Las mejores historias sobre gatos ESPECIALMENTE, LOS GATOS Doris Lessing #2
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ESPECIALMENTE, LOS GATOS Doris Lessing #2

De pequeña, nuestra gata nunca dormía fuera de una cama.

Esperaba a que yo me hubiera acostado y entonces se paseaba por encima de mí, estudiando las posibilidades del terreno.

Luego se metía bajo las sábanas y se colocaba a mis pies, o encima de mi hombro, o se deslizaba bajo la almohada.

Si me movía demasiado, cambiaba malhumoradamente de sitio, haciéndome sentir su descontento.

Cuando hacía la cama, no le importaba que la dejara dentro; y le gustaba quedarse entre las mantas, formando un bultito visible, a veces durante horas y horas. Si acariciabas el bulto, ronroneaba y maullaba. Pero solo la necesidad la impulsaba a salir de allí.

El bultito se desplazaba entonces hasta el borde de la cama y, allí, titubeaba un instante.

Luego quizá se oyera un maullido desesperado mientras caía al suelo.

Herida en su dignidad, se apresuraba a darse unos lametazos mirando airadamente con sus ojos ambarinos a los testigos, y ay de ellos si se les ocurría reírse.

Después, consciente de sí misma hasta la punta del último pelo, se dirigía a ocupar el centro de la escena.

Había llegado el momento de comer con muchos remilgos y mohines. O el de utilizar su cajón de arena, todo un espectáculo de finura. O el de componer su ocre pelaje. O bien era el momento de jugar, si es que tenía público, pues de otro modo no le interesaba.

Era arrogante como una chica guapa sabedora de que su belleza es su única virtud; su cuerpo y su rostro en pose constante, siguiendo las indicaciones de un director de escena que parecía llevar dentro; y sus poses le valían como disfraz: no, no, si yo soy así, pechos provocativos, ojos huraños y amenazadores siempre pendientes de la admiración que trataba de despertar.

Tenía la gata esa edad a la que, si hubiera sido una jovencita, habría usado la ropa y el peinado como si fueran armas, segura, eso sí, de que en cualquier momento podía volver a ser la niña consentida de siempre al cansarse de su nuevo papel; se lucía y se pavoneaba por toda la casa, dejando que la mimasen, y después, fatigada y un tanto irascible, se ocultaba entre las hojas de un periódico o detrás de un almohadón y, desde allí, contemplaba el mundo a salvo.

Su gracia más lograda, a la que recurría sobre todo para que le hicieran caso, era tenderse de espaldas bajo un sofá y, clavando en él las garras, arrastrarse con rápidos y precisos impulsos, deteniéndose para ladear su elegante cabecita y, con los ambarinos ojos entornados, esperar que le llovieran elogios.

«¡Qué gatita tan guapa! ¡Animalito maravilloso!

¡Qué monada!» Entonces pasaba al siguiente número de la representación.

A veces se tumbaba boca arriba sobre una superficie adecuada como la alfombra amarilla o un almohadón azul y comenzaba a rodar sobre sí misma despacio, con las patas dobladas y la cabeza echada hacia atrás, exhibiendo el pecho y la tripa de color canela salpicados de tenues manchas oscuras, como las que adornan el pelaje de los leopardos, de los que parecía una refinada subespecie.

«¡Gatita guapa, pero que guapísima eres!

». Y estaba dispuesta a continuar rodando y rodando hasta que cesaran las alabanzas.

Otras veces se sentaba en el porche trasero; nunca sobre la mesa, que no tenía ningún adorno; escogía un banquito con tiestos de barro llenos de narcisos y jacintos.

Y allí, entre los tallos coronados de flores azules y blancas, posaba hasta que reparaban en ella y la admiraban.

Naturalmente, no era solo nuestra admiración la que buscaba, sino también la del viejo gato reumático que, cual siniestro recordatorio de una vida mucho más dura, se paseaba por el jardín sobre la tierra todavía cubierta de escarcha.

El gato divisaba tras los cristales a una hermosa gata adolescente.

Al verlo, ella erguía la cabeza hacia un lado y hacia otro; arrancaba con los dientes un trocito de jacinto y lo tiraba al suelo; se lamía el pelaje al desgaire; después, lanzando hacia atrás una mirada insolente, saltaba al suelo y entraba en casa, ocultándose de su vista.

Cuando subía por las escaleras en brazos o sobre el hombro de alguien, echaba un vistazo por la ventana y miraba al pobre animal, tan quieto que llegábamos a pensar que debía de haberse quedado tieso de frío.

Luego lo veíamos asearse bajo el sol algo más cálido del mediodía y nos tranquilizábamos.

Nuestra gata lo observaba a veces desde la ventana; mas para ella la vida aún no tenía más complicaciones que buscar una cama, un almohadón o una persona sobre la que acurrucarse.

Llegó la primavera, la puerta trasera se abrió y, a Dios gracias, la caja de arena se hizo innecesaria porque la gatita tomó posesión del jardín. Ya había cumplido los seis meses y, desde el punto de vista de la naturaleza, se había desarrollado por completo.

Era en aquel entonces un animal precioso, perfecto; aún más hermoso que aquella otra gata que, muchos años atrás, me llevó a jurar que nunca habría quien la igualara.

Y, en realidad, seguía sin tener rival, pues la personalidad de aquella gata era puro tacto, delicadeza, cordialidad y elegancia…

y por ello, como dicen los cuentos y los refranes, hubo de morir joven.

Nuestra gata, la princesa, era y sigue siendo preciosa, pero, se mire por donde se mire, es un animal egoísta.

