Las mejores historias sobre gatos LA HISTORIA DE WEBSTER P. G. Wodehouse #2
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LA HISTORIA DE WEBSTER P. G. Wodehouse #2

—Entonces —dijo Gladys—, considera retiradas mis objeciones. Un cheque sustancioso de un amante de los gatos agradecido nos vendría al pelo, no cabe duda. Quizá podríamos casarnos este mismo año.

—Exacto —corroboró Lancelot—. Es una perspectiva aborrecible, desde luego; mas, ya que hemos convenido en casarnos, cuanto antes despachemos el asunto, mejor, ¿no te parece?

—Ciertamente.

—Entonces no hay más que hablar. Acepto la custodia del gato.

—Es la única salida posible —asintió Gladys—. Y ahora, ¿podrías dejarme un peine? ¿Es posible que tengas algo así en el dormitorio?

—¿Para qué quieres tú un peine?

—Me he pringado el pelo de sopa durante la comida. No tardaré ni un minuto.

Gladys se apresuró a salir y Lancelot cogió la carta otra vez y descubrió que había omitido la lectura de una posdata que estaba en el dorso de la página. Decía lo siguiente:

P. D.: Al instalar a Webster en tu casa, no me mueve el simple deseo de asegurarme de que mi fiel amigo y compañero esté adecuadamente atendido.

Tanto desde un punto de vista moral como edutativo, estoy convencido de que la compañía de Webster te resultará de inestimable valor.

Me atrevería incluso a afirmar que su llegada se convertirá en un punto de inflexión en tu vida.

Si, como imagino, estás continuamente maleándote entre bohemios inmorales y disolutos, encontrarás en este gato un ejemplo de conducta intachable que no podrá menos de actuar como antídoto para el veneno de las tentaciones que, sin duda, te salen al paso a cada momento.

P. D. 2 : Leche solo al mediodía y pescado no más de tres veces por semana.

Estaba el sobrino leyendo estas palabras por segunda vez cuando sonó el timbre de la puerta principal y, al abrirla, encontró en el rellano a un hombre cargado con una cesta.

Un discreto maullido procedente de la cesta reveló su contenido.

Lancelot la llevó a su estudio y cortó las cuerdas que la ataban.

—¡Eh! —vociferó acercándose a la puerta.

—¿Qué pasa? —berreó su amada desde arriba.

—Ha llegado el gato.

—Muy bien. No tardo ni un periquete.

Lancelot regresó al estudio.

—¡Hola, Webster! —dijo cordialmente—. ¿Cómo estás, muchacho?

El gato no respondió. Estaba sentado con la cabeza inclinada, lavándose y adecentándose, algo que es muy necesario después de un viaje en ferrocarril.

Con objeto de facilitar la operación de asearse, había levantado la pata izquierda y la sostenía en alto muy tiesa.

Entonces a Lancelot le vino a la memoria una vieja superstición que le había transmitido, por si le servía de algo, una de las niñeras de su infancia.

Si te acercas sigilosamente a un gato cuando tiene la pata levantada, le había dicho aquella mujer, y le pegas un tirón, podrás formular un deseo que se cumplirá al cabo de treinta días.

Era una idea atractiva y a Lancelot le pareció que la teoría bien merecía ser puesta a prueba. Así pues, avanzó cautelosamente y ya estaba extendiendo los dedos para pegar el tirón cuando Webster bajó la pata, se dio la vuelta y alzó la vista.

Se quedó mirando a Lancelot. Y, de pronto, este comprendió horrorizado que había estado a punto de tomarse una libertad imperdonable.

Hasta ese momento, y pese a que la posdata de la carta de su tío debería de haberlo puesto sobre aviso, Lancelot Mulliner no sospechaba qué clase de gato era aquel que había acogido en su casa. Por primera vez, lo miró fijamente y lo vio de pies a cabeza.

Webster era muy grande, muy negro y muy circunspecto.

Daba la impresión de ser un gato con profundas reservas.

Descendiente de un largo linaje de antecesores eclesiásticos cuyos decorosos noviazgos habían tenido lugar a la sombra de las catedrales y sobre las tapias traseras de los palacios obispales, estaba dotado de la exquisita elegancia que se observa en los altos dignatarios de la Iglesia.

Tenía la mirada clara y firme, y era una mirada que parecía traspasar al joven hasta llegar al fondo de su alma, generando en él un fuerte sentimiento de culpa.

Hacía muchos años, en su impetuosa infancia, mientras pasaba las vacaciones veraniegas en el deanato, cierto día a Lancelot se le subieron tanto a la cabeza la gaseosa de jengibre y el pecado original que le pegó un tiro en la pierna a un anciano canónigo con una escopeta de aire comprimido…

pero lo peor fue que, al dar media vuelta, descubrió que un arcediano que estaba de visita había presenciado todo el incidente desde cerca.

Y tal como se había sentido entonces cuando su mirada se cruzó con la del arcediano, volvía a sentirse ahora mientras Webster lo inspeccionaba silenciosamente con la mirada.

Cierto es que Webster no llegó a arquear las cejas. Pero a Lancelot le pareció que eso solo se debía a que no las tenía.

El joven dio un paso atrás y se sonrojó.

—¡Lo siento! —murmuró.

Hubo una pausa. Webster prosiguió su pausado escrutinio. Lancelot se fue alejando poco a poco hacia la puerta.

