LA CAÍDA DE ADOLFO, EL MAGNÍFICO N. Margaret Campbell
Adolfo, el Magnífico, es el mayor de nuestros gatos y también el más sosegado.
Tiene su coto de caza particular en un barranco boscoso que hay detrás de casa y ¡ay del gato o del perro que lo invadan!
En sus años mozos conquistó una envidiable reputación de cazador de grandes presas y desarrolló un método personal para asegurarse el debido reconocimiento por sus hazañas.
Siempre que captura un conejo, una ardilla, una rata de agua o una serpiente, va en busca de su ama y, orgullosamente, lo coloca a sus pies a modo de tributo.
Tanto empeño en que se le alabe por su valentía y destreza puede resultar a veces ligeramente molesto, sobre todo cuando entra en la sala de música arrastrando una serpiente de metro y medio y, ante el horror y el desconcierto de los invitados, la deja retorciéndose sobre la alfombra.
Pese a estos inconvenientes, no hay que privar a Adolfo de la publicidad que sus habilidades merecen.
Si fuera un hombre, un agente de prensa lo acompañaría en sus cacerías y, al regresar, almorzaría con los editores de las revistas deportivas.
Tal como son las cosas, Adolfo se las arregla bastante bien sin necesidad de haber hecho un curso de publicidad por correspondencia.
Los intérpretes de la expresión corporal harían bien en fijarse en Adolfo para estudiar la dignidad majestuosa, teñida en ocasiones de un cierto desdén altanero.
Se pasea por la carretera general sin prisa ni preocupación por su supervivencia personal en medio de los bocinazos de los coches y de los ataques perrunos.
Cuando aparece algún perro desconocido que confunde a Adolfo con un gato corriente al que se puede perseguir solo para divertirse, aquel tiene la costumbre de ralentizar el paso poco a poco y tumbarse en medio del camino por el que se acerca su enemigo, asumiendo la pose y la expresión de una esfinge.
Parece la estampa tallada del reposo y del perfecto dominio corporal.
Solo sus somnolientos ojos ambarinos refulgen sin pestañear, la vista clavada en el enfurecido semblante de su enemigo, que se abalanza hacia él enseñando los colmillos y con el pelo erizado.
Ante un ataque acompañado de dentelladas y ladridos histéricos, tan furioso como para resultar de mal gusto aun según los criterios caninos, se ha visto a Adolfo bostezando ante las narices de su atacante, con mucha cortesía y con toda intención, como un caballero de buena cuna podría bostezar cuando un despliegue excesivo de emociones lo aburre.
Por lo general, el perro se detiene misteriosamente a medio metro de los reposados ojos amarillos de Adolfo y describe un semicírculo al alcance de esas llamaradas gemelas, lanzando al aire desafiantes amenazas que poco a poco decaen hasta un ridículo gimoteo a medida que el can inicia una retirada ignominiosa, mientras Adolfo pestañea con solemnidad y dirige la vista más allá de su acobardado enemigo, hacia un enigmático espacio nunca profanado por perros bravucones.
Algún perro ha habido que no llegó a detenerse ante el mandato hipnótico de esos ojos amarillos.
En tales ocasiones, una masa de pelo cruzaba el aire como un rayo, Adolfo aterrizaba limpiamente sobre el cogote de su víctima y sus zarpas comenzaban a desgarrar con metódica precisión las blandas orejas y la frente del aterrorizado animal.
La noticia de esos encuentros probablemente se ha propagado entre la población canina de nuestro barrio, ya que el hecho de que un perro dé un amplio rodeo para evitar las regiones frecuentadas por Adolfo no menoscaba en absoluto su reputación de luchador.
Durante muchos años, Adolfo gozó de una autoridad indisputada sobre la comunidad felina de su casa.
Después llegó Patas de Plata, un joven granuja de hermosa planta cuyo pelaje satinado despedía vistosos destellos azules y plateados.
Patas de Plata sabía tratar a las damas, de eso no cabía duda.
Y aunque Adolfo seguía considerándolo un pillastre, un minino cuyo sentido del humor no estaba compensado por la debida dignidad, el recién llegado conquistó hábilmente todos los corazones y se convirtió sin esfuerzo en el centro de atención allí donde aparecía.
Y había que ver la indignación con que Adolfo contemplaba a aquel jovenzuelo presuntuoso arqueando el lomo expectante siempre que una mano humana estaba lo bastante cerca como para acariciarlo.
Si Adolfo hubiera tenido la estrechez de miras de un escritorzuelo aficionado a los juegos de palabras, podría haber pensado, con el cinismo demostrado por otros a quienes un rival indigno ha arrebatado su puesto en el afecto de las gentes, que sus días de gloria tocaban a su fin.
Pero no estaba en su carácter rendirse sin lucha.
Continuó emprendiendo sus cacerías nocturnas con ánimo asesino en el corazón y con la clara determinación de recobrar su preeminente posición de antaño.
Día tras día, colocaba a los pies de su ama conejos cada vez mayores y más salvajes, ratas de ojos más fieros y serpientes más largas.
Todo en vano. Incluso desempeñó el heroico papel de salvador cuando su odiado rival tuvo que trepar a un árbol perseguido por el perro del tendero.
Adolfo se limitó a acercarse con mucha parsimonia al árbol donde el perro estaba danzando frenéticamente bajo la rama a la que se había aferrado un trémulo Patas de Plata y, de pronto, el perro recordó que en realidad tenía que salir corriendo detrás de la camioneta del tendero y que, al fin y al cabo, tampoco era tan divertido perder el tiempo ladrando a un gatito estúpido.
