LA HISTORIA DE WEBSTER P. G. Wodehouse
«¡Los gatos no son perros!».
Solo hay un lugar donde se pueden oír frases tan inteligentes como esta lanzadas con la mayor naturalidad en el transcurso de la conversación general y ese lugar es el reservado de la taberna El D escanso del P escador.
Fue allí, mientras charlábamos sentados en torno a la chimenea, donde una meditabunda Pinta de Cerveza hizo la afirmación que acabo de registrar.
Aunque hasta ese momento la charla había girado en torno a la teoría de la relatividad de Einstein, ajustamos nuestras mentes de inmediato para afrontar el nuevo tema.
La asistencia asidua a las reuniones que allí se celebran todas las noches, presididas por el señor Mulliner con dignidad y cordialidad inagotables, tiende a producir agilidad mental.
En nuestro pequeño círculo, he podido presenciar cómo una discusión sobre el destino último del alma se transformaba en un lapso de cuarenta segundos en otra relativa al mejor método para conservar jugosa la grasa del beicon.
—Los gatos —prosiguió la Pinta de Cerveza— son egoístas. Te desvives por atender a un gato durante semanas y semanas, concediéndole hasta el menor de sus deseos, y después el gato te deja plantado porque ha encontrado en la misma calle un lugar donde le dan pescado con mayor frecuencia.
—Lo que yo tengo en contra de los gatos —dijo una Cerveza con Limón, hablando con mucho sentimiento, como si se lamentara de un agravio personal— es que no son dignos de confianza.
Les falta sinceridad y no juegan limpio.
Te haces con un gato y lo llamas Thomas o George, según sea el caso.
Hasta ahí, todo va bien. Luego, al despertarte una mañana, descubres seis gatitos en la sombrerera y tienes que replantearte el asunto desde el principio, abordándolo desde un punto de vista radicalmente diferente.
—Os voy a decir cuál es el fallo de los gatos —dijo un hombre de rostro encendido y ojos vidriosos que había estado dando golpecitos en la mesa para pedir su cuarto whisky—: no tienen tacto.
Ese es su verdadero fallo. Recuerdo que un amigo mío tenía un gato.
Y había que ver cómo mimaba a su gato. Pero ¿qué ocurrió?
¿De qué le sirvió? Una noche llegó a casa bastante tarde y empezó a tentar la cerradura con su sacacorchos; y, aunque no lo creáis, el gato escogió precisamente ese momento para saltarle sobre el cogote desde un árbol. No tienen el menor tacto.
El señor Mulliner meneó la cabeza.
—Tenéis razón en todo lo que habéis dicho —afirmó—, pero, en mi opinión, aún no habéis llegado al fondo del asunto.
La verdadera objeción que se puede hacer a la inmensa mayoría de los gatos es su insufrible aire de superioridad.
Los gatos, como especie, nunca han llegado a superar por completo el esnobismo derivado del hecho de que en el A ntiguo Egipto los adoraran como a dioses.
Esto los ha vuelto demasiado propensos a erigirse en críticos y censores de los débiles y ofuscados seres humanos con los que comparten su suerte.
Les dirigen miradas cargadas de reproches.
Los observan con preocupación. Y en un hombre sensible esto suele tener efectos muy perniciosos, pudiendo inducirle un complejo de inferioridad de la mayor gravedad.
Es curioso que la conversación se haya encaminado por estos derroteros —continuó el señor Mulliner, tomando un sorbo de su whisky caliente con limón—, porque esta misma tarde estaba pensando en el curioso caso del hijo de mi primo Eduardo, Lancelot.
—Conocí un gato… —comenzó a decir Media Pinta de Cerveza Negra.
—El hijo de mi primo Eduardo, Lancelot —prosiguió el señor Mulliner—, era, en la época a la que me voy a referir, un joven bien parecido que contaba unas veinticinco primaveras.
Huérfano desde su tierna infancia, se había criado en casa de su tío Teodoro, el piadoso deán de Bolsover; y aquel buen hombre se llevó un buen disgusto cuando Lancelot, al llegar a la mayoría de edad, le escribió desde Londres para informarle de que había alquilado un estudio en Bott Street, Chelsea, y se proponía quedarse a vivir en la metrópoli y convertirse en artista …
»Al deán, los artistas no le merecían muy buena opinión.
En calidad de miembro destacado del Comité de Vigilancia de Bolsover, se había visto obligado no hacía mucho a cumplir con el desagradable deber de asistir a un pase privado de la superproducción cinematográfica Paletas apasionadas ; así pues, respondió a la comunicación de su sobrino con una carta enérgica en la que hacía hincapié en la intensa pena que le causaba pensar que alguien de su propia sangre quisiera embarcarse deliberadamente en una carrera con la que, más pronto o más tarde, se vería abocado a retratar a princesas rusas tendidas semidesnudas sobre divanes, rodeando con los brazos a jaguares mansos.
Instaba a Lancelot a regresar a casa y a convertirse en coadjutor mientras estuviera a tiempo de hacerlo.
