negocio de sedas.
Era emprendedor y de ideas claras, y tenía buena mano con los negocios, como suele suceder con la gente ingenua e inocente.
Y es que también era esto el joven. Tan bien educado era que parecía cándido e inocente como un niño.
Y aunque era comerciante y tenía un espíritu ingenuo (dos cosas que, juntas, constituyen una inapreciable rareza), sin embargo era de actitud firme y valerosa, y llevaba su espada con tanta resolución al costado como solo un ejercitado guerrero puede llevarla.
»Todo esto, unido a una fresca belleza y juventud, se ganaron el corazón de la muchacha hasta tal punto que apenas podía contenerse, acercándose a él con suma amabilidad.
Ella recobró la alegría, y si de tanto en tanto también se encontraba triste, ello sucedía por la alternancia de la esperanza y del temor a no ser correspondida, lo que de todos modos era un sentimiento más noble y agradable que aquella dolorosa perplejidad y confusión que en otro tiempo había sentido al tener que elegir entre sus muchos pretendientes.
Ahora solo le ocupaba un único esfuerzo y preocupación: agradar a aquel joven guapo y bueno.
Y cuanto más se engalanaba, tanto más desalentada e insegura se sentía, pues por vez primera albergaba una verdadera inclinación.
»Pero tampoco el joven había visto hasta entonces una beldad semejante, o, al menos, no había estado tan cerca de una y no había sido tratado por ella de una manera tan amistosa y amable.
Dado que ella, como se ha dicho, no era solo hermosa, sino también de buen corazón y de delicadas costumbres, no es de extrañar que aquel jovencito puro y abierto (cuyo corazón estaba del todo libre y era inexperto) se enamorase al instante de ella con toda la fuerza y sinceridad propias de su naturaleza.
Pero quizá nadie lo hubiese notado si él, en su simpleza, no se hubiera visto estimulado por la amabilidad de la muchacha, que él, con un gran temor que llevaba en secreto, se atrevió a tomar por amor correspondido, pues él mismo no sabía disimularlo.
Sin embargo, se reprimió durante algunas semanas y creyó haber ocultado al mundo el asunto; pero todos podían ver de lejos que estaba perdidamente enamorado, y cuando se acercaba a la muchacha o la oía nombrar, se veía al instante a quién amaba.
Sin apenas experiencia en el amor, comenzó a amar de verdad con toda la intensidad de su juventud, de manera que para él la muchacha era lo más alto y mejor del mundo, y en ella puso de una vez por todas la salvación y el entero valor de su persona.
Esto le agradaba a ella sobremanera, pues había en todo lo que él decía o hacía unos modales distintos de los que hasta entonces había conocido.
Esto le reafirmó y conmovió tan profundamente que cayó tan rendida de amor como él y ya no hablaba de ninguna elección.
»Todos observaban la evolución de esta historia, y de ella se hablaba abiertamente y se bromeaba de muchas maneras.
La muchacha tenía presente esta situación, y como su corazón quería abrirse después de tan inquieta espera, contribuyó al desarrollo del romance complicándolo y ampliándolo para disfrutarlo y saborearlo con verdadero placer.
Pero el joven, en su confusión, incurrió en cosas tan deliciosas e infantiles como ella no había observado antes (y que para ella, por una vez, eran más lisonjeras y agradables que todo lo demás).
Sin embargo, la simplicidad y honradez de él hicieron que no pudiera soportar la situación por más tiempo.
Puesto que todos aludían a ella y se permitían alguna broma, le parecía que se había convertido en una comedia cuyo objeto, su amada, era para él demasiado buena y sagrada, y lo que a ella tanto le agradaba le producía a él aflicción, incertidumbre y confusión.
También creía él ofenderla y engañarla si mantenía por más tiempo en secreto una pasión tan intensa y pensaba en ella sin descanso sin que ella lo supiera, lo que no sería decente y ni siquiera justo para él.
»Así, una mañana todos pudieron adivinar desde lejos que se proponía algo, y le confesó su amor en pocas palabras, dispuesto a decirlo solo una vez en caso de que se viera rechazado.
Y es que no estaba acostumbrado a pensar que una muchacha tan bella y bien formada pudiera no decir su verdadera opinión y responder de una vez su inapelable sí o no.