Cuando, todavía asustado, Patas de Plata se deslizó tronco abajo, Adolfo se le acercó con el estudiado porte de un caballero benevolente que ha rescatado a un alma perdida no porque se lo mereciera, sino porque él mismo está hecho de buena pasta.
Esta obra magnánima concedió a Adolfo una ventaja pasajera sobre su rival, mas las veleidosas atenciones de los habitantes de la casa pronto volvieron a centrarse en el apuesto y encantador joven.
Entonces Adolfo adoptó la costumbre de quedarse en casa, alisándose los bigotes con gesto pensativo y contemplando con solemnidad un punto situado más allá de donde Patas de Plata recibía unos trozos de carne escogidos acompañados de muchas palabras cariñosas.
Fue en esa época cuando, ante la consternación general, Patas de Plata desapareció.
Se organizó una batida en el vecindario, pero el gato se había esfumado sin dejar huella, como si se lo hubieran llevado por el aire en una escoba mágica.
Recogimos tristemente los juguetes que había dejado esparcidos por la casa, un pedacito de piel atado a una cuerda, una pelota de colores brillantes, un puñado de judías secas que repiqueteaban dentro de sus vainas cuando una pata aterciopelada las movía de aquí para allá, y apilamos estos recuerdos sobre la mecedora favorita de Patas de Plata.
—Le gustará encontrarlos aquí si regresa algún día —dijimos.
En Adolfo, el Magnífico, se operó un cambio extraordinario.
Siempre lo habíamos estimado como el ingenioso cazador y el luchador de primera que era, mas también lo juzgábamos un tanto falto de sentimientos, un poco indiferente e insensible, como era natural en alguien que había adquirido una fama en absoluto desdeñable.
Cuál no sería nuestro asombro al descubrir que, de la noche a la mañana, se había vuelto calurosamente expresivo en sus afectos y se empeñaba con mucha solicitud en desviar nuestros pensamientos de la inútil preocupación sobre el desaparecido.
Resultaba conmovedor ver cómo nos seguía por toda la casa y se sentaba a nuestros pies para arrullarnos con vehemente apasionamiento cada vez que nos deteníamos.
Olvidadas quedaron las alegrías de la caza y el agradable pasatiempo de castigar a los perros maleducados.
Durante tres días enteros, se entregó en cuerpo y alma a las artes del amor.
Cuando intentábamos desentendernos de él, se lanzaba hacia nuestros pies y, tendiéndose de espaldas, se abandonaba a nuestra merced, como si quisiera decirnos que nos había entregado su leal corazón para que lo matáramos si es que no podíamos amarlo.
Caminaba por la casa con el aire posesivo y orgulloso de un gobernante altanero que ha regresado a sus dominios tras una ausencia obligada y se enroscaba dichoso sobre los almohadones donde su antiguo rival acostumbraba descansar.
En cierta ocasión lo encontramos indolentemente tumbado sobre el pequeño montón de juguetes colocado sobre la mecedora.
Debía de ser un lecho bastante irregular, pero a Adolfo se le veía feliz y cómodo.
Una sospecha asaltó de inmediato a su ama.
—Adolfo —dijo con severidad—, ¡me parece que tú sabes qué le ha ocurrido a nuestro precioso Patas de Plata!
El acusado se irguió cuan alto era, la contempló con la expresión grave e inocente de un diácono ultrajado y, después, volviéndose de espaldas ostentosamente, se entregó de nuevo al sueño de los justos.
Pero las sospechas de los habitantes de la casa no se aplacaron.
—Adolfo está esforzándose demasiado en portarse bien —comentaban—. No es natural. ¡Debe de tener un peso en la conciencia!
Porque esa era la forma en que Adolfo solía, por así decirlo, levantar una cortina de humo para ocultar sus malas obras.
Ya lo habían advertido en otras ocasiones.
Todo aquel asunto resultaba muy humillante para un espíritu orgulloso como el de Adolfo, que demostró su resentimiento saliendo de la casa con paso majestuoso y pegando un portazo a sus espaldas como suelen hacerlo los machos ofendidos.
La familia al completo lo siguió de lejos.
El gato se dirigió en línea recta al barranco donde solía cazar y, desde el borde del precipicio, se quedó mirando fijamente hacia abajo, con las orejas levantadas y echadas hacia delante y todas las líneas de su cuerpo, desde los agitados bigotes hasta la punta de su temblorosa cola, expresando una desbordante satisfacción.
Resultaba difícil creer que era la misma criatura afectuosa que pocas horas antes nos había hecho tantos requerimientos de amor.
Al aproximarnos, oímos un débil llanto, suplicante y lastimero, y abajo, entre los arbustos, descubrimos a nuestro perdido Patas de Plata, demasiado debilitado por el ayuno para levantarse y bastante maltrecho debido a la dureza con que le había tratado su carcelero.
En cuanto Adolfo nos vio mirando hacia el fondo del barranco, se retiró asqueado, pues sabía que su juego había concluido.
Observó con arrogante desdén cómo recogíamos a su desterrado rival, lo revivíamos con leche tibia y lo acariciábamos y consolábamos.
¿Con qué terribles amenazas habría conseguido que su prisionero se quedara en el barranco tantas y tantas horas, al alcance de nuestras voces, mientras él nos cortejaba a su antojo?
¿Y cómo lo habría hechizado para lograr que el hambriento gatito no osara salir de allí al oír que lo llamábamos?
Mientras nos congratulábamos y regañábamos a Adolfo, el perro del tendero se acercó doblando la esquina de la casa.
Se había envalentonado durante los días de debilidad que Adolfo consagró a hacer la corte a las damas.
Pero una sola mirada a los ojos ambarinos de Adolfo bastó para que se diera a la fuga lanzando un aullido, porque vio que el viejo luchador volvía a ser dueño de sus emociones.