—Hummm… disculpa… en seguida vuelvo… —masculló. Y saliendo furtivamente de la estancia, echó a correr escaleras arriba muy aturdido.

—Oye —dijo al llegar arriba.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó Gladys.

—¿Ya no te hace falta el espejo?

—¿Por qué?

—Bueno, en fin… he pensado —repuso Lancelot— que podría darme un afeitado rápido.

La muchacha lo miró perpleja.

—¿Un afeitado? Pero si te afeitaste hace un par de días.

—Ya lo sé. Pero, a pesar de todo… digo yo que sería una muestra de respeto. Hacia el gato, quiero decir.

—¿Qué le pasa al gato?

—En cierto modo tengo la impresión de que espera que lo haga. No es que me haya dicho nada, ¿sabes?, pero se deduce de su actitud. He pensado darme un afeitado rápido y tal vez ponerme el traje de sarga azul…

—Seguramente tendrá sed. ¿Por qué no le das un poco de leche?

—¿Te parece adecuado? —preguntó Lancelot, indeciso—. Es que apenas si lo conozco —hizo una pausa—. Por cierto, amiga mía… —prosiguió en tono vacilante.

—¿Sí?

—Sé que no te va a importar que te lo diga: tienes unas cuantas manchas de tinta en la nariz.

—Claro que las tengo. Siempre tengo la nariz manchada de tinta.

—Bueno… ¿no te parece que… si te frotaras un poco con un trocito de piedra pómez…? Quiero decir, ya sabes que la primera impresión es muy importante…

La muchacha lo miró de hito en hito.

—Lancelot Mulliner —dijo—, si estás pensando que voy a despellejarme la nariz hasta el hueso solo para agradar a un gato sarnoso…

—¡Sh! —chistó Lancelot angustiado.

—Basta ya, voy a bajar a verlo —concluyó Gladys con aspereza.

Cuando volvieron a entrar en el estudio, Webster estaba contemplando con expresión de sosegado disgusto una ilustración de La Vie parisienne que adornaba una pared. Lancelot se apresuró a arrancarla.

Gladys dirigió a Webster una mirada cargada de animosidad.

—¡Así que aquí tenemos al latazo ese!

—¡Sh!

—Si quieres que te diga lo que pienso —dijo Gladys—, este gato está demasiado acostumbrado a la buena vida. Se ha puesto demasiado lustroso. Harás bien en recortar un poco sus raciones.

En esencia, a la crítica de la muchacha no le faltaba fundamento.

Ciertamente, en Webster se percibía algo más que un conato de redondez.

Tenía ese aire de majestuoso bienestar que asociamos con quienes habitan en los recintos catedralicios.

A pesar de ello, Lancelot hizo una mueca de desagrado.

Había puesto sus esperanzas en que Gladys causara buena impresión, y ahí la tenía, hablando sin el menor tacto desde el principio.

Ardía en deseos de explicarle a Webster que Gladys era así; que en los círculos bohemios que ella adornaba con su presencia, las pullas amables de índole personal no solo se aceptaban de buen grado, sino que incluso se celebraban con regocijo.

Pero era demasiado tarde. El daño ya estaba hecho.

Webster se volvió de espaldas ostentosamente y se retiró en silencio detrás del sofá.

Sin darse cuenta de nada, Gladys se preparaba para marcharse.

—Bueno, taruguito mío —dijo con ligereza—. Te veré dentro de tres semanas. Supongo que a ese gato y a ti os faltará tiempo para salir de farra en cuanto me dé la vuelta.

—¡Por favor! ¡Por favor! —gimió Lancelot—. ¡Por favor!

Había avistado la punta de un rabo negro asomando por detrás del sofá.

Estaba levemente crispada y Lancelot comprendió con toda claridad lo que eso significaba.

Con desolada consternación, supo que Webster se había formado un juicio apresurado de su prometida y la había condenado por ser una mujer frívola y carente de dignidad.

Habrían pasado unos diez días, cuando, comiendo en Puce Ptarmigan, Bernard Worple, el escultor neovorticista se encontró con Rodney Scollop, el joven y enérgico surrealista. Después de charlar un rato sobre sus obras de arte, Worple preguntó:

—¿Qué me dices de las historias que corren sobre Lancelot Mulliner? Según un rumor descabellado, se le ha visto afeitado a media semana. Supongo que no hay nada de cierto en ello, ¿verdad?

Scollop adoptó una expresión grave. Él mismo había estado a punto de mencionar a Lancelot, pues era un muchacho al que tenía en gran aprecio y sentía una profunda preocupación por él.

—Es absolutamente cierto —afirmó.

—Parece increíble.

Scollop se inclinó hacia delante. Su hermoso rostro reflejaba inquietud.

—¿Quieres que te diga una cosa, Worple?

—¿Qué?

—Sé positivamente —le confió Scollop— que ahora Lancelot Mulliner se afeita todas las mañanas.

Worple apartó los espaguetis que había ido enroscando a su alrededor y clavó la vista en su compañero.

—¿Todas las mañanas?

—Todas las mañanas sin falta. El otro día fui a verlo y ahí estaba, elegantemente vestido de sarga azul y sin el menor resto de barba. Y eso no es todo, tuve la clara impresión de que se había puesto polvos de talco después de afeitarse.

—¡No es posible!