LA INFANCIA DE LA SEÑORITA CHURT F. R. Buckley #2
El agua entraba a chorros por los agujeros del mamparo de donde habían salido despedidos varios remaches; y eso no era lo peor, todo el mamparo estaba visiblemente combado hacia dentro y era evidente que no quedaba tiempo para tratar de apuntalarlo como es debido ni para hacer reparaciones de carpintería.
Bajo una mata de pelo revuelto, los ojos del señor Wharton inspeccionaron la bodega con desesperación.
A babor y a estribor estaba llena hasta los topes de municiones de pequeño tamaño, que reforzaban admirablemente los extremos del mamparo delantero.
Pero en medio había dos cajones que habían puesto a prueba la fuerza de los estibadores; eran lo bastante grandes como para contener sendos tanques ligeros y, debido a la evidente inestabilidad del Malvern , los habían estibado bastante a popa del mamparo.
El espacio intermedio estaba lleno de cosas diversas, de cajas que no pesaban mucho más de cien kilos.
—¡Vamos a quitar de en medio todos esos trastos! —rugió el señor Wharton—. ¡Adelante, muchachos!
Él mismo estaba a punto de cargar con una caja cuando el tercer oficial le agarró por el hombro.
—Wharton… escúchame…
—No tengo tiempo de escucharte. Échanos una mano y mueve algo de sitio. Voy a empujar hacia delante esas locomotoras, o lo que sean.
—¡Te digo que me escuches! Al capitán le ha entrado el canguelo y se ha puesto a enviar tantos SOS que acabará por saturar el aire…
—¡Al infierno el capitán!
—Y ahora está preparándose para abandonar el barco.
El señor Wharton dejó en el suelo la caja que llevaba en las manos y salió corriendo para retirar otra que era la principal causante de un atasco.
No se sabía cómo, su camisa se había desintegrado y sus pantalones habían quedado reducidos a una pernera y a una pieza que le cubría la mitad de las posaderas; a pesar de ello, seguía sin blasfemar.
El canónigo Hobson, que en aquel momento dormía en el lejano Liverpool, con la escarpada nariz hundida en una mullida almohada que le había hecho una de sus feligresas, se habría sentido muy satisfecho de haberse enterado.
—¿Qué vas a hacer? —inquirió el tercer oficial—. Ya ha recogido todos los documentos del barco y dice que se debe a sus hombres y que, a menos que recibamos auxilio antes del amanecer, va a arriar los botes salvavidas.
—Si no te apartas de en medio de este barullo no saldremos a flote antes de que amanezca —replicó el señor Wharton—. ¡Eh!
—¡Pero tienes que detenerlo!
—¿Y arriesgarme a que me quiten el cargo por amotinarme? Ni hablar; obedezco órdenes… ¡Quitad de ahí esos cachivaches, pandilla de langostinos! ¡Venid a popa, holgazanes inservibles! ¿Queréis que arrastre esto yo solo? Ven aquí Fawdry… y tú, Wilson…
Ya habían conseguido despejar el espacio entre el mamparo y el primer tanque, que, como es natural, en realidad no era un tanque aunque lo pareciera.
En todo caso, el problema era empujarlo hasta el mamparo; y después, a ser posible, colocar el otro detrás.
Entretanto, el mamparo comentaba, en el lenguaje del acero retorcido, que no tenía intención de quedarse mucho rato más a la espera de que lo reforzaran.
—No podrás moverlos —opinó el tercer oficial con voz desfallecida—, y si lo consigues, cargarás demasiado la proa y nos hundiremos.
—Como el Tornado en Coney Island —jadeó el señor Wharton sonriente—. «McGinty se fue a pique»… ¿Estáis listos, muchachos? Poneos en fila y arrimad el hombro. ¡Si no lo movemos, tendremos que criar agallas! Adelante… uno… dos…
El cajón no se movió.
—El capitán dice… —dijo el tercer oficial con voz entrecortada.
—Cántenos una saloma —gruñó uno de los hombres; y el señor Wharton le complació.
Casi podría decirse que el primer oficial cantaba con el corazón en la boca.
No es que cantara exactamente y, además, los versos eran ramplones y mal rimados, mas por la temática, la intención y, sí, también la pasión del amor rechazado, la saloma del señor Wharton tenía cierta afinidad con los romances de los trovadores.
—¡El ca-aa-pitán Tii-ii-mbs es un hijo de… empujad ! —rugió con voz temblona.
Los marineros, que en Staten Island se habían quedado sin el permiso que les correspondía, se sumaron a la canción con gran entusiasmo:
—¡El ca-aa-pitán Tii-ii-mbs es un hijo de… empujad !
El cajón se desplazó un poco.
—¡El ca-aa-pitán Timbs… empujad !
El cajón se movió quince centímetros.
—¡…es un hijo de… empujad !
Quince centímetros más.
Arriba, en el puente, el protagonista de la saloma mantenía una conversación con tres marinos de guerra a quienes no parecía caerles bien. Eran los encargados del 4 , 7 de popa y, por lo visto, estaban bajo los efectos del espíritu de Nelson, de Collingwood o de algún otro personaje.
Ahora bien, los tres marinos se limitaron a opinar que no pensaban que…
—¡Pensar no es asunto suyo! —les interrumpió el capitán Timbs.