Su disposición de ánimo era tan dulce como intenso su amor, y se comportaba de una manera tan temerosa como infantil y tan orgullosa como inocente porque el asunto era para él una cuestión de vida o muerte, de sí o no, de ser alcanzado por un rayo en un sentido o en otro.
»Pero en el mismo instante en que la muchacha escuchó su confesión, que tan ardientemente había esperado, la invadió su antigua desconfianza y se le ocurrió, en mala hora, que su amante era un comerciante que, al final, solo deseaba hacerse con su fortuna para ampliar sus negocios.
Si él, además, también se había enamorado un poco de su persona, dada su belleza, eso no era un gran mérito, sino algo más indignante aún si ella representaba un mero aditamento a su oro.
En vez de declararle su amor y aceptarle de corazón, como hubiera debido hacer, ideó en su lugar un nuevo ardid para probar su devoción, adoptando un ademán serio y casi triste al tiempo que le confesaba que ya se había comprometido en su país con un joven al que amaba con todo su corazón.
»Más de una vez le había querido comunicar al comerciante que le apreciaba como amigo (algo que él habría podido observar muy bien por su comportamiento) y que confiaba en él como en un hermano.
Pero las desatinadas bromas que se habían generalizado en sociedad le habían hecho difícil entablar una conversación sincera.
Sin embargo, dado que él mismo, con su honrado y noble corazón, la había sorprendido y se había abierto a ella, no podía agradecerle mejor su inclinación que sincerándose ante él.
Sí, prosiguió, solo podría pertenecer a aquel al que ella había elegido una vez, y nunca le sería posible entregar su corazón a otro hombre.
Esto era algo que estaba escrito en su alma con fuego, aunque el hombre amado no sabía cuánto le amaba, a pesar de conocerla bien.
Pero una oscura desgracia había caído sobre ella: su prometido era un comerciante, pero tan pobre como las ratas; por ello habían concebido el plan de que él fundaría un negocio con los medios económicos de ella; de hecho, ya habían dado los primeros pasos y organizado todo de la mejor manera.
La ceremonia nupcial debía celebrarse entonces, pero un inesperado infortunio hizo su aparición: se vio inmerso en un litigio y toda su fortuna le fue arrebatada de repente, de manera que quizá se había perdido para siempre.
Sin embargo, el prometido debía comenzar en seguida a efectuar sus primeros pagos a los comerciantes milaneses y venecianos, de lo que dependía todo su crédito, su prosperidad y su honor, ¡por no hablar de su unión y feliz matrimonio!
Ella vino a toda prisa a Milán, donde tenía parientes acomodados, para encontrar fondos y una salida; pero llegó en mala hora, pues nada parecía querer arreglarse, mientras que el día se acercaba cada vez más.
Y si no pudiera ayudar a su amado, moriría de pena.
Pues él era el mejor hombre y el más amable que uno pudiera imaginarse, el cual seguramente llegaría a ser un gran comerciante si se le ayudara.
¡Y ella no conocía más dicha en la tierra que convertirse entonces en su esposa!
»Cuando ella terminó este relato, el pobre y guapo jovencito hacía tiempo que había perdido el color, y estaba pálido como un pañuelo blanco.
Pero no se lamentó ni dijo una palabra más de sí mismo o de su amor, sino que preguntó con tristeza a cuánto ascendían las deudas contraídas por el a la vez afortunado y desgraciado prometido.
«¡A diez mil guldens de oro!», respondió ella con mayor tristeza aún.
El joven y apesadumbrado comerciante se levantó, la animó (pues ya encontrarían una solución) y se alejó de ella sin atreverse a mirarla, tan afectado y avergonzado se sentía por haber puesto los ojos en una dama que tan leal y apasionadamente amaba a otro.
Y es que el pobre había creído cada palabra de su relato como si del E vangelio se tratara.
Entonces se presentó sin más dilación en la casa de sus colegas en los negocios y le llevó a la muchacha una cierta suma que había obtenido mediante súplicas y sacrificios; además, volvió a anular sus pedidos y compras, que él mismo debía pagar por aquellos días con sus diez mil guldens de oro y en los que se fundamentaba toda su futura carrera.