ESPEJO, EL GATITO Gottfried Keller #3
—¿Qué es esto, Espejo? ¿Por qué no comes los deliciosos platos que te preparo y sirvo con tanto cuidado y esmero?
¿Por qué no coges los pájaros asados de los árboles, por qué no buscas los apetitosos ratoncitos en las oquedades de las montañas?
¿Por qué has dejado de pescar en el lago?
¿Por qué no te cuidas? ¿Por qué no duermes en los almohadones?
¿Por qué te fatigas y no engordas para mí?
—¡Ah, señor Pineiss! —dijo Espejo—. ¡Porque me siento mejor de esta manera! ¿No puedo emplear mi breve plazo de vida de la manera que me resulte más agradable?
—¡Cómo! —gritó Pineiss—. ¡Debes vivir de forma que no te agotes y te pongas gordo!
¡Me doy perfecta cuenta de que quieres escapar!
¿Piensas burlarte de mí y darme largas, dejándote corretear en este estado intermedio?
¡No te saldrás con la tuya! ¡Tu deber es comer y beber y cuidarte hasta que te pongas gordo y críes manteca!
Por tanto, ¡renuncia al instante a esta traidora frugalidad contraria a nuestro contrato o tendremos unas palabras!
Espejo interrumpió su placentero ronroneo (que él había comenzado para mostrar su serenidad) y dijo:
—¡En el contrato no se dice palabra de que tenga que renunciar a la frugalidad y a un modo de vida sano!
Si el señor brujo mayor de la ciudad contaba con que yo sería un holgazán glotón, ¡eso no es culpa mía!
Usted hace mil cosas buenas durante el día, así que añada otra y permanezcamos en buenos términos.
¡Usted sabe bien que mi manteca solo le será útil si la obtiene por medios legales!
—¡Calla, charlatán! —gritó Pineiss, enojado—. ¿Quieres aleccionarme? ¡Muéstrame cuánto has engordado! ¡Quizá pueda acabar pronto contigo!
Cogió al gatito de la barriga, solo que este sintió un cosquilleo desagradable y arañó al mago en la mano con sus afiladas garras. Pineiss miró con atención al gato, y a continuación habló así:
—¿Con esas estamos, bestia? ¡Pues bien, entonces declaro solemnemente, en virtud del contrato, que estás lo bastante gordo!
¡Me doy por satisfecho con el resultado y sabré cómo obtenerlo!
Dentro de cinco días será luna llena, y hasta entonces podrás disfrutar de tu vida como está escrito, ¡pero ni un minuto más!
Al decir estas palabras le dio la espalda y lo dejó con sus pensamientos.
E stos eran ahora bastante graves y sombríos.
¿Así que se acercaba la hora en la que el buen Espejo debería dejar su piel?
Y, con toda la inteligencia que tenía, ¿no había nada más que hacer?
Entre suspiros subió al tejado, cuyas cimas destacaban, oscuras, en el hermoso cielo nocturno del verano.
Cuando la luna se situó encima de la ciudad, arrojando su resplandor sobre las tejas negras y cubiertas de musgo del viejo tejado, llegó a los oídos de Espejo una armoniosa canción, y una gatita blanca como la nieve pasó, radiante, por la cima de un tejado vecino.
Al instante olvidó Espejo la perspectiva de su muerte, que pendía sobre su vida, y respondió con la más hermosa canción gatuna a las notas entonadas por la bella.
Corrió a su lado y no tardó en entablar una violenta pelea con tres gatos forasteros a los que derrotó con ímpetu y valor.
Después le hizo la corte a la dama, ardiente y rendido, y pasó con ella los días y las noches sin pensar en Pineiss o dejarse ver por la casa.
Cantó como un ruiseñor durante las noches de luna, y persiguió a la blanca amada por los tejados y los jardines, y más de una vez rodó por altos tejados y cayó a la calle durante apasionados juegos amorosos o en la lucha con los rivales; pero solo para volver a levantarse, sacudirse el pelaje y reanudar la salvaje caza de sus amores.
Las horas silenciosas y ruidosas, los dulces sentimientos y la furiosa lucha, las amenas conversaciones, el ingenioso intercambio de ideas, los enredos y vacilaciones del amor y los celos, las caricias y las riñas, la violencia de la felicidad y el sufrimiento de la desdicha no dejaron que Espejo se recuperara, y cuando la tajada de la luna se volvió llena, todas estas emociones y pasiones le habían dejado tan maltrecho que parecía más lastimero, delgado y descompuesto que nunca antes.
En ese mismo instante le llamó Pineiss desde una torrecilla del tejado:
—¡Espejito, Espejito! ¿Dónde estás? ¡Ven un momento a casa!
Entonces se despidió Espejo de su blanca amiga —que, satisfecha e indiferente, siguió su camino maullando— y se dirigió con orgulloso talante a donde estaba su verdugo. Este bajó a la cocina, se deslizó con el contrato en la mano y dijo:
—¡Ven, Espejito! ¡Ven, Espejito!
