Las mejores historias sobre gatos LA HISTORIA DE WEBSTER P. G. Wodehouse #4
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LA HISTORIA DE WEBSTER P. G. Wodehouse #4

—Extremadamente malo —opinó Scollop.

—Parece increíble.

—Ah, no. Por desgracia, los casos de este tipo no son en absoluto infrecuentes entre aquellos que, como Mulliner, están dotados de un desarrollado temperamento artístico, muy inquieto y ultrasensible.

Un amigo mío, un decorador de interiores rítmico, aceptó imprudentemente en cierta ocasión acoger al loro de su tía en su estudio, mientras ella se iba al norte de Inglaterra a visitar a unos amigos.

La tía era una mujer de poderosas convicciones evangélicas y el pájaro también se había imbuido de ellas.

Tenía la costumbre de ladear la cabeza, emitir un ruido semejante al que se hace al descorchar una botella y preguntarle a mi amigo si se había ganado la salvación.

Resumiendo una larga historia: casualmente fui a verlo un mes después y había instalado un armonio en su estudio; estaba cantando himnos, antiguos y modernos, con su potente voz de tenor mientras el loro, a la pata coja sobre su percha, hacía la voz baja.

Un asunto muy triste. Todos lo sentimos mucho.

Worple se estremeció.

—¡Me dejas de piedra, Scollop! ¿No hay nada que podamos hacer?

Rodney Scollop meditó un instante.

—Podríamos enviarle un cable a Gladys Bingley pidiéndole que regrese de inmediato.

Es posible que ella haga entrar en razón a nuestro desdichado amigo.

La suave influencia de una mujer… Sí, podemos hacer eso.

De camino para casa, entra en correos y mándale un telegrama a Gladys.

Te dejo a deber la mitad de lo que te cueste.

En el estudio de donde se habían marchado, Lancelot Mulliner contemplaba con cara alelada una silueta negra que acababa de entrar. Daba la impresión de que se sentía entre la espada y la pared.

—¡No! —exclamó—. ¡No! ¡Tendría que estar loco para hacerlo!

Webster continuó observándolo.

—¿Por qué habría de hacerlo? —inquirió Lancelot débilmente.

El gato siguió mirándolo sin parpadear.

—Bueno, de acuerdo —concedió Lancelot en tono sombrío.

Salió de la estancia con paso plomizo, se dirigió a su dormitorio y se puso un traje de mañana y un sombrero de copa.

Después, con una gardenia en el ojal, se encaminó al número 11 de Maxton Square, donde la señora Carberry-Pirbright celebraba una de sus reunioncitas íntimas («solo con un puñado de amigos») para presentar a Clara Throckmorton Stooge, autora de El beso de un hombre fuerte .

Gladys Bingley estaba almorzando en el hotel de Antibes donde se había hospedado cuando recibió el telegrama de Worple, que la llenó de terrible inquietud.

No logró deducir de qué se trataba el asunto exactamente, ya que la emoción había llevado a Bernard Worple a expresarse con harta incoherencia.

En algunos momentos, al leer el telegrama, Gladys imaginaba que Lancelot había sufrido un grave accidente; en otros, el mensaje parecía ser que se le había retorcido el cerebro hasta el punto de que diversos manicomios rivales se habían lanzado a una ávida competición para atraérselo como cliente; pero en otros momentos se diría que Worple insinuaba que Lancelot se había asociado con su gato para montar un harén.

En cualquier caso, algo estaba claro. Su amado se había metido en graves apuros y sus mejores amigos compartían la opinión de que solo el regreso inmediato de Gladys podría salvarlo.

La muchacha no vaciló. Media hora después de haber recibido el telegrama ya había hecho el equipaje, se había quitado un trozo de espárrago de la ceja derecha y había emprendido las negociaciones necesarias para viajar en el primer tren que se dirigiera al norte.

Al llegar a Londres, su primer impulso fue encaminarse directamente a casa de Lancelot. Pero la natural curiosidad femenina la incitó a visitar antes a Bernard Worple para que le aclarase los pasajes más abstrusos del telegrama.

Si, en calidad de escritor, Worple había tendido hacia la oscuridad, cuando se restringió al uso de la palabra hablada narró una historia sencilla con claridad y precisión.

Cinco minutos en su compañía bastaron para que Gladys comprendiera a la perfección los hechos fundamentales; en su rostro se pintó entonces esa expresión lúgubre y taciturna que solo se ve en el semblante de una novia que acaba de descubrir al regreso de unas breves vacaciones que, en su ausencia, su amado se ha desviado de la recta y estrecha senda de la virtud.

—Conque Brenda Carberry-Pirbright, ¿eh? —dijo Gladys con ominosa calma—.

¡Le voy a dar yo a él Brenda Carberry-Pirbright!

Dios mío, si una no puede tomarse ni un respiro en Antibes sin que su prometido se lo tome a mal y comience a actuar como un viejo mormón.

Me está pareciendo que este mundo es muy duro para las mujeres.

