Las mejores historias sobre gatos ESPEJO, EL GATITO Gottfried Keller
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ESPEJO, EL GATITO Gottfried Keller

Cuando un seldwyliano ha hecho un mal negocio o ha sido embaucado, se dice en Seldwyla: «¡Le ha comprado la manteca al gato!

». Este refrán se usa también, desde luego, en otros lugares, pero en ninguno se lo oye tan a menudo como allí, lo que quizá se explica porque en esta ciudad existe una vieja fábula acerca del origen y el significado de este refrán.

Se cuenta que hace varios cientos de años vivía en Seldwyla una anciana cuyo único compañero era un hermoso gato gris y negro, un gato muy alegre y listo que vivía con ella y que no hacía daño a nadie que le dejase tranquilo.

La caza era su única pasión, que él satisfacía sin embargo con inteligencia y moderación, sin que la circunstancia de que esa pasión tenía un fin útil y complacía a su ama lo llevara a justificarse y dejarse arrastrar en exceso por la crueldad.

De ahí que solo apresara y matara a los ratones más molestos y audaces que pisaban una determinada zona de la casa, y a estos los cazaba entonces con una acreditada destreza.

Solo en raras ocasiones perseguía a algún ratón especialmente avispado que hubiera despertado su cólera fuera de esta zona, y en tales casos solicitaba con cortesía a los vecinos permiso para practicar un poco la caza de ratones en sus casas.

Se le concedía este permiso de buen grado, ya que dejaba intactas las jarras de leche y no saltaba sobre los jamones que colgaban de las paredes, sino que se dedicaba a sus quehaceres de una manera silenciosa y meticulosa hasta que, una vez cumplidos, se alejaba como es debido, con el ratoncito en la boca.

El gatito tampoco era arisco ni travieso, sino manso con todo el mundo, y no huía de las personas razonables; antes bien, permitía que estas se divirtieran con él tocándole las orejas sin arañarlas; en cambio, no consentía lo más mínimo a los hombres estúpidos, cuya estupidez procedía, según opinaba, de un corazón inmaduro y malo.

Cuando se encontraba con estos, se apartaba de su camino, o les asestaba un zarpazo en la mano si le molestaban con su grosería.

Espejo —pues así se llamaba el gatito debido a su piel lisa y lustrosa— pasaba así sus días con espíritu sereno y contemplativo, en medio de un lujo decente carente de presunción.

No se sentaba con demasiada frecuencia sobre los hombros de su ama para arrebatarle el bocado del tenedor, salvo cuando notaba que esto le complacía.

Tampoco era frecuente que se tumbara para pasar el día durmiendo en su cálido cojín detrás de la estufa, sino que se mantenía despierto y prefería recostarse sobre una estrecha barandilla o en el canalón para abandonarse a reflexiones filosóficas o a la contemplación del mundo.

Tan solo cada primavera y verano se interrumpía esta vida reposada durante toda una semana, cuando las violetas florecen o el tibio calor del veranillo de san Miguel imita la época de las violetas.

Entonces seguía Espejo su propio camino, corría con entusiasmo de enamorado por los tejados más lejanos y cantaba las canciones más hermosas.

Como un verdadero Don Juan, corría de día y de noche las más arriesgadas aventuras, y cuando por casualidad se dejaba ver por la casa, aparecía con un aspecto tan campechano y jovial, pero tan descuidado y desaliñado, que la callada persona que era su ama sin poder contenerse le increpaba: «¡Pero Espejo!

¿No te avergüenzas de llevar una vida semejante?

». Pero quien no se avergonzaba era Espejo; como hombre de principios que sabe perfectamente que puede permitirse tan benéfico cambio en sus costumbres, se ocupaba en silencio de restaurar la suavidad de su piel y la inocente viveza de su aspecto, y se llevaba con tanta naturalidad la patita húmeda al hocico como si no hubiera pasado nada.

Pero esta vida equilibrada tuvo un repentino y triste final.

Cuando el gatito Espejo estaba en la flor de la vida, su ama murió inesperadamente de vejez, dejando al lindo gatito huérfano y sin dueña.

Fue la primera desgracia que le sucedió, y con agudos gemidos —que tan hondamente expresan la inquietante duda acerca de la causa real y verdadera de un gran dolor— acompañó al cadáver hasta la calle y pasó el resto del día deambulando, desorientado, por la casa y alrededor de ella.

Sin embargo, su buena naturaleza, su razón y su filosofía no tardaron en aconsejarle que se resignara, soportara lo inevitable y demostrara a su ama muerta su apego por la casa ofreciendo sus servicios a los risueños herederos de aquella y preparándose para ayudarles con palabras y hechos.

Así, mantendría lejos a los ratones y, además, hablaría con ellos de cuando en cuando, algo que aquellos necios no hubieran rechazado de no ser tan insensatos.

