Las mejores historias sobre gatos LA HISTORIA DE WEBSTER P. G. Wodehouse #3
70%

LA HISTORIA DE WEBSTER P. G. Wodehouse #3

—Lo es. Y ¿quieres que te cuente algo más? Sobre la mesa tenía un libro abierto. Trató de esconderlo, pero no fue lo bastante rápido. ¡Era uno de esos libros sobre las reglas de la etiqueta!

—¡Un libro sobre las reglas de la etiqueta!

— Las buenas maneras , de Constance, lady Bodbank.

Worple se desenroscó un filamento suelto de espagueti de la oreja izquierda. Estaba muy agitado. Él también apreciaba mucho a Lancelot.

—¡Solo falta que se vista para cenar! —exclamó.

—Tengo buenas razones para pensar —apuntó Scollop con solemnidad— que ya se viste para cenar. O, al menos, el martes pasado se vio a un hombre muy parecido a él comprando furtivamente tres cuellos duros y una corbata negra en Hope Brothers, de King’s Road.

Worple empujó su silla hacia atrás y se levantó. Sus ademanes eran resueltos.

—Scollop —dijo—, tú y yo somos amigos de Mulliner. De lo que me has contado se desprende con claridad que está sometido a influencias subversivas y que nunca ha estado tan necesitado de nuestra amistad como en estos momentos. ¿Por qué no vamos a verlo ahora mismo?

—Es lo que estaba a punto de proponerte —repuso Rodney Scollop.

Veinte minutos más tarde llegaron al estudio de Lancelot y, con una mirada cómplice, Scollop llamó la atención de su compañero hacia la apariencia de su anfitrión.

Lancelot Mulliner estaba vestido de manera impecable, casi podría decirse que ostentosa, con un traje de sarga azul de perneras rayadas, y su tersa barbilla, según Worple comprobó angustiado, relucía a la luz de la tarde.

Al ver los puros de sus amigos, Lancelot dio inequívocas muestras de inquietud.

—Estoy seguro de que no os importará apagarlos —dijo en tono de súplica.

Rodney Scollop se irguió con cierta altanería y preguntó:

—¿Desde cuándo desdeñas los mejores cigarros de cuatro peniques que hay en Chelsea?

Lancelot se apresuró a calmarlo.

—No es por mí —exclamó—, sino por Webster. Mi gato. Sé que pone reparos al humo del tabaco. Yo he tenido que renunciar a mi pipa en deferencia a su forma de pensar.

Bernard Worple lanzó un bufido.

—¿Estás tratando de decirnos que Lancelot Mulliner permite que un condenado gato le dicte su conducta? —preguntó con sarcasmo.

—¡Calla! —gritó Lancelot, trémulo—. ¡Si supieras cómo censura el lenguaje malsonante!

—¿Dónde está el gato en cuestión? —quiso saber Rodney Scollop—. ¿Es ese el animal? —añadió, señalando por la ventana el rincón del patio donde un gato de aspecto rudo y orejas zarrapastrosas emitía broncos maullidos torciendo la boca.

—¡Santo cielo, no! —exclamó Lancelot—. Ese es un gato callejero que viene por aquí de vez en cuando para almorzar en el cubo de basura.

Webster es muy distinto. Está dotado de dignidad natural y de unos modales reposados.

Es un gato que tiene a gala estar siempre bien arreglado y cuyos elevados principios y encomiables ideales resplandecen a través de sus ojos como si de dos faros se tratasen —de pronto, sobrevino una súbita transformación en el comportamiento de Lancelot, que se vino abajo y añadió en voz baja—: ¡Maldito sea!

¡Maldito sea! ¡Maldito sea! ¡Maldito sea!

Worple miró a Scollop y Scollop miró a Worple.

—Vamos, camarada —dijo Scollop, posando suavemente la mano en el hombro hundido de Lancelot—. Somos tus amigos. Confía en nosotros.

—Cuéntanoslo todo —intervino Worple—. ¿Qué te ocurre?

Lancelot lanzó una carcajada lúgubre, siniestra.

—¿Queréis saber qué me ocurre? Pues escuchadme. ¡Me he convertido en un calzonazos felino!

—¿Un calzonazos felino?

—Ya sabéis que a un calzonazos lo domina su mujer, ¿no? —explicó Lancelot con cierta irritación—. Pues bien, a mí me domina mi gato.

Y con voz quebrada narró su historia. Hizo un resumen de sus tratos con Webster desde que este entrara por vez primera en su estudio. Recobrada la confianza al saber que el gato no lo oía, se desahogó sin reservas.

—Es algo que ese animal tiene en la mirada —dijo con voz trémula—, algo hipnótico.

Me hechiza. Me critica con la mirada. Poco a poco, paso a paso, estoy degenerando bajo su influencia, y del artista saludable y digno que era me estoy convirtiendo en…

bueno, no sé cómo expresarlo. Baste decir que he dejado de fumar, que ya no uso zapatillas de cuadros y que me paseo por casa vestido con un cuello duro; que ni se me ocurre sentarme a tomar mi frugal refrigerio nocturno sin haberme arreglado…

—se le ahogó la voz— y que he vendido mi ukelele.

—¡El ukelele no!

—Sí —repuso Lancelot—, me daba la impresión de que a Webster le parecía frívolo.

Se produjo un dilatado silencio.

—Mulliner —dijo Scollop—, esto es más serio de lo que imaginaba. Tenemos que reflexionar sobre tu problema.