El bondadoso Bernard Worple trató de arreglar las cosas.

—Yo creo que el gato está detrás de todo esto —dijo—. En mi opinión, Lancelot es más una víctima que un culpable. Considero que está actuando bajo una influencia maléfica o bajo coerción.

—¡Qué típico de un hombre! —exclamó Gladys—. ¡Cargarle el mochuelo a un gato inocente!

—Lancelot afirma que ese gato tiene un no sé qué especial en la mirada.

—Bueno, bueno, pues cuando Lancelot me vea a mí —replicó Gladys—, va a ver un no sé qué especial en mi mirada.

La muchacha se marchó en silencio, lanzando llamaradas por la nariz. Worple exhaló un suspiro y, tristemente, continuó esculpiendo una obra neovorticista.

Unos cinco minutos más tarde, al atravesar Maxton Square de camino hacia Bott Street, Gladys se detuvo en seco. Cualquier enamorada se habría detenido así al ver lo que ella había visto.

Dos figuras avanzaban por la acera en dirección al número 11 de la plaza en cuestión.

O más bien tres, contando al perro semidachshund de aspecto malhumorado que las precedía atado a una correa.

Una de las figuras era Lancelot Mulliner, elegantemente vestido con un traje de espiga de tweed gris y un sombrero de fieltro nuevo.

Era él quien llevaba la correa. Gracias al retrato que había visto en el caballete de Lancelot, Gladys supo que la otra figura era Brenda Carberry-Pirbright, esa M adame du Barry de nuestros tiempos, tristemente célebre destructora de hogares y sembradora de cizaña entre amantes felices.

Al cabo de un momento, el trío ascendió por los escalones del número 11 de Maxton Square y entró en la casa para tomar el té, probablemente amenizado con un poco de música.

Habría pasado una hora y media cuando Lancelot logró evadirse de aquella guarida de filisteos y, en un veloz taxi, se dirigió a su casa a toda prisa.

Como siempre que pasaba un rato largo mano a mano con la señorita Carberry-Pirbright, se sentía mareado y aturdido, como si hubiera estado nadando en un mar de pegamento y se hubiese tragado la mitad.

En su mente tan solo había una idea clara: quería tomar un trago y los materiales para prepararlo estaban en el armario situado detrás del sofá de su estudio.

Pagó al taxista y salió de estampida hacia el estudio, chasqueando la lengua reseca contra sus dientes frontales. Y de pronto, al entrar, vio ante él a Gladys Bingley, a quien suponía lejos, muy lejos de allí.

—¡Tú! —exclamó Lancelot.

—¡Sí, yo! —dijo Gladys.

La larga espera sufrida no había contribuido a restablecer la ecuanimidad de la muchacha.

Desde su llegada al estudio le había dado tiempo a golpetear la alfombra con el pie tres mil ciento cuarenta y dos veces, mientras la cuenta de las sonrisas amargas que habían cruzado por su rostro ascendía a novecientas once.

Estaba más que preparada para emprender la batalla del siglo.

La muchacha se levantó e hizo frente a Lancelot, fulminándole con una mirada a la que asomaba todo su carácter.

—¡Así que esas tenemos, Casanova! —dijo.

—¿Casa qué? —preguntó Lancelot.

—¡No te hagas el tonto conmigo! —gritó Gladys—.

Resérvate para cuando estés con tu Brenda Carberry-Pirbright.

¡Sí, lo sé todo, LancelotdonJuanEnriqueVIIIMulliner!

Acabo de verte con ella hace un rato. Me han contado que os habéis hecho inseparables.

Bernard Worple dice que estabas pensando casarte con ella.

—No deberías dar crédito a todo lo que te diga un escultor neovorticista —replicó Lancelot con voz trémula.

—Apuesto a que esta noche vas a volver allí a cenar —le acusó Gladys.

Había sido una acusación aventurada, sin otro fundamento que la forma posesiva de erguir la cabeza que había advertido en Brenda Carberry-Pirbright al verla en la calle.

Ahí va una muchacha, se había dicho Gladys, que acaba de invitar o está a punto de invitar a Lancelot Mulliner a cenar en la intimidad y, a continuación, a llevarla al cine.

Pero Gladys había dado en el clavo. Lancelot bajó la cabeza.

—Hemos hablado de ello —reconoció.

—¡Ah! —exclamó Gladys.

La mirada de Lancelot estaba cargada de ansiedad.

—No me apetece ir a cenar con ella —se defendió—. De verdad, no me apetece en absoluto. Pero Webster está empeñado en que vaya.

—¡Webster!

—Sí, Webster. Si trato de faltar a la cita, se sentará delante de mí mirándome fijamente.

—¡Buah!

—Lo hará, en serio. Pregúntaselo tú misma.

Gladys dio seis golpecitos sobre la alfombra en rápida sucesión, elevando el total a tres mil ciento cuarenta y ocho. Había cambiado de actitud y se la veía peligrosamente tranquila.