Y Espejo le siguió y se sentó con altivez en la cocina del brujo ante él, mostrando toda su delgadez y desaliño. Cuando Pineiss observó de qué vergonzosa manera le había privado de su ganancia, saltó como un poseso y gritó con ira:
—¿Qué veo? ¡Bribón, pícaro sin conciencia! ¿Qué me has hecho?
Fuera de sí por la cólera, agarró una escoba y quiso golpear a Espejito; pero este encorvó su negro lomo, erizó los cabellos —sobre los que chisporroteaba una luz pálida—, echó las orejas hacia atrás, bufó y sus ojos centellearon con tanta ferocidad al mirar al viejo que este, lleno de miedo y espanto, retrocedió tres pasos.
Empezó a temer que tuviera delante a un brujo que se burlaba de él y con más poder que él mismo. Inseguro y en un susurro, dijo:
—¿Es tal vez el honorable señor Espejo del oficio?
¿Podría haber deseado un sabio mago disfrazarse de esta figura externa y disponer a su gusto sobre su aspecto físico, engordando no más de lo que cree conveniente, ni mucho ni poco, y quedándose de repente tan flaco como un esqueleto, para escapar así de la muerte?
Espejo se tranquilizó y habló con sinceridad:
—¡No, no soy ningún mago! Es solo el dulce poder de la pasión el que me ha hecho caer tan bajo y se ha llevado para mi satisfacción su manteca.
Si, por lo demás, queremos ahora comenzar de nuevo nuestro negocio, ¡aceptaré y comeré bien!
¡Sírvame solo una salchicha frita grande y apetitosa, pues estoy muy cansado y hambriento!
Al decir estas palabras, Pineiss cogió con ira a Espejo por el cuello, lo encerró en el corral para los patos —que siempre estaba vacío— y gritó:
—¡Ahora comprobarás si tu dulce poder de la pasión puede volverte a ayudar o si es más fuerte que el poder de la brujería y de mi justo contrato! Ahora te digo: ¡Come pájaros y muere!
En ese mismo instante asó una larga salchicha que desprendía un olor tan apetitoso que no se pudo contener y lamió un poco los dos extremos antes de introducirla por la reja.
Espejo la devoró entera, y mientras se limpiaba placenteramente los bigotes y lamía su pelo, se dijo a sí mismo: «¡Por mi alma!
¡El amor es una buena cosa! Por esta vez él me ha vuelto a librar de un peligro.
Ahora quiero serenarme un poco y esforzarme por volver a pensar de manera razonable mediante el recogimiento y una buena alimentación.
¡Todo tiene su tiempo! Hoy un poco de pasión, mañana un poco de reflexión y tranquilidad; cada una es buena a su manera.
Esta prisión no está tan mal y seguramente me permitirá pensar algo beneficioso».
Pero Pineiss se calmó y preparó todos los días con su arte tales delicias y con tal variedad y provecho, que el encarcelado Espejo no se pudo resistir.
Y es que la reserva de Pineiss de manteca de gato obtenida de manera voluntaria y legítima disminuía cada día y amenazaba con desaparecer, por lo que el brujo sería un hombre derrotado sin este ingrediente básico.
Pero el bueno del brujo, al alimentar el cuerpo de Espejo, alimentaba también su espíritu, y de ningún modo parecía que fuera a librarse de esta incómoda situación, por lo que su brujería también demostró en esto ser defectuosa.
Cuando finalmente le pareció que Espejo, encerrado en su jaula, estaba lo suficientemente gordo, no se demoró más, sino que dispuso ante los ojos del atento gato toda su batería de cocina para cocinar la ganancia tanto tiempo anhelada.
Entonces afiló un gran cuchillo, abrió la prisión (después de haber cerrado la puerta de la cocina) y dijo con buen humor:
—¡Vamos, amigo mío! ¡Te cortaré primero la cabeza y luego te despellejaré! Con tu piel me haré una gorra calentita, ¡algo en lo que yo, ingenuo de mí, no había pensado! ¿O te despellejo primero y luego te corto la cabeza?
—No, si le da igual —dijo Espejo con sumisión—, prefiero que me corte primero la cabeza.
—¡Tienes razón, pobre! —dijo el señor Pineiss—. No quiero hacerte sufrir sin necesidad. ¡Hagamos solo lo que es justo!
—¡Ha dicho la verdad! —dijo Espejo con un lastimero suspiro y ladeó la cabeza con resignación—.
¡Oh! Si hubiera hecho siempre lo correcto y no me hubiera olvidado de una manera tan irreflexiva de una cosa tan importante, podría morir con mejor conciencia, pues muero de buen grado; pero una injusticia me hace difícil una muerte que de otro modo hubiera sido bien recibida.
Pues ¿qué me ofrece la vida? ¡Nada más que miedo, preocupación y pobreza y, para variar, una tempestad de destructivas pasiones que son aún peores que el callado miedo que me hace temblar!
—¡Vamos! ¿Cuál es esa injusticia, cuál ese asunto tan importante? —preguntó Pineiss con curiosidad.
—¡Ah, de qué sirve hablar ahora! —suspiró Espejo—. ¡Lo pasado pasado está y ahora es demasiado tarde para arrepentirse!