ESPECIALMENTE, LOS GATOS Doris Lessing
Me mudé a una casa en pleno territorio gatuno.
Es un barrio de casas viejas con angostos jardines tapiados.
Por nuestras ventanas traseras se divisan una docena de tapias en una dirección y otra docena de tapias en dirección contraria, de todos los tamaños y alturas.
Árboles, hierba, arbustos. Hay un pequeño teatro con tejados a distintas alturas.
Aquí los gatos están en su elemento. Siempre se les ve sobre las tapias, los tejados y en los jardines, llevando una complicada existencia secreta, como las vidas de los chavales de barrio, regidas por unas normas particulares e inimaginables que los adultos nunca aciertan a descubrir.
Sabía que acabaríamos teniendo un gato en casa.
Tal como se sabe que si tu casa es demasiado grande al final llegará alguien a instalarse en ella, hay ciertas casas que no se conciben sin un gato.
Durante algún tiempo espanté a diversos gatos que se acercaban a husmear, queriendo averiguar qué tipo de sitio era aquel.
Aquel invierno tuve ocasión de instruirme más sobre las asombrosas penalidades a las que se someten voluntariamente los ingleses.
Las casas de ese barrio londinense son en su mayoría de protección oficial y, al cabo de solo una semana de frío, las cañerías se habían helado y habían reventado, dejando cortado el suministro.
Nada se hizo por remediar la situación. Las autoridades abrieron una boca de riego en una esquina y durante varias semanas mis vecinas se dirigían allí provistas de jarras y latas, recorriendo en zapatillas las aceras cubiertas de fango helado para coger agua.
Calzaban zapatillas para que no se les enfriasen los pies.
En ningún momento se retiró el fango ni el hielo de las aceras.
Las mujeres abrían el grifo, que se estropeó unas cuantas veces, y comentaban que llevaban una semana, dos…
y hasta tres, cuatro y cinco semanas sin más agua caliente que la que hervían en la cocina.
Como es natural, no había ni que pensar en darse un baño caliente.
Cuando les preguntabas por qué no se quejaban, dado que, al fin y al cabo, estaban pagando un alquiler y también pagaban por el suministro de agua fría y caliente, respondían que el ayuntamiento ya estaba al tanto de la situación de las cañerías pero no había hecho nada al respecto.
El ayuntamiento había señalado que estaban atravesando una racha de frío; y ellas convenían en que era un diagnóstico acertado.
Hablaban con voz lúgubre, pero se sentían plenamente realizadas, tal como se siente esta nación cuando sufre las consecuencias de un cataclismo que podría haberse evitado con suma facilidad.
Un anciano, una mujer de mediana edad y un niño pequeño pasaron los días de aquel invierno en la tienda de la esquina.
Allí las cámaras frigoríficas creaban un ambiente más gelido que el impuesto por los rigores de una temperatura inferior a los cero grados; la puerta estaba siempre abierta sobre la nieve acumulada en la calle.
No había calefacción de ningún tipo. El anciano sufrió un ataque de pleuresía y estuvo hospitalizado un par de meses.
Cada vez más debilitado, hubo de vender la tienda la primavera siguiente.
El niño pasaba el día llorando de frío acurrucado sobre el suelo de cemento y recibía bofetones de su madre, quien, ataviada con un vestido de lana ligero, calcetines de hombre y un jersey fino, atendía desde detrás del mostrador comentando la horrible situación mientras las lágrimas y los mocos resbalaban por su rostro y los dedos se le cubrían de sabañones.
Nuestro anciano vecino, que trabajaba de recadero en el mercado, resbaló en el hielo a la entrada de su casa, se lesionó la espalda y pasó varias semanas viviendo del subsidio de desempleo.
En aquella casa con nueve o diez habitantes, incluidos dos niños, el único sistema para combatir el frío era una estufa con una sola resistencia eléctrica.
Tres de ellos acabaron hospitalizados, uno con neumonía.
Entretanto las tuberías seguían reventadas y envueltas en melladas estalactitas, las aceras continuaban siendo pistas de patinaje, y las autoridades persistían en no hacer nada.
Como es lógico, en los barrios de clase media la nieve se retiraba de las calles en cuanto caía y las autoridades atendían a los enardecidos ciudadanos que reclamaban sus derechos y amenazaban con demandar al ayuntamiento.
En nuestro barrio, la gente sufrió los efectos de las nevadas hasta la llegada de la primavera.
Rodeados de seres humanos tan afectados por las inclemencias del invierno como los cavernícolas de hace diez mil años, las peculiaridades de un viejo gato que escogió un tejado helado para pasar la noche quedaron relegadas a un segundo plano.
Mediado aquel invierno, a unos amigos nuestros les ofrecieron una gatita.