Las tapias del jardín se llenaron de gatos.

Primero ocupó su puesto el melancólico gato del invierno, rey de los jardines traseros.

A continuación, el apuesto gato blanco y negro de los vecinos, que, a juzgar por su aspecto, debía de ser hijo del primero.

Llegaron también un macho atigrado cubierto de cicatrices de viejas batallas y otro gris y blanco que nunca descendía de la tapia, tan seguro estaba de que saldría derrotado en cualquier pelea.

Y por último un deslumbrante joven semejante a un tigre que despertaba a todas luces la admiración de nuestra gatita.

Pero en vano; el viejo rey no había sido derrocado.

Cuando la princesa salía a pasear con la cola muy tiesa, aparentando indiferencia hacia todos pero sin quitarle ojo al apuesto y joven tigre, este saltaba de la tapia para acercarse a ella, pero bastaba que el gato del invierno cambiara de postura sin moverse de sitio para que el joven volviera a ponerse a salvo sobre la tapia. Y así transcurrieron varias semanas.

Entretanto, H. y S. venían a visitar a su perdida mascota. S. comentaba que era terriblemente injusto que la princesa no tuviera libertad de elección; y H. opinaba que las cosas eran tal y como debían ser: toda princesa ha de tener un rey, por muy viejo y feo que sea.

—Tiene tanta dignidad, tanta presencia —decía H.—, y al sobrellevar con nobleza el largo invierno, se ha ganado con creces a la guapa gatita.

Por entonces ya habíamos bautizado al gato feo con el nombre de Mefistófeles, aunque supimos que en su casa lo llamaban Billy.

A nuestra gata le habíamos puesto diversos nombres sin que ninguno llegara a cuajar.

Melisa y Franny; Marilyn y Safo; Circe, Ayesha y Suzette.

Pero al hablar con ella, en nuestras charlas amorosas, maullaba, ronroneaba y arrullaba en respuesta a las sílabas arrastradas de adjetivos como «guaaapa», minina «preciooosa».

Un fin de semana muy caluroso, el único que recuerdo de aquel verano desagradable, la gatita se puso en celo.

H. y S. vinieron a comer con nosotros el domingo. Nos sentamos en el porche trasero a contemplar cómo la naturaleza obraba a su antojo. Sin plegarse a nuestros designios. Ni tampoco a los de nuestra gata.

Hacía ya un par de noches que nuestro jardín era un campo de batalla donde se libraban espeluznantes combates; los gatos aullaban, gritaban y gemían.

Y, mientras tanto, sentada a los pies de mi cama, la minina gris escrutaba la oscuridad con las orejas enhiestas, agitadas, e iba comentando los acontecimientos con sutiles movimientos de la punta del rabo.

Aquel domingo solo Mefistófeles estaba a la vista.

La gatita gris se revolcaba con entusiasmo por todo el jardín.

Se acercó a nosotros, rodó sobre sí misma alrededor de nuestros pies y los mordisqueó.

Trepó a toda velocidad al árbol del fondo del jardín y bajó corriendo al suelo.

Se revolcó, gritó, lanzó llamadas, provocó.

—Es la exhibición de lascivia más lamentable que he visto en la vida —dijo S. mirando a H., que continuaba enamorado de nuestra gata.

—Pobre gatita —replicó H.—. Si yo fuera Mefistófeles, no se me ocurriría tratarte tan mal.

—¡Qué asco, H.! —le acusó S.—, nadie me creería si lo contara. Si ya lo decía yo, eres un asqueroso.

—Conque ya lo decías tú, ¿eh? —repitió H., acariciando a la extática gata.

Era un día muy caluroso, bebimos mucho vino durante la comida y el juego amoroso prosiguió durante toda la tarde.

Al final, Mefistófeles bajó de la tapia y se dirigió hacia donde la gatita gris se contorsionaba y se revolcaba… pero, ¡ay!, desperdició la oportunidad.

—Dios mío —se lamentó H., que estaba sufriendo de verdad—. Eso es realmente imperdonable.

S. observaba angustiada los tormentos de nuestra gata y, una y otra vez, expresaba en voz alta y en tono dramático sus dudas con respecto a que el sexo valiera la pena.

—Mirad eso —decía—, igual que nosotros. Así somos nosotros.

—Nosotros no somos así en absoluto —replicaba H.—. Es Mefistófeles el que es así. Se merece que le peguen un buen tiro.

—Pégale un tiro ahora mismo —exclamamos todos—; o al menos enciérralo para darle una oportunidad al joven tigre de los vecinos.

Pero al apuesto gato joven no se le veía por ningún lado.

Continuamos bebiendo vino; el sol seguía brillando; nuestra princesa danzaba, rodaba, subía y bajaba del árbol y, cuando las cosas al fin se pusieron a punto, el viejo rey la montó una y otra vez.

—Aquí el único problema es —apuntó H.— que le saca demasiados años.

—¡Ay, Dios mío! —exclamó S.—, voy a llevarte a casa ahora mismo. Si te quedas aquí, estoy convencida de que acabarás por hacerle el amor a la gata.

—Ojalá pudiera —dijo H.—. Qué animal tan exquisito, qué criatura tan maravillosa, qué princesa; ese gato no se la merece, me está poniendo enfermo.

Al día siguiente regresó el invierno; el jardín estaba húmedo y frío; la gata gris volvió a sus desdenes y a sus caprichos. Y el viejo rey se tumbó en la tapia del jardín bajo la persistente lluvia inglesa, todavía victorioso, a la espera.