ESPEJO, EL GATITO Gottfried Keller #2
—¿Obtener el premio? —dijo el brujo, asombrado—. El premio lo disfrutarás desde luego al saborear los opíparos platos suculentos con los que te engordaré, ¡eso es evidente! ¡Pero no quiero obligarte a cerrar el trato!
E hizo ademán de querer marcharse de allí. Pero Espejo se apresuró a decir, angustiado:
—Me debe conceder, al menos, un plazo aceptable a partir del instante en que alcance mi máxima redondez y gordura, para que no muera tan de repente cuando aquel momento agradable y ¡ah! tan triste llegue.
—¡Sea! —dijo el señor Pineiss con aparente generosidad—. Hasta la siguiente luna llena podrás disfrutar de tu agradable estado, ¡pero no más! Pues no resultará con la luna en cuarto menguante, ya que esta ejercería un influjo pernicioso sobre mis bienes legítimos, haciéndolos desaparecer.
El gatito se apresuró a aceptar y firmó con su fina letra, última posesión y símbolo de tiempos mejores, un contrato que el brujo por si acaso había llevado consigo.
—¡Ahora podrás acudir a casa para el almuerzo, gato! —dijo el mago—. ¡Comemos a las doce en punto!
—Estaré dispuesto cuando usted lo permita —dijo Espejo. Y se presentó puntualmente a la hora del almuerzo en la casa del señor Pineiss.
Allí comenzó durante algunos meses una vida en extremo agradable para el gato, pues no tenía nada que hacer en el mundo salvo comer las cosas buenas que se le servían, contemplar las artes del brujo cuando lo deseaba y pasear por el tejado.
Este se parecía a un gigantesco campanario negro o a un sombrero de tres picos, como se llama a los grandes sombreros de los campesinos suabos.
Y, al igual que un sombrero semejante cubre un cerebro lleno de ardides y artimañas, así este tejado cobijaba una casa oscura y sinuosa llena de hechizos e historias diabólicas.
El señor Pineiss podía hacer de todo: ejercía cientos de oficios, pues curaba a la gente, exterminaba las chinches, extraía dientes y prestaba dinero a interés; se hacía cargo de todos los huérfanos y viudas y en sus ratos de ocio cortaba plumas que vendía a un penique la docena; vendía jengibre y pimienta, grasa para carros y caramelo, hebillas y tachuelas de zapatos; reparaba el reloj del campanario, confeccionaba el calendario con la previsión del tiempo y las normas para los campesinos y una tabla con los días más favorables para realizar sangrías.
Realizaba mil cosas buenas a pleno día por un precio razonable y otras malas solo al oscurecer y por afición personal; o también le añadía a las buenas, antes de despacharlas, un pequeño apéndice de maldad, tan pequeño como las colitas de los renacuajos, solo para dotarlas de cierta gracia.
Aparte, predecía el tiempo en las épocas difíciles, vigilaba con su arte a las brujas y, cuando estaban maduras, las hacía quemar; particularmente, ejercía la brujería solo como ensayo científico y para uso doméstico, y clandestinamente probaba y tergiversaba las leyes de la ciudad —que él había redactado y puesto en limpio— para averiguar su perdurabilidad.
Como los seldwylianos necesitaban siempre un ciudadano tal que hiciera por ellos todas las cosas fastidiosas grandes y pequeñas, lo nombraron brujo de la ciudad, cargo que ocupaba desde hacía muchos años y que desde un principio ejerció con incansable entrega y habilidad.
De ahí que su casa estuviese repleta de arriba abajo de todas las cosas imaginables, de manera que Espejo podía divertirse examinándolo y olfateándolo todo.
Sin embargo, al principio no prestaba atención a nada más que a la comida.
Se tragaba con avidez todo lo que Pineiss le servía, y durante un tiempo no deseó nada más.
De esta manera sobrecargó su estómago, por lo que tuvo que ir al tejado a morder las hierbas verdes que allí crecían y curarse, así, de toda suerte de indisposiciones.
Cuando el maestro se percató de esta avidez, se alegró y pensó que el gatito no tardaría en ponerse gordo, y que cuantas más energías dedicara al asunto, más tiempo y más dinero ahorraría en general.
Así, construyó para Espejo una auténtica campiña en su habitación, en la que plantó un bosquecillo de abetos, colocó pequeñas colinas de piedras y musgo y abrió un pequeño lago.
En los arbolitos puso alondras, pinzones, herrerillos y gorriones ligeramente asados, según la estación del año, de manera que Espejo siempre encontraba algo que coger y morder.
En las montañitas construyó ratoneras artificiales en las que introdujo ratones deliciosos que él había cebado cuidadosamente con harina de trigo y que después había destripado, mechado con tiras de tocino y asado.
Algunos de estos ratones los podía sacar Espejo con la patita, mientras que otros, para su mayor placer, estaban escondidos más en el fondo, pero atados con un hilo del que tenía que tirar con cuidado Espejo cuando quería disfrutar de la diversión de una caza simulada.