Pero Lancelot se mantuvo firme. Deploraba la ruptura con un pariente al que siempre había respetado; pero muy desesperado tendría que haber estado para considerar la posibilidad de regresar a un ambiente donde habían reprimido su individualidad y cargado su espíritu de cadenas.
Así pues, durante cuatro años se hizo el silencio entre tío y sobrino.
A lo largo de estos años Lancelot hizo progresos en la profesión que había elegido.
En la época en que arranca esta historia, su porvenir parecía brillante.
Estaba pintando el retrato de Brenda, hija única del señor y la señora Carberry-Pirbright, residentes en el número 11 de Maxton Square, South Kensington, lo que significaba que se embolsaría treinta libras al terminar el encargo.
Había aprendido a preparar huevos con beicon.
Prácticamente había llegado a dominar el ukelele.
Y, además, se había comprometido en matrimonio con una joven y audaz poetisa, cultivadora del verso libre, que se llamaba Gladys Bingley, más conocida como la Dulce Voz de Garbidge Mews, Fulham…
una muchacha encantadora con aspecto de limpiaplumas.
A Lancelot la vida se le antojaba plena y hermosa. Vivía gozosamente el presente sin detenerse a pensar en el pasado.
Mas cuán cierto es que el pasado está inextricablemente unido al presente y que no nos es dado saber cuándo estallará bajo nuestros pies una bomba de efecto retardado.
Cierta tarde en que Lancelot se ocupaba en dar unos pequeños retoques al retrato de Brenda Carberry-Pirbright, su prometida entró en el estudio.
Esperaba su visita, porque ese día Gladys partía hacia el sur de Francia a pasar tres semanas de vacaciones y le había prometido pasar a verlo de camino hacia la estación.
Lancelot dejó el pincel y la contempló con anhelante afecto, pensando por enésima vez cómo adoraba todas y cada una de las manchitas de tinta de su nariz.
De pie en el umbral, con la corta melena disparada en todas direcciones como la de una muñeca de trapo, componía una estampa que lo conmovía en lo más íntimo.
—¡Hola, viborilla! —la saludó cariñosamente.
—¿Cómo estás, gusano? —le repuso Gladys, su virginal afecto brillando a través del monóculo que llevaba en el ojo izquierdo—. Solo puedo quedarme media hora.
—Está bien, media hora pasa volando —replicó Lancelot—. ¿Qué es eso que tienes ahí?
—Una carta, borrico. ¿Qué pensabas que era?
—¿De dónde la has sacado?
—Me encontré con el cartero en la calle.
Lancelot cogió el sobre de sus manos y lo examinó.
—¡Dios mío! —exclamó.
—¿Qué ocurre?
—Es de mi tío Teodoro.
—No sabía que tuvieras un tío Teodoro.
—Claro que lo tengo. Desde hace muchos años.
—¿Qué te dice en la carta?
—Si eres tan amable de guardar silencio durante un par de segundos, suponiendo que seas capaz de hacerlo —dijo Lancelot—, ahora mismo te lo contaré.
Y con voz clara y agradablemente modulada, como la de todos los Mulliner, por muy apartados que estén de la rama principal de la familia, leyó lo siguiente:
Deanato,
Bolsover, Wilts.
Mi querido Lancelot:
Como sin duda habrás sabido por tu ejemplar del Church Times , me han ofrecido y he aceptado el obispado vacante de Bongo-Bongo, en África Occidental. He de embarcar de inmediato para tomar posesión de mi nuevo cargo, en el que confío que me acompañará la suerte.
En estas circunstancias me veo obligado a buscar un buen hogar para mi gato Webster. Por desgracia no hay ni que pensar en que me acompañe, ya que los rigores del clima y la falta de comodidades básicas probablemente minarían su constitución, que nunca ha sido robusta.
Por consiguiente lo expido a tu dirección, querido muchacho, en una cesta forrada de paja, confiando plenamente en que demostrarás ser un amo afectuoso y responsable.
Con mis mejores y cordiales deseos, se despide afectuosamente tu tío
TEODORO BONGO-BONGO
Una vez finalizada la lectura de este mensaje, un silencio reflexivo prevaleció en el estudio durante unos instantes. Al fin Gladys lo rompió.
—¡Menuda desfachatez! —exclamó—. Yo no aceptaría.
—¿Por qué no?
—¿Para qué quieres tú un gato?
Lancelot reflexionó.
—Es cierto —dijo— que, si me dejaran mano libre, preferiría no ver mi estudio convertido en una gatería ni en un refugio de gatos.
Pero ten en cuenta que las circunstancias son especiales.
Durante los últimos años, las relaciones entre mi tío Teodoro y yo han sido un poco tirantes.
En realidad, podría decirse que hemos hecho una completa separación de bienes.
Ahora me da la impresión de que pretende iniciar un acercamiento.
Yo describiría esta carta más o menos como un mensaje de paz.
Si me ocupo satisfactoriamente de este gato, ¿no estaré más adelante en condiciones de pedirle algo a cambio?
—¿Es rico el viejo? —preguntó Gladys con interés.
—Inmensamente rico.