Pero esta gente no dejó que Espejo hablara, sino que cada vez que se dejaba ver le arrojaban a la cabeza las zapatillas y el bonito reposapiés de la difunta.

Además, durante ocho días estuvieron peleándose, iniciaron finalmente un proceso y cerraron la casa hasta nueva orden, de modo que ahora ya nadie vivía allí.

Allí se sentaba ahora el pobre Espejo, triste y abandonado, en el escalón de piedra que hay delante de la puerta de la casa, sin nadie que le dejase entrar.

Por las noches daba rodeos, introduciéndose en la casa por el tejado.

Al principio se ocultaba allí durante la mayor parte del día, intentando alejar sus preocupaciones durmiendo.

Sin embargo, el hambre no tardó en empujarle hacia la luz, impulsándole a aparecer bajo el cálido sol y entre la gente para acudir al instante siempre que hubiera la posibilidad de hacerse con algo para comer.

Comoquiera que esto sucedía cada vez con menor frecuencia, el buen gatito fue incrementando su atención, hasta que todas sus cualidades morales quedaron absorbidas por aquel estado de alerta, de manera que no tardó en dejar de parecer el mismo.

Realizó numerosas excursiones desde la puerta de su casa y se adentró a hurtadillas en las calles para regresar a veces con un mal bocado, poco apetitoso, que en otra época ni hubiera mirado, y a veces con nada en absoluto.

Cada día se volvía más flaco y desaliñado, además de ávido, servil y pusilánime; todo su valor, su graciosa dignidad gatuna, su razón y su filosofía desaparecieron.

Cuando los chicos salían de la escuela, se arrastraba hasta un escondido rincón tan pronto como les oía llegar, y se limitaba a mirar hacia abajo para estar al acecho por si alguno de ellos arrojaba quizá un cuscurro de pan, reteniendo en la memoria el lugar en el que había caído.

Cuando veía acercarse de lejos al peor de los perros, se escapaba a toda prisa dando saltos, él, que en otra época había encarado los peligros y a menudo había castigado con valentía a los perros malos.

Solo permanecía sentado cuando se acercaba un hombre vulgar y simple, del que en otra ocasión hubiera huido prudentemente, aunque el pobre gatito reconocía muy bien al granuja con los restos de su conocimiento humano; solo la necesidad impulsó a Espejito a engañarse y esperar que el desgraciado hiciera una excepción por una vez y le acariciara amistosamente brindándole un bocado.

E, incluso, cuando en lugar de esto le golpeaban o le tiraban de la cola, no arañaba, sino que inclinaba la cabeza en silencio hacia un lado y miraba anhelante la mano que le había golpeado y tirado de la cola y que olía a salchichas o a arenques.

Una vez llegado el refinado e inteligente Espejo a tal estado de degradación, se sentó un día, muy flaco y triste, en su piedra, parpadeando bajo el sol.

Entonces apareció en el camino Pineiss, el brujo mayor de la ciudad, que vio al gatito y se detuvo ante él.

Esperando algo bueno, aunque conocía perfectamente bien al extraño, se sentó Espejito con sumisión en la piedra y esperó a ver lo que el señor Pineiss diría o haría.

Pero cuando este comenzó y dijo: «¡Bien, gato!

¿Puedo comprar tu manteca?», entonces perdió la esperanza, pues creyó que el brujo mayor de la ciudad quería burlarse de su delgadez.

Sin embargo, él replicó con humildad y una sonrisa para no enemistarse con nadie:

—¡Ah, el señor Pineiss quiere bromear!

—¡En absoluto! —gritó Pineiss—. ¡Lo digo completamente en serio!

Necesito especialmente la manteca de gato para la brujería; pero el querido señor gato me la debe ceder por contrato y voluntariamente, ya que de lo contrario no resulta eficaz.

Creo que si existe un valiente gatito que se encuentra en la situación de cerrar un trato ventajoso, ¡ese eres tú!

Entra a mi servicio; te cebaré como a un señor, te haré engordar con salchichitas y codornices asadas hasta que parezcas una bola.

En el alto tejado de mi casa (del que, a propósito, se dice que es el más exquisito tejado del mundo para un gato, lleno como está de interesantes rincones y lugares por explorar) crece sobre las alturas más soleadas una hierba excelente, verde como la esmeralda, una hierba delgada y fina que se mece con el viento, invitándote a mordisquear los brotes más tiernos y a saborearla cuando mis golosinas te hayan producido indigestión.

¡Así permanecerás con una salud excelente y me suministrarás un día una manteca abundante y aprovechable!

Hacía un buen rato que Espejo había aguzado las orejas y escuchado atentamente con la boca hecha agua; sin embargo, todavía el asunto no resultaba claro a su mente debilitada, por lo que replicó:

—Hasta aquí no me parece mal, señor Pineiss, siempre que me expliquéis cómo, una vez os entregue mi manteca, obtendré el premio prometido y podré disfrutarlo, si para ello he de sacrificar mi vida.