Las mejores historias sobre gatos ESPEJO, EL GATITO Gottfried Keller #4
90%

ESPEJO, EL GATITO Gottfried Keller #4

—¿Ves, bribón, qué criminal eres —dijo Pineiss— y hasta qué punto mereces morir?

¿Pero cuántas fechorías has cometido? ¿Quizá me has robado, sustraído, estropeado algo?

¿Has cometido contra mí una injusticia que clama al cielo y de la que nada sé ni adivino ni supongo, tú, Satán?

¡Esas historias me agradan! ¡Menos mal que he descubierto tu secreto!

¡Confiésame ahora mismo tus culpas o te desuello y cuezo vivo! ¿Vas a hablar o no?

—¡Ah, no! —dijo Espejo—. Nada tengo que reprocharme en lo que a usted respecta.

Mis cuitas se refieren a los diez mil guldens de oro de mi difunta ama.

¡Pero de qué sirve hablar! Desde luego, cuando reflexiono y lo miro pienso que quizá no sea demasiado tarde; cuando le observo, veo que usted es un hombre muy guapo y lozano que está en sus mejores años.

Diga, pues, señor Pineiss, ¿no ha sentido nunca el deseo de casarse de una manera honorable y ventajosa?

Pero ¡qué tonterías digo! ¿Cómo habría de ocurrírsele a un hombre tan ingenioso e inteligente una idea tan ociosa?

¿Cómo podría pensar un maestro tan ocupado en asuntos útiles en las necias mujeres?

Sin embargo, aun la peor tiene algo en sí que resulta útil para un hombre, ¡eso nadie puede negarlo!

Y a poco que sepa hacer, una buena mujer es blanca de piel, de buen sentido, confiable en sus costumbres, leal de corazón, ahorrativa en el gobierno de la casa, pero pródiga en el cuidado de su hombre; es parca en palabras, de trato agradable y sugestiva por sus actos.

Ella besa al hombre con su boca y le acaricia la barba, le abraza con sus brazos y le rasca detrás de las orejas como este desea que lo haga; en suma, ella hace miles de cosas que no son nada desdeñables.

Se mantiene muy cerca de él o a una modesta distancia —según su estado de ánimo—, y cuando se dedica a sus negocios, no le molesta, sino que entretanto lo elogia fuera y dentro de la casa; pues ella no permite que nadie le censure y alaba todo lo que hace.

Pero lo más placentero es la deliciosa constitución física de su suave cuerpo, que la naturaleza ha hecho tan distinto del nuestro dándole un aparente aspecto humano que obra maravillas en un matrimonio feliz y esconde en realidad el hechizo más artero de todos.

Pero ¿por qué parloteo como un tonto, yo que estoy en el umbral de la muerte?

¡Cómo se va a fijar un hombre sabio en tales nimiedades!

¡Perdone, señor Pineiss, y córteme la cabeza!

Mas Pineiss gritó con brusquedad:

—¡Detente, parlanchín! Dime, ¿dónde está esa mujer? ¿Y tiene diez mil guldens de oro?

—¿Diez mil guldens de oro? —dijo Espejo.

—¡Vamos! —gritó Pineiss con impaciencia—. ¿No acabas de hablar de ello?

—No —respondió aquel—. ¡Ese es otro asunto! ¡Están sepultados en cierto lugar!

—¿Y qué hacen allí, a quién pertenecen? —gritó Pineiss.

—No pertenecen a nadie. ¡Esa es la carga que llevo sobre mi conciencia, pues debería haberlos puesto a salvo!

En realidad pertenecen a aquel que se case con una persona semejante a la que acabo de describir.

Pero ¿cómo reunir tres cosas tales en esta ciudad impía: diez mil guldens de oro, una mujer de su casa sabia, hermosa y buena, y un hombre prudente y honrado?

De ahí que en realidad mi culpa no sea excesivamente grande, pues lo que se me pidió que hiciera era demasiado difícil para un pobre gato.

—¡Si ahora te desvías del asunto y no me lo explicas en orden y de una manera comprensible, de momento te corto la cola y las dos orejas! ¡Ahora empieza!

—Puesto que lo ordena, le contaré el asunto por completo —dijo Espejo sentándose, relajado, sobre sus patas traseras—, aunque esta demora solo aumenta mis sufrimientos.

Pineiss clavó el afilado cuchillo en el suelo, entre él y Espejo, y se sentó con curiosidad en un tonelillo para escuchar mejor. Espejo prosiguió:

—Usted sabe, señor Pineiss, que la persona de bien que era mi difunta ama murió sin casarse como una solterona que en silencio hizo mucho bien y no se enemistó con nadie.

Pero en su vida no fue todo siempre tan silencioso y tranquilo, y aunque nunca tuvo mal humor, una vez causó mucho daño y sufrimiento.

En su juventud fue la muchacha más hermosa de los alrededores, y los señores jóvenes y los atrevidos oficiales artesanos del lugar o los que pasaban de camino hacia otra parte se enamoraban de ella y querían desposarla.