—Tal vez encontremos una salida —concluyó Worple.

Lancelot sacudió la cabeza con desesperación.

—No hay salida posible. He analizado todas las posibilidades.

Lo único que podría liberarme de esta intolerable esclavitud sería sorprender al gato relajado al menos una vez, una sola vez.

Si en alguna ocasión, en una nada más, se desprendiera de su sobria dignidad en mi presencia, tan solo un instante, sentiría que el hechizo se deshacía.

Mas ¿qué esperanzas hay de que eso ocurra?

—exclamó Lancelot enardecido—. Acabáis de fijaros en ese gato callejero que está en el patio.

Pues bien, he ahí un ser que no ha escatimado esfuerzos y que se ha dejado los nervios intentando debilitar el inhumano dominio de sí mismo de Webster.

He oído cómo ese animal le decía unas cosas a mi gato que ningún felino con sangre en las venas habría soportado ni por un instante.

Pero Webster se limita a observarlo como un obispo sufragáneo miraría a un atolondrado niño de coro, vuelve la cabeza y descabeza un reconfortante sueñecito —se interrumpió emitiendo un sollozo áspero.

Worple, siempre optimista, trató de minimizar la tragedia con su característica afabilidad.

—Ah, bueno —dijo—. No está bien, desde luego, pero de todas formas supongo que afeitarse, vestirse para cenar y todo lo demás en realidad no hace ningún daño. Muchos grandes artistas… Whistler, por ejemplo…

—¡Un momento! —exclamó Lancelot—. Todavía no habéis oído lo peor.

Se levantó febrilmente y, dirigiéndose al caballete, destapó el retrato de Brenda Carberry-Pirbright.

—Echadle un vistazo —les pidió— y decidme qué os parece la retratada.

Sus dos amigos examinaron en silencio el rostro que tenían delante.

La señorita Carberry-Pirbright era una joven de aspecto recatado y glacial.

Uno se preguntaba en vano qué motivos podría haber tenido para desear que le pintaran un retrato.

Un cuadro así sería un objeto muy desagradable en cualquier casa.

Scollop rompió el silencio:

—¿Es amiga tuya?

—No soporto ni verla —repuso Lancelot con vehemencia.

—Entonces —dijo Scollop—, puedo hablar con franqueza. Me parece un petardo.

—Un coleóptero —opinó Worple.

—Un forúnculo y una peste —resumió Scollop.

Lancelot lanzó una carcajada desabrida.

—La habéis descrito en términos excesivamente halagüeños. Esa mujer representa cuanto está más apartado de mi espíritu artístico. No la aguanto. Voy a casarme con ella.

—¡Qué! —exclamó Scollop.

—Pero si vas a casarte con Gladys Bingley —le recordó Worple.

—Webster no es de esa opinión —les informó Lancelot con amargura—.

La primera vez que se vieron, mi gato sopesó a Gladys y la encontró deficiente.

Pero en cuanto vio a Brenda Carberry-Pirbright, levantó el rabo en ángulo recto, emitió un gargarismo cordial y frotó la cabeza contra su pierna.

Después dio media vuelta y me miró. Comprendí lo que me quería decir.

Entendí muy bien esa mirada. Desde entonces, ha hecho cuanto estaba a su alcance para concertar nuestra unión.

—Pero, Mulliner —terció Worple, siempre deseoso de mostrar el lado bueno de las cosas—, ¿por qué iba a querer esa muchacha casarse con un majadero miserable, despreciable y sin blanca como tú? Ten valor, Mulliner. Solo es cuestión de tiempo que se harte de ti y llegue a aborrecerte.

Lancelot meneó la cabeza.

—No —dijo—. Has hablado como un verdadero amigo, Worple, pero no lo comprendes.

Mamá Carberry-Pirbright, la madre de esta pieza, que la acompaña cuando viene a posar, descubrió muy al principio mi parentesco con mi tío Teodoro, quien, como sabéis, tiene dinero a espuertas.

Sabe perfectamente que algún día seré rico.

Conoció a mi tío Teodoro en la época en que él era vicario de la iglesia de St. Botolph, de Knightsbridge, y desde el primer momento adoptó hacia mí la repelente camaradería de una vieja amiga de la familia.

Siempre estaba tratando de atraerme a su casa en días de visita, a sus almuerzos dominicales, a sus pequeñas cenas.

En cierta ocasión incluso se atrevió a sugerir que las acompañara, a ella y a su repelente hija, a la Real Academia de las Artes —añadió, y lanzó una risa mordaz.

Los cáusticos alardes de ingenio que Lancelot Mulliner se permitía a costa de la Real Academia se comentaban desde Tite Street por el sur hasta Holland Park por el norte, y llegaban hasta Bloomsbury por el este.

—Yo me mantuve firmemente impasible ante todas esas insinuaciones —prosiguió Lancelot—.

Mi actitud fue desde el principio de frío distanciamiento.

Aunque no llegué a decir con palabras que preferiría verme muerto y tirado en la cuneta antes que en una de sus veladas, lo di a entender con mi comportamiento.

Y justo cuando comenzaba a creer que había logrado reducirla al silencio, Webster entró en escena y lo echó todo a perder.

¿Sabéis cuántas veces he estado en esa casa infernal durante la última semana?

Cinco. Lo he hecho por complacer a Webster.

Os digo que estoy perdido —escondió el rostro entre las manos.

Scollop tocó a Worple en el brazo y ambos salieron en silencio.

—¡Mal asunto! —dijo Worple.