Pineiss llenaba todos los días el cauce del lago con leche fresca para que Espejo saciara en el dulce líquido su sed, e hizo que nadasen en él gobios asados, pues sabía que a los gatos también les gusta a veces la pesca.
Pero como ahora vivía Espejo en la opulencia, y podía hacer y dejar de hacer, comer y beber cuanto quería y cuando le apetecía, su cuerpo comenzó a experimentar un visible cambio favorable: su piel volvió a ser suave y lustrosa y sus ojos más vivos; y, al mismo tiempo, adquirió mejores costumbres, pues sus facultades intelectuales volvieron a concentrarse.
Así, su voracidad se aplacó, y dado que ahora tenía tras de sí una triste experiencia, se volvió más prudente que antes.
Sus deseos se moderaron y dejó de comer como había convenido, a la vez que se había vuelto a dedicar a reflexiones razonables y profundas y volvía a examinar las cosas con minuciosidad.
Así, un día cogió de las ramas una bonita codorniz, y al trincharla con talante pensativo, encontró que su estómago, redondo como una esfera, estaba lleno de alimentos frescos y enteros.
Hierbas verdes enrolladas con mucho gusto, semillas negras y blancas y una resplandeciente baya roja estaban allí mezcladas de una manera tan graciosa y compacta como si una madre hubiera llenado el zurrón de su hijo con provisiones para el viaje.
Cuando Espejo comenzó a consumir lentamente el pájaro, de manera que aquel estómago tan bien lleno colgaba ahora de su pezuña, se entregó a reflexiones filosóficas y le conmovió el destino del pobre pájaro, el cual, tras haber despachado sus quehaceres en paz, hubo de abandonar su vida tan rápidamente que no pudo digerir tan siquiera las cosas consumidas.
«¿Qué ha hecho para merecer esto», se dijo Espejo, «él, que se alimentó con tanta dedicación y diligencia como se ve en esta bolsita, que refleja una jornada bien cumplida?
Esta baya roja lo ha llevado desde los espaciosos bosques hasta las redes del cazador.
Sin embargo, pensaba hacer sus cosas mejor todavía y prolongar su vida con tales bayas, mientras que yo, que acabo de comerme al infeliz pájaro, ¡solo me lo he comido para acercarme un paso más a la muerte!
¿Se puede firmar un contrato más miserable y cobarde: dejar que se prolongue la vida aún por un momento, para después perderla a este precio?
¿No hubiera preferido un gato decidido una muerte voluntaria y rápida?
Pero no he pensado en ello, y ahora que lo hago no veo ante mí nada más que el destino de esta codorniz.
Cuando esté lo suficientemente gordo deberé morir por ninguna razón más que porque estoy gordo.
¡Bonita razón para todo un señor gato lleno de vida y de ideas!
¡Ah, si pudiera escapar de esta trampa!».
En ese instante se enfrascó en múltiples meditaciones para ver cómo podría escapar; pero, como el momento del peligro no había llegado todavía, no lo vio claro y no encontró ninguna salida.
Sin embargo, como un hombre prudente se consagró entretanto a la virtud y al autodominio, que son siempre la mejor escuela preparatoria y la mejor manera de emplear el tiempo hasta decidirse por algo.
Rechazó los blandos almohadones que Pineiss había dispuesto para él, prefiriendo volver a yacer en estrechas cornisas y en lugares altos y peligrosos cuando deseaba reposar.
De la misma manera, rechazó los pájaros asados y los ratones mechados y prefirió cazar en los tejados, puesto que ahora volvía a tener un coto de caza.
Así, con astucia y destreza atrapaba a algún sencillo gorrión vivo, o daba caza en los graneros a algún ágil ratón.
Tales presas le sabían mucho mejor que las piezas asadas del parque artificial de Pineiss, al tiempo que no le hacían engordar demasiado; también el movimiento y la audacia, así como el renovado uso de la virtud y la filosofía impidieron que engordara con demasiada rapidez, de manera que Espejo parecía ahora sano y resplandeciente.
Sin embargo, para asombro de Pineiss, se mantenía en un cierto nivel de obesidad, que no alcanzaba el que el brujo, con su paciente engorde, perseguía; pues este se imaginaba a un animal orondo y pesado que no se moviera de los almohadones y que estuviera relleno de pura manteca.
Pero en esto había errado su brujería y con toda su astucia no sabía que, cuando se da forraje a un asno, este permanece siendo un asno; ni que, cuando se alimenta a un zorro, este no se convierte en nada más que en un zorro.
Pues cada criatura se desarrolla a su propia manera.
Cuando el señor Pineiss descubrió que Espejo se mantenía siempre en el mismo punto de una esbeltez bien alimentada, pero ágil y vigorosa, sin alcanzar una gordura suficiente, comenzó a hablar inesperadamente una noche y le dijo con aspereza: