LA HISTORIA DE WEBSTER P. G. Wodehouse #5
—Lancelot Mulliner —dijo—, tienes que tomar una decisión.
O te decides por mí o por Brenda Carberry-Pirbright.
Yo te ofrezco un hogar donde podrás fumar en la cama, tirar la ceniza al suelo, estar todo el día en pijama y en zapatillas de cuadros y afeitarte solo los domingos por la mañana.
¿Qué puedes esperar de ella? Una casa en South Kensington, tal vez en Brompton Road, una casa que probablemente tendrás que compartir con su madre.
Una vida que será una serie interminable de cuellos duros, zapatos apretados, trajes de etiqueta y sombreros de copa —Lancelot se estremeció, pero ella prosiguió implacable—.
Recibirás visitas un jueves sí y otro no, y tendrás que ofrecer sandwiches de pepino a los invitados.
Sacarás de paseo al perro todas las mañanas, hasta que te conviertas en paseador de perros diplomado.
Saldrás a cenar en Bayswater e irás de veraneo a Bournemouth o a Dinard.
¡Piénsatelo bien, Lancelot Mulliner! Voy a dejarte para que lo medites.
Pero antes te diré una última cosa. Si a las siete y media exactas no te presentas en el número 6 de Garbidge Mews, sabré qué pensar y actuaré en consecuencia.
Y quitándose la ceniza de cigarrillo que tenía en la barbilla, la muchacha salió altivamente de la habitación.
—¡Gladys! —gritó Lancelot.
Pero ella se había marchado.
Lancelot Mulliner se quedó unos minutos sin moverse, aturdido.
Después, recordó con apremio que no se había tomado el trago que tanto deseaba.
Se precipitó hacia el armario y sacó una botella.
La descorchó y, cuando estaba sirviéndose una generosa ración, algo se movió en el suelo, a sus pies, y atrajo su atención.
Webster estaba a su lado, mirándolo. Y en sus ojos vio la conocida expresión de silencioso reproche. «No es precisamente lo que acostumbraba ver en el deanato», parecía decirle.
El joven pintor se quedó paralizado. La sensación de estar atado de pies y manos, de estar atrapado en un cepo sin escapatoria posible, se tornó más fuerte que nunca.
La botella se le escurrió de los fláccidos dedos y rodó por el suelo, formando un río ambarino al derramar su contenido; pero tan abatido estaba el muchacho que ni siquiera lo advirtió.
Con un gesto como el que podría haber esbozado Job al descubrir que le había salido un forúnculo más, cruzó la estancia en dirección a la ventana y quedóse mirando hacia fuera con melancolía.
Después, al darse la vuelta exhalando un suspiro, volvió a ver a Webster… y fue una visión que lo dejó fascinado.
El espectáculo que se desarrollaba ante sus ojos habría dejado estupefacto a un hombre más fuerte que Lancelot Mulliner.
En un principio, se negó a dar crédito a sus ojos.
Después, poco a poco, comprendió que lo que veía no era un mero producto de su enfermiza imaginación.
Aquel hecho increíble estaba ocurriendo en la realidad.
Webster se había acurrucado junto al creciente charco de whisky. Mas ni el horror ni el asco le habían llevado a acurrucarse. Había adoptado esa postura porque le permitía acercarse más al líquido derramado y actuar con mayor eficacia. Su lengua entraba y salía de su boca como un pistón.
Luego, durante un instante fugaz, el gato dejó de pegar lametazos, levantó la vista hacia Lancelot y en su cara apareció una animada sonrisa…
tan cordial, tan íntima y tan cargada de jovial camaradería que el joven se sorprendió devolviéndole la sonrisa de manera automática, y no solo sonrió, también le guiñó el ojo.
Y Webster le respondió haciéndole a su vez un guiño…
tan entusiasta y pícaro que expresaba, como si lo hubiera dicho con palabras: «¿Cuánto tiempo llevaba perdiéndome esto? ».
Después, hipando discretamente, volvió a aplicarse a la tarea de beber el whisky antes de que lo absorbiera el suelo.
Un súbito raudal de luz alumbró el lóbrego ánimo de Lancelot Mulliner.
Fue como si le hubieran quitado un gran peso de encima.
La intolerable obsesión de la que había sido víctima durante las dos últimas semanas cesó de oprimirlo y se sintió un hombre libre.
La pena le había sido conmutada en el último instante.
Webster, el supuesto baluarte de la austeridad y la virtud, era, al fin y al cabo, un camarada más.
Lancelot no volvería a acobardarse bajo su mirada. Lo había pescado in fraganti .
Como un soltero a la hora del crepúsculo, Webster ya había saciado su sed.
Se había apartado del charco de alcohol para echar a andar, lento y meditabundo, formando círculos.
De vez en cuando maullaba con indecisión, como si quisiera decir «Constitución británica».
Por lo visto, su incapacidad para articular las sílabas le hacía gracia, pues concluía todos los intentos emitiendo una risita lenta y regocijada.
En una de esas, de pronto inició una danza rítmica, no muy distinta de la antigua zarabanda.
Era un espectáculo interesante que, en cualquier otro momento, Lancelot se habría detenido a contemplar extasiado.
Pero justo entonces estaba muy ocupado escribiendo una breve nota a la señora Carberry-Pirbright, en la que en esencia le comunicaba que, si había creído que iba a acercarse si quiera a un kilómetro de distancia de su apestosa mansión aquella noche o cualquier otra, había subestimado ampliamente las capacidades evasivas de Lancelot Mulliner.
¿Y qué había sido de Webster? El demonio del alcohol lo tenía en sus poderosas garras.
Toda una vida de abstinencia lo había convertido en víctima fácil del fatídico fluido.
Y ya había llegado a la fase en que la cordialidad da paso a la beligerancia.
La sonrisa un tanto tontorrona que antes animara su rostro había sido sustituida por un gesto combativo.
Se incorporó durante un instante sobre sus patas traseras, mirando en derredor a la busca de un adversario digno; después, todo rastro de sangre fría perdido, dio cinco vueltas a la habitación corriendo a toda velocidad y, al chocar con un pequeño escabel, lo atacó con desmedida ferocidad, sin escatimar mordiscos ni zarpazos.
Pero Lancelot no estaba allí para verlo. Ya había salido a Bott Street y estaba llamando a un taxi.
—A Garbidge Mews, 6 A, Fulham —le dijo al taxista.