—Usted no es nuestro oficial, señor —protestó el marino de mayor rango.
—¡Los tengo a mis órdenes! ¡Si digo que abandonemos el barco, lo abandonaremos!
Entonces le llegó el turno al marino de menor rango.
—Sí, señor; si usted lo dice.
El capitán Timbs tragó un bulto grande y visible que le atascaba la garganta.
—Esas son mis órdenes —dijo—. Pronto amanecerá. Tenemos una vía de agua enorme.
—La mar está erizada, señor —apuntó el primero, impasible.
—He contactado por radio con un carguero sueco… para entonces ya habrá llegado aquí y estará listo para recogernos. ¿Quiénes se han creído que son para poner en entredicho mis órdenes?
—No somos nadie, señor —repuso el segundo.
—¡Apártense de mi vista ahora mismo!
—Sí, señor —dijo el tercero; y de su vista se apartaron.
Lo que comentaron entre ellos mientras bajaban del puente a nadie interesa; groseras especulaciones sobre la compensación económica que el gobierno otorga a un armador que ha perdido su barco; soeces y vulgares juramentos.
Se podría, no obstante, resumir la conversación diciendo que el primero señaló que ya estaba amaneciendo; que el segundo dijo que todo parecía indicar que el barco estaba a punto de irse a pique; y que el tercero comentó románticamente que se hundiría con la bandera izada y con salvas de cañón.
—Podríamos ir a dispararlo al menos una vez —propuso.
—Podríamos bajar a echarle una mano a Wharton —replicó el primero con severidad; y eso fue lo que hicieron.
Algún tiempo después, la señorita Churt, quien a causa del filete de solomillo había tenido un descanso agitado por sueños de ratas gigantescas que la perseguían por callejones interminables, se despertó sobresaltada y con mal sabor de boca.
Bostezó y decidió que, una vez más, le sentaría bien un poco de aire fresco.
Saltó desde el sofá y descubrió que el suelo no estaba exactamente en la misma posición en que lo había dejado…
se había inclinado y, antes de que pudiera cambiar de postura, sus patas delanteras cedieron y echó a rodar hacia un rincón.
Se incorporó, avanzó hasta el umbral de la puerta y salió en busca de compañía. Como ya había amanecido, saludó al día bostezando y estirándose, tal y como los gatos dan gracias a Dios por cada noche pasada bajo techo… pero tuvo la impresión de que algo no marchaba bien.
Para empezar, ¿dónde se había metido todo el mundo?
¿Y por qué no estaba la cubierta vibrando de animación como era habitual, salvo justo antes y después de separarse de un buque nodriza?
Pero en esos momentos las maquinillas de carga siempre estaban en funcionamiento, armando un estruendo que te obligaba a doblar hacia atrás las orejas; ahora todo era silencio…
y ¡qué curioso!, al pasar por detrás de la caseta de derrota, descubrió que la pared defensiva formada por los botes salvavidas había desaparecido y que el viento la azotaba con violencia sin que nada lo detuviera.
Solo quedaban algunos cabos sueltos…
La señorita Churt dio unos cuantos pasos más y tomó asiento, componiendo una figura que parecía la clave de un pentagrama. Divisó a lo lejos, entre la bruma, un barco parado; y por lo que a los botes salvavidas del Malvern se refería, estaban en el agua… navegando y alejándose de ella.
Y en uno de ellos, junto a los tres marinos de guerra y a otros caballeros sanos y fuertes a quienes no les gustaba el capitán Timbs y así lo estaban diciendo, el señor Wharton recordó en ese preciso instante que había olvidado a la señorita Churt a bordo.
—¡Por los clavos de Noé! —exclamó; y el canónigo Hobson, todavía dormido, sonrió en sus distantes sueños—. ¡Vaya por Dios!
Los remos se levantaron.
—¿Ha olvidado algo, señor? —preguntó el primero.
—¿Que si he olvidado algo? —clamó el señor Wharton—. ¡He dejado a mi gata a bordo!
De la proa del bote se elevó una risotada mal reprimida.
—Quien se ría de mí tendrá que vérselas conmigo —dijo el primer oficial; y el silencio volvió a descender sobre el océano.
—¿Quiere regresar, señor?
—Creo… que sí —dijo el señor Wharton—. Si vamos a poner a salvo nuestros sucios pellejos cuando no hay necesidad de hacerlo, ¿por qué tendría que sufrir un animal indefenso? ¿A menos que estos caballeros se opongan? ¡Viramos en redondo, todo a babor! ¡Vamos, pandilla de patos mareados!
—El bote del capitán ha dejado de remar, señor —le indicó el remero de proa.
—No importa —replicó el señor Wharton—, nos da igual desertar ahora que dentro de diez minutos. Y el sueco puede esperar. Demontre de sobrino señoritingo… ¡Vamos, empleaos a fondo!
Desde la lejanía, un grito se deslizó hacia ellos sobre las aguas… que, por cierto, estaban asombrosamente calmadas en ese momento.
—Voy a trepar por los cabos y estaré de vuelta en un periquete —dijo el señor Wharton, sin saber que al otro lado del Malvern , a una milla de distancia, la torreta de un submarino hendía la superficie del mar, oculta tras la gran mole del barco.