Ella deseaba casarse y tomar como marido a un hombre honrado e inteligente.

Y tenía dónde elegir, pues tanto los nativos como los forasteros se la disputaban, y más de una vez se batieron con las espadas para hacerse con la primacía.

A su alrededor se congregaba toda clase de pretendientes: audaces y temerosos, astutos y sinceros, ricos y pobres; algunos poseedores de un buen negocio honrado y otros que, como caballeros, vivían plácidamente de sus rentas.

Cada uno tenía sus méritos: unos eran elocuentes o discretos, el uno era alegre y amable y el otro parecía atesorar dentro de sí algo más de lo que su apariencia algo simple prometía; en suma, la muchacha contaba con un surtido tan perfecto de pretendientes como solo una mujer casadera puede desear.

Solo que, aparte de su belleza, poseía una bonita fortuna de muchos miles de guldens de oro, y estos fueron la causa de que ella no consiguiera nunca decidirse y tomar un marido, pues administraba su patrimonio con suma prudencia e inteligencia y le concedía un gran valor.

Y como el ser humano siempre juzga a los otros por sus propias inclinaciones, sucedió que ella, en cuanto se le acercaba un pretendiente digno de atención que le gustase un poco, se imaginaba que la quería solo por su fortuna.

Si era rico, creía que no la querría si no fuese rica también, y en cuanto a los más pobres, estaba absolutamente segura de que solo tenían la mira puesta en los guldens de oro y que pensaban darse la buena vida con ellos.

»Y la pobre muchacha, que tanto valor otorgaba a las posesiones terrenales, no estaba dispuesta a distinguir entre el amor al dinero y a los demás bienes que mostraban sus pretendientes y el amor a ella misma; y si existió algún caso de amor realmente interesado, tampoco estaba dispuesta a hacer la vista gorda y perdonarlo.

Más de una vez se comprometió, y su corazón parecía latir finalmente con más fuerza; pero súbitamente creía descubrir a partir de algún rasgo que había sido traicionada y que el pretendiente en cuestión no pensaba más que en su fortuna.

Sin demora rompía entonces el compromiso y se retractaba llena de dolor, pero inflexible.

Probaba de mil formas a todos los que no le disgustaban, de manera que se precisaba una gran destreza para no caer en la red.

Al final ya no había ninguno que pudiera acercarse a ella con alguna esperanza, salvo los más astutos y osados.

Por tanto, al final la elección se volvió realmente difícil por estas razones, ya que tales hombres terminaban por despertar una desapacible inquietud y dejaban a la bella en la más penosa incertidumbre cuanto más astutos y diestros eran.

»El método principal para probar a sus admiradores consistía en hacer que demostraran su desinterés por el dinero, y todos los días los sometía a grandes tareas, sugiriéndoles hacer costosos regalos y realizar obras benéficas.

Pero, hicieran lo que hicieran, nunca acertaban; pues, aunque se mostraran generosos y caritativos, celebraran espléndidas fiestas, ofrecieran regalos o le confiaran considerables sumas de dinero para los pobres, ella decía repentinamente que todo ello lo hacían para pescar el salmón con un gusanito, o para dorarle la píldora, como suele decirse.

Y ella distribuía los regalos y el dinero que le había sido confiado entre los monasterios y las obras de caridad, y daba de comer a los pobres; pero rechazaba sin compasión a los defraudados pretendientes.

Pero, aunque se mostraran estos reservados o simplemente tacaños, la vara de la justicia se doblaba sobre ellos, pues ella se tomaba esto peor todavía, creyendo reconocer en su actitud una pura e indigna falta de caridad.

Así, sucedió que ella, que tan solo buscaba un corazón puro rendido a su persona, se vio rodeada al final por pretendientes taimados, astutos y egoístas a los que no soportaba y que le amargaban la existencia.

»Un día se sintió tan triste y desconsolada que los expulsó de su casa, que luego cerró para viajar a Milán, donde vivía una prima suya.

Al cabalgar en un asno por el San Gotardo, su ánimo era tan negro y terrible como las escarpadas rocas que se alzaban hasta el cielo desde los abismos.

Sintió entonces la fuerte tentación de precipitarse desde el Puente del diablo a las embravecidas aguas del Reuss.

Solo con un gran esfuerzo consiguieron las dos doncellas que llevaba consigo (y que yo mismo conocí, aunque hace tiempo que murieron) y el guía calmarla y disuadirla de su lúgubre arrebato.

Sin embargo, llegó, pálida y triste, a ese hermoso país que es Italia.

Mas por muy azul que fuera el cielo, sus oscuros pensamientos no querían aclararse.

Después de haber pasado algunos días en la casa de su prima, comenzó a sonar en ella, inesperadamente, una melodía muy distinta, naciendo una primavera de la que ella había sabido muy poco hasta entonces.