Era de una pareja amiga suya cuya gata siamesa se había quedado preñada de un gato callejero, unión de la que nacieron unos híbridos retoños que estaban regalando.
El piso de nuestros amigos es minúsculo y ambos trabajan de sol a sol; pero se quedaron prendados de la gatita nada más verla.
Durante el primer fin de semana la alimentaron a base de sopa de langosta de lata y de mousse de pollo, y sus noches de pareja muy bien avenida se vieron turbadas por el animalillo, que solo podía dormir bajo la barbilla de H.
, el hombre, o al menos pegada a su cuerpo.
S., la mujer, nos comunicó por teléfono que la minina le estaba arrebatando el afecto de su marido, tal y como le ocurre a la esposa del cuento de Colette.
En lunes se fueron a trabajar dejando a la gatita en casa y, al regresar, la encontraron triste y llorosa después de haber pasado todo el día sola.
Nos amenazaron con traérnosla. Y cumplieron su amenaza.
La gatita tenía seis semanas y era un animalito de cuento, encantador y delicado, cuyos genes siameses se revelaban en la forma de la cabeza, las orejas y el rabo, así como en su fina constitución.
Tenía el lomo atigrado: por arriba y por detrás solo se veían sus hermosas rayas grises y de color crema.
Pero por delante y por abajo su pelaje era típicamente siamés, de un color dorado ahumado, ocre siamés, con franjas negras discontinuas en el cuello.
Sus facciones estaban perfiladas en negro: finos anillos oscuros alrededor de los ojos, vistosas vetas oscuras en las mejillas, un morrito ocre y con la punta rosa rodeada de negro.
Vista de frente cuando se sentó con las delgadas patas estiradas, era una criatura bella y exótica.
Había tomado asiento en medio de nuestra alfombra amarilla, rodeada por cinco adoradores que no le inspiraban el menor miedo.
Después echó a andar majestuosamente por el piso de arriba, lo inspeccionó centímetro a centímetro, se subió a mi cama, se delizó bajo un pliegue de la sábana y allí se acomodó, sintiéndose en casa.
S. se marchó con H. diciendo:
—Os la hemos dejado muy a tiempo; habría terminado por perder a mi marido.
Y él se marchó refunfuñando y asegurando que no había sensación más exquisita que ser despertado por el delicado tacto de una lengüecita rosa en la cara.
La gatita bajó dando tumbos por los escalones, cada uno de los cuales doblaba su altura: primero las patas delanteras y luego, plof, las traseras; las delanteras y, plof, las traseras.
Inspeccionó la planta baja, desdeñó la comida de lata que le ofrecimos y exigió a maullidos que le preparásemos un cajón con arena.
Rechazó un cajón con serrín, mas con su melindrosa actitud nos dio a entender que estimaba aceptables los trozos de papel de periódico si no había nada mejor a mano.
Y no lo había, dado que la tierra del jardín se había petrificado con el frío.
No estaba dispuesta a tomar comida de gatos enlatada. Por ahí no iba a pasar. Y yo no estaba dispuesta a alimentarla a base de sopa de langosta y pollo. La carne picada de vaca nos permitió llegar a un acuerdo.
Nuestra gata siempre ha sido tan exigente con la comida como un solterón amante de la buena mesa.
Y ha ido empeorando con los años. Ya de pequeña demostraba su mal humor, su alegría o sus intenciones de enfurruñarse a través de lo que comía, lo que dejaba de comer y lo que comía a medias.
Sus hábitos alimenticios constituyen un elocuente lenguaje.
Pero quizá su problema deriva de que la separaron demasiado pronto de su madre.
Si los expertos en gatos me permiten una respetuosa sugerencia, les díría que tal vez se equivocan al afirmar que un gatito puede vivir sin su madre en cuanto cumple seis semanas.
Nuestra gata tenía exactamente seis semanas, ni un día más, cuando la apartaron de su madre.
Sus remilgos con respecto a la comida se basan en la hostilidad y desconfianza neuróticas que los alimentos inspiran a los niños que malcomen.
Nuestra gata sabía que tenía que alimentarse, y se alimentaba, pero nunca ha disfrutado con la comida ni ha comido solo por el placer de comer.
Además comparte otras características con las personas que no han recibido suficiente cariño de sus madres.
Ha conservado hasta el día de hoy la costumbre de meterse instintivamente bajo un periódico doblado, en una caja o en una cesta…
o en cualquier cosa que le ofrezca abrigo, protección.
Es más; es muy susceptible y se siente ofendida y se enfurruña por cualquier motivo. Y es tremendamente cobardica.
Los gatitos que viven con su madre hasta las siete u ocho semanas de edad comen sin problemas y tienen confianza en sí mismos. Pero, como es natural, no resultan